Camino del limbo
Título inicial: «Ciudad de tarde», Correo literario, 15-V-1952.
Partió el tren. Pasaron diez minutos. El andén quedó vacío. Cerró la cantina. Se fueron apagando luces en los departamentos de la estación. Miguel paseaba. En un banco dormían tumbados dos soldados envueltos en sus capotes; grandes capotes militares que los asemejan, cuando están de pie, a pájaros bobos. Donde terminaba la tejavana del andén comenzaba el oscuro. Llovía. Lejano, en la noche, brillaba el ojo verde de la farola de señales, que rielaba en dos versiones paralelas.
La estación tuvo, por fin, todas sus cuencas vacías. Tras la estación se apretaba la ciudad. Con el último tren, el silencio. Miguel paseaba. «Adiós, Canal, hasta la vuelta. Que te vaya bien.» Miguel tuvo una vacilación y cerró los ojos. Se paró. Echó a andar muy despacio. Las suelas de los zapatos habían absorbido agua y hacían un raro ruido de fragua pequeña. Le recorrió el cuerpo un escalofrío; lo sintió subir desde los pies. Sí, el mismo escalofrío de las salidas del colegio, después de estar castigado hasta las ocho y media. Las salidas en las noches lluviosas, solo y cansado, cruzando el parque para probar el valor y poder fumar, bajo el puente de la montañita, un cigarrillo sin el temor de que los amigos de su padre le vieran y se lo contaran.
Miguel llegó hasta el final del andén. Enfrente, una vía muerta con vagones desvencijados, que daban terror. Pensó en los vagabundos tópicos; en los que las noches de frío tienen que dormir en los vagones abandonados, en los pajares de las afueras de los pueblos, sintiendo colarse el aire por las junturas abiertas como llagas, por los agujeros, y luego, por los rotos del traje. Miguel dio la vuelta.
Al pasar junto a los soldados notó que uno tenía el sueño inquieto y que el otro roncaba tenuemente. Se distrajo, adivinando a dónde irían, en qué tierra les estaban esperando.
Miguel alzó el cuello de su gabardina. Le hubiera gustado que le tapara la cabeza. De niño, en la cama, cuando llovía, se arrebujaba en las mantas y sentía la sensación de que un cuello muy alto le preservaba del viento, del agua y del frío. A Miguel le gustaba estar en la calle de noche, cercano a un farol, para ver llover, aplastado en el umbral de un portal e imaginar que siendo un insecto podía encontrar calor y refugio dentro del farol. Arriba y abajo; abajo y arriba. Por la tarde la madre le dijo:
«Miguel, tú tienes la palabra.» « ¿Qué palabra? ¿Qué puedo hacer yo? Ya sé que hay que trabajar. Esto estaba decidido.» Arriba y abajo. «Miguel, tú tienes la palabra.» « ¿Yo? Espera, mamá, todo se arreglará.»
Entre las traviesas de la vía iban creciendo charcos de agua negra, tinteros de la noche, mares muertos diminutos, en los que manchas de grasa, como balsas, navegaban entre estallidos de gotas. Miguel gozaba contemplándolos, imaginándoles fauna y flora. Miguel se había parado muchas veces delante del estanque del parque para bucear con los ojos bajo las hojas podridas del lecho.
Uno de los soldados se despertó e incorporó. Encendió un cigarrillo y se dedicó a mirar distraídamente, con los codos apoyados en las rodillas, los paseos de Miguel. Luego atrajo hacia sí, instintivamente, una maleta de madera abandonada a algunos pasos del banco. Miguel llegó al otro extremo del andén, donde comenzaba el tinglado de las mercancías y se recortaba, monstruoso, el depósito de agua para las locomotoras, y el gálibo ponía un dintel a la puerta invisible de la oscuridad. Miguel escuchó el escape del depósito y olfateó la noche, que olía a tierra mojada y a carbón.
El soldado se levantó cuando Miguel pasaba. El soldado tenía en los ojos una humilde petición de compañía. Se acercó a Miguel:
—Buenas noches; ¿me haría usted el favor de la hora?
Miguel golpeó el aire alargando el brazo.
—Las once y veinte.
El soldado se puso casi en posición de firmes.
—¿Sabe usted a qué hora pasa el correo?
—Me parece que sobre las seis de la mañana.
—Es que como el pasaporte es sólo para ese tren...
Miguel se enterneció.
—¿Van ustedes muy lejos?
—Yo, hasta La Línea. Mi compañero, a Ciudad Real.
—Mal viaje.
El soldado escupió y buscó bajo el capote.
—¿Quiere usted fumar?
—Bueno.
La petaca era grande y el cuero viejo y sobado. Apenas si quedaba tabaco para dos cigarrillos. Miguel le preguntó, un poco avergonzado:
—¿Tiene papel?
—Sí, hombre.
El soldado le tendió un librillo.
—Pues ya llevamos un día de viaje, y lo que nos espera... Estoy deseando llegar, porque este frío...
—¿Mucho permiso?
—Vamos licenciados. Ahora a trabajar. Yo soy campesino.
Miguel encogió los hombros de frío y expelió el humo. Respiró. El aliento nebleaba. El soldado siguió hablando:
—Parece mentira que haga tanto frío en octubre. Ni con capote se puede resistir. Y eso que el que llevo es bueno, de la guerra. Se lo quité a uno que estaba despanzurrado en un teso. Y menos mal que he logrado camuflárselo al sargento, que si no esta noche la espicho.
Dejó de llover. Las nubes se habían abierto en claros, por donde brillaban las estrellas. Bajaba la temperatura. El compañero del soldado se desperezaba, sentado en el banco.
—Jiménez, ¿dónde has puesto la botella?
—Al lado de mi macuto.
El soldado, cortésmente, ofreció un trago a Miguel.
—¿Quiere usted?
—Ahora, no; gracias.
—Bueno, voy a ver lo que dice ése. Buenas noches y tanto gusto.
—Buenas noches y buen viaje.
Miguel caminó hasta el límite del andén, frente a los vagones desvencijados. Introdujo las manos en los bolsillos de la gabardina y dejó la estación, buscando la puerta abierta de la verja, que daba entrada al coche de Correos. Oyó una voz autoritaria y volvió la cabeza. Un empleado, con un farol, decía a los soldados:
—Aquí no os podéis quedar. Son órdenes. Ahora se cierra la estación y no se abre hasta las cinco y media.
El soldado que había conversado con Miguel, humildemente le pedía:
—Déjenos usted, hombre; sí no ¿dónde nos vamos a meter?
—¿Y qué queréis que haga yo? Son órdenes. Meteros en los vagones, pero aquí, no.
El empleado insistía:
—Son órdenes. Ahí, en los vagones, podéis quedaros, porque yo hago como que no me entero.
Miguel tiró la punta del cigarrillo a un charco. Crepitó un instante. Miguel echó a andar. Miró la noche. La luz del ojo verde hacía a los charcos adquirir una profundidad abismal. Miguel entreabrió la puerta entornada de la verja y salió a la plaza de la estación. Nadie.
Los faroles entristecían la calle que nacía en la plaza.
Pasaron tres semanas desde la marcha de Canal a la Universidad. Un cielo azul gris cubría la ciudad como un manto de agua de limpio estanque. En los cristales de los miradores el frío ponía el asustante reflejo de los espejos acabados de azogar. Las tejas brillaban en los tejados, esperando la nupcial llegada de la nieve. En la ciudad nevaba pronto, porque, pasados Todos los Santos, con nieve en los altos, cualquier día hacían su aparición sobre los montes que la circundaban las nubes de color de cuajo que traían los copos. Ver caer la nieve significaba un bataneo de los colchones del cielo, ahora raso y helado como un buen acero.
En las oficinas de uno de los más importantes talleres de metalurgia de la ciudad, taller recién abierto, trabajaba Miguel, esperando las oposiciones, que se las habían asegurado ganadas, de empleado del Ayuntamiento. Miguel, apoyado el pecho en el pupitre, se distraía con las vetas sinuosas de la madera entre operación y operación de contabilidad. Encendía rápidamente los cigarrillos y echaba el humo sobre la mesa, con fuerza, arrastrando los trocitos de goma de borrar, y las pizcas de caspa que, cuando agitaba su pelo, se caían. Miguel miraba, ensimismado, el oleaje de la tabla, tan parecido a las huellas que deja el mar en la arena cuando la baja marea, o a las que dejan los ríos, después de una crecida, en las orillas llanas y fangosas.
Miguel había encontrado trabajo y suponía a su madre, en esta tarde de noviembre, contenta, cosiendo en la mesa camilla, tras los cristales de la galería, el aire importante frente a Lucía, la sirvienta, que pretendía repasar unas medias destrozadas ayudándose de un huevo de vidrio. Miguel, distraídamente, pasaba la pluma sobre una cifra que iba engordando y perdiendo su perfil elegante, hasta convertirse en una mancha.
—Oiga, Miguel.
—Diga usted.
—¿Ha anotado el envío de esta mañana?
—Sí, señor.
Miguel no estaba acostumbrado a decir señor y la palabra se le paraba en la boca, como un mal sabor de muela cariada, hasta que contestaba.
En el taller sonaban las máquinas con ruidos alternos y medidos de reloj gigante. Los obreros, con los ojos cubiertos por gafas de tela metálica, con la media escafandra de los soldadores, trabajaban. En el techo de la oficina jugueteaba el espectro de la llama de la autógena. Miguel alzaba a veces la cabeza para mirarla. Era parecida a los fantasmas de la niñez, que la lámpara de cristales arrojaba sobre las paredes de la habitación las tardes de enfermedad pasadas en la butaca, al lado del radiador, con un libro de aventuras sobre las piernas.
Miguel cuenta, suma, hace multiplicaciones en la vuelta de un sobre usado. Miguel está lleno de la sensación que le produjo el abandono de la ciudad por su amigo Canal. «Acabará la carrera y tendrá que sumergirse en este lago apacible, espeso. Nunca más podrá abandonar las calles en penumbra, las conversaciones absurdas sobre pequeños problemas, el vino bebido —como corresponde a gente de importancia— en el mostrador del bar del casino. Nunca más dejará esta especie de pantano en que uno se hunde a sabiendas y además, ¡qué gran ironía!, contento.» Miguel limpia el plumín con un trapo que saca de un cajón.
—Oiga, Miguel, anote la cantidad de tuercas que enviamos. Anote la compra de chatarra. Anote el pedido que hicimos a Bilbao.
—Sí, señor.
—No olvide descontar el embalaje, no es de nuestra cuenta.
Miguel hunde la pluma en el tintero grande, donde el polvo pone en la superficie de la tinta un eccema brillante. Miguel siente que la espalda le pica.
«Yo no estoy acostumbrado a esto. Debería haberme marchado. Si no fuera por mamá y por Anita yo me hubiera ido. ¿A dónde? ¡Quién sabe! A cualquier sitio. A trabajar en un trabajo de hombres.»
Atardece pronto, y en las oficinas se han encendido las luces de los flexos. El secante que emplea Miguel tiene al revés, impresas, las cantidades que ha ido sumando o anotando. El secante no sirve ya, como en la lejana edad colegial, para lanzar borrones sobre las carpetas, absorberlos con la punta del rectángulo que forma y luego recortarlo en una mordedura.
Falta poco, muy poco tiempo para que Miguel deje la oficina y diga: Hasta mañana. Falta muy poco tiempo para que vea a Anita y reciba la pregunta: ¿Qué tal, Miguel? ¿Te vas haciendo? Y encoja los malditos hombros, que ahora tanto le pesan, y responda: ¡Qué remedio! Pero Miguel tiene que seguir haciendo números, escribiendo anotaciones, respondiendo a las preguntas del jefe, con el señor, después de la afirmación y la negación, al que no se acostumbra.
La ciudad en que Miguel vive cierra el camino de las acciones y abre el de los sueños. Pasarán los años y ni los sueños quedarán. Se convertirá en un hombre mamotreto, insensible, pesado, sucio de polvo, lleno de números, reventado de trabajar tontamente. Miguel piensa que los ojos se le irán hinchando como globos, y un día se le escaparán. Entonces no podrá ver, ni mirar con aquella claridad del tiempo pasado y ver cómo un árbol es un árbol y no un problema municipal, y contemplar las estrellas y no hacer comentarios de «va a helar» o «buena se aproxima»."
Miguel, sentado en la silla, con el respaldo seboso, frente al pupitre, recuerda en algunos momentos. El recuerdo es como un breve sueño en que se sume para despertar al cabo de pocos minutos y seguir trabajando. « ¿Qué me dijo Canal? ¿Tú tienes la palabra? También mamá, también todos. No, amigo, yo no tengo la palabra. La tuve. Se pasó la ocasión. Sí, mamá, esto es lo que entiendes tú por mi palabra. Sí, todos vosotros; esto es. Yo soy igual a los demás. Yo soy un hombre cualquiera que trabaja por unas pocas pesetas. Yo —¡ay!, yo—, yo pensaba haber sido otro. Ir. Andar. Volver. Ya no. Me doy cuenta; he dicho que ya no.»
La llama del soldador no se refleja en el techo de las oficinas. Miguel consulta el reloj. «El tiempo justo para ir a casa, tomar alguna cosa y salir a buscar a Anita. El tiempo justo para echar una ojeada al cielo de esta noche que comienza. De esta noche que ya ha comenzado. Llegará el invierno. ¿Para qué hablar del invierno? El invierno está aquí. Estoy empezando a serlo.»
Miguel limpia el trapo sucio. Cierra los libros. Ordena los folios. Da las buenas noches y sale a la calle.
El cielo es transparente como un vaso de agua. Las estrellas son como polvillo de mariposa. «Cualquier día comienza a llover o a nevar fuerte. Cielo gris hasta la primavera. Pero ¿hay primavera? Ya no. Anita no puede esperar.» Miguel enciende un cigarrillo y da un puntapié a la caja de cerillas vacía.
—Adiós, Miguel.
—¡Eh...! ¡Ah! Adiós, amigo.
Las calles son cortas y empiezan a parecerle largas. La circulación es escasa y Miguel cree que es importante. Las casas son bajas y Miguel las ve altas, enormes, rotundas.
A las diez de la noche, después de acompañar a Anita, Miguel volvió a su casa.