XII
—Usted se debe enterar bien de esto. Usted pregunte al que sea, porque nos tenemos que ir y en la ciudad encontrar cosa como ésta nos va a ser difícil, y de casa, como Dios manda, ni hablar por ahora.
Así ha dicho Ramón. María y Agustina miran, todavía fijamente, el suelo, con los brazos cruzados sobre el regazo. Pío es de otra manera, más sentimental, más débil si se quiere. Ha dejado que se le escurrieran dos lágrimas, dos tan sólo, por las aradas mejillas, y está triste, demasiado triste. Las obras de la Cañada, con buen jornal, casa y aire puro, no le convencen. Quiere quedarse aquí, junto a los tranvías, la estación, el río y la taberna de Floro. Su hijo no le entiende.
—Mire, padre —hace mucho tiempo que no le llama padre—. No es para tomarlo tan por la tremenda. Trabajando se come en todas partes, y, además, usted se debiera de alegrar de que nos fuéramos, de que nos vayamos donde ha dicho usted.
—Sí, hijo, sí...
Esta tarde de domingo en que pasa la gente junto a la tapia camino de los merenderos y de los bailes de la orilla del río es particularmente acre. Fuera del solar: jolgorio de soldados en grupos y de sirvientas en bandas, requiebros feroces, alegría estruendosa, alguna bronca con su quite, porque es temprano. En el solar: el futuro amenazador, la falta de rumbo, la espera del momento de principiar el éxodo hacia otro paraíso, tal vez inalcanzable. Esta tarde de domingo, Ramón medita los planes del futuro.
Por lo pronto hay que regalar los animales. Los gatos a Floro, si los quiere... Chal puede venir con nosotros.
Y como hablan de Chal, Chal atiende sentado sobre sus patas traseras, con la lengua fuera, un poco jadeante, mirando de hito en hito a sus dueños. Claro que él puede ir con ellos, él es familia, él no conoce a otra gente. Acabaría haciéndose un vagabundo de la orilla del río sin más fin en su vida que perderla cualquier día de crecida o acabarla en la cámara de la Policía Urbana, donde llevan los laceros a los perros sin amo. Chal roza dulcemente con su hocico la encogida mano de Ramón.
—Sí, Chal puede venir con nosotros.
La tarde crepita en los bailes donde el tamboril marca el ritmo. La polvareda se levanta en espiral, se achata luego y se extiende sobre las casas y los árboles. La tarde en el solar habita cada rincón con una luz huérfana de alegría. Ayer hubo tormenta y la tierra se encharcó. Hoy el calor ha secado todo y el solar es solar, arrasado, triste, lleno de fealdad hasta en el arbolillo achaparrado.
De entre los escombros Ramón y Pío sacan los objetos que quedan. Salvar de este naufragio lo que queda es operación desgraciada. Ya se han secado los colchones y las ropas al sol duro de esta primavera. Ahora lo más inesperado aflora: junto a una bacinilla los frascos de viejos y pasados linimentos que antaño sirvieron para mitigar un reúma; al lado de una percha descornada, el misterioso, decimonónico, rural lavabo de espejo móvil y de jofaina rajada, hace tiempo en desuso; emparejados, el brasero sin posible arreglo y la mesa de la pata coja; más tarde, un baúl con las cerraduras saltadas, arreglado y reforzado en las esquinas con hojalata. Todo va apareciendo fantasmal y familiar. Todo se va colocando con cuidado desde la escalinata al paseo. Todo tiene su historia, su aprecio y menosprecio; su cantar de otro tiempo.
Ramón y Pío se cargan los colchones al hombro. María recomienda cosas de primera necesidad.
—Lleva esta bolsa, que dentro van las cazuelas, la badila, los cubiertos.
—En el próximo, abuela.
Y salen al paseo, donde se cruzan con un señor acompañado de su señora que ha salido a dar una vuelta y a gozar del atardecer; donde se cruzan con una pareja de novios que no los miran. Donde unos graciosos les gritan que hoy es domingo y no hay que trabajar.
En el solar los niños repasan los descubrimientos. Orientan el lavabo al sol y juegan con su reflejo. Los niños se entretienen con los frascos de viejos linimentos, en cada uno de los cuales un diablillo encerrado —el duende de la vida pasada— sonríe.