Un buitre ha hecho su nido en el café
—¡Qué hombre tan interesante! —dijo doña Francisquita a su marido.
—¿Qué hombre? —preguntó don Fortunato.
—Cuál va a ser, pasmado. Ese que viene todos los días, el del pelo blanco, el que tiene ese aire de aristócrata, el que se sienta al lado de los carcamales. ¡Cuál va a ser!
—¡Ah!, sí...
—¿No te parece interesante?
—Mujer, no sé, no entiendo de hombres.
—Pero de mujeres sí, ¿no?
—No he dicho eso. No me busques las vueltas, no quiero líos.
—¿Quiero yo líos?
—No me embarulles. Cuando tú dices que es interesante será interesante.
—Pues sí, señor, hay que decir la verdad. Es muy interesante y muy guapo. Claro que ya está metido en años..., al borde de los sesenta, pero bien llevados. Con facha y...
Don Fortunato contempló al hombre interesante y lo enjuició:
—Tiene buena pinta, es verdad, aunque parece un poco rebuscado.
—Es como un artista de cine —exclamó doña Francisquita.
El hombre interesante observó discretamente la entrada de Encarna y su acompañante. Les vio dudar sobre el escaque a ocupar y se imaginó la conversación:
«Junto a la señora esa, no.»
« ¿En dónde? Di tú.»
«Allí. Junto al ventanal.»
Doña Francisquita había sonreído como invitando a Encarna, que hizo un pequeño ademán de saludo. El alfil devoraba periódicos con la cabeza gacha. Encarna se sentó junto a las sucias cristaleras abiertas y el percherón la dejó en su abandono por la partida de poker. Se repitieron los acostumbrados gestos.
—Camarero —llamó el hombre interesante—, haga el favor de llevarme la copa a la mesa cercana al ventanal. Hace demasiado calor aquí.
El hombre interesante desfiló gravemente ante la mesa de doña Francisquita. Sonreía gentil y al pasar dejó una leve aura de colonia cara.
—Ha debido ser un real mozo —dijo doña Francisquita—. Y qué maneras. Se ve que es de buena cuna.
—No te fíes de las apariencias —advirtió don Fortunato.
—Hay algo en él que lo demuestra. Un no sé qué...
—Todas sois iguales —concluyó don Fortunato—. Ni valoráis la inteligencia, ni la voluntad ni nada. En cuanto veis a alguien que parece un maniquí estáis perdidas.
—No parece un maniquí, sino todo lo contrario: un perfecto caballero.
El hombre interesante sonrió a Encarna:
—Buenas noches. ¿No la molesto aquí?
—No, no me molesta.
—Es que hace tanto calor...
—Sí, sí. Esta noche es muy calurosa. Se ve que va entrando el verano.
—Menos mal que en el verano tenemos las playas y la montaña. Particularmente yo prefiero las playas, ¿y usted?
—Yo también. La montaña me agobia un poco, aunque la verdad es que hace dos años que no voy a playa ni a montaña.
—Pues este verano necesitaría usted un cambio. Hay que descansar de la gran ciudad.
Doña Francisquita se estiró intrigada, contemplando a Encarna y al hombre interesante.
—¿De qué hablarán, Fortu? —preguntó.
—Del tiempo o de cualquier tontería —respondió don Fortunato.
El alfil recogió sus periódicos y se fue del café.