Salto de caballo
El perdieron entró en el café tascando su veguero. El párpado superior derecho se le derramaba sobre el ojo congestionado, la calva le brillaba de digestión y lociones y la ahíta panza turgente le tironeaba la bragueta de alta pretina. Su estatura se acreció marcial en la entrada convoyeando a su dama.
—¿Dónde quieres sentarte, riquina? —masculló cariñoso—. ¿Al fondo?
—Al fondo, no, que me hacen echar las tripas esos viejos cerdos.
—¿Aquí, a la entrada?
—Hay mucha corriente...
—¿Allí, donde el peluquero marica?
—Allí. Se está mejor y así no tienes celos.
—Pues allí... Medina —llamó el percherón—, un cointreau para la señorita y mi coñac arriba, como siempre.
La dama se contoneaba escandalosamente luciendo su estola, su triunfal vestido y lo que la naturaleza había proveído. La crencha semita le contorneaba el óvalo del rostro, demasiado maquillado. Le fosforescía el violeta de los labios.
—No tardes mucho, cariño, que me aburro como un hongo.
—Dos pasadillas —dijo el percherón —y listo.
—Ya serán cuatro... No, ¿eh? Ayer me resolví el crucigrama y todo, con lo difícil que era. Fíjate, amor, si tardaste.
—No iba a perder tres verdes...
—No pierdas, pero ven pronto, que cuando tardas mucho estoy como volada. Todo el mundo a mirarme..., y yo que no sé disimular... Acaban poniéndome nerviosa.
—Tranquilidad, Encarnita, tranquilidad... Te miran porque te envidian. Métete eso en la cabeza...
—Pero el joven que se sienta en el velador de la columna no me mira porque me envidia, me mira por otra cosa...
—Me envidia a mí, chatita. ¿Comprendes?
—Sí, sí, pero me da como acharo... Es que es de un sinvergüenza el tío...
—Si te molesta me mandas aviso con el camarero, y ya le diré yo lo que le tenga que decir... Son como buitres... En cuanto ven a una mujer, buitres, pero se les corta el pico, las garras y lo que haya que cortarles —dijo amenazador el percherón—. Tú no te preocupes.
—Bien, encantito —hizo un mohín de mimo la mujer—. No tardes mucho y suertecilla.
—Ojo al pollastre, Encarnita; si te molesta, ya sabes...
—Te avisaré, celosón.
El percherón lució su veguero con la mano extendida y amagó un regalo:
—Si se me da bien, mañana te compro algo que te guste.
—Bien, cariñín, pensaré lo que quiero... He visto —dudó— una cosa que me gusta con locura, pero ya te la diré.
El percherón se encaminó a la timba humeando el cigarro. La dama llamó al cerillero.
—Esto no funciona —dijo mostrando el encendedor. El cerillero maniobró un poquito.
—Tiene la rueda sucia, Encarna. Ahora te lo arreglo.