Se aventura la dama
Cloc, cloc, cloc, cloc... cloc.
—¿Aquí estás bien?
—Sí, Raimundo. ¿Subes ya?
—Me tengo que sacar la espina, nena. Verás cómo hoy les unto el morro.
—Ten cuidado que luego estás de una uva...
—Hoy siento la suerte. ¿Te pido un cointreau?
—Sí, corazón.
No estaba en el turno Medina. El que le había relevado pertenecía al orden de las meriendas de la tarde y no estaba muy ducho en los gustos de la gente de la noche.
—¿Los señores? —preguntó el camarero.
—La señorita un cointreau —dijo el percherón—. A mí me sube usted un coñac.
—Tendrá que decírselo al camarero que sirve arriba.
—Páseselo usted.
—Es que las cuentas, señor...; luego se confunden.
Cuando se fue el camarero Encarna comentó:
—Está más amarillo que un chino. La bilis que debe tener el gachó.
—Pídele un periódico al cerillero y entretente. En seguida bajo.
—No tardes mucho, cielito.
El percherón mordisqueó el cabo de un cigarro y lo encendió con ostentación y pericia. Arrastrando las herraduras, al desgaire de los señoritos de otro tiempo, caminó hacia la escalera. Una última mirada apoyado en la barandilla hizo que Encarna frunciera los labios enviándole un discretísimo beso. El percherón subió lentamente con teatrales andares y evidente fatiga. Iba pensando: «Pero qué mujer me llevo. Y a mi edad. Y conmigo siempre pastueña.»
El alfil entró al poco rato cargado de periódicos y se fue a sentar frente por frente de Encarna. La miró rijosamente y aparentó distraerse en la lectura de uno de los diarios. Encarna llamó al cerillero.
—Damián, ¿me dejas el Madrid para hacer tiempo?
—Claro que sí, Encarna. Ahora mismo.
El oído zorrino del alfil había captado la petición. El alfil se revolvió un instante en su diván y se levantó con uno de los periódicos dirigiéndose a Encarna.
—Si no la molesta, señorita, puedo dejarle el Madrid y si quiere una revista también.
—No, gracias —dijo sonriendo, pero secamente, Encarna—. Me lo deja Damián; ya se lo he pedido. Usted tendrá que distraerse...
—Tengo todos los de la noche. No se preocupe por eso. Acéptelo usted.
—No, muchas gracias.
—Perdone usted, entonces. Yo creí...
—No hay de qué, caballero. Muchísimas gracias...
Doña Francisquita y don Fortunato se miraron.
—Ya ves, eso me ha gustado —dijo doña Francisquita—. A cada uno lo suyo. El moscardón ese ha recibido su merecido. Pero qué se creerán, digo yo, que todo es orégano.
El alfil no quitaba los ojos de las rodillas de Encarna. De vez en vez agachaba la cabeza como inmerso en interesante lectura. Encarna se sintió a disgusto y se movió dos mesas a la derecha junto a la torre.
—Venga usted aquí hija —dijo doña Francisquita palmeando la gutapercha del diván.
—Muchas gracias, señora.
—Es que los hay... —dijo doña Francisquita—. Como si no hubiera mujeres para todos... Y luego sobramos.... porque hay que ver las que sobran...
Doña Francisquita habló del tiempo, de que la noche había refrescado, de que el verano podía salir bueno o malo y de que a ella le gustaba mucho más el invierno.
—Se está tan bien en casa, tan calentita, tan agradable... y con la televisión. Nosotros en el invierno casi no salimos, ¿verdad, Fortu?
—Sí, sí —respondió don Fortunato,
—Al café sólo venimos cuando vamos al cine y un ratito, nada más un ratito... Y a usted, hija, ¿qué le gusta más, el invierno o el verano?
—No sé, me da igual —respondió Encarna.
—¿Y a su marido? —preguntó con cierto retintín doña Francisquita.
—A mi marido —recapacitó unos segundos Encarna— creo que el invierno.
—Vaya, vaya —dijo doña Francisquita.