Piafa el palafrén

El salón de juegos del café estaba ilustrado de manchas oceanógraficas debidas a las goteras. El retrete de los perillanes del poker, con la puerta abierta, daba tufo al garito. Brillaban esmeraldinas las praderas del juego regadas de las fuertes luces empantalladas. El percherón perdía verdes, perdía puntería en los envidos y el ojo reventón, bajo la persiana del párpado, se le blandecía de humores.

—Con esta mano acabo. Hoy no es mi noche —anunció. El veguero se le hacía amargo y lo abandonó sobre la cazoleta de latón de la mesa. El camarero le servía un cuarto coñac pasándolo de la raya para darle consuelo, aunque parvo. El percherón estaba bien educado y cuando finalizó la mano apuró de un golpe la copa y se despidió con gentileza.

—Hasta mañana, caballeros. Tengo la esperanza de desquitarme. Hoy ha habido mucho tomate para mí. Si sigo, esto me cuesta un harén y los riñones.

Bajó las escaleras con meditado paso. No había que dar ocasión a comentario alguno entre las gentes del café. Un jugador debe tener pudor, tanto en la suerte como en la desgracia. Se acercó a la mesa de Encarna.

—Lo siento, gatita, pero no hay regalo. Me han pelado.

Encarna suspiró y dio su inevitable consejo:

—No debes jugar tanto, Raimundo. Ves lo que trae. En vez de estar con tu mujercita haciéndola compañía te subes a ese antro de golfos y...

—Mañana será otro día.

—¿Y si mañana te vuelven a zurrar?

—No me gafes, Encarnita.

—Pero puede ser, ¿no?

—No seas pata. Una mala noche nada justifica. Tendrás tu regalo, pierda o gane. Lo que yo quería hacerte ver es que no estás perdiendo el tiempo mientras yo estoy arriba. Quería que tuvieses tus compensaciones... ¿Y el pollastre?

—Ahí lo tienes. Se ha cambiado de mesa para verme mejor, para verme a sus anchas —dijo enfurruñada Encarnita—. Cualquier día, si te descuidas mucho, lo tengo sentado aquí.

—Y para qué estoy yo, ¿di?

—¿Y cuando no estás? Cuando estás arriba, ¿qué?

—Lo mismo. Esta mesa está vigilada por los camareros. Medina me avisaría.

—Vaya, vaya... —dijo enfadada Encarna—. No sabía que yo necesitara la Guardia Civil. ¿Tan poco te fías?

—No es por eso, niña; no confundas —respondió fastidiado el percherón—. Es para que no te molesten. Para que no te molesten —recalcó—, y mi dinero me cuesta. Anda, vámonos.

—¿Tan pronto? —dijo desafiante—. Otros días me tienes aquí hasta el cierre.

—Anda, vámonos —dijo cachazudamente el percherón—. Hoy no tengo muchas ganas de hablar.

—Ni que tuviera yo la culpa.

El alfil desde su escaque les contemplaba sonriendo. Al fondo del café, junto al friso de los viejos, un hombre de edad mediana, con el pelo blanco y algo melenudo, el porte elegante, observaba a Encarna con mirada rapaz.

Cuentos 1949-1969
titlepage.xhtml
sec_0001.xhtml
sec_0002.xhtml
sec_0003.xhtml
sec_0004.xhtml
sec_0005.xhtml
sec_0006.xhtml
sec_0007.xhtml
sec_0008.xhtml
sec_0009.xhtml
sec_0010.xhtml
sec_0011.xhtml
sec_0012.xhtml
sec_0013.xhtml
sec_0014.xhtml
sec_0015.xhtml
sec_0016.xhtml
sec_0017.xhtml
sec_0018.xhtml
sec_0019.xhtml
sec_0020.xhtml
sec_0021.xhtml
sec_0022.xhtml
sec_0023.xhtml
sec_0024.xhtml
sec_0025.xhtml
sec_0026.xhtml
sec_0027.xhtml
sec_0028.xhtml
sec_0029.xhtml
sec_0030.xhtml
sec_0031.xhtml
sec_0032.xhtml
sec_0033.xhtml
sec_0034.xhtml
sec_0035.xhtml
sec_0036.xhtml
sec_0037.xhtml
sec_0038.xhtml
sec_0039.xhtml
sec_0040.xhtml
sec_0041.xhtml
sec_0042.xhtml
sec_0043.xhtml
sec_0044.xhtml
sec_0045.xhtml
sec_0046.xhtml
sec_0047.xhtml
sec_0048.xhtml
sec_0049.xhtml
sec_0050.xhtml
sec_0051.xhtml
sec_0052.xhtml
sec_0053.xhtml
sec_0054.xhtml
sec_0055.xhtml
sec_0056.xhtml
sec_0057.xhtml
sec_0058.xhtml
sec_0059.xhtml
sec_0060.xhtml
sec_0061.xhtml
sec_0062.xhtml
sec_0063.xhtml
sec_0064.xhtml
sec_0065.xhtml
sec_0066.xhtml
sec_0067.xhtml
sec_0068.xhtml
sec_0069.xhtml
sec_0070.xhtml
sec_0071.xhtml
sec_0072.xhtml
sec_0073.xhtml
sec_0074.xhtml
sec_0075.xhtml
sec_0076.xhtml
sec_0077.xhtml
sec_0078.xhtml
sec_0079.xhtml
sec_0080.xhtml
sec_0081.xhtml
sec_0082.xhtml
sec_0083.xhtml
sec_0084.xhtml
sec_0085.xhtml
sec_0086.xhtml
sec_0087.xhtml
sec_0088.xhtml
sec_0089.xhtml
sec_0090.xhtml
sec_0091.xhtml
sec_0092.xhtml
sec_0093.xhtml
sec_0094.xhtml
sec_0095.xhtml
sec_0096.xhtml
sec_0097.xhtml
sec_0098.xhtml
sec_0099.xhtml
sec_0100.xhtml
sec_0101.xhtml
sec_0102.xhtml
sec_0103.xhtml
sec_0104.xhtml
sec_0105.xhtml
sec_0106.xhtml
sec_0107.xhtml
sec_0108.xhtml
sec_0109.xhtml
sec_0110.xhtml
sec_0111.xhtml
sec_0112.xhtml
sec_0113.xhtml
sec_0114.xhtml
sec_0115.xhtml
sec_0116.xhtml
sec_0117.xhtml
sec_0118.xhtml
sec_0119.xhtml
sec_0120.xhtml
sec_0121.xhtml
sec_0122.xhtml
sec_0123.xhtml
sec_0124.xhtml
sec_0125.xhtml
sec_0126.xhtml
sec_0127.xhtml
sec_0128.xhtml
sec_0129.xhtml
sec_0130.xhtml
sec_0131.xhtml
sec_0132.xhtml
sec_0133.xhtml
sec_0134.xhtml
sec_0135.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_000.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_001.xhtml