III

Canturreaba Luisón. Sonreía Anchorena.

El cielo tomaba ya un color grisáceo, casi imperceptible.

—A las ocho en el catre —dijo Severiano—. En cuanto encerremos, derechito a la cama.

—En cuanto encerremos nos tomamos unos orujos y un café bien caliente, y nuevos.

Repitió Luisón:

—Nuevos, Severiano.

—No me muevo de la cama hasta las seis.

—Ya nos amolarán con alguna llamada.

—Pues no me muevo.

—Ya estará Sebastián preparándonos faena.

—Pues la higa a Sebastián. Me quedo hasta las seis.

Anchorena bajaba la cabeza para contemplar el cielo. La tierra estaba en el momento de tomar color; en el incierto y apresurado roce de la madrugada y el amanecer. Se sentía el campo a punto de despertar.

Anchorena recogió del suelo de la cabina el periódico infantil. Lo abrió por cualquier página.

—Estos tíos —dijo— dibujan bien. ¿Eh, Luisón?

—Hay algunos muy buenos.

—Tienen que ganar mucho. Esto se debe pagar bien. Todos los chavales compran esta mercancía.

—Los hacen en Barcelona.

—Qué cosas tienen los catalanes, ¿eh? Es un buen sacadineros.

Anchorena curioseaba el periódico.

—Esto tiene gracia. Este chiste de la suegra. Lo voy a guardar para enseñárselo a mi mujer. Tiene gracia...

Por el cielo se extendía un cárdeno color que se iba aclarando.

Luisón conducía alegremente. Preguntó a Anchorena:

—¿No oyes ese ruido quejado? Hay que echarle esta tarde, a primera hora, una buena ojeada al motor.

—Deben ser los filtros. Ya veremos.

—Los filtros o lo que sea. Ya veremos.

Se sucedían las curvas. Luisón tomó una muy cerrada.

—Cuidado —advirtió Anchorena—. Cuidado, y vete despacio. Hay tiempo. De Buitrago abajo podemos ganar mucho.

Las luces de controles habían reducido su campo. Apenas eran ya unos botones de luz o unos halos casi inapreciables en torno de las esferas. Luisón apagó los faros.

—A media luz.

—Buitrago está en seguida.

Luisón se acomodó en el asiento. Apretó el acelerador. Anchorena gozaba pensando en el chiste que le iba a enseñar a su mujer. Pensaba decirle: «Igual que tu madre, Carmen, igual...» Su mujer no se iba a reír. Su mujer iba a decir: «Estás chocholo, Severiano; lo que te faltaba, leer periódicos de críos. » Anchorena se iba a reír mucho, mucho.

Embocaron una breve recta. Al fondo, una figura en la mitad de la carretera les hacía indicaciones con las manos.

—Un accidente —dijo Anchorena—, seguro.

—Es un guardia —dijo Luisón.

Luisón fue frenando hasta ponerse a la altura del guardia. Anchorena bajó el cristal de la ventanilla. Preguntó:

—¿Qué ha pasado?

La voz del guardia le llegaba baja y bronca a Luisón:

—Ahí, en la curva... un camión volcado... poco sitio para pasar... Vayan despacio... hasta que venga la grúa el paso va a ser muy difícil.

Luisón arrancó lentamente. Tomó la curva con precaución. Anchorena abrió la portezuela.

—Para, Luisón, para, que es Martiricorena.

El camión estaba oblicuo a la línea de la carretera, dejando solamente un estrecho paso. Había chocado contra la tierra del cortado para evitar el terraplén. Gran parte de la carga yacía derramada. Algunas cajas de pescado estaban reventadas. El camión volcado había patinado un trecho sobre la carga. El asfalto brillaba casi fosfórico de la pesca aplastada. Un cabo de la Guardia Civil hacía plantón junto al desastre.

—Los conductores, ¿dónde están los conductores? —dijo Anchorena.

El guardia fue seco en su contestación.

—Al pueblo... Uno muy grave...

Anchorena subió al camión. Balbuceó:

—Uno muy grave. Los han llevado a Buitrago.

Entraron en Buitrago. Pararon en el surtidor de gasolina. En la puerta del bar había tres personas que comenzaron a gritar a un tiempo haciéndoles señas con las manos.

—Para Madrid. Los han llevado para Madrid...

Se acercaron.

—¿Cuándo fue? —preguntó Luisón.

Dijo uno:

—Cosa de cuarenta minutos, ¿verdad, tú? Se debieron cruzar...

Intervenía otro.

—Los trajo un turismo..., oímos el ruido..., estábamos preparando...

Aclaraba el primero:

—Los han llevado para Madrid. El más viejo parecía grave, ¿verdad, tú? El otro no tenía más que rasguños, el golpe y mucho susto...

Terciaba el último:

—Ya llevaba lo suyo... Buena bofetada se han dado... El viejo iba desmayado..., con los ojos como de irse acabando... Han tirado con ellos para Madrid...

El primero explicaba:

—Aquí poco se podía hacer.

Luisón y Anchorena se despidieron.

El camión marchaba a gran velocidad. Luisón apretaba las manos sobre el volante. Las peñas altas se recortaban en el cielo azul gris. Buitrago, oscuro, manchaba de sombra el azogue de los embalses. Buitrago, oscuro, tenía a la puerta de un bar una tertulia.

—Son cosas que tienen que ocurrir... Van lanzados... y eso tiene que ocurrir...

—Mira tú, que esa curva es muy mala, que en esa curva hará dos años, ¿te acuerdas?

—Es que creen que la carretera es para ellos solos, sólo para ellos. Luego ocurren las cosas...

Y un silencio.

—Con este frío se anuda uno... ¿Vamos para dentro?

—Están los amaneceres de invierno. Hay que echarse una copeja.

Uno movió la cabeza cachazudamente:

—Son cosas que tienen que ocurrir...

Luisón y Severiano no hablaban. Luisón y Severiano tenían los ojos en la carretera.

(1956)
Cuentos 1949-1969
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