El autobús de las 7.40

El cielo de la mañana tenía algo de espejo empañado; se adivinaba tras de la neblina su azogado, frío y perfecto azul. Sobre el campo gravitaba un oscuro y meteórico silencio. La sierra lejana, dorada del color de la calabaza madura, invitaba a caminar mirándola. Anidaba la melancolía en los círculos de tierra húmeda y negra bajo las charrascas y los pinos escasos. De la helada de la noche quedaba solamente una espumilla o pelusa blanca en los surcos del labrantío —domadores de la mirada furtiva—, en las plantas resecas y humildes que resisten el paso de las estaciones, en los montones de grava de la carretera, gris y hostil en toda su soledad y longitud.

Desde la colina el soldado contemplaba, asombrado, el paisaje. Contemplaba y descubría. Le había llegado su turno de permiso y se daba cuenta en aquel momento de que desconocía el lugar. No hubiera podido hablar de aquel paisaje ni recordarlo. Había vivido ocho meses apurando el tiempo libre en las tabernas de la colina. Nunca tuvo ocasión de estar solo fuera del cuartel.

En la ladera comenzaban las alambradas. Tras de las alambradas, las garitas, como de juguete, de los centinelas, y la huerta, de un color verdiazulado y triste, se alineaban los pabellones de blancas fachadas y de tejados intensamente rojos, donde bandadas de grajos ahuecaban las plumas, espurreándose el frío, en la espera de los primeros rayos de sol.

De las tabernas recordaba el soldado, ahora que tenía su maleta de madera pegada a los pies, con el asa de hierro sólo para tres dedos, erguida como una cresta, a los amigos, a los compañeros. Tampoco hubiera podido decir qué había en su interior que las caracterizara y las distinguiese entre sí. En ellas solían beber, discutir, jugar a las cartas. Las tabernas siempre estaban llenas. Únicamente podría rememorar, pasado el tiempo, su rumor de colmena azuzada. El soldado se sorprendió cuando sonó un toque de corneta, ablandado por la distancia. Prestó atención y pensó en su significado fiel: formación y debilidad en las piernas. Luego, como huyendo, cogió su maleta y cruzó la carretera.

En el poyo de la puerta de la taberna El Palomar —en la buhardilla de la casita de dos pisos el dueño criaba palomas – estaban sentadas dos mujeres. Al verle avanzar hacia ellas sonrieron, cambiaron algunas palabras en voz baja. El soldado alargó el paso. Sabía que se iba a avergonzar. Su intención era ganar al rubor, inevitable, en rapidez. Pasó desconcertado junto a ellas. La más joven de las dos mujeres, casi una niña, le dijo: «Muchacho, ¿nos invitas a una copa?», y le guiñó el ojo. Entró en la taberna sofocado. Sintió rabia; rabia contra sí mismo por no haberlas mirado desenfadadamente y haberlas dicho algo, como cuando iba con los compañeros. En seguida pensó que dos mujeres, a un hombre solo, pueden avergonzarle fácilmente.

El tabernero estaba leyendo un periódico atrasado. Usaba gafas para leer el periódico y escuchar la radio. Más de una vez el soldado le había oído decir: «Sí; me pongo las gafas para concentrarme.» El tabernero se las daba de hablar muy bien y corregía con frecuencia a los soldados que empleaban giros verbales de sus regiones: «No se dice aluego, mozo, ni , ni...» Solía terminar: «Pero ¡qué brutos sois, qué brutos!»

El tabernero, para servir a los clientes, dejaba las gafas junto a unos nauseabundos y antiguos aperitivos que bajo una amarillenta gasa, en invierno y en verano, había encima del mostrador. La armadura de las gafas era metálica y los cristales muy grandes. Parecían, cuando las patillas estaban abiertas, un sapo esquemático de gigantescos ojos y delgadas patas, o un extraño animal, mezcla de sapo y saltamontes, observador de la descomposición paulatina y segura de las sardinas rebozadas.

El soldado pidió una copa de orujo. El tabernero le miró. Dijo: «Qué, ¿te han dicho algo ese par de titiriteras? Se han pasado toda la noche...» Su sonrisa era entre picaresca y macabra. Sirvió el orujo. Se pasó la lengua por los dientes, abriendo mucho la boca, recreándose en sus caries. Añadió: «De permiso, ¿no? Ya estarás deseando llegar al pueblo. Tu novia...» Siguió preguntándole diferentes cosas sobre la familia, la novia, la labranza. El soldado contestaba invariablemente: «Sí, señor» y «No, señor».

Al soldado, la ropilla —una chaqueta muy corta, de un color ocre desvaído; una bufanda al cuello morada y amarilla, que le habían prestado, y un pantalón gris con algunas manchas de grasa— lo hacía más endeble y difuso. Tímidamente, preguntó: «El autobús sale de aquí a las ocho menos veinte, ¿verdad?» El tabernero le respondió: «Sí; exactamente, a las siete cuarenta.» El soldado fijó su mirada en el reloj despertador, con el ratón Mickey pintado en rojo y negro sobre la esfera, que estaba colocado sobre una lata de bonito en escabeche, en un anaquel.

Las dos mujeres sentadas en el poyo tenían frío. No entraban en la taberna para no gastar. La mayor se frotó violentamente los muslos, y su falda de percal, en la que parecía haber estallado una granada de flores disecadas, le quedó un poco recogida en el regazo. Habló:

—Te digo que no merece la pena.

Su voz era bronca; las palabras se le quebraban con un sonido de hielo de charco taconeado. Su rostro, feo e hinchado, hizo una mueca.

—No merece la pena. Si una no tuviera...

La más joven se echó a reír. Miraba hacia la carretera.

—Fíjate quién se acerca. El de ayer. Dile algo, a ver si nos convida.

La más joven apoyó la cabeza en la pared y comenzó a canturrear: «Siete cascabeles lleva mi caballo por la carretera...» Le interrumpió la otra.

—No seas gilí, Concha, que no hay nada que hacer. ¿No ves la cara que trae?

Concha calló automáticamente. Se quejó:

—Estos cerdos, en cuanto se acaba...

—Calla, chica. Pasa adentro. Te invito a una copa, anda.

La mayor de las dos mujeres sacó del pecho un pañuelo colorado cuidadosamente doblado. Dentro había una carterita negra de hule. Extrajo de ella un billete de cinco pesetas.

Se levantaron las dos. La mayor estiró su falda y se pasó las manos por las grandes nalgas yeguales. Concha se arregló el pelo.

En el mostrador, el soldado se retiró a un rincón. El tabernero se quitó las gafas; reía.

—¿Qué tal el negocio? No habréis pasado frío, ¿eh?

Las dos mujeres, muy serias, casi graves, pidieron aguardiente. Concha habló despacio, mirándole apaciblemente al rostro.

—Luisa, ¿por qué no le preguntas a este señor si pasa frío por las noches su señora? Pregúntaselo, que nos interesa muchísimo.

En la carretera, un hombre consultaba su reloj de pulsera y pensaba en las dos mujeres que acababan de entrar en la taberna. «Estas dos desgraciadas —se dijo— creerán que voy a entrar a convidarlas.» Se frotó las manos despacio, mirando hacia la ciudad, de la que únicamente podía ver en lontananza las formas vagarosas de unas chimeneas de fábricas, el alto nido de un depósito de agua. Necesitaba estar en Madrid antes de las nueve de la mañana. Miró sus zapatos abrillantados. Se había puesto su mejor traje. Tenía una idea primitiva y cierta de lo que era entrar en tratos para lograr una colocación. Naturalmente que él podía vivir de su sueldo; pero sabía que tenía la obligación, sobre todo ante su mujer, de hacer lo imposible por lograr algo. Ese algo, ese enchufillo del que hablaban los compañeros constantemente. Se ajustó el nudo de la corbata y se puso a silbar.

Un niño venía corriendo por la carretera. Traía su cartera de escolar colgada de los hombros. Su carrera graciosa, cachorril, con los pies calzados con grandes botas que le hacían tropezar a veces, paró un momento.

El niño se cogió el tobillo derecho con las dos manos en difícil equilibrio. Luego continuó su carrera hasta llegar a la altura del hombre. Cuando saludó, la voz del niño, entrecortada de jadeos, estaba llena de respeto, casi de disciplina. Era el hijo de un sargento, que cogía el autobús primero de la mañana para ir al colegio del cercano pueblo. A la izquierda de la carretera, mirando a la sierra, frente al cuartel, estaba la colonia de oficiales y suboficiales, un grupito de casas con jardín y huertos, en las que la vida transcurría monótona y apacible.

—Don Joaquín, ¿va usted a Madrid?

El hombre no respondió a la pregunta. Sin embargo, le interrogó:

—Pero, chico, ¿no tienes frío sólo con el jersey?

—No, no; todavía no hace mucho frío. El abrigo lo guarda mi madre para el invierno. Todavía no tengo frío. El año pasado nevó este mes y me lo puse antes, pero hasta que nieve...

De una de las casas pegadas a la carretera, en la colonia, salió una señora vestida de negro. Caminó de prisa colina arriba, taconeando ruidosamente. A medida que andaba se iba arreglando imperceptiblemente errores de su vestimenta. Un ligero toque al pañuelo gris del cuello. Un estiramiento del cuerpo para que el abrigo se ajustara perfectamente. El taconeo, tan claro segundos antes, fue apagado por el bronco ruido del motor de un coche acercándose. El niño dijo:

—Ya está aquí el autobús, don Joaquín.

El soldado, en la taberna, recogió la maleta y se despidió. El tabernero le saludó:

—Que la encuentres tan bien como la dejaste, muchacho, no te la hayan cambiado.

El tabernero se rió, y las dos mujeres, que bebían sus copas a sorbitos, rieron con él. Concha comentó:

—Estos están más asustados que palominos.

—No mudan aunque pasen cien años en Madrid.

El autobús fue disminuyendo su velocidad lentamente. Paró. Descendieron unos oficiales y dos o tres soldados. Uno de los soldados, al ver al que se iba de permiso, le gritó: «Sebastián, torero, a ver si cuando vuelvas me traes un jamón.» Sebastián sonrió feliz. Se fue acercando a la puerta del autobús. Respondió al que le había llamado: «Ya verás, Auténtico, lo que traigo», y luego balbució algo, porque quiso decir una gracia y no acertó a decirla. Le habían llamado Auténtico a. aquel soldado de Madrid porque así le conocían en la compañía desde que un día el sargento le preguntó: « ¿Tú eres Pedro García?» Y él había respondido: «El auténtico, mi sargento.»

Sebastián iba a montar en el autobús. Cuando lo iba a hacer, el cobrador se lo impidió.

—Espérate a que dé la vuelta —le dijo.

Concha y Luisa salieron de la taberna.

La señora vestida de negro saludó al hombre que hablaba con el chiquillo.

—Buenos días. Parece que hace frío. Estas pobres criaturas —dijo, señalando al niño—; si aquí hubiera un colegio... A los míos prefiero criarlos como salvajes, ¿usted sabe?, hasta que nos trasladen.

—Sí; para los chavales esto no es muy allá, que digamos.

La señora vio a las dos mujeres que salían de la taberna. En seguida las calificó. Las examinó de arriba abajo, policialmente. Después del detenido y despreciativo examen, con voz secretera, náufraga en el pleno conocimiento del pecado, explicó al hombre, con cuidado de que no la oyese el niño, que se entretenía en dar patadas en la dura tierra de la vera de la carretera:

—Estas perdidas... ¡Qué vergüenza! Se debía hacer algo: echarlas o detenerlas. Por aquí hay mucha criatura. Luego decimos que si los ejemplos...

El hombre miraba a todas partes y asentía con la cabeza. Prosiguió la señora:

—No sé cómo hay hombres... Porque todavía los soldados...; pero, según dicen, por la colonia hay hasta casados que algunas veces... ¿Usted se lo figura?

El hombre contestó con algún nerviosismo.

—Es una inmoralidad. ¡Cómo está España! La guerra...

Las mujeres que habían salido de la taberna se sentían observadas y menospreciadas. Adoptaron un aire pleno de modestia, tierno en su falsedad. Por lo bajo, Luisa le susurró a su compañera:

—Fíjate en ésa, hablando con el tipo de ayer.

—Ya, ya. Están hablando de nosotras; no hace falta más que ver la cara que pone ella. Ni que fuéramos m...

El soldado miraba dar patadas al niño. Este, al darse cuenta de que le contemplaban, le explicó:

—La tierra está muy dura. Si hubiera topos, sería fácil cazarlos.

El soldado se percató de que con aquel niño sería agradable tener una conversación interesante y amigable. Principió a contar:

—En mi pueblo cazamos los topos a azada. Cogemos, cuando la tierra está blanda, en los choperales...

El autobús había dado la vuelta y paraba frente a la señora vestida de negro y el hombre que con ella conversaba. El chiquillo se adelantó a todos, y casi en el mismo momento en que se abría la puerta ascendió al coche. Luego se guardó un riguroso turno: primero, la señora vestida de negro; después, el hombre que iba a tratar de una colocación en Madrid; tras él, las dos mujeres y, en último lugar, el soldado, que tropezó la maleta al subir y que hizo decir al cobrador, vigilante:

—Ten cuidado. Vete al final con ella, porque luego sube mucho personal y molestarás.

Advirtió de nuevo, cuando el soldado, azorado, dio un golpe al primer asiento:

—Que no es un arado, hombre.

El soldado pasó al final del coche. Allí se sentó. Cruzó una pierna sobre la otra y luego las descruzó. Miró el campo. Después, sus manos. Al fin, las cabezas de todos los viajeros.

Al lado del conductor se había sentado el chiquillo. Hacia la mitad del autobús, la señora de negro y el hombre de los zapatos muy lustrados, separados por el pasillo y hablando en aquellos momentos de las próximas lluvias, tan necesarias para el campo y para que no se desencadenara una epidemia mortal de cualquier fantástica enfermedad. Más atrás, las dos mujeres cuchicheaban de trapos, sin interés, como para disimular.

El cobrador volvía de la taberna, donde había ido seguramente a beber, comiéndose un bocadillo, que le obligaba de vez en vez a frotarse las manos pringadas en los pantalones azules desteñidos, ya casi grises. El cobrador gritó con la boca llena:

—Cuando quieras, Sánchez.

El motor del autobús comenzó a runrunear; dio como un bufido de gato metálico; ya en marcha tarareó con insistencia una moscardoneante canción. El conductor acariciaba el volante sin cesar. La mirada distraída del cobrador tan pronto se fijaba en el bocadillo como en el paisaje, como en el niño, que con la cara pegada al cristal contemplaba las cosas, que le parecía que pasaban a gran velocidad mientras el autobús estaba todavía quieto. La marcha del coche le producía una dulce y caliente sensación de estar aún en la cama.

El soldado sacó su petaca nueva, comprada hacía pocos días a un buhonero trotacuarteles. Estaba muy orgulloso de aquella piel, suave como el mango de una herramienta de uso continuo, blanda como una mano de mujer o, como algo de una mujer, extraña a él, como un fruto no sabía de qué nombre al que le hubiera gustado morder. Le entró intención de pasársela por el rostro casi barbilampiño, ahora que no le veía nadie. Pero el conductor volvió la cabeza, distraído, y él se guardó la petaca.

Muchas veces, Luisa había estirado su falda sin motivo, sobre sus piernas desnudas. Muchas veces el hombre de los zapatos relucientes había mirado desde su posición con el rabillo del ojo. Luego el hombre se serenó y ya no volvió a mirar. Hubo un momento, el soldado lo observó, en que todos los pasajeros miraban al campo. Hubo otro momento, el soldado no se pudo dar cuenta porque estaba mirando al campo, en que los viajeros se observaban con fingida indiferencia. Estuvo a punto de decir algo la señora vestida de negro al hombre que iba a buscar empleo, pero no lo dijo. Luisa acercó sus labios a la cabeza de Concha y le contó algo. Concha no lo entendió y preguntó en voz muy queda: « ¿Qué dices?», haciendo un gesto de extrañeza. Luisa volvió a su serio mutismo.

El chiquillo veía y veía pasar las casas, los árboles delgados, plantados el año anterior; la tierra parda y seca. Soñaba. Creía que soñaba. Le hubiera gustado estar de aquel modo toda la vida. Sin embargo, sabía que aquello tenía su fin y lo apuraba con delectación. En cuanto llegaran al pueblo tendría que bajarse y acercarse cansinamente al colegio, barato, destartalado, enemigo, donde le explicarían cualquier cosa que no le interesaba demasiado, pero de la que tendría que dar cuenta poco después. Los sábados, si la cartilla de las notas exponía su falta de atención y de estudio, se ganaría en su casa algún zapatillazo de la madre o algún pescozón del padre, que las miraba mientras leía el periódico y hacía comentarios sobre las quinielas del fútbol. El niño alentó en el cristal. Luego dibujó sobre el empañamiento. Después borró el garabato con la manga de su jersey y principió de nuevo.

Concha pensaba en su novio. Pensaba que no era muy bueno con ella, pero que era un gran hombre, un hombre muy hombre, un superdotado. De él le gustaba todo, desde cómo bebía el vino hasta cómo la amenazaba, mientras ella se engallaba y le decía obscenidades. Le gustaba aquel respeto que le tenían los amigos. Le agradaba su manera de dirigirse a los taberneros para pedirles un vermut. Le parecía que su cara de color ceniciento se iluminaba a veces cuando estaba contento o cuando estaba enfurecido, y le desaparecía aquella tristeza humosa u oxidada de algo que siendo joven era ya muy viejo. Pensaba que alguna vez, aunque no la recogiese o aunque la dejara definitivamente, como ya se lo había dicho muchas veces, él la saludaría con alguna nostalgia, con aquella murria misteriosa que ella ya sentía a veces como un sufrimiento. Porque le gustaba sufrir, estaba convencida de ello. Porque lo suyo, lo más suyo —lo sentía en su interior ardiendo en una llama achatada y fuerte—, era sufrir.

Luisa no paró a explicarse por qué odiaba a la señora vestida de negro. Imaginaba que aquella vida tenía demasiadas cosas que ocultar para que se permitiese la mirada que les había lanzado. Odiaba de la señora el traje negro, los bucles, demasiado compuestos; su cara de mujer segura, que no ha tenido ocasión de balancearse sobre la desesperación; su modo, respetuoso y superior a un mismo tiempo, de tratar al hombre de la noche pasada; su bolso, que adivinaba sin mucho dinero, pero con el suficiente para entrar en una tienda y discutir con el tendero sobre cosas caras, haciéndole ver que las podría comprar si quisiese para acabar llevándose las baratas con una solemne, casi litúrgica, seriedad.

El soldado se puso colorado de repente. Se imaginó que nada más llegar a Madrid, al bajar del autobús, se acercaba a las mujeres, a la más joven de las dos mujeres de la taberna, y le decía, le decía..., le decía... Lo pensó detenidamente. Le decía, por ejemplo: ¿Quién le va a invitar a usted, señorita, si gusta? Se le fue pasando el rubor. En cuanto bajaran del autobús se les acercaría, lo había decidido. Sin embargo, sólo pensarlo, le entraba como una corriente eléctrica por las piernas que le ascendía hasta el corazón y lo aceleraba en su palpitar. Lo había decidido; pero tal vez, para no pasar apuro, fuese mejor callarse.

El autobús avanzaba hacia el pueblo. El chiquillo iba identificando y nominando el campo: la casilla del caminero, el sanatorio de..., la revuelta donde atropellaron al ciclista, la cuesta donde el tren corría menos que una tortuga. Faltaban seis o siete lugares conocidos: donde había visto aplastado un lagarto, donde había cogido los arándanos verdes de la diarrea del verano, donde se encontró la piel de un erizo, que se llevó a su casa... El chiquillo comenzó a canturrear una canción patriótica que había oído muchas veces. Repitió cansadamente la primera estrofa.

El cobrador había terminado el bocadillo. Con mucha calma se enjugó las manos en un papel de periódico que se sacó del bolsillo. Se levantó para cobrar.

El hombre de la colocación en Madrid no pensaba en su colocación. El hombre de la colocación y de los brillantes zapatos de presunto colocado pensaba que tenía un amigo que paraba en un bar de la calle de la Aduana, con el que se podía charlar un buen rato de cosas y beber algunos vasos de vino. El hombre miró hacia la señora vestida de negro y comenzó a pensar que era una mujer ridícula. ¿Por qué tenía aquellos aires de marquesa? ¿Por qué estrechaba y recogía los labios como si fuera a escupir o a decir una calumnia? El hombre se sonó largamente en el blanco pañuelo que llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta, lo dobló cuidadosamente: aspiró su olor a agua de colonia barata, de la que empleaba después del afeitado. Quiso volverse de espaldas de pronto para mirar a las mujeres y no se atrevió. La buena fama es ante todo.

La señora vestida de negro examinaba las posibilidades que tenían las mujeres que estaban sentadas a sus espaldas de acabar en un hospital, o en la cárcel, o ¡quién sabe dónde! Pensaba que le debían dar asco, aunque no se lo daban. Sintió obligación de que le diera asco. ¡Y que hubiera hombres que...! Si alguna vez se enteraba de que su marido...; pero su marido, no; su marido era, entre otras muchas cosas, un caballero.

El autobús entraba ya en el pueblo. El chiquillo se acercó a la puerta. Paternalmente, el cobrador le dio un golpecito en la cabeza:

—¿Qué, a estudiar?

El niño se sintió molesto.

—Hay que estudiar, chavea, que la vida está muy mala.

El chico se indignó.

—A ver si te haces un hombre.

Al chiquillo le hubiera gustado darle una patada en la espinilla. ¿Por qué se tenía que meter aquel hombre en sus asuntos?

Frenó el autobús. Se abrieron las puertas, y un pequeño grupo de gente quiso subir a un mismo tiempo. El cobrador recomendó calma. Sonriente, dijo:

—Dejen bajar al estudiante.

Desde la acera el colegial miró con odio al cobrador. El autobús se cerró como un estuche. Arrancó. El chico, lentamente, buscó el camino del colegio.

Los primeros viajeros del autobús se sintieron más confortablemente instalados. Los nuevos viajeros hablaban a grito pelado. La señora de negro y el hombre de la colocación comenzaron a hablar de nuevo. Concha y Luisa se dijeron varias cosas importantes. Sentían cómo sus voces se levantaban a medida que se iban acercando a Madrid, donde nada se podía diferenciar, donde se sentían seguras y podían a sus anchas decir y responder lo que les viniera en gana. El soldado pensó en su pueblo, en las dificultades para ir a su pueblo. Un tren, un autobús, un largo camino a pie... Colocó la maleta de madera entre sus piernas.

Desde Chamartín, Madrid parecía nuevo, recién inventado. La casi solitaria carretera de entrada se extendía con un brillo de papel de estaño sin arrugas delante del autobús. Los árboles de los lados estaban verdes todavía. La mirada pesada del conductor se perdía en la verdeamarillenta barrera de la arboleda del fondo, con la mancha gris de un monumento, abriendo como una boca de cueva en ella. Sobre los edificios lejanos flotaba un vaho de cambiante calor a medida que se avanzaba. Se presagiaba el cielo, se veía el cielo en unas como venas de azul bajo la piel de neblina.

El autobús viró a la derecha y ascendió hacia Cuatro Caminos. En la calle estaban orilladas, en una larga columna, camionetas de modelos antiguos, destartalados, a las que cargaban fruta. El autobús jadeó. El conductor bostezó aburridamente. La señora vestida de negro se dirigió al hombre de los zapatos brillantes:

—Y usted, ¿cuándo vuelve?

—En el de las dos menos cuarto.

—Yo me vuelvo antes.

Paró el autobús. Fueron bajando los viajeros. Concha y Luisa se colocaron para bajar inmediatamente detrás de la señora y el hombre. El soldado, con su maleta de madera, esperaba a que bajasen todos para no tropezar con alguno y darle ocasión a quejarse.

Se encontraron los cinco en la acera. La señora se estaba despidiendo del hombre de la colocación. Luisa y Concha se decían algo en voz baja. De pronto Concha alzó mucho la voz:

—Mira éste, ahora mucho cuento y anoche tan simpático.

La señora lo oyó. La señora comprendió en seguida. La señora se despidió automáticamente, mientras el hombre que quería una colocación en Madrid, una colocación de las que hablaban tanto los compañeros, miraba al soldado como culpándole a él. El soldado, ante aquella mirada acusadora, se encogió, quiso hacerse pequeño, muy pequeño. La señora caminaba ya acera adelante. El hombre la siguió a alguna distancia, procurando acortar sus pasos para no alcanzarla.

Concha y Luisa rieron escandalosamente, de tal forma que el vendedor de periódicos se creyó en la obligación de decirles:

—Divertidas, que sois unas divertidas, a ver si lo que queréis...

Y murmuró algo seguramente procaz, violento, que ellas no entendieron, pero que adivinaron. Concha se volvió para decirle una cosa molesta a grandes gritos, pero su compañera la arrastró del brazo hacia la boca del Metro.

El soldado las vio descender las escaleras. Las dos mujeres contoneaban mucho las caderas. Pensó que las debía haber dicho algo. Pensó que si no hubieran ellas hablado en voz tan alta y el hombre aquel no le hubiera mirado tan tremendamente, él les hubiera podido decir algo.

El soldado recibió un empujón. Escuchó a sus espaldas una voz femenina, agria y tirante:

—¡Eh, tú, que estorbas, so pasmao!

Volvió la cabeza y vio a una mujer con un cesto lleno de churros. Cogió la maleta y echó a andar a grandes pasos. Se golpeó en la rodilla con ella, tropezó. Oyó una risa. Sintió que no podía ganar al rubor en rapidez. Sintió que no le ganaría nunca y, por un momento, se le nublaron los ojos. Luego continuó caminando.

(1953)
Cuentos 1949-1969
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