Aunque no haya visto el sol

...ni conocido nada, más reposo tiene éste que aquél...

(Eclesiastés)

Al salir de su casa solía acariciar la guitarra. Pasaba sus dedos hinchados por las cuerdas y la guitarra le decía adiós. La guitarra pendía de un clavo de la puerta, y cuando regresaba de la calle, alrededor de las once de la noche, la descolgaba. Antes de cenar se sentaba con ella y la apretaba contra su vientre un gran rato, sin atreverse a tañerla por miedo a oír los gritos de Teresa. Durante la cena la cobijaba entre las piernas, y después, mientras hablaban de lo que habían vendido y de lo que les restaba por vender, del tiempo y de los borrachos, su tacto minucioso buscaba complacerse en la guitarra. Conocía el instrumento como sus propias manos y sabía dónde las uñas habían labrado surcos y dónde las palmas habían pulimentado la madera hasta dejarla tersa y acariciante, tal vez como unos labios, y en qué dirección amenazaba continuar la grieta de la caja.

Si Teresa estaba bebida y soñolienta, él podía recordar los años en que tocaba por las calles. Recordaba su andar sin prisa por las cercanías de la plaza de abastos; su andar mañanero oliendo el confuso aroma del mar, de la huerta y de la sangre; oyendo las voces agrias de las vendedoras y el ruido de las caballerías de los carros de transporte coceando inquietamente el suelo. Recordaba algo que era como un paseo por la calle Mayor; paseo de tarde olfateando en el buen tiempo el humo de los puros y escuchando las silbantes sirenas del vapor de las cafeteras. Recordaba la compañía de los anocheceres en las tabernas, en las que le invitaban y le gastaban bromas y le pedían que cantara coplas obscenas. Si Teresa estaba bebida y soñolienta...

Era algo que pertenecía a las calles de la ciudad y su caricatura había salido muchas veces en las revistas de fiestas de aquellos años; solamente por esto hubiera deseado ver. Las caricaturas las guardaba —ahora no sabía dónde, porque Teresa lo tenía todo ordenado a su manera— para enseñarlas si algún día se le presentaba una buena ocasión.

Teresa odiaba la guitarra y la pobreza, aunque siempre había sido pobre. Teresa había empezado mal y luego todo le fue peor, y ella hablaba de aquellos años como de los mejores de su vida. Ahora era su mujer y le llevaba por las calles de prisa, empujándole, en un destajo peregrino, porque había aceptado el nuevo oficio y tenía que vender su lote de números y no le gustaban las esquinas.

No todos los sábados se pegaban y solamente una vez habían ido al Cuarto de Socorro, cuando Teresa quiso romper la guitarra y le escaldó las manos echándole un cazo de agua hirviendo. De aquel maldito sábado provenía la grieta de la caja de la guitarra.

—La Teresa es una golfa de cuartel; no te cases —le había advertido la ciudad.

Él se había casado y estaba contento de haberlo hecho. No le importaba que en las tabernas les dijeran cosas sucias, y tenía muy claro en la memoria, y cuando lo pensaba le entraba como un sofoco de emoción, un día de verano en que un borracho insultó a Teresa, y Teresa, como estaba bebida, le tiró un vaso a la cara, y el borracho le pegó un puñetazo, y Teresa gritó:

—¡Si estuviera casada con un hombre no te hubieras atrevido, hijo de...!

Lo tenía muy claro en su memoria, porque se volvió como loco y cuatro hombres no podían con él hasta que alguien le golpeó con algo muy duro en la cabeza. Aquel día Teresa lloró, nunca más volvió a llorar, y lo llevó hasta la casa apretándole con mucha fuerza el brazo y le besó en las manos y en los ojos.

De día, Teresa decidió que llevara gafas negras y corbata.

—Esos ojos dan miedo —dijo.

Y no lo entendió, porque sus ojos eran conocidos de toda la ciudad.

—Tienes que ponerte corbata para entrar en los cafés —dijo.

Y como no había entrado jamás en un café, dejó que Teresa le pusiera corbata, y los primeros días oyó a la ciudad reírse, y se disculpaba:

—Son cosas de mi mujer. Las mujeres, ya se sabe...

Se acostumbró a su mujer como se había acostumbrado a su guitarra.

—Teresa, arrímame a las casas.

—Si te arrimo, la que se moja soy yo.

—Teresa, hoy nos han quedado cuarenta y tres pesetas; falta un duro. ¿Dónde está?

—¿Es que no puedo tomar un par de vermús cuando me da la gana?

—Teresa, no me metas en el paseo.

—No vamos a vender en el desierto; aguántate.

—Teresa, me entra el agua por las botas. Llévalas a arreglar.

—No hay dinero. Espera hasta que te puedas poner las alpargatas. Hay mucha gente en el mundo que va descalza.

A veces se reía o le insultaba y nunca se dejó hacer una caricia. Pero no estaba solo.

—Para lo que vales...

Probablemente Teresa tenía razón, porque él nunca había valido mucho y sabía mejor que cualquier hombre pudiera saberlo lo poco que valía. La ciudad se lo había gritado mil veces:

—Andas como un sapo... Tu madre se debió de dar un golpe para que tú salieras con la nariz remostada... Con un metro más podías sentar plaza de alabardero...

Era lo que pensaba de él la ciudad; nada más. La ciudad no podía ser cruel ni bondadosa. Era bien absurdo pedirle más compasión que los céntimos de los años sin oficio, tocando la guitarra, o el dinero que le daban a cambio de un poco de esperar buena suerte. Tampoco necesitaba la compasión, porque tenía a Teresa, que era suya y con la que podía discutir o pegarse, sin más intervención de la ciudad que las voces de protesta de los vecinos, amarse o aborrecerse, sin más testigo verdadero que las paredes de la casa.

A Teresa le gustaba ir al cine, y la esperó muchas noches en la casa hasta que se decidió a acompañarla y descubrió algo maravilloso. Pensó que hubiera sido más triste nacer sordo y que él gozaba de un privilegio al no serlo.

—Si pudieras verla... —decía Teresa.

No le preocupaba. Podía distinguir una calle llena de rumores y caballos que entraban al trote por ella y todo un mundo hirviente auscultado por él hasta su mayor profundidad.

Teresa faltó quince días de casa, y cuando volvió, él la abrazó y quiso acariciarle el cabello.

—No hagas tonterías.

—¿Te trataron mal?

—¿Cómo me iban a tratar?

—¿Has tenido frío?

—No, calor. ¡Qué cosas!

—¿Te han dado bien de comer?

—Te debías haber molestado en llevarme algo.

—No me dejaron.

Culpó a la ciudad. Él hubiera pagado con tiempo, nadie tenía derecho a quitarle a Teresa, nadie; y pensó por primera vez que la ciudad era cruel.

Teresa se metió en la cama y no se levantó en dos días. Después fueron al cine, y Teresa se emborrachó a la noche siguiente y se pegaron.

—Es una ladrona —acusó la ciudad.

Y aunque a Teresa no le importaba, él no quiso volver a vender en la plaza de abastos e insultó a unos borrachos cuando entraron y les oyó decir entre carcajadas:

—Cuidado, Sierra Morena, agarrarse las carteras.

Nada pasó el 24 de octubre, sábado, un día triste desde que amaneció. Estaba lloviendo, y al despedirse de la guitarra el adiós fue mortecino.

Salieron a la calle y comenzaron a trabajar. La noche anterior habían vendido poco.

—Vamos a tomar café en el bar de Guitarte —dijo Teresa.

Y entraron en el bar, donde tomaron café con leche, y Teresa añadió dos copas de aguardiente porque tenía el frío en los huesos y una especie de dolor como una quemadura en la espalda.

—Aquí —dijo Teresa.

—Esta noche te puedo frotar si compramos alcohol. —El alcohol es mejor por dentro— dijo Guitarte, y se echó a reír.

Luego entraron gentes del mercado e invitaron a Teresa a otra copa, y Teresa comenzó a decir malas palabras, que todos celebraron, hasta que Guitarte les mandó marcharse.

—¿Es que no pagamos como los demás? —preguntó Teresa.

—Sí, sí; pero marcharos.

—¿Por qué nos tenemos que marchar?

—Vamos, Teresa —dijo él.

Y Teresa cogió la ira y lo llevó muy de prisa por la calle y lo pasó bajo un goterón.

—Te echan como a un perro y ni protestas.

—No nos han echado.

—Entonces, ¿qué ha sido?

—Estabas diciendo barbaridades y no son horas. Además, para un café con leche has bebido demasiado aguardiente.

—¿Y qué? Estoy enferma.

—Es temprano para beber tanto.

—¿Y qué? ¿Le importa a alguien lo que bebo o lo que dejo de beber?

—A mí.

—¿A ti?

Teresa se rió locamente, con su risa especial, que comenzaba con un silbido entre sus dientes mellados y acababa en un angustioso estertor.

Nada fue bien en el día. A las doce escampó unos instantes y luego volvió a llover con más intensidad. Sentía los pies húmedos y la boina empapada, pero no se quejó ni una sola vez cuando Teresa lo dejaba a las puertas de los bares y las tabernas para entrar a vender.

A la una comieron un bocadillo de mortadela en una taberna y Teresa habló demasiado con el dueño, y luego tarareó y dijo:

—Es una pena que no tengas aquí la guitarra, porque podíamos habernos metido en juerga.

A las cuatro y media se encendieron los faroles del alumbrado público.

—El Ayuntamiento tiene ganas de subir los impuestos —dijo Teresa.

Y a las seis y media Teresa estaba borracha y le daba empujones y pellizcos en los brazos. Entonces decidió que él también bebería, y entró en las tabernas, y aunque nada vendieran, pedían vasos de vino y charlaban con la ciudad.

A las diez Teresa se le colgaba del brazo y caminaban dando bandazos.

—¡Cuidado, Teresa!

Pero Teresa no hacía caso de sus advertencias y tropezaban y caminaban por los charcos.

Para llegar a la casa, en las afueras, tenían que pasar las vías del ferrocarril del Norte y bajar, si querían acortar camino, un ribazo alto, y luego caminar más de doscientos metros por la orilla de una atarjea descubierta, que llevaba sus aguas hasta el río cercano.

—Teresa, Teresa —gritó muchas veces, y fue inútil.

Y resbaló y cayó. Y pidió socorro y llamó a Teresa muchas veces, y fue inútil. Entre la lluvia y sus noches, fue inútil.

Estuvo dos semanas en el hospital y allí pensó en elegir una esquina. Eligió una mala esquina, porque ya no necesitaba ganar mucho y le daba lo mismo. Se fue borrando de la ciudad suavemente, como, a veces, sucede con el fin del verano.

—De buena te has librado —dijo la ciudad—. Y es mejor que haya sido así.

Pero la soledad nunca compensa, y lo sabía mejor que cualquier hombre pudiera saberlo. Y en su casa acariciaba cosas que no eran ella, pero que le acompañaban desde ella solamente un poco, nada más un poco, como sus propios ojos.

(1960)
Cuentos 1949-1969
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