Al margen
Había un resplandor de porcelana en la cal de las fachadas. El sol de julio decoloraba los viñedos, los maizales, las tierras de pasto y las montañas. Era la bahía un desparramado rayo permanente, y en el paseo del malecón las palmeras parecían sucias y artificiales. Sólo a la sombra de los toldos de los cafés recobraban los colores viveza y grito.
Cansadamente, hacia la caleta de los baños, caminaban los turistas. Penitenciaban el largo camino a la playa, cargados con grandes capazos, de los que asomaban aletas y tubos de buceo, toallas de colorines y ballestas de pesca. Ruth, con los párpados entornados, los veía alejarse, cruzar la carretera, perfilar el campito de golf, dejar atrás el muelle de las barcas de alquiler y pasar el puente de troncos y cemento sobre la atarjea con cardúmenes de pececillos negros, anguilas pequeñas y bichos del lodo, cuyos movimientos eran como un tic del agua. Después estaba el arroyo y su breve alfaque de arena y légamo, que al ser pisado daba gorgoritas en la huella y mal olor, pero ya no los alcanzaba a ver. El bar de Justo cubría aquella parte del camino con su tosca, achaparrada y triste arquitectura. El arroyo podía precisarse por una línea de altas cañas, de las que se servían para hacer sombrajos los dueños de los aguaduchos de la playa.
Ruth volvió la cabeza, fatigada del paisaje empañado por la excesiva luz. Contempló su vaso de bitter, levemente iluminado del hielo, grato como una estancia sedante. Una avispa doblaba su cuerpo de forúnculo y de piedra preciosa tanteando en la boca de la botella de cerveza. Ruth retiró la mano extendida hacia el vaso de bitter.
—Echa al monstruo, Miguel —dijo—. No puedo beber si está ahí.
Un periódico doblado aventó la avispa. Pasaba el landrover de los Albertini levantando polvo y una mano se agitó un instante en la cabina saludando.
—Es terrible este dolor de cabeza —dijo Ruth y se señaló—: Aquí, aquí y aquí... Es demasiado para mi cabeza.
Ruth tenía los ojos azulinos y atónitos, fijos en la avispa posada de nuevo en la botella.
—No es posible —dijo— que a este animal le guste la cerveza.
—Bien —habló Miguel—; a ti te gusta todo lo demás. Deja que le guste, deja que le duela su cabeza.
—Bueno, Miguel, no tienes necesidad de insultarme. Es puro sadismo insultar a una persona que está arrepentida y tiene dolor de cabeza.
Un pequeño yate partía a motor hacia El Dorado. En el vaso de bitter naufragaba el hielo.
—Todos los días te arrepientes —dijo Miguel—, y eso no creo que sea bueno para tu salud.
—Sólo me arrepiento un poco —contestó Ruth—. Lo suficiente —hizo chasquear sus uñas—. Ni esto más de arrepentimiento. Pero no debes enfadarte.
—No me enfado. Eso lo dejo para Luis.
—Luis nunca se ha enfadado conmigo. No se lo consentiría.
—Bien, Ruth. Nadie se enfada contigo. Luis es un hombre muy tranquilo y sabe lo que se hace.
—Así es —dijo Ruth.
Unos pescadores transportaban colgados de un remo cuatro meros del tamaño medio, un dentón grande y un revoltijo visceral de pulpos. Pasaban delante de los cafés sonrientes y modestamente heroicos. Una muchacha se levantó cerca de Ruth y perseguida por risas de su compañía fue a curiosear la pesca. Empujaba los cuerpos con su dedo índice derecho y al tocar los pulpos hizo un cómico gesto de asco. Volvió a su asiento con el dedo erguido en ademán triunfal e idiota.
—Esa chica está llena de inteligencia —dijo Ruth—. Hace gracia a los hombres y sabe divertirse.
—Creo que sí. Podías haber ensayado tú también —dijo Miguel—. Yo te lo hubiera celebrado.
—Se necesitan los años de ella, Miguel, para hacer eso y no ser tomada por boba.
—Bien, vayámonos de aquí. Podemos encontrar a Luis en El Patio.
Ruth dejó su bitter sin terminar y recogió el paquete de cigarrillos y el encendedor echándolos a su bolso de pleita. Caminaron por la cenefa de sombra que daban los toldos en la calzada. De vez en cuando saludaban a gente conocida que tomaba los primeros aperitivos de la mañana.
—Tal vez debiera haber ido hoy a la playa.
—Es peor que un hormiguero —afirmó Miguel.
—Pero si no voy a la playa, ¿a qué he venido aquí?
—¿Lo demás no tiene importancia para ti? —preguntó Miguel—. ¿Lo demás lo encuentras cuando tú quieres?
—No he dicho eso. No seas tan directamente grosero. Me duele tanto la cabeza que no digo lo que quiero. No puedo pensar. Ten un poco de compasión.
Ruth se llevó una mano a la cabeza sin gesto de dolor y se ahuecó la pajiza melena.
—Eres intratable, Miguel. Un ave de rapiña o algo así. Siempre estás vigilante.
—Ahí está Luis —dijo Miguel.
—Me parece que voy a tener que dejar de beber para olvidarte —dijo Ruth sonriéndose.
Entraron en El Patio. Luis estaba sentado en un taburete y jugaba a los dados con el mozo del mostrador. Tenía la camisa sudada por la espalda y unos grandes círculos por debajo de las axilas.
—¿Qué queréis beber? —preguntó.
—Un bitter friísimo —dijo Ruth.
—¿Y tú, Miguel? —Ahora nada. Vendré dentro de un momento a recogeros.
Voy hasta Correos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Salió Miguel.
—Luego continuaremos la partida —dijo Luis al mozo del mostrador—. Me debes cuatro vermuts.
—Sí, don Luis.
—Vamos a sentarnos ahí —dijo Luis a Ruth—. Esta tarde alegre party en Santa Eulalia —anunció desganadamente.
—Me duele mucho la cabeza —afirmó Ruth.
—Tomas demasiado sol, querida —dijo Luis—. Se te pasará, estoy seguro.
El hielo tintineaba en los altos vasos.