II
En Miranda de Ebro había escampado. Bajaba el río turbio, terroso, rojizo, con un vértigo de remolinos en los que naufragaban las luces de las orillas. Los remolinos se desplazaban por la corriente, aparecían y desaparecían, jugaban y amenazaban. En Pancorbo salió la luna al cielo claro y las peñas se ensangrentaron de su luz de planeta moribundo. Una luna que construía tintados escenarios para la catástrofe. El tren pasó como un juguete mecánico en un paisaje inventado. El regato de Pancorbo iba crecido. En el pueblo, entre las casas, se hacían piedra de tiniebla las sombras.
En la Brújula el campo estaba escarchado por el estaño lunar. Ya fantasmeaba la luna yerta. Voló el pájaro sin nido que busca en la noche para posarse el hito del kilómetro. El ruido del motor mecía el pensamiento del hombre en los umbrales del sueño.
En Quintanapalla, viento afilado. En Rubena, silencio y piedra. En Villafría de Burgos, los fríos del nombre. En Gamonal, un cigarrillo hasta el Arlanzón; hasta la taberna de Salvador, ciudad de Burgos, café y copa, conversación mezquina, una medida de escrúpulo a base de bicarbonato para el estómago ardiente de Anchorena, leve gorrinada de satisfacción hecha pública y repetición de copas.
Salvador aguanta en el mostrador hasta el paso de los camiones de la pesca. Él prepara el bocadillo de la alta noche, la botella de ponche del invierno, el termo de café para la soñarrera. Trajina algún encargo a Madrid, guardando turno de camioneros por el favor que le hacen, sacándoles unas pesetas a los encargantes. Va viviendo.
Luisón María sorbía el café.
—¿Pasó Martiricorena?
—No ha pasado todavía.
—Ha tenido que pasar, porque va delante de nosotros. Era para preguntarle por Iñaqui, que lleva fiebre.
—Habrán seguido.
—Sí, habrán seguido.
Ya Anchorena estaba satisfecho. Comenzó a hablar.
—Tú, Salvador, tienes buena mina con nosotros; tú no te pierdes.
Salvador nunca tenía buen humor. Era pequeño, flaquito, calvorota, con el ojo derecho regañado. Decía muchas palabras malsonantes. Prestaba la misma sumisión a los camioneros que el perro suelto, que el perro cien padres al que le da el pan. A las veces enseñaba los dientes y gruñía por bajo. Los camioneros vascos lo celebraban con risas. Solían decirle: «Y nosotros en la tuya.»
Salvador se había casado con su criada, que era un medio esperpento resignado, a la que galantemente llamaba «la yegua». Cuando la echaba para la cocina chasqueaba la lengua: «Chac, chac, a la cuadra, maja, a la cuadra, yegua.» Anchorena estaba satisfecho y quería reírse:
—Salvador, si viniera otra, ¿a quién te cargarías tú?
—De vosotros no quedaba ni uno.
Luisón María intervenía:
—Ves, Salvador, cómo aunque te damos de comer no nos quieres ni un poco. El cura de mi pueblo dice que hay que querer al prójimo. ¿Tú es que no quieres nada con los curas?
—Yo no he dicho eso. Yo no digo nada.
—No dices nada, pero nos meterías cuatro tiros, ¿a que sí?
Salvador intentaba sonreír.
—Bueno, bueno, tomáis otras u os vais, que se os hace tarde.
Cuando Salvador hacía mala sangre de aguantar durante todo el día los jocundeos de su parroquia, se quedaba tuerto, no pedía favores a los camioneros y éstos no le gastaban bromas, porque una vez salió de detrás del mostrador con el cuchillo de partir el salchichón dispuesto a rebanar el pescuezo de un cliente que se había excedido.
—Una broma es una broma, y se aguanta según de quien venga. Vosotros os creéis todos muy graciosos...
Anchorena se reía con la boca y con la barriga.
—Eres un tío, Salvador; va a haber que hacerte un monumento. ¡Qué tío célebre!...
Luisón María pidió un polvorón.
—No estarán canecidos, ¿eh?
—Si te lo parece, no lo comas.
—Te pregunto, Salvador, te pregunto.
—No estoy para choteos.
—¿Es que no se puede preguntar en este establecimiento? ¿Es que no hay una ley que obligue a los taberneros a contestar decentemente a los clientes?
Salvador arrugó la frente. El ojo regañado se le cerró. Escupió.
—No estoy para bromas.
Luisón María insistía:
—Pero, ¿están canecidos o no? Pregunto, Salvador, pregunto.
Salvador contestó con ira:
—No están canecidos.
—Pues si no están canecidos no los quiero. A mí me gusta tomar las cosas canecidas, las cosas con penicilina.
Severiano Anchorena se reía a grandes carcajadas. Salvador se estremecía de rabia. Parecía que tras el párpado cerrado el ojo iba a reventarle de abultado que se le veía. Anchorena dejó de reírse. Calmó a Salvador.
—Parece mentira que no sepas aguantar una broma.
—Es que ésa no tiene gracia. Este la repite casi todas las noches.
Luisón María pasaba de la sonrisa a una fingida seriedad, de la fingida seriedad a una seriedad no fingida, de la seriedad no fingida al mal humor. Dijo:
—Pero qué mala uva tienes...
Salvador solía también lograr sus propósitos. Acababa el cliente tan enfadado como él. Luisón María amenazó:
—Te juro que si hubiera otra taberna abierta a estas horas, te podías despedir de mí como cliente.
—Pues cualquier día me da por cerrar —dijo Salvador—, en cuanto suenen las doce, y vais a tener que calentaros la tripa con agua de la fuente.
Anchorena pidió una copa y Salvador volvió a ser el humilde servidor de siempre.
—Sírvete tú algo —invitó Anchorena.
—Se agradece, Severiano.
Luego se disculpó:
—Es que no os dais cuenta que a estas horas lo que está deseando uno es meterse en la cama; que uno a estas horas no tiene ganas de nada.
Luisón María estaba totalmente enfadado. Se negó a tomar la última copa. Luego pagó Anchorena. Salvador los despidió muy fino.
Luisón María se sentó al volante. Puso el camión en marcha. Anchorena se repantigó.
—¡Qué Salvador! —dijo Anchorena.
Luisón no respondió. Anchorena movió la cabeza a un lado y otro. Repitió:
—¡Qué Salvador! ¡Qué extrañas revueltas! Esa pobre mujer que vive con él... Si un día me dicen que mientras duerme le ha pegado una cuchillada, diré que ha tenido razón para dársela.
Luisón miraba ya a la carretera. El compañero le preguntó:
—¿Qué te pasa, hombre?
—Nada, que acabo siempre de mal café con el tío ese.
—Pero hombre, Luisón, qué chiquillo eres.
—No lo puedo remediar; acabo de mal café.
Anchorena volvió a mover la cabeza a un lado y a otro.
—Te tomas un trabajo inútil.
Cruzó un coche que no hizo bien las señales de focos. Luisón se desató en insultos. Estaba enfurecido. Acabó quejándose:
—Luego la culpa es de nosotros. Luego..., si lo que hay es mucho... por la carretera.
Noche plena de Castilla. La luna llevaba el halo del frío. Un campo sin aristas, sin sombras, sin planos.
Anchorena se echó en la litera.
—Voy a dormir un rato.
Luisón María no habló.
—Al amanecer me das un aviso.
Anchorena se movió en la litera, pegó la cara a la colchoneta.
—Esto huele a diablos.
Luisón María aceleró el motor. Anchorena advirtió:
—Vamos bien de tiempo.
Delante del camión, la carretera tenía el color del álamo blanco. Abría el camión el silencio grave de la Castilla nocturna, de la Castilla cristalizada y blanca. Luisón María pensaba en los amigos de la carretera: Iñaqui con fiebre, Martiricorena con sueño, más allá de Lerma, cercanos tal vez a Aranda de Duero. La respiración profunda de Severiano llenaba de calma la cabina.
El contador de velocidad marcaba ochenta. Iban por la llana de Burgos. Luisón pensaba.
Luisón pensaba en el oficio. Frío, calor, daba igual. Dormir o no dormir, daba igual. Les pagaban para que, con frío y calor, con sueño y sin sueño, estuvieran en la carretera. Mal oficio. A los cuarenta años, en dos horas de camión, la tiritera. A los cincuenta, un glorioso arrastre al taller contando con la suerte. Al taller con los motores deshechos, con las cubiertas gastadas. Con los chismes de mal arreglo.
Disminuyó la velocidad. Volvió un poco la cabeza y Anchorena se arrancó de su duermevela.
—¿Qué?
—No he dicho nada; duerme.
—¿Vamos bien?
—Va todo bien.
Anchorena se desperezó en la litera. Dijo:
—No tengo sueño; parece que voy a coger el sueño, pero no me duermo.
Durmiendo en el camión se notaban los aumentos y disminuciones de velocidad, los cambios. Había como un sobresalto acompañado siempre de la misma pregunta:
—¿Qué?
Y la misma invariable respuesta:
—Todo va bien.
Hasta el amanecer apenas se cruzarían con coches. Desde el amanecer habría que abrir bien los ojos. Coches, tal vez un poco de niebla, la luz lívida que hace todo indefinido y confuso...
—Estaba pensando —dijo Severiano— en ese asunto de Martiricorena. Yo creo que lo sustituyen antes de fin de año.
—Puede que no.
Bajó de la litera y se sentó muy arrimado a la portezuela, apoyando el codo en el reborde de la ventanilla. Dijo:
—Se destempla uno si se echa; es casi mejor aguantar sentado.
Contempló la noche blanca.
—Debe hacer un frío como para andar a gatos.
Los ojos de Luisón tenían la misma vacua serenidad y fijeza de los faros del camión. Severiano le miró a la cara. Guardó silencio. Luego preguntó:
—¿En qué piensas, hombre?
—En nada.
Severiano se arrellanó en el asiento, cerró los ojos. La cabeza le hacía una continua y leve afirmación con el movimiento de la marcha.
Pasaron Lerma.
Pasaron Quintanilla, nombre danzarín. Bahabón, como un profundo suspiro en el sueño profundo. Bahabón entre dos ríos: Cobos y Esgueva. En Gumiel de Hizán la carretera tiene un reflejo azulenco de armadura. Por las calles de Aranda van dos borrachos escandalizando, chocando sus sombras, desafiando los cantones; por los campos de Aranda va el Duero, callado, llevándose las sombras de las choperas, patinando en las represas.
En Aranda, el kilómetro 313.
Severiano y Luisón miraban la carretera fijamente. Entre ellos, por su silencio, pasaba el tiempo. Severiano dijo de pronto:
—En el puerto habrá niebla pegada a la carretera.
—Martiricorena irá ya al pie del puerto.
—Iñaqui estará deseando llegar... ¿Te has dado cuenta alguna vez que en el viaje, cuando se está malo, el camino alarga el tiempo?
—Ya...
—Cuando llegas donde vas te desinflas del todo. Entonces te quedas para el arrastre, te quedas bien molido.
Anchorena calló. Le vencía la modorra de la desocupación de la noche. Había escuchado sus propias palabras como si no fueran suyas.
Habían dejado atrás Milagros, Pardilla, Honrubia, Carabias. Viajaban hacia Fresno de la Fuente. Luisón tenía el pensamiento en blanco. Seguía atentamente el rumio del motor.
De Fresno a Cerezo, cambio de temperatura, cambio de altura, cambio de velocidad. El camión ascendía lentamente hacia los escarpados de Somosierra. La luna, desde Cerezo, regateaba por las cimas. La carretera estaba vendada de una niebla rastrera.
En lo alto de Somosierra no había niebla. El camión, al cambio de velocidad, pareció tomar, hacer acopio de una nueva fuerza.
Anchorena miró hacia el cielo.
—Dentro de poco —dijo— comenzará a amanecer.
Luisón agachó la cabeza sobre el volante. Afirmó:
—Por Buitrago, las claras, seguro.
Descendían Somosierra.