Peón de enlace

—Encarna, ya lo tienes nuevo —dijo el cerillero entregándole el encendedor—. No le pongas piedras que no sean de su marca. El muelle está muy preto.

—¿Te debo algo, Damián?

—Cuando baje tu novio... Me quedan seis décimos, ¿quieres lotería?

—Me los das cuando nos vayamos.

—Y tu tía, ¿cómo anda de las piernas?

—Fatal. Ni para hacer sus necesidades es capaz de moverse. Estoy frita con ella, y como además quiere que esté todo el tiempo allí. ¡Como si pudiera!

—Son muchos años. ¿Y por qué no se opera ahora que tú puedes?

—Ni hablar. Cuidado que se lo he dicho. Raimundo es bueno y no le importaría, pero ni hablar. Si supieras el canguelo que tiene a eso.

El cerillero habló del barrio y de sus gentes. De un bar al que iba Encarna cuando todavía no estaba en la vida. Hablaba del tiempo pasado y del tiempo presente objetivamente. Eran noticias nuevas o noticias viejas, pero exentas de emociones.

—Te dejo, que me están llamando —terminó el cerillero.

Llamaba el alfil. Encarna probó dos o tres veces el encendedor y luego aventó su hermosa cabellera, abieldando los dedos.

—¿Me haces un favor? —preguntó el alfil atusándose el pelo del parietal derecho, y añadió—: Con sus razones... —pulió el pulgar.

—Diga usted y se verá —respondió, en guardia, el cerillero.

—Bien. Primero querría saber cómo se llama esa señorita con la que estabas hablando, la señorita morena...

—Encarna —dijo de mala gana el cerillero.

—Disponible, ¿no? —el alfil guiñó el ojo picardeado y cómplice.

—Creo que no. Tiene novio; el señor que está arriba jugando...

—Su papá... —dijo chulonamente el alfil.

—Y yo qué sé —contestó desabrido el cerillero.

—Bueno, amigo, bueno... Quiero que le lleves este papelillo, con discreción, ¿eh?, con mucha discreción.

—Se equivoca usted.

—No —dijo el alfil enseñando una moneda de cincuenta pesetas—. No.

—Sí, señor —dijo el cerillero sin levantar la voz— se equivoca usted. Yo no soy un alcahuete.

Rió el alfil suavemente y en su risa había sorpresa y desdeño.

—Entonces ¿de qué vives?

—De mi trabajo —dijo el cerillero amenazante—. De mi trabajo y eso le salva.

Inició la marcha cuando la voz del alfil le retuvo.

—Dame un paquete de emboquillado rubio.

—No tengo.

—¿Y esos de la caja?

—Están comprometidos.

—Peor para ti. Te ibas a ganar tres pesetas de propi.

Cuentos 1949-1969
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