III
Don Matías Cerro, después de comer, llevaba un cuarto de hora escuchando a su mujer. Don Matías apenas entendía algo de lo que estaba diciendo doña Leonor. Era tal la sucesión de embrollos que pretendía explicarle, que se vio obligado a adoptar un aire de recién llegado del extranjero, incapaz de comprender tanta y tan variada metáfora al servicio de una dialéctica de patio vecinal, actitud que sacó de sus quicios y exasperó hasta la violencia a su esposa. Leonorcita, la hija, atendía con displicencia de joven entusiásticamente dada a las películas de hogares destruidos por incompatibilidad de caracteres, en una extraña postura sobre una silla. Pedrolas observaba entretenido el manoteo de su madre. La escena se desarrollaba en el comedor de la casa, lugar de reuniones familiares, teatro de las espectaculares controversias que sobrevenían entre los miembros de la familia Cerro García.
Siempre que doña Leonor se aprestaba para un combate oral y convocaba a su marido e hijos en el comedor, sentía don Matías, hombre con propensiones de humorista, que la familia se caricaturizaba. Sabía que los estallidos verbales de su mujer, lo mismo que la aparentemente imbécil disposición de su hija y la desgraciadamente natural de su hijo, no llevaban ni perseguían otra meta que hacerle la vida un poco menos agradable cada día. Si su buen sentido no le preservara de tomar posiciones definitivas, se hubiera visto impelido a romper con su familia, ausentándose, desterrándose del hogar hacia zonas, o pensiones, u hoteles donde la calma fuese habitual y no esporádica. Pero don Matías tenía bien enraizados en la mente dos deberes que cumplir en este mundo: el primero, seguir sufragando los gastos, disparatados a veces, que le ocasionaba su familia; el segundo, y acaso más importante, concederse el cupo de felicidad al que creía tener derecho, sin reparar en sumas de dinero y en medios de la clase que fuesen. Sus dos deberes los cumplía a rajatabla. El primero, casi sin dificultades, y el segundo, por la noción de felicidad tan rara que poseía, un poco más complicadamente. Esto explica por qué don Matías se dedicaba a negocios oscuros —aparte del mercado— y mantenía una mujer en un apartamento recoleto con todos los adelantos del moderno confort.
Pero en don Matías tampoco cabía, a pesar de su vergonzoso modo de ver la vida, capacidad alguna para el olvido, y sentía en el huequecillo del alma donde alumbra la luz gris de la nostalgia el titilar del recuerdo de su primera mujer, madre de José María. A veces, con José María se propasaba en alardes sentimentales, y el hijo entendía bien que aunque no fueran del todo verdaderos, sí que había sinceridad en ellos. Era tipo común a este respecto, y las escasas ocasiones en que hablaba de su primera mujer, por no salirse de la regla, la calificaba de santa. Don Matías no entendía la laberíntica exposición de hechos y los comentarios al margen que doña Leonor le estaba haciendo. Doña Leonor se disparaba. Doña Leonor quebraba la voz en un jipío cuando llegaba a pasajes que consideraba particularmente importantes. Versaba la disertación sobre la boda de Leonorcita con el hijo de un chatarrero enriquecido en negocios de semejante tipo a los de don Matías. Doña Leonor, entre un fárrago de palabras e imágenes complejas, quería dar a entender que aquel negocio no se podía estropear por obra y gracia de la mentecatez de la niña, Leonorcita, y del apoyo que encontraba su mentecatez en don Matías. Doña Leonor demostró cómo, a su entender, la razón estaba de su parte. La razón estaba normalmente de su parte, y así lo hacía sentir tanto a su marido como a sus hijos, aun teniendo en cuenta el caso de Pedrolas, que estaba fuera de toda razón.
Doña Leonor se afirmó en lo que decía ante el silencio de su auditorio. Increpó:
—Matías, por favor, ¿me quieres hacer caso de una vez y dejar de poner esa cara de filisteo?
Don Matías se sorprendió.
—¿Qué dices, Leonorcita?
—Que si me quieres atender.
—Si ya te atiendo, mujer.
—¡Quién lo diría! Pones una cara de estar en otra parte...
—No, no; sigue, mujer, que ya te atiendo. Ibas por lo de que nuestra hija no parece muy dispuesta a casarse.
—Sí; que esta mema no se da cuenta que la vida sin posibles, y los posibles están en el bolsillo de Antonio, no se puede resistir.
—Bueno, y si la chica no quiere por ahora casarse, no la vas a obligar.
—Claro que la obligaré, y la obligarás tú. Dejarse perder una ocasión así sería una locura. Además, si no le quisiera...; pero como le quiere...
La hija se sintió obligada a intervenir.
—Eso de que le quiera o no, es asunto mío.
Doña Leonor alcanzó cumbres de indignación.
—Tú te callas. Eso es asunto tuyo y nuestro, de tu padre y mío. ¿Entiendes? Claro que le quieres, niña. Estaría bonito que no le quisieras después de los espectáculos del portal. ¿O es que te crees que no me entero? Pues me lo cuentan todo, para que lo sepas.
La hija se mostró altamente despreciativa.
—Alguna de las brujas de la vecindad. Como ellas ya están pasadas, a chismorrear. Vete a saber lo que habrán hecho a mis años.
Don Matías no pudo consentir el tema, que hería su delicada y paterna sensibilidad.
—Cállate, hija. Esas son cosas que no se deben decir.
Leonorcita puso un hociquillo de ofendida a las palabras de don Matías. Doña Leonor se hinchó, en la seguridad de tener a éste de su parte. Pedrolas se mordía las uñas, acentuando su cara de ratón, donde únicamente los ojos no eran de ratón, sino de rana. Doña Leonor expuso:
—Ya ves, descarada. Tu padre también está conforme conmigo.
Don Matías no fue capaz de esclarecer que él no estaba conforme con la tesis de doña Leonor y que lo que acababa de decir Leonorcita nada tenía que ver con la argumentación precedente de la madre. Don Matías se quiso levantar de la silla para marcharse. Se lo impidió su mujer.
—No, Matías; tienes que esperarte a que venga Antonio, porque hoy sube por primera vez al piso. ¿Verdad, Leonorcita?
La hija se apresuró a especificar que Antonio iba a subir porque lo había invitado doña Leonor, pero que el hecho de que subiera muy poco o nada tenía que ver con el proyecto de la boda. Antonio subiría a tomar café como un buen amigo que era. Don Matías no debió exaltarse, pero se exaltó:
—Mira, hija, ha llegado el momento —dijo gritando— en que me estáis fastidiando. Para tu madre, Antonio es tu novio, tu prometido, tu amante o algo así. Para ti es un buen amigo. Y para mí —hizo una pausa—, para mí, como todo esto es un lío estúpido, él no deja de ser un estúpido por hacerte caso a ti, que lo eres en mayor grado, y yo soy otro idiota por haceros caso a ti y a tu madre. De modo que me voy.
Se levantó de la silla repentinamente, más no contaba con doña Leonor. Esta cambió el tono de su voz. Lo transformó.
—Hombre, Matías, no nos vas a dejar colgadas con el invitado. ¿Qué va a decir? Es necesaria tu presencia, date cuenta; yo no sabría de qué hablarle...
Doña Leonor tenía la astucia de un reciario; lo envolvió de pies a cabeza, lo tiró a un suelo metafórico, y allí, gallardamente, le pisoteó la moral.
—¿Cómo vas a faltar, Matías, a la primera entrevista con tu futuro yerno?
Llamaron a la puerta cuando todavía don Matías, hosco, de mal talante, se negaba débilmente a la entrevista. La sirvienta se presentó en el comedor a consultar a doña Leonor.
—Debe ser él —dijo.
La sirvienta se encontraba en el epicentro de todos los jaleos de la casa. Doña Leonor le recomendó:
—Ponte la cofia bien... Así no... Está torcida. Así, mujer... Ahora.
Ante la nueva comedia del uniforme y de la cofia, don Matías quiso reaccionar. Su mujer le explicó sibilante:
—Es necesario...
Era él, Antonio. Entró en el comedor. Don Matías se puso en pie; pudo contemplarlo a su sabor antes de que llegaran a presentárselo. De mediana estatura, bien vestido, aunque no era indicada la corbata colorada sobre el traje azul para la ocasión; moreno, de labios gruesos, con una cortada en el inferior. Don Matías se quedó satisfecho; solamente la corbata, que a él le parecía de tarde de toros. Se lo presentó doña Leonor.
—El padre de Leonorcita, Antonio.
—Tanto gusto, don Matías.
—El gusto es mío, Antonio.
Les sirvieron café en las tazas de los grandes acontecimientos. Tazas de fina porcelana, compradas con ocasión de una brillante operación financiera. Las cucharillas, de plata, todavía tenían el apresto de no haber sido usadas nunca, o muy pocas veces. Copas ventrudas para el coñac Fundador; copas como dedales para el anís Las Cadenas.
Doña Leonor hizo los melindres que creyó oportunos para demostrar a Antonio que ella era una mujer elegante. Antonio estuvo a la altura de las circunstancias, cogiendo la copa de coñac con toda la mano para que se percatara don Matías que él sabía beber coñac como hay que beberlo.
Daban las cinco de la tarde en el reloj de cuco. Don Matías se levantó con ánimo de marcharse. Antonio le imitó.
—Si a usted no le molesta —le indicó—, puedo acompañarle un rato. Tengo que coger un taxi para ir a resolver un negocio lejos de aquí, en los vertederos de la basura.
—Sí, hombre, no me molesta que me acompañes, aunque yo voy para el centro.
—Yo voy hasta el río. Lo siento. De todas formas, podemos bajar juntos. ¿No le parece?
Antonio se fue despidiendo de la familia. Dio la mano y las gracias a doña Leonor. Prometió a Leonorcita volver a buscarla en cuanto solucionara el negocio. Aplicó una palmada cordial en el flaco cuello de Pedrolas.
Don Matías y Antonio se despidieron en el portal.
—Los negocios son los negocios, pollo —aleccionó don Matías.
—Sí, don Matías; hay que moverse mucho. Fíjese, este asunto me lleva hasta los basureros. Es un stock —sajonizó, en gran mercader— de cañerías de plomo. Un buen negocio, ¿sabe?
—Bueno, pues que haya suerte.
—Gracias, don Matías.
Los dos hombres se despidieron. Antonio, dando grandes zancadas, se apartó de don Matías. Éste se detuvo un momento, dudoso, en el portal. Al fin, a pasitos, se fue andando.
Antonio Zurita bajó del taxi a la orilla de la carretera. Tenía que continuar a pie unos cuantos metros por un camino de carros. Se dobló el pantalón por las bastillas. Le quedaba poco tiempo para resolver el negocio de las cañerías de plomo. La lejanía azuleaba en la tarde crecida. El taxista le esperaba en la carretera, dando vueltas en torno a su coche, mascullando palabrotas, silbando trozos de canciones.
Las casas se amontonaban en el pueblecillo de los basureros. Colinas de desperdicios las circuían. Colinas que eran una gama de tonos ocres. Cerdos y perros, apaciblemente, rebuscaban de un lado para otro. Antonio preguntó a una mujer dónde podría encontrar a Florencio Ruiz. La mujer se lo indicó.
Florencio, ayudado de Dolores, se dedicaba a prensar un lío de trapos. No se sorprendió de la visita. Antonio entró de lleno en el negocio.
—¿Dónde tienes el plomo, amigo?
—Ahí, disimulado bajo paja. Ya sabrá usted que nos persiguen mucho. De vez en cuando cae por aquí la pareja y hay que estar alerta.
—Bueno, hombre. ¿Vamos a verlo?
Era una buena cantidad. Se pusieron de acuerdo sobre el precio después de una breve discusión. El transporte se haría en cinco tandas, en el mismo carro de la basura. Por la mañana, muy temprano. Les cogía de paso. Apenas se tenían que desviar un poco hacia la Ribera. El pago, contra la entrega del plomo. Antonio volvió por el camino, un poco doloridos los tobillos de andar pegando saltos para evitar charcos, para no meter el pie en los relejes de los carros. Florencio, contento de como habían ido las cosas, gastaba bromas a su mujer; Julita, la sobrina, se quejaba de que Esteban, su marido, se hubiese ausentado por la mañana y todavía no hubiera aparecido. Cuando llegó Antonio a la carretera estaba atardeciendo. Hacía frío y el campo, desolado, ennegrecido, cristalizaba una calma de helada. Partió el taxi hacia la ciudad.
Don Matías encontró en la oficina a su hijo José María. Ironizaba con él paternalmente. José María le celebraba las frases regocijado.
—Luis Candelas, ¿qué tal marcha la operación?
—Bien, padre. Hay que esperar unos días.
—A ver si en el botín salimos perjudicados los pobres.
—No te preocupes.
Padre e hijo se entendían a la perfección. A veces don Matías hacía confidencias a José María sobre asuntos familiares.
—Tu madrastra quiere casar a Leonorcita con un chatarrero. ¿Qué te parece?
Don Matías quedó unos instantes ensimismado. Don Matías se adentraba en las cuevas del recuerdo. José María le escuchaba atento. En la mente del padre estallaba la alegría de otro tiempo en palabras sugeridoras: «Hijo, playa, calor, veraneo, octubre.» En el tiempo pasado, cuando todavía vivía la madre de José María, iban a veranear a Altea, su pueblo, en Alicante. Altea era en el momento un color azul cegador que le obligaba a cerrar los ojos y a apretarlos hasta que manasen los círculos luminosos del espectro. Don Matías repitió como para sí:
—Estos años, José María...
El diminuto mar muerto del tintero de mesa atrajo sus ojos. Se reflejaba la gran bombona colgada del techo, encendida. Don Matías comenzó a hablar de negocios.
—Supongo, hijo, que habrás venido por algo importante.
—No es muy importante. Vengo a ofrecerte una cosa que puede dar mucho dinero: comprar la producción en limpio, sin etiquetas, de una casa de conservas, inventarnos una fábrica, es decir, unas etiquetas, y darle salida por centros oficiales a buen precio. Hay amigos que podrían ayudarnos. ¿Qué tal?
—No sé; habrá que estudiarlo; ya veremos.
—Tú piénsalo. Aquí te dejo los precios. He hecho cálculos, que te he puesto al otro lado del folio. Tú verás.
—Bien.
—Yo ahora me voy a resolver unos asuntos. Iré por casa el miércoles de la semana que viene. Si hay algo del otro negocio antes de ese día, ya te llamaré.
—Bien, bien.
Quedó don Matías solo, apoltronado en su sillón, sin ganas de mirar las hojas que le había dejado José María. No dudó mucho. A los diez minutos de haberse marchado su hijo, salía de la oficina, ligero, dando pasitos cortos. Ya sabía dónde iba a terminar la tarde. Al pasar por una confitería entró a comprar una cajita de lenguas de gato. El sombrero de don Matías se inclinaba un poco hacia un lado, chulapo y burlón.