Hermana Candelas
Espiritista de Lanzante (islas Canarias)
Psíquica, adivinadora y consejera.
Proporciona el medio de conducir rápidamente
hacia el matrimonio feliz, recupera amores perdidos, etc.
Una visita y se convencerá. Precios módicos.
—Mañana es el último día.
—Bien, bien. Muchas gracias.
Le inquietó la voz de la telefonista, lejana, monótona, neutra como las de allá. En la negrura del receptor algo fosforescente se sumergía, y colgó con cuidadoso temor de hundir la lucecilla tan de prisa que sus ojos perdieron la noción del abismo. Anduvo por el pasillo, orificado de crepúsculo, a tientas; arrastrando los pies y reconociendo los rebordes de los baldosines, palpando la pared en busca de asidero, entornando los párpados para no lagrimear.
No llegó al portalámparas de hierro. Retrocedió y participó del eclipse debido a su cuerpo, caminando a los alcances de su ancha sombra vacilante. La aldaba de la puerta repicaba, y antes de llegar preguntó a gritos:
—¿Quién es?
—¿La Hermana Candelas? —respondió una voz interrogante.
—Ahora abro.
El burlete casi impedía abrir. Una mujer se deslizó con una inspiración profunda y sonora, entre el canto y el marco.
—La Hermana Candelas, ¿verdad? —dijo la visita en un susurro, que acentuó con una sonrisa y un ademán cómplices.
—Sí, soy yo.
—Tengo un prospecto...
Hermana Candelas cerró la puerta y contempló en silencio a la visita.
—Pase... Adelante... Aquella puerta.
Con la mano sobre los ojos, la visita avanzó, y resguardándose del resplandor tras la pantalla de su cuerpo, ligera e insegura, caminó Hermana Candelas.
—¡Qué sol tan hermoso tiene usted aquí!
—Sí, sí... Pase.
—Se debe agradecer, ¿verdad? Estos días de aire frío, un sol así es mejor que tener calefacción.
La mujer volvió la cabeza, indecisa.
—Pase, pase...
—Muchas gracias.
Entraron en la habitación, cálida y aromosa. El rescoldo del brasero hacía profunda la estancia, tenebrosa la penumbra y, reverberando en el latón y en los baldosines, aureolaba de niebla de sangre el patético esqueleto de pezón de la alambrera.
—Un momento. Voy a encender... Siéntese, hija mía; siéntese.
La voz de Hermana Candelas era maternal, misteriosamente maternal, y la mujer suspiró.
—Tiene esto muy bonito —dijo—. No me lo imaginaba así.
—Claro, claro... Acérquese, aquí, junto a mí... Bien.
Hermana Candelas se había sentado en un sillón de terciopelo verde y alto respaldo. En un rincón, tras de la visita, un viejo velador de mármol blanco era el único mueble hostil, quirofánico, recordador de la consulta. Hermana Candelas cruzó los brazos sobre el regazo y esperó.
—Una compañera... Ya sabe usted... No me atrevía...
—¿Por qué? —dijo quejosamente Hermana Candelas.
—Yo no soy de Madrid... Ya sabe usted... No estoy acostumbrada... Ella me dijo que usted era como una madre, pero tenía miedo... Estas cosas...
—Los caminos —el rostro de Hermana Candelas se iluminó—, los caminos que desconocemos, hija mía, tienen también espinos y son difíciles de andar; pero la voluntad...
Hermana Candelas bisbiseó algo que la mujer no entendió y luego cerró los ojos como si durmiera o meditase. La mujer miraba fijamente su rostro.
—Siga, siga —dijo dulce y lentamente Hermana Candelas—. Su pena está conmigo.
—El caso es que... verá, Hermana.. , cuando vine a Madrid este verano conocí a un hombre... Usted sabe lo que ocurre; parecía que estaba enamorado... Ya sé que fue una tontería... Me lo dijeron todas... A veces las compañeras tienen envidia... Era tan bueno conmigo... Y ahora no sé qué hacer...
La mujer gimoteó y abrió su bolso de plástico para sacar un pañuelo.
—Esto es un castigo —continuó—, un castigo del cielo... He sufrido mucho... Desde pequeña... Usted sabe... No importarle a nadie...
Moviendo apenas los labios, Hermana Candelas comenzó a hablar, y sus palabras llenaban toda la habitación y eran algo suave y acariciante y precipitaban al llanto y sonaban como una oración y no se comprendían.
—El corazón, hija mía, que busca como un pájaro. ¡Pobre corazón! Un nidito para el pobre corazón, que no importa a nadie... Hija mía, allá donde reina el silencio encontrarás lo que busca el corazón... Pequeñita, niñita mía, aquí te traicionan, nos traicionan a todos, que somos como pájaros en el invierno, como tristes pájaros que buscan y buscan... Llora como yo por tu corazón y los de todos... Solos, tan solos, mientras nos esperan allá...
Sus palabras se extinguieron y en la habitación quedó como un rumor de salmodia flotante y envolvente que los sollozos de la visita cesuraban. Hermana Candelas se levantó, y de un frasco de mermelada cogió un puñado de espliego. Con la badila avivó el brasero. Echó el sahumerio. El humo le irritó los ojos, y cuando volvió a sentarse lagrimeaba.
En silencio dejó a la mujer llorar, y antes de que levantara la cabeza de entre las manos y se sonara la nariz, Hermana Candelas fijó la vista en el velador. La mujer sorprendió su mirada lejana y la humedad de sus mejillas y una lágrima, todavía lágrima cosquilleante, en el vello del mentón. La mujer retomó a la pena compartida y su llanto fue más sereno, más apagado, más reconfortante.
—Está una tan sola... —dijo la visita.
—Es tan cruel nuestro desamparo... —confirmó Hermana Candelas—. Mas las voces amigas nos conducen sin dejarnos desesperar.
—¿Qué he de hacer, Hermana?
—Las voces amigas te llamarán cuando sea el momento. Debes confiar. Iremos en silencio por los caminos llenos de música y canciones...
Hermana Candelas extendió su mano derecha y la mujer la besó.
—No, no, hija mía —dijo Hermana Candelas con temblorosa voz—. Dame tu mano, tu mano izquierda, para que caminemos juntas, para que yo te lleve y tú me lleves hasta el horizonte interior donde nos llaman.
La mujer estrechó la mano de Hermana Candelas, que cerró los ojos.
—No tiembles. Amiga para siempre, que nada te sucederá el tono de Hermana Candelas hacía un eco distante en su propia voz.
Quedaron en silencio. Hermana Candelas soltó la mano de la mujer.
—Guarda mi calor como yo guardo el tuyo. ¡Que jamás se pierda! Debes venir todos los miércoles a esta hora. Aprieta ahora el puño y piensa que el calor de la hermandad jamás se ha de perder. Oirás las voces amigas que te traerán consuelo. Cuando sientas la mano helada, apretarás el talismán que te voy a dar y sentirás en seguida el calor de la hermandad. Ahora debes decir conmigo: Hermana y amiga para siempre...
—Hermana y amiga para siempre —repitió la visita.
—... Iremos juntas donde nos esperan.
—... Iremos juntas donde nos esperan.
—... Que sea siempre así es mi voluntad.
—... Que sea siempre así es mi voluntad.
—... Hermana y amiga para siempre.
—... Hermana y amiga para siempre.
Hermana Candelas miró a la mujer, que hipaba emocionada, y se levantó.
—No te dejo sola; estoy contigo... Voy por el talismán de fuego que has de llevar.
El fin de la tarde ponía un color malva en el pasillo; un color denso que se abría fugitivo al paso de Hermana Candelas.
Al llegar al dormitorio tuvo que encender la luz, y en un instante contempló los objetos amigos y participó en ellos de un sosiego familiar. El pierrot, al que faltaba uno de sus grandes botones negros, yacía despatarrado, ránido, en el centro de la cama; el cojín, con un gato negro bordado en una nocturnidad azul, estaba en el silloncito donde ponía la ropa al desnudarse; la lámpara patilarga de pantalla granate convocaba la intimidad. Abrió el armario de luna, en el que cada día se asustaba del tiempo de su nombre, y registró en uno de los cajones; allí estaban. Eligió al azar entre los talismanes.
Era una piedrecilla negra franjeada de rojo con un arete para pendería y en la que se entreveía una luna menguante. Hermana Candelas la acarició entre los dedos y luego buscó en el cajón una bolsita de raso para guardarla.
La visita tenía los ojos enrojecidos, y cuando Hermana Candelas le habló no pareció escucharla y sus labios se movieron mudos.
—El Timanfaya hace muchos años se desprendió de un poco de su sangre... Aquí la tienes... Un poco de su sangre de volcán... Nadie la ha poseído antes. Viene a ti virgen desde la Montaña de Fuego. Llévala siempre contigo.
Depositó el talismán en la mano de la mujer.
—Ya es tarde —dijo Hermana Candelas.
La mujer inclinó la cabeza y cerró los ojos. Hermana Candelas le acarició los cabellos.
—Ya es tarde, hija mía. Por hoy debe bastarte.
La mujer alzó levemente la cabeza y miró a Hermana Candelas.
—Las oigo, Hermana, las oigo.
—No, hija mía; todavía no —movió la cabeza negativamente entornando los párpados, y sus palabras tenían un trémolo de temor—. Todavía no.
—Las oigo, Hermana, las oigo. El volverá. Me lo dicen. Sí, sí, las oigo —dijo gravemente—; me están hablando. Usted debe escucharlas, Hermana.
—No, hija mía; es tu imaginación.
—Me hablan desde muy lejos...
Hermana Candelas ayudó a levantarse a la mujer, que repitió:
—Desde muy lejos, pero las entiendo.
La mujer se abrazó a Hermana Candelas, que palmeó suavemente sus espaldas.
—No, no. Aún es pronto, muy pronto.
—Como si rezasen...
—¿Son de hombre o de mujer? —dijo Hermana Candelas, y se arrepintió de haber preguntado.
—No sé.
—Cálmate. Basta por hoy.
—Ya no las escucho. De repente no las escucho.
—Basta por hoy, hija mía. Coge tu bolso. El miércoles vendrás. Al atardecer te espero.
—Ya no las escucho —dijo con pena la mujer.
—Ha sido tu imaginación. Estás muy excitada.
—No, Hermana.
—Bien; no hables a nadie de las voces que crees haber oído.
—Pero si las he oído...
—Sí, sí. No hables a nadie, a nadie.
La visita se pasó el pañuelo por los ojos y retocó un poco su peinado. Hizo un movimiento con el bolso seguido de un ademán Paralizado por la voz de Hermana Candelas.
—Déjalo allí, en el velador. Deja lo que quieras.
La mujer se acercó al velador y Hermana Candelas bajó la cabeza.
—Vendré el miércoles —dijo la visita—. No faltaré. Muchas gracias, Hermana. Yo no sé qué decirle a usted, pero ahora estoy más tranquila, casi alegre.
—Vuelve, hija mía.
Hermana Candelas cerró la puerta y caminó lentamente por el pasillo oscuro. La oscuridad absorbía su figura, transformándola en sólida tiniebla. Entró en la habitación y antes de sentarse echó un puñadito de espliego en el brasero.
Sonó el timbre del teléfono y Hermana Candelas salió de la habitación.
—La Telefónica. Tiene usted un recibo sin pagar.
—¿Hasta cuándo hay plazo?
—Mañana es el último día,
—Bien, bien. Muchas gracias.
Le inquietó la voz de la telefonista, lejana, monótona, neutra como las de allá.