El asesino
Título inicial: «Anthony, el inglés dicharachero», Atlántida, enero-febrero 1955.
...y éste tengo el gusto de dedicárselo a Manolo el de La Cueva, a su compadre Cristino, al cantaor profesional Antonio El Canillero, a Aurelio, el prodigio de Torre, a Atienza, el del huerto de las guindillas, y a Federico, a los que estuve escuchando...
—Don Simón.
—¿Qué?
—Don Simón, lo que no puede ser no puede ser.
—Ya.
—Don Simón, un hombre es un hombre donde quiera que esté.
—Claro.
—Don Simón, yo le digo a usted que el avión es un invento del diablo.
—Puede.
—Don Simón, usted no me escucha.
—Que sí le escucho, Anthony.
—Es que parecía, don Simón, que no me escuchaba... Pues como le iba diciendo, el avión es un invento de un diablo inglés.
—Usted es un patriota.
—No me gaste bromas, don Simón, yo soy un español nacido en Inglaterra, pero un español muy español. Hay que reconocer que el submarino lo inventó Isaac Peral, pero que el avión es invento de un diablo inglés.
—Hay que reconocerlo.
Anthony hizo una pausa. Después preguntó:
—Don Simón, ¿cuál prefiere usted: Cristina, Carmen, Pepa, Sheila, Perla, Margarita o Mary?
—Cualquiera.
—Entonces hoy le dedicaré Margaret. Está recién llegada de Málaga. ¿Qué le parece?
—Me parece muy bien.
—Margaret es tan fina que usted no la notará, don Simón. Es como una caricia, casi como una poesía. ¿Le digo una poesía?
—No, por favor. Dígame un trozo de buena prosa.
—Como usted guste, don Simón. En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla... Oiga, don Simón, ¿qué significará lanza en astillero?
—No tengo ni idea.
—¿Entonces sigo?
—Bueno.
Margaret era como una caricia, casi como una poesía, acaso como un trozo de buena prosa.
Entró un mozuelo de ojos misteriosos.
—Anthony, que te esperan para que les eches una poesía los de la Peña de don Julián, que están en casa de la Pescadora.
—Diles que en cuanto acabe con don Simón estoy allá.
Don Simón miraba a la lámpara de la barbería. El mozuelo hizo un gesto raro. Anthony repitió:
—Que voy en seguida, que hoy me he aprendido El Piyayo de arriba abajo.
Don Simón era un hombre apacible. Dijo:
—Por mí no se preocupe, Anthony, me quito el jabón y se va usted a decir poesías.
—No, don Simón, la obligación es antes que la devoción. ¿Le hago daño?
—No.
—Es que en Málaga dejan las navajas para afeitar a príncipes y a personas de sangre real. Ya ve usted, Margaret es vieja, la heredé de mi padre; barbero en Brighton, Inglaterra, al costado de London, ocho millones y medio de habitantes, sólo superado por New York, U. S. A. Margaret es vieja pero tiene alma de niña. Le tengo dedicado un madrigal.
—Entonces termine de afeitarme, Anthony.
—Desde luego, caballero.
Don Simón suspiró profundamente.
—Un afeitado perfecto necesita tres cosas: a) un artista, b) un artista, c) un artista.
—¿Cuánto le debo?
—Lo que usted guste.
—Le daré tres pesetas. Adiós, Anthony.
—Adiós, don Simón. ¿Ya sabe usted mi lema nuevo? ¿No? Pues se lo voy a decir: «Afeitar instruyendo.» Claro está que esto no va con usted, porque usted, don Simón, es un hombre de cultura, que ha hecho su bachiller en Vélez y puede ostentar con orgullo su Don.
—Es verdad.
—Servidor de usted.
Casa de la Pescadora era un vestigio del tiempo antiguo, donde reinaba una suave tristeza y los esparcimientos solían ser deshonestos. La Pescadora se defenestró en el año 1910 por razón de estado. Su amante dijeron que tomó el olivo hacia las costas de Oran para hacerse legionario. De la Pescadora no quedaba ya más que un vago recuerdo y el nombre de la casa.
Anthony entró en el reservado número tres. Don Julián y su peña se estaban divirtiendo. La diversión consistía en beber montilla, devorar soldaditos de Pavía y escuchar el cante por Palanca de un señor. ¡Cosas del tiempo viejo! Las mujeres estaban proscritas por el qué dirán, y porque era temprano.
Anthony saludó.
—Dios con todos, señores. He dejado el establecimiento por venir a saludarles. Una copa para este fígaro que cualquier día tiene que empeñar el sillón para alternar con ustedes como un caballero que es. Aquí tienen ustedes al hijo de John Walker y de doña Azucena, dispuesto a perder su pulso. Acabo de dejar al bestia de don Simón perfectamente rasurado. El bestia no tiene conversación, ni nada. Dentro de una semana, cuando baje de nuevo a afeitarse, le haré un artístico rasguño en la mejilla derecha.
—Olé los hombres. El día que puedas le cortas la yugular y así tendré un acreedor menos. ¡Viva España! —dijo don Julián.
Anthony se tomó su copa. El señor que cantaba por Palanca se enfadó:
—Si ustedes siguen hablando y no me escuchan se me corta el cante.
Anthony le dijo una barbaridad. El señor que cantaba por Palanca se levantó de su banqueta con los ojos inyectados en vino.
—A mí no me ha dicho eso nadie y he conocido al Plumas, al Cabito de Oro, a don José Cienmuertes, al gitano Maravilla y al Cura Valiente.
Intervino don Julián:
—Calmarse, señores, que los hombres son hombres en todas partes y no es necesario acalorarse. La reunión es la reunión. ¡Viva España!
Todos se calmaron. Se hizo una pausa en la que nadie habló. Anthony por fin dijo:
—Y si yo ahora pido una botella por cuenta de don Julián, ¿qué puede pasar?
—Venga esa botella —respondió el aludido— que aquí, aunque no hay dinero, está todo el salero de la tierra de María Santísima. Una botella más y que corra el vino. ¡Viva España!
Entró un camarero jorobado, lamentable, de mirada amarga.
—¿Llamaban los señores?
—Llamábamos.
—¿Qué va a ser?
—Una botella a cuenta de don Julián.
—¿Y no podría ser a cuenta de otro? Es que don Julián ha hecho hoy mucho gasto.
Don Julián se levantó de su silla y abrazó al camarero.
—Eres una joya, Mariano. ¡Ole los hombres que velan por mis intereses! ¡Viva España!
Anthony intervino:
—Que sea por mi cuenta, aunque nos bebamos seis servicios.
—¡Ole los barberos con agallas, los hombres machos, los ingleses de rumbo, los tíos que saben gastarse los duros con sus amigos! Cantaor, un cante para el señor, señor.
El cantaor se enjuagó la boca con vino y escupió violentamente.
—Lo que ustedes digan, señores.
Se reconcentró. Se hizo silencio. El cantaor parecía rezar. De pronto surgió su voz:
A la Torre llegó un vapó
y en el vapó un inglé
con siete facas o dié
y un crimencito de amor
que en la mar se consumó
Anthony se puso serio.
—No está bien eso —dijo—. No está bien recordarle a un hombre su pasado borrascoso.
El cantaor se quedó cortado.
—Hombre —se disculpó—, un crimen es algo que puede hacer cualquier hombre. Yo, sin ir más lejos, sé uno de don Julián y don Julián sabe que lo sé y nunca me ha dicho esta boca es mía o toma diez duros y a callar. ¿No es verdad, don Julián?
Don Julián se sonrió.
—Qué cosas tienes. Un crimen, crimen, pues está al alcance de cualquiera. ¿Quién no ha tenido alguna vez, de joven, sus más y sus menos con alguien? Yo a eso no le llamo crimen propiamente dicho; le llamo legítima defensa, porque yo sin ponerme a revolver en mi vida pasada puedo decir que hice lo que hice porque tenía que hacerlo y supongo que Anthony hizo lo que hizo porque tenía que hacerlo. Y qué demonio, allá cada uno con su conciencia. Y ahora vamos a dejar el tema y a ponernos alegres. Otra copa y ¡Viva España!
Anthony no estaba conforme con la teoría de don Julián y se explicó:
—Yo respeto lo dicho, pero no estoy conforme. Yo tengo que decir que si la maté no fue porque yo tuviese esa intención, porque lo que yo quería era dejarla malherida y confié demasiado en mi pulso y me falló. Ya se sabe que cualquier escribano por muy bueno que sea echa un borrón. A mí me costó mi cárcel el descuido, porque aquello fue lamentable descuido y no otra cosa. Es decir, yo tenía a Sheila recién afilada, pero el cálculo, vamos, ustedes me entienden, ¿no?
Don Julián se tomó su copa y aclaró:
—Claro que te comprendemos. ¡Cómo no te vamos a comprender! Aquí quien más quien menos tiene una pena negra, por un descuido o por lo que sea, clavada en el corazón. Los amigos son amigos toda la vida. Mi buen padre, que Dios tenga en su gloria, siempre me lo decía: Un hombre puede matar por tres cosas: por amor, por dinero y por capricho. Matar por amor es natural, matar por dinero es feo y matar por capricho es algo que merece la horca. De modo que vamos a dejarlo. Y como me he puesto triste, hoy me voy a emborrachar. ¡Viva España!
Anthony estaba mirando su copa de vino. Bebió de un trago.
—Señores, yo me voy porque tengo el establecimiento abierto y puede que haya algún cliente.
—Bueno —asintió don Julián—, haz lo que tú quieras. Luego date una vuelta por aquí que estaremos.
Anthony se levantó.
—Pues señores, yo me voy para volver en seguida. De modo que divertirse y rumbo. Hasta ahora.
—Adiós.
El cantaor tarareaba unas chuflas por Cobos.
—Vamos, Anthony, que llevo una horita esperándote.
—Don Eduardo, disculpe, que he estado echando un rato con los amigos. ¿Qué va a ser?
—Afeítame.
Anthony preparó el agua en la bacía. Luego comenzó a enjabonar al cliente.
—Don Eduardo, ¿ha leído usted el periódico? Dos ingleses han dado la vuelta al mundo en cuatro días en un avión. ¿Qué le parece?
—Bien.
—Los tiempos cambian mucho, don Eduardo. ¡Hay que ver, dar la vuelta en cuatro días! A Sebastián Elcano le costó dos años. Claro que Elcano iba en una embarcación poco mayor que una traíña. ¿Y Colón? Ése era un tío grande. ¿No cree usted?
—Sí, a mí también me parece que era un tío grande.
—Si ahora, don Eduardo, tuviera España cien tíos como Colón otro gallo le cantara, ¿eh?
—Desde luego.
—Y si tuviera mil, don Eduardo, se haría la dueña del mundo, ¿no?
—Claro.
Anthony dejó la brocha sobre la repisa, preguntó:
—Don Eduardo. ¿Cuál prefiere usted: Cristina, Carmen, Pepa, Sheila, Perla, Margaret o Mary?
—Cualquiera.
—Entonces hoy le dedicaré Sheila, la hija de Sheila la incomparable, que se me perdió en el mar. Hace dos días que ha regresado de Málaga. ¿Qué le parece?
—Me parece muy bien.
—Es tan delicada que usted no lo notará, don Eduardo. Es como una caricia, casi como una poesía. ¿Le digo mientras unas poesía?
—No. Afeítame rápido.
Sheila era como una caricia, casi como una poesía, acaso como un pequeño, muy pequeño recuerdo de otro tiempo.