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LAS NINFAS
Contra el ardor de julio salva el soto
dichas secretas.
Alas van, ondas huyen, suenan hojas,
brillan abejas.
Suman, junto al arroyo, sus delicias
umbría y siesta.
De pronto surge, clara y sin origen,
ninfa, sorpresa.
Su aparición ningún encanto rompe,
todos se aumentan.
Susurran los augurios por el aire,
mucho se espera.
¿No va un calor de julio en ese cuerpo,
por esas venas?
¿No va por ese cauce, caudal frío,
callada oferta?
Mensajes corren entre piel que arde
y agua que tienta.
La mano de la ninfa se las quita,
da al césped sedas.
Gran capilla de pájaros anuncia
luz que se acerca:
velos que la velaban, leve túnica,
y no la velan.
Nadie hay que mire, nadie; pero todo
es reverencia.
Ondas ofician, aves, flores, cielo;
mayor, la fiesta.
Pies que apenas se posan hasta el margen
del agua llevan
lo que el agua, en rebrillos cortejándole,
tanto desea.
Doncellil desnudez, se para al borde,
dudosa esbelta.
Nada le da al arroyo todavía,
y ya se besan.
Cae en el pecho abierto del remanso,
novia refleja.
La desposada es sólo su presagio,
imagen trémula.
¡Qué sin ansia, sin peso, sin codicia,
boda, sin pérdida!
La carne rosa en su reflejo al agua
toda se entrega.
Y este trasunto leve de su cuerpo
mucho revela.
¿No es la ninfa que nace, aquí en la onda,
la verdadera?
¡Qué hermosa efigie es ella, sin su carne!
¡Es más que ella!
¿Por qué dar al arroyo un bulto, un cuerpo,
y, así, romperla?
Ya ha entregado su imagen, lo más puro
de su riqueza.
¡Que no enturbie las nupcias sin pecado,
eso que queda!
Entre su más y entre su menos, rígida,
está suspensa.
¿Qué ninfa va a elegir, la de la orilla,
o la otra, eterna?
Un celeste misterio cae, de pronto,
y se la lleva
por designio de dioses, en la nube,
al cielo, entera.
Se la ve por las noches, dibujada
virgen de estrellas.