El Feminal

Así llamó el rodaballo en la última vista de su caso al tribunal feminista. Dejó de decir: «¡Pero-pero mis distinguidas señoras!». No era ya un patriarca que quisiera congraciarse: «¡Al fin y al cabo sois todas mis queridas hijas!». Nunca más quiso dejar bien sentada su superioridad mediante la ironía, hablando de las «Ilsebills reunidas», ni aludiendo con altisonancia al «Alto Tribunal de Cabellos Largos»; en lugar de ello, redujo a la asamblea que lo acusaba al corto nombre de «Feminal». Que el Feminal sentenciase. Cualquiera que fuese el contenido de su sentencia, sólo el Feminal representaba la Justicia. El Feminal era la única instancia superior a él.

Como durante la prolongada cautividad se había vuelto transparente e incoloro hasta la aleta caudal, el rodaballo se confesó culpable en términos vidriosos que, de todas formas, eran también un programa y abrían nuevos horizontes: «La pena que se me imponga hará que, en lo sucesivo, quede obligado hacia el Feminal». Para hacerse entender más claramente, complementó el conciso vocablo que acababa de inventar hablando del «Feminal Universal», lo que, una vez más, suscitó una sospecha de ironía: hasta el final, las liberadas mujeres se sintieron inseguras con respecto al acusado pez plano.

Y, sin embargo: ¡qué injusticia! ¿Qué habían hecho aquellas mujeres con mi rodaballo? Aquella palidez. ¿Era aquélla aún su voz? Ya no susurraba paternales consejos en el oído de su hijo. No hacía reproches, no amenazaba, no daba órdenes. ¿Adónde había ido a parar su ingeniosa suficiencia? Ya no interrumpía cínicamente a nadie, a ninguna Ilsebill. Nunca más habría pretexto para sus risotadas cavernosas, que revolvían su lecho de arena y las capas inferiores del alma.

Mientras que, al comienzo de los debates, cuando Aya-Vigga-Mestuina figuraban en el orden del día, se había refugiado en los chismes mitológicos, murmurando palabras primitivas y, en cuanto la acusación se hacía demasiado sutil, había invocado, entre otros dioses, a Poseidón, ahora se exponía abiertamente: «Mirad, así soy yo. Transparente. Miradme a fondo. Nada se os oculta».

Y mientras que, cuando se debatían los casos de Dorotea Swarze, Margareta Rusch y Agnes Kurbiella, cada dato histórico —ya fuera el Concilio de Costanza o la batalla de Wittstock— le abría una vía de escape hacia otras conclusiones, ahora renunciaba a los subterfugios y hablaba, con conciencia de su culpa, del tema tratado. No había ya ningún prior dominico que quisiera (en figura de rodaballo) falsetear Derecho Canónico. Nunca más se le oiría citar nasalmente las ordenanzas de los gremios medievales. No habría más exhibiciones inquisitoriales de instrumentos. Nada sacado del Malleus Maleficarum. El rodaballo se expresaba claramente, sin aquel tono de valle de lágrimas que hubiera podido introducir un orden yámbico en la peste, el hambre, la prolongada guerra y mi tempotránsito barroco: «Yo he… Yo soy… Nunca más… En el porvenir… Me está bien empleado».

¡Dios! ¡Cómo te han maltratado! Ni siquiera quería ya sopesar cuidadosamente, practicar el arte del relativismo, aunque, mientras se trataba de Amanda Woyke y de Sophie como casos (y de mí en relación con ellas), las comparaciones dilatorias le habían dado ventaja. El rodaballo no decía ya nunca «en suma» para comenzar un desbordante discurso. Nunca más demostró su erudición. Por su boca no hablaban Padres de la Iglesia ni herejes. Había comprendido que, al procesarlo a él, el Feminal había procesado también a San Agustín y Santo Tomás. ¿No se había acusado a todos los grandes ingenios, desde Erasmo hasta Marxengels y —cuando se vio el caso de Lena Stubbe— hasta al bueno y viejo de Bebel? ¿No se condenaba con él a tres mil años de Historia? ¿No hubiera podido el rodaballo, en su declaración final, tocar una vez más a todo pulmón, expresar su época en música, hacer en el órgano un balance profundo, ilustrar la causa masculina y, con ella, la civilización, sin duda como fracasada, pero también en toda su trágica grandeza, poblarla de figuras retóricas, hacerla subir por escalas artísticas, como progreso cultural, y celebrarla con un himno que, si no litúrgico, sustituyera a los coros, cuyos armónicos inferiores hablasen de éxitos permanentes (la catedral de Estrasburgo, el motor Diesel), los superiores de enredos culpables (el cohete lunar, la escisión del átomo) y sus tonos medios de las tribulaciones masculinas (las preocupaciones del padre de familia y los impuestos), de una forma polifónica y con múltiples registros?

Pero no pulsó ningún registro. Aunque su declaración final fue calificada de interesante y dejó lo que se suele llamar una impresión duradera, el que hablaba no era el viejo rodaballo, que yo conocía tan bien, sino uno nuevo que me era extraño. Él, el chistoso e inventor de anécdotas jocosas que habían arrancado una sonrisa hasta a las mujeres reunidas (a pesar de su frialdad de congelador), él, para quien todo, hasta la muerte de la pobre Sybille Michlau, era risible, cayó en la seriedad, aunque estoy seguro de que en alguna parte de su escamante existencia se reía por dentro.

En cualquier caso, el rodaballo trabajaba campos semánticos en los que sólo la moralidad prometía cosechas y pan moreno. Él, el charlatán y maestro en digresiones, él, el astuto para el que cualquier truco era bueno, se descubría ahora como si fuese vulnerable. Ni siquiera quiso refugiarse en el lecho de arena cuando la acusación habló contra él por última vez. Aunque de consistencia vítrea, se ofrecía: todas las palabras dieron en el blanco. Flotaba en su tanque como algo muy frágil. Intangible ya y, sin embargo (como han demostrado las fotografías), totalmente presente. Entregado, solo, al Feminal, a las múltiples Ilsebills.

Ellas se habían vestido formalmente. Colgaban de sus cuellos exóticas gargantillas de plata, llevaban en su tocado plumas y flores. Ruth Simoneit se sentaba envuelta en un chal. El cabello de Ulla había sido recogido para que sus pendientes aureasen. Hasta Erika Nöttke llevaba un adorno: un collarcito de perlas. Brazaletes tintineantes subrayaban cada ademán de la fiscal. Sieglinde Huntscha llamó al rodaballo: «Espíritu de la violencia. Padre de la guerra. Instigador de todas las guerras». Exclamó: «Lo conocemos muy bien. ¡Es usted el principio destructor, enemigo de la vida, homicida, masculino, bélico!».


A lo que el rodaballo replicó: «Sí. Así es. Así ha sido hasta ahora. Yo declaré que la guerra era padre de todas las cosas. Siguiendo mis consignas se defendieron posiciones hasta el último hombre, desde las Termópilas hasta Stalingrado. Inflexible, decía: resistir a toda costa. Siempre he ensalzado la muerte por algo —la grandeza de la Nación, la pureza de esta o de aquella idea, la mayor gloria de Dios, la fama imperecedera, algún principio abstracto: la Patria (invento mío)— y he proclamado que eso era lo que daba sentido a la vida. Los resultados se conocen. En materia de muertos y de recuentos de muertos, los hombres han sido concienzudos. Casi por toda Europa, cualquier automovilista en vacaciones puede localizar en sus mapas de carreteras los lugares en que, por lo general encantadoramente situados, extensos cementerios de guerra se han convertido en parte del paisaje. Esas cruces iguales de las tumbas dan testimonio de la Primera Guerra a la Segunda; en las iglesias de los pueblos se leen los nombres de los muertos de ambas guerras grabados en un solo mármol. ¿Por qué se luchaba realmente? Ni siquiera yo, su instigador, estoy seguro de los motivos. Es verdad que esperaba que después de las guerras… ¿qué? ¿Habría un cambio radical en la forma de pensar? ¿Se produciría una gran toma de conciencia?

»La paz que estalló en 1945 sólo ha permitido conflictos limitados; eso podían prometérselo las meditabundas Superpotencias bajo el manto protector del equilibrio nuclear. Sin embargo, esos conflictos limitados han tenido por consecuencia igualmente millones de muertos, aunque ya —desde que existe una política mundial— no se cuenten de una forma tan concienzudamente europea. Me refiero a la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, a un pueblo diezmado por el llamado conflicto de Biafra, a la lucha para aniquilar a los kurdos, a todas las guerras del Oriente Medio hasta la más reciente del Yom Kippur, a las guerras indopakistaníes y a un ejemplo relativamente menor: la prolongada situación cuasibélica de Irlanda del Norte; también en diciembre de 1970 disparó la Milicia Popular polaca contra los trabajadores de los astilleros en huelga. ¡Muertos! ¡Muertos! Números de dos, de cuatro, de cinco y de seis cifras.

»¿Quién lo hace? ¿Qué empuja a los hombres a destruirse mutuamente? ¿Qué razón es la que impera cuando una buena parte del salario del esfuerzo obrero se invierte en técnicas de aniquilación cada vez más perfectas? ¿Qué demonio secularizado deja el retrato del enemigo tan limpio que los hombres, en medio de una paz declarada, se enfrentan gimiendo bajo el peso de su armamento: mirándose a los ojos, cegados, mortalmente seguros? ¿Sigue siendo Belcebú? ¿El llamado instinto de destrucción? ¿O, en los últimos tiempos, yo, el rodaballo de los cuentos? ¿El principio bélico y por ello masculino?

»El Feminal lo ha visto bien y lo dice con justicia: todo eso, ese vivir para la muerte que afirma como un papagayo su amor a la paz, es practicado seria y resueltamente, con competencia pragmática y pretensiones morales, exclusivamente por los hombres. Bendecido por los sacerdotes de esta o de aquella religión, es planificado, correctamente ejecutado —a pesar de accidentes— extrapolado y dotado de sentido, con un empeño realmente desinteresado, por los hombres, exclusivamente por los hombres. Sé lo que estoy diciendo. De mí procedían la guerra y la paz. Mi voluntad era ésa: los hombres hacen la Historia. Los hombres resuelven los conflictos. Los hombres resisten o caen, y hasta el último hombre. Los hombres temen el caso de emergencia y sueñan con él. Los hombres son entrenados a fondo para una muerte prematura. Los hombres se tutean con la muerte. Los hombres —por citar una frase inspirada— han llamado al fusil “la novia del soldado”.

»Y todo eso, mientras yo siga actuando y derrochando mis consejos. Todo eso mientras la historiografía siga fijando fechas. Grandiosamente exaltados, héroes por estupidez, con un desprecio a la muerte que se alimenta de miedo, se lanzaron y se lanzan al ataque… sobre tumbas. Permítaseme recordar a los maridos de Lena Stubbe, que reventaron en Mars-la-Tour y Tannenberg: dos héroes del montón.

»Pero todo eso no solamente en las guerras: los procesos revolucionarios que conocemos son orgiásticos ritos de muerte; unas veces este principio de pureza masculino, otras veces aquél han tenido por consecuencia procesos de depuración de resultados mortales; tanto si la Inquisición refinaba sus métodos de interrogatorio para la mayor gloria de Dios, si se saludaba a la guillotina como progreso humanístico, si los simulacros de procesos estalinistas recibían las bendiciones de los que sabían y de los que no sabían, si en los campos de concentración nazis la reeducación por la muerte era sólo un acto de administración burocrática: en todos los tiempos fueron hombres quienes, con frío ardor, tocados por la fe, siempre al servicio de una causa justa, con la vista clavada en el objetivo final, semejantes a arcángeles y horrorosamente infalibles anticiparon la muerte de los hombres; seguros de sí mismos, creyentes, lejos de sus mujeres e hijos, pero en cambio tiernamente entregados con pasión a los instrumentos de que se tratase, como si el matar fuera la continuación de la sexualidad por otros medios. Ya se acuda a los bailes de las sociedades de tiradores, se contemple las peleas de los mozalbetes, se divierta uno en un partido de fútbol o se mezcle con la multitud el Día de la Ascensión cuando aquí, en Berlín, se celebra a voz en cuello el Día del Padre: la misma agresión contenida que busca un pretexto. Esa misma pasión: penetrante y destructora.

»Naturalmente, también hubo siempre apóstoles de la paz y hombres que se atrevieron a lanzar palabras audaces y citables contra la guerra. Permítaseme recordar al Alto Feminal al poeta Opitz, quien, en plena Guerra de los Treinta Años, intentó —sabido es que en vano— establecer la paz. O el discurso del viejo Bebel contra la guerra. Eso fue en la primavera de 1913, y la Internacional Socialista lo aclamó. Lo sabemos: en cánticos religiosos y tratados filosóficos la paz era cantada, invocada, transformada en alegoría e interiorizada hasta la saciedad. Sin embargo, como nunca se intentó seriamente, al margen de las categorías de pensamiento masculinas, resolver los conflictos de la sociedad humana, todo se quedó en protestas de paz y sutiles distingos entre guerras justas e injustas. Fue y sigue siendo posible hacer cruzadas en nombre del amor al prójimo. Se decretó y se sigue decretando coactivamente la autoliberación del hombre. El principio de la economía de mercado libre ha supuesto la subalimentación permanente de millones: ¡también el hambre es una guerra!

»Y como la Historia se presenta como una inevitable sucesión de guerras y paces, paces y guerras, como si fuera una ley natural, como si no pudiera ser de otro modo, como si una fuerza ultraterrena —sea yo el ejemplo concreto— hubiera impuesto todo eso como destino, como si la agresividad tuviera que descargarse así y no de otro modo, como si la paz pudiera ser sólo el intervalo en que el hombre se prepara para el próximo caso de guerra, ese círculo infernal se ha cerrado para siempre…, a no ser que sea roto por quienes hasta ahora no han hecho la Historia, por quienes no tuvieron que resolver ningún conflicto históricamente notorio, a quienes yo impuse masculinamente la Historia, para quienes la Historia no ha traído más que sufrimientos siempre, y que alimentan el proceso bélico y tienen que compensar el desgaste de material humano: las mujeres en su calidad de madres.

»Sin embargo, ¿será posible? ¿Acaso no fue informado recientemente el Feminal de cómo, sin quejarse, la cocinera de la servidumbre Amanda Woyke se dejó hacer un niño tras otro entre las batallas de la Guerra de los Siete Años, sin preguntar siquiera ¿para qué? ¿Y no ha ocurrido hasta ahora que las madres, las mujeres y las hermanas de los hombres que se entremataban han permanecido mudas, se han petrificado en monumentos a la mujer que sufre o han permitido incluso que se las honrase como madres de héroes?

»El Feminal al que me he entregado, que ha demostrado mi culpabilidad y al que sigo ofreciendo mi deseo de expiación, no debe limitarse a juzgar, sino que ha de comprender también que, en adelante, las mujeres tendrán el poder. No habrán de permanecer al margen sin decir palabra. La Historia tendrá un sello femenino. ¡Cambio de los tiempos! Ya cae el hombre, hastiado de su papel. Ya no quiere querer más. Ya se complace en su propio sentimiento de culpabilidad. ¡Está acabado, acabado! Que el Feminal dé un signo para que vuelva a existir el futuro.

»Y, sin embargo, nos preguntamos: ¿por qué no hasta ahora? ¿Por qué permitieron sin protesta muchos cientos de millones de madres, hermanas e hijas que se produjeran las guerras de los hombres? Hasta nuestros días, las mujeres que han sufrido pérdidas irreparables se aferran al consuelo de que su marido, sus hijos, hermanos, el padre, todos los héroes cayeron en alguna parte, en los pantanos de Voljov, en el desierto libio, en el Atlántico septentrional y con ocasión de combates aéreos, por algo y no inútilmente; de que la muerte de los hijos, hermanos, padres y maridos tuvo un sentido. Partiendo de las categorías del concepto masculino del poder y de la moral —porque una cosa determina la otra y permite y hace necesaria la tercera— se ha podido demostrar lógicamente que la causa que se defendía era la justa, que fue el otro quien empezó, que hubo que actuar así, quizá equivocadamente, pero con las mejores intenciones, que en realidad se quería la paz, que, sin embargo, una debilidad militar acusada, como el pacifismo y otras chiquilladas, sólo provoca al agresor; que, a pesar de todos los sufrimientos, es meritorio morir por la Patria amenazada o por una idea que, por lo general, ha salido de una cabeza masculina; y que todos tenemos que morir alguna vez… A eso se añade el que los hombres supervivientes, que han aprendido a ser caballeros, nunca dejan de inclinarse llenos de respeto, después de ganar o perder las guerras, ante las madres y viudas. Después de los desfiles de la victoria se rinden honras fúnebres a los caídos. Los días de luto nacional se suceden como las cuentas de un rosario. No hay miedo de que los muertos protesten. ¿Y qué dicen las madres?

»Ahí están sobre el aparador, cuelgan ahí sobre el sofá las fotos enmarcadas de hombres jóvenes, de sonrisa inocente o mirada de intensa concentración, en uniforme de paseo, cuya seriedad o cuyas sonrisas se quedaron en promesas. En cajones y carpetas hay guardados diplomas escolares, cartas del frente, la última afirmación: “Estoy muy bien…” y recortes de periódicos con esquelas orladas de negro, en las que, después del lapidario comunicado, se enumeran una vez más todas las medallas y condecoraciones. Un legado de millones, sin consecuencias políticas. Ningún voto femenino se impuso cuando —todavía en medio de los escombros— se ordenó el rearme. Las mujeres aceptaron sumisamente la continuación de la locura decidida por los hombres. E incluso donde las mujeres han logrado tener influencia política —de Madame Pompadour a Golda Meir e Indira Gandhi— han dirigido siempre la política dentro del corsé lógico de la concepción masculina de la Historia, es decir —según mi definición—, como continuación de la guerra. ¿Podría ser de otra forma? ¿Alguna vez, pronto, nunca?

»Este Feminal no dejará de tener consecuencias. Nuestro tempotránsito está marcado por las ansias de liberación femenina. Las mujeres, se dice, se han politizado. Se organizan. Hacen su entrada en escena belicosamente y no se dejan cortar la palabra. Ya han tenido éxitos parciales. Sin embargo —me pregunto preocupado— la reivindicación de la igualdad social de derechos, ¿supondrá también la quiebra de la regla moral masculina? ¿O esa igualdad de derechos entre los sexos tendrá sólo por consecuencia una potenciación del ansia de poder masculina?

»Casi me temo que a las mujeres les falte consejo, un consejo duradero, sostenido, sí, ultraterreno. Sin embargo, ¿cómo podría yo, el Principio culpable encarnado, masculino y —probablemente— guerrero, aconsejar en lo sucesivo a la causa de las mujeres, sólo a la causa femenina?

»Quiero hacerlo. Podría hacerlo. Sabría cómo. El Feminal tiene la palabra.»


Lo mismo que mi Ilsebill quiere siempre dos cosas a un tiempo, ejercer una profesión liberal y ser funcionaria, vivir en el campo y ocupar el escenario en la gran ciudad, suspira por un lado por la vida sencilla (cocer su propio pan) y no puede, por otro, renunciar a ciertas comodidades (recientemente, una máquina secadora totalmente automática), por lo que sus deseos, aunque estén en conflicto violento, son obligados por su voluntad a correr en parejas: así también, el tribunal feminista (como Feminal), estaba internamente escindido después del discurso final del rodaballo, cuando, finalmente, debía dictarse sentencia contra él. En realidad, la pena de muerte hubiera resultado adecuada, si no se hubiera necesitado (como expiación) el consejo del rodaballo.

En conjunto, querían las dos cosas; separadas, la una o la otra. Mientras que el partido rodaballesco se oponía a que liquidasen al acusado, estaba, por principio, contra la pena de muerte y consideraba, como máximo, un castigo simbólico, después del cual se utilizaría al rodaballo como asesor arrepentido y, por ello, quería devolverlo a su elemento, la minoría radical estaba decidida a prescindir de los consejos del rodaballo y a cargárselo.

La fiscal Sieglinde Huntscha pidió la muerte por electrocución. Griselde Dubertin quería agregar a su agua fresca cantidades cada día mayores de mercurio. Ruth Simoneit era partidaria de cocerlo vivo. Y la defensora de oficio, mientras por una parte pedía la absolución, por otra solicitaba una pena humana: pretendía que el Feminal internase al rodaballo en un establecimiento cerrado, a fin de que la psiquiatría se ocupase de él.

No se llegaba a una sentencia clara. El consejo consultivo revolucionario, dividido como las vocales, estaba, como mucho, mayoritariamente en favor de un aplazamiento de la sentencia. Mudo y, ahora, totalmente pálido, como si quisiera convertirse en un cuerpo astral, el rodaballo se mantenía a la expectativa.

Entonces la Dra. Schönherr, presidenta del Feminal, propuso, a sugerencia de la vocal Ulla Witzlaff, una solución de transacción por la que, probablemente, hubiera votado también mi Ilsebill, porque prometía satisfacer ambos deseos, el de una pena severa y el de una expiación prolongada: en presencia del rodaballo, de forma que no pudiera dejar de presenciarlo, ante sus ojos torcidos, se celebraría —lo que haría necesario eliminar tres filas de butacas del antiguo cine— en una larga mesa, a la que pudieran sentarse el consejo consultivo, las vocales, la acusación y la defensa, así como algunas representantes del público, un banquete de rodaballo demostrativo, memorable —se dijo— para las generaciones futuras, ritual, solemne y grandioso. La señora Helga Paasch prometió suministrar, por medio de los mayoristas berlineses, una cantidad suficiente de rodaballo a la cocina del restaurante de la vocal Therese Osslieb, en donde rápidamente nueve —luego, cuando Erika Nöttke temió que no bastasen, once— hermosos ejemplares de dos a cuatro kilos de peso (la broma les salió, a precio de mayorista, por 285 marcos) fueron rehogados en mantequilla al estragón, bañados en vino blanco, cocidos con poco fuego en abundante caldo, sazonados con eneldo y alcaparras y, por último, con las huevas y lechas, que en los rodaballos son en junio aparatosas, colocados en capas en fuentes precalentadas, cubiertos con hoja de aluminio y (con patatas hervidas y ensalada de pepinos) enviados en taxi a Steglitz.

En el antiguo cine Stella, la mesa había sido ya puesta solemnemente: formaba un arco de herradura alrededor del rodaballo en su tanque. Ardían las velas. Las rodajas de limón descansaban ordenadamente sobre hojas de lechuga. El Riesling frío estaba dispuesto. Se trajeron las fuentes humeantes. El Feminal tomó asiento. Tras un discurso breve y, a pesar de la solemnidad de la ocasión, humorístico, la Dra. Schönherr sirvió primero a la defensora de oficio y luego a la fiscal. El banquete de rodaballo comenzó.


Tengo que explicar por qué tuve el honor de ser uno de los invitados, aunque, tan poco tiempo antes de su alumbramiento, hubiera debido quedarme al lado de mi Ilsebill. Los representantes del público admitido se designaron a suertes. Y como me había tocado y, único hombre entre cincuenta y cuatro mujeres, podía participar en el banquete de rodaballo, Ilsebill no tuvo nada que oponer: «No te preocupes por mí. Vete. Ya me las arreglaré. Seguro que tarda aún unos días. En caso necesario, te mando un telegrama o hago que te saquen de tu harén».

Me sentaba entre una anciana señora, de profesión bibliotecaria, y una joven maestra que, aunque dijo que era «un bocado exquisito», se negó a probar la lecha del rodaballo. Dijo que le horrorizaban los órganos masculinos, en cambio, tomaría con gusto un poco de las femeninas huevas. Yo estaba contento de tener enfrente a Ulla Witzlaff, que mantenía la cabeza ligeramente ladeada. (Comió de la lecha.)

Lejos, tapadas por el tanque de cristal del convicto rodaballo y, sin embargo, reconocibles, se sentaban la Dubertin y Ruth Simoneit. También la Hagedorn y la Güllen estaban allí provocadoramente. Nervioso, comencé a hacer muecas. (Esperemos que no haya pelea.) Por lo tanto, seamos caballeros. Salvemos los silencios. Ayudemos a partir el pez plano. Qué fácilmente se deja separar la carne blanca de la espina dorsal. Servía diestramente a las señoras: «Por favor, con un poco de limón. ¿Puedo recomendarle de la cabeza las cocochas, ahí, delante de la aleta branquial? ¿O un pedazo de cola, señorita Nöttke? Un poco más de jugo por encima, y alcaparras. ¡Qué suavemente realza el sabor el eneldo! Y, por favor, guarden los ojos de rodaballo cocidos hasta que se ponen blancos. Traen suerte y satisfacen cualquier deseo».

Así me hice útil a las señoras. Escancié vino, extraje magistralmente los filetes, dije «¿una patatita más?», hasta sabía los nombres de pila de las chicas del consejo consultivo: bromeé con Ilona, le sonreí a Gabriele, tuve una palabra amable para la siempre sombría Emma y casi estuve de acuerdo con Alice. Animé la conversación, mientras, experto en anatomía, disecaba una cabeza de rodaballo, hacía chistecitos, aunque recuperando siempre, oportunamente, la gravedad propia de la solemne ocasión. Elogié la sabia sentencia, califiqué la declaración final del rodaballo de «elaboradamente sincera», consideré al Feminal una institución ejemplar, cité frases de la conocida comedia feminista de la antigua Grecia, hablé de pasada del inminente parto de mi Ilsebill —«¡le gustaría tanto que fuera un chico!»—, aseguré enseguida que a mí, el padre, me llenaría también de felicidad una niña, repartí amuletos de buena suerte: ojos de pez, levanté mi copa en brindis y, cuando del rodaballo sólo quedaron once juegos de cabeza, aletas caudales y laterales, pequeñas espinas, pedazos de piel y raspas desnudas, me permití, como hombre sumamente aislado, pronunciar un pequeño discurso de sobremesa.

La Witzlaff se rió, animándome. Erika Nöttke me rogó que fuera breve. La anciana señora de mi derecha hizo girar el botón del audífono que llevaba tras la oreja izquierda. Cuando golpeé el vaso con el cubierto de pescado, la maestrita silbó: «¡Qué frescura!». Sin embargo, la Dra. Schönherr me dio su amable autorización con un gesto de cabeza, desde el centro de la mesa en forma de herradura.

Ante todo, di las gracias por el honor de haber sido invitado. Me referí elogiosamente al arte culinario de la propietaria y vocal Therese Osslieb. Una broma también sobre las ahorrativas conexiones de Helga Paasch con el mercado al por mayor. Luego entré en materia.

Admitiendo que la confesión de culpabilidad del rodaballo, su discurso contra la guerra, me había conmovido, encontré por primera vez ocasión de presentarme en distintos tempotránsitos. «Ya en el neolítico…», dije. «Cuando por fin nos hicimos cristianos…» «Como dijo ya Friedell, la peste tenía indudablemente sus aspectos positivos…» Me cité, en calidad de Opitz: su Poema de consolación en medio de los horrores de la guerra. Estuve en Kolin, Leuthen, Hochkirch. Abrí la puerta cuando el camarada Bebel nos visitó a mí y a mi buena Lena en el Brabank. Para no herir a Sieglinde Huntscha, hice sólo una alusión a la muerte, en el Día del Padre, de la pobre Billy. Luego pasé a ocuparme de política actual: «Aún hoy, la cocinera de los astilleros Lenin de Gdansk está como petrificada. A Jan lo alcanzaron en el vientre. Sí, la Milicia disparó contra los trabajadores. Y eso en un régimen comunista. No, en todas partes en donde los hombres tienen el dedo en el gatillo. Y siempre ha sido así. El lenguaje de las armas. Batallas de material. Defensa ofensiva. Tierra calcinada. Eso es lo que hizo el rodaballo. Su consejo fue: ¡Matad! Su palabra significaba violencia. Por su mano actuaba el Mal. Para castigarlo nos hemos reunido. ¡Mira, rodaballo, mira! Para que veas lo que queda de ti. ¡Tú, portador de la muerte, enemigo de la vida!».

Y levanté una raspa desnuda con la descarnada cabeza y se la mostré al rodaballo en su tanque de vidrio. Entonces Grisele Dubertin y Ruth Simoneit, la Huntscha y la Paasch, pero también Elisabeth Güllen y Beate Hagedorn, que hasta entonces habían callado, callado obstinadamente, cogieron cada una una raspa, y otras mujeres cogieron las espinas, cabezas y colas restantes y se las mostraron al rodaballo para que las viera. Y algunas mujeres gritaron: «¡Eres mortal!». Otras afirmaron: «¡En realidad, estás muerto!».

Entonces me acometió la cólera. Y fui hacia él y arrojé una raspa sobre el estrado, delante del tanque: «¡Toma!». Inmediatamente, las mujeres arrojaron las otras espinas, cabezas y aletas, hasta que los once yacieron en un montón y el rodaballo tuvo que ver lo que había quedado de sus congéneres. «¡Toma! ¡Toma!» Y todas se limpiaron los dedos y arrojaron encima las servilletas de papel. Y todos escupimos sobre aquella basura espinosa, en la que las cabezas sin mirada cerraban sus bocas torcidas.

Sin embargo, el rodaballo pálido, como de vidrio soplado, permaneció flotando y no buscó refugio en su lecho de arena. Cómo debía de sufrir. Le estaba muy bien empleado.

Entonces dijo la Dra. Schönherr: «La pena se ha ejecutado. Pasado mañana mismo, el rodaballo será puesto en libertad para que pueda expiar su culpa. Hemos preparado cuidadosamente su transporte. Con esto acaba el Feminal. ¡Gracias, hermanas!».

Luego levantó la mesa.

El rodaballo
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