A la memoria de Lena
En algún momento se nos murió Aya. Al parecer, nos la comimos medio cruda y medio cocida, porque el hambre así lo quiso. Vigga murió de un envenenamiento de la sangre. Ella, que siempre nos ponía en guardia contra los góticos comehierros, se hirió con un espetón mohoso que los godos, al marcharse, habían dejado en los pantanos de la desembocadura del Vístula.
Mestuina fue primero bautizada a la fuerza y luego decapitada, por haber acogotado al obispo Adalberto con un cucharón de hierro colado.
Cuando Dorotea de Montovia se hizo emparedar en la catedral de Marienwerder, se dejó sin poner un ladrillo. A ese ventanillo abierto en la pared le debemos papeles cubiertos de garabatos, garrapateos de confuso arrobamiento, versos de amor divino y comunicaciones clandestinas en las que, mezcladas con oraciones obscenas, atravesadas por gritos de libertad y unidas a serviles palabras de arrepentimiento, aparecían las recetas que Dorotea, dentro de sus muros, quería que se utilizasen para sus comidas, hasta que dejó de tomar alimentos, dejó de evacuar excrementos (ya muy escasos), y se limitó a yacer rígida con la corporeidad que le restaba.
La monja Margareta Rusch se ahogó con una espina de pescado cuando, el 26 de febrero de 1585, el rey de Polonia Batory concertó con la ciudad de Danzig el tratado de derechos portuarios y celebró el provechoso acuerdo con los patricios en una comida a base de lucio.
Mientras el poeta Quirinus Kuhlmann, el comerciante Nordermann, la fregona Agnes Kurbiella y su hija Ursula, de cabeza un tanto a pájaros, eran quemados en Moscú al aire libre, el 4 de octubre de 1689 —los hombres por conjuradores y las mujeres por brujas—, Agnes, al parecer, ya sobre la pira ardiendo, citó, después de una receta de pescado cocido, el poema de Opitz: «Soy y sigo siendo lo que más ama. Para peces y pasiones soy su dama. ¡Ven, corazón! Quedémonos a la mesa. En esta espléndida paz el tiempo no pesa».
Y cuando Amanda Woyke, apaciblemente, murió en los brazos de su ilustrado amigo de pluma el conde Rumford, vio, al parecer, con ojos de visionaria, grandes cocinas movidas por energía atómica en todo el mundo, y anunció el fin de los sufrimientos del Hambre.
Y también Sophie Rotzoll, que vivió de una forma tan peligrosamente recta y tenía preparada la muerte de sus enemigos en recetas de cocina, murió de forma muy normal de vejez, en el otoño del 1849. (Luego se discutió si sus últimas palabras habían sido «¡viva la República!» o «¡huevos a la turca!».)
¿Y Lena? Lena Stubbe vivió aún mucho tiempo, aunque hubiera preferido morir tras su presidente Augusto Bebel, inmediatamente después de su entierro en Zúrich.
Y entonces llegó la guerra, se pasó hambre, se fue a la huelga. Luego proclamaron la Revolución. Luego todo fue totalmente distinto. Luego se siguió pasando hambre. Luego vino la Sociedad de Naciones. Luego se proclamó el Estado Libre. Luego el hambre aflojó un poco. Luego el dinero perdió su valor. Luego se imprimió más dinero. Luego Lena se convirtió en bisabuela. Y siguió repartiendo sopa. Su medida siempre exacta. Casi durante un siglo. Viva aún, el monumento a la mujer con el cazo de sopa.
Porque lo mismo que Lena Stubbe, durante los cuatro años de guerra, había repartido sopa de berza y cebada en las cocinas populares y, en la época de la inflación, como cocinera del Socorro Obrero, en el rojo suburbio portuario de Neufahrwasser, en Ohra y en el Troyl, siguió achicando sopa cuando las SA, la Federación de Mujeres NS, la Asistencia Pública NS y las Juventudes Hitlerianas, de acuerdo con su programa de socorro de invierno, hacían repartir, en los llamados domingos de plato único, sopa de guisantes con tocino en cocinas de campaña. En esos actos, que a partir de 1934 se hicieron cada vez más populares, tocaba la banda de música de la policía de la Ciudad Libre, conducida por el director de banda Ernst Stieberitz, marchas y alegres melodías, tan ruidosa y retumbantemente, que no podía dominar el ruido aquel niño de tres años que golpeaba furiosamente su tambor de hojalata, ni se oía a aquella mujer, de casi noventa años, que entre cazo y cazo lanzaba maldiciones, sin dejar de repartir equitativamente y sin mirar de reojo las solapas de ningún comedor de sopa.
Sólo más tarde llamó la atención y se observó que, sólo para ayudar, Lena Stubbe cocinaba sopas kosher en la cocina social de la comunidad de la sinagoga de la Schichaugasse, para los pobres judíos orientales que, desde abril de 1939, esperaban inútilmente su visado para América o para donde fuera. Y cuando Lena, después de comenzada la campaña de Rusia, calentó sopas de harina y pan para los forzados ucranianos, cuyos ingredientes había mendigado o ahorrado de sus propias raciones; cuando la anciana, lo mismo que los hambrientos trabajadores del Este, pareció burlarse de todos llevando un parche de tela cosido en el que estaba pintada la palabra «OST»; cuando Lena Stubbe se volvió senil y habló sólo abiertamente, fue detenida en su vivienda del Brabank y, a la edad de noventa y tres años y sin proceso, deportada al campo de concentración de Stutthof, cerca de Danzig. Por razones de protección social, como se contestó a la pregunta de su nieta Erna Miehlau. (En aquella época, la biznieta de Lena, la pequeña Sibylle, tenía doce años y jugaba todavía con muñecas.)
También en Stutthof, durante un año escaso, Lena Stubbe llenó, cazo a cazo, los platos de lata de una sopa de cebada azulverdosa. No sólo confiaban en ella los presos políticos. Ella no soltaba el cucharón. Tenía que seguir siendo justa. Su medida de medio litro. Nacida en el 49. Un siglo de esperanzas acuosas. Cómo repartía la sopa. Cómo se conservó llena de útiles recuerdos. Cómo habló siempre bien de sus maridos caídos en las dos guerras. Cómo hablaba de sopas anteriores. Cómo, mientras repartía la sopa —como si no hubiera pasado el tiempo—, seguía citando los escritos de su siemprepresidente.
Muerta el 4 de diciembre de 1942: de debilidad senil. Según otra versión, un kapo de cocina, que era uno de los privilegiados por ser sólo preso común, mató a golpes a Lena Stubbe cuando ella quiso proteger de las garras del kapo las raciones de margarina y sebo de vaca para cocinar, ya de por sí escasas. Con una estaca de haya. Dos presos políticos, que conocían a Lena de sus tiempos del Socorro Obrero, encontraron el montón de ropa golpeado detrás de la barraca de las letrinas. Tuvieron que espantar a las ratas. Sus gafas de níquel, remendadas con hilo, yacían a un lado, partidas en dos.
Cuando, durante la ocupación de Danzig por el Segundo Ejército soviético, ardieron también las barracas de trabajadores del Brabank, cubiertas de cartón alquitranado, ardió con ellas el Libro de cocina proletaria de Lena, que no había encontrado editor.
Con la excepción de Amanda y de Sophie, cuántas muertes violentas: la septicemia, el cuerpo roído por el hambre, la carne quemada, la risa ahogada, el tronco decapitado, la tutela muerta a golpes. No hay mucho que embellecer. Pérdidas que se suman. La contabilidad de la violencia.
A mi Ilsebill, que no procede de los cuentos sino de Suabia, le gusta ajustarles las cuentas a los hombres: «Eso es lo que sabéis hacer: golpear. Vuestro eterno Waterloo. Vuestra derrota heroica».
Y también el rodaballo ha empezado a hacer cuentas: «Eso se llama hacer balance, hijo. No tiene buen aspecto. Me temo que estés en números rojos».
Esto lo dijo al terminar la vista del caso Lena Stubbe. Sieglinde Huntscha me había permitido nuevamente (en secreto, de noche) ir a verlo. (Ella se quedó en la taquilla: «¡Despachaos a gusto!».) El rodaballo se levantó de su lecho de arena y pareció estar de buen humor hasta la punta de sus aletas caudales, aunque su condena sea inminente y puedan apreciarse en él las huellas de la reclusión: su pedregosa epidermis ha palidecido, la espina dorsal se le dibuja como si él quisiera volverse de cristal para resultar más creíble.
Cuando quise describirle mi capítulo siguiente, el caso de mi pobre Sibylle, me interrumpió: «¡Ya han muerto bastantes!». Luego empezó a soltar frases como «¡hacer balance!» y «hora de la verdad». Reafirmó otra vez su misión, desde la paleolítica Aya hasta la tempranosocialista Lena. Se apuntó como éxitos el patriarcado y el Estado como idea, la cultura y la civilización, la historia fechada y el progreso técnico, y se quejó luego de la transformación de las hazañas masculinas en algo monstruoso: «Os di sabiduría y poder, pero sólo habéis buscado la guerra y la miseria. Se os confió la Naturaleza, y vosotros la habéis despojado contaminado, dejado irreconocible y destruido. A pesar de toda la abundancia que os entregué no habéis podido saciar al mundo. El hambre aumenta. Vuestra era suena desafinadamente. En suma: el hombre está acabado. Apenas puede controlarse ya tanto perfecto funcionamiento en vacío. Da lo mismo que se trate de capitalismo o de comunismo: por todas partes, la locura hace distinciones sutiles No es eso lo que yo quise. No os puedo aconsejar ya. La causa masculina se liquida a sí misma. Hay que echar el cierre, hijo. Hacer mutis. Hazlo con dignidad».
Entonces me propuso terminar el libro que llevaba su nombre con el caso Lena Stubbe y darle a él la última palabra, inmediatamente después de la sentencia del tribunal feminista: «Podéis echarme la culpa de Alejandro y de César, de los Hohenstaufen y de los Caballeros Teutónicos, incluso de Napoleón y de Guillermo II, pero no de ese Hitler ni de ese Stalin. De ésos no soy responsable. Lo que vino después, vino sin mí. Esta época no es la mía. Mi libro se ha cerrado, mi historia ha concluido».
Entonces dije yo: «¡No, rodaballo! ¡No! El libro sigue y la historia también».
¡Ay, Ilsebill! Soñé que el rodaballo te hablaba. Os oía reíros a él y a ti. El mar estaba tranquilo. Estabais haciendo futuro. Yo estaba sentado lejos, cancelado. Sólo retrospectivamente todavía allí. Un hombre con su historia ya vivida: érase una vez…