De dónde fue escondido, por corto tiempo, el fuego robado

En nuestros antiguos mitos no existía el fuego: caían rayos, se incendiaban espontáneamente los pantanos, pero nunca lográbamos conservar la lumbre; se nos moría siempre. Por eso nos comíamos el tejón, el anta o la perdiz blanca crudos o desecados sobre piedras. Y, muertos de frío, nos acurrucábamos en la oscuridad.

Entonces nos dijo la madera podrida: «Aquel cuya carne es también bolsa debe subir hasta el Lobo del Cielo. El Lobo custodia el fuego original del que proceden todos los fuegos, incluso el rayo».

Tuvo que ir una mujer, porque el cuerpo del hombre no tiene bolsillos. Así pues, una mujer trepó por el arco iris y encontró al Lobo del Cielo echado junto al fuego original. Acababa de comerse un crujiente asado. Le dio a la mujer un resto. Ella masticaba todavía cuando él dijo con tristeza: «Sé que vienes a buscar el fuego. ¿Tienes una bolsa?».

Cuando la mujer le enseñó su bolsa, él dijo: «Soy viejo y ya no veo. Échate a mi lado para que pueda probarte».

La mujer se echó junto al lobo. Y él probó su bolsa con su miembro de lobo hasta que, agotado, se quedó dormido sobre ella. Después de aguardar un rato y otro rato más, la mujer hizo que su probador resbalase fuera de su bolsa, lo echó a un lado apartándolo de sí —porque seguía sobre ella—, se levantó de un salto, se sacudió un poco, cogió tres brasas del fuego original y las escondió en su bolsa, donde inmediatamente devoraron, chirriando, la esperma del lobo.

Entonces despertó el lobo, que debía de haber oído o sentido cómo el fuego consumía su semilla en la bolsa de la mujer. Dijo: «Estoy demasiado exhausto para quitarte lo que me has robado. Pero óyeme bien: el fuego original dejará una marca donde tu bolsa se abre. Te quedará una cicatriz. Esa cicatriz te picará siempre. Y como te picará, desearás que alguien venga y haga desaparecer el picor. Y cuando no te pique, desearás que alguien venga y haga que te pique».

La mujer rió; las brasas no le hacían daño porque su bolsa estaba húmeda aún. Tanto se rió que tuvo que cruzar las piernas. Y, todavía riendo, le dijo al cansado lobo: «Viejo carcamal. No te metas con mi bolsa. Te voy a demostrar lo que puedo hacer. Te vas a asombrar».

Se situó con las piernas abiertas sobre el fuego original, poniéndose dos dedos ante la bolsa para que no cayera nada, y orinó sobre el fuego hasta que lo apagó. Entonces el viejo Lobo del Cielo se echó a llorar, porque ya no podría comer asados crujientes y tendría que engullirlo todo crudo. Al parecer, eso fue lo que hizo a los lobos de la Tierra asesinos y enemigos del hombre.

Justo a tiempo bajó la mujer a la Tierra por el arco iris, que ya palidecía. Volvió a su horda gritando, porque ahora tenía la bolsa seca y se quemaba con los carbones. «¡Aya! ¡Aya!», bramaba, y en ese sonido primitivo encontró su nombre.

La cicatriz de la entrada de su bolsa, que el viejo Lobo del Cielo había predicho que le picaría, se llamó luego clítoris o pepitilla, pero es todavía objeto de controversia entre los sabios que investigan el origen del orgasmo.

Ahora teníamos fuego. Nunca se nos apagaba la lumbre. Siempre había un penacho de humo. Sin embargo, como fue una mujer la que nos trajo el fuego, nosotros, hombres sin bolsas, pasamos a depender de las mujeres. Ya no podíamos sacrificar al Lobo del Cielo, sino sólo al Anta Hembra del Cielo. Durante mucho tiempo nada supimos de la función ni el origen de la picante cicatriz. Porque Aya, cuando volvió y se hubo desfogado, sólo nos contó, como de pasada, que el viejo Lobo había sido amable con ella; que él le había preparado un asado de liebre sobre el fuego; que el asado sabía a gloria celestial; que ahora conocía la cocina; que se había quejado al lobo de lo frío y lo oscuro que era todo aquí abajo; que, entre todos los sacrificios en su honor, el lobo prefería el de las terneras de anta; que ella le había limpiado la zarpa trasera izquierda —que supuraba— y se la había curado con hierbas medicinales que siempre llevaba consigo; que el pobre lobo había dejado de cojear; que por ello, agradecido, le había regalado tres brasas del fuego original; y que el Lobo del Cielo —a pesar de todas las supersticiones masculinas— era una loba.

No nos contó nada más. Y yo tampoco sabría nada si no hubiera meditado mucho sobre la íntima cicatriz y estudiado la pepitilla de Ilsebill a la luz de otros mitos. No obstante, el rodaballo no quiso creérselo. Él sólo cree en su Razón.

El rodaballo
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