De todo lo que se le ocurrió al rodaballo sobre la vida monjil

Quizá porque no sé exactamente con qué nombre tempotransité en relación con la monja Rusch y porque, relativamente, me acuerdo más de mi tempotránsito neolítico que de las embrolladas situaciones de la época de la Reforma, las declaraciones del rodaballo ante el tribunal feminista fueron calificadas de contradictorias: pretende haberme aconsejado primero como padre de la pequeña Margret, luego como patricio Ferber y, por último, como gordo abad Jeschke. (También aludió a obligaciones de política mundial, en otra parte. Al parecer, quería hacer bajar el precio de la pimienta, y por eso envió a un tal Vasco de Gama por la ruta marítima de la India.) Sin embargo, el rodaballo se puso sin vacilación de parte de Margareta. Tres días después del nacimiento de la pequeña niña, el herrero Rusch lo llamó en el áspero mar de noviembre: ¿qué hacía con la mocosa? Su madre había muerto de calenturas. Había que empapuzar a la cría con leche de cabra. Y además, tibia de la ubre. Se convertiría en una buena moza. ¿Le podía aconsejar el rodaballo qué hacer, cielo santo?

La desesperada pregunta de Pedro Rusch se comprenderá mejor si se sabe que el herrero pertenecía a los oficios bajos y no a los gremios. Así al menos me presentó el rodaballo ante el tribunal, como un caso de marginado medieval hundido por el egoísta comportamiento de los gremios: «Ese Pedro Rusch, mis respetadas señoras, pertenecía al proletariado miserable de su tiempo: sin poder sentarse en ninguna asamblea gremial, despreciado por los oficiales de los gremios —aunque ellos, como él, carecieran de derechos políticos y estuvieran a merced del capricho de los patricios— y, por añadidura, con siete niñas. Entonces, inmediatamente después del nacimiento de su hija Margareta, se le murió la mujer, Cristina. Y, por si fuera poco, estaba entrampado. En suma: un agitador nato. Rápido en echar mano al cuchillo. Obtuso por naturaleza, pero siempre buscando la justicia. Un pobre diablo que me pidió consejo».


Así pues, ése fui yo. ¿Y no el siempre prófugo frailecillo, pinche de cocina y compañero de lecho? El rodaballo debe saberlo. Y si Margret no hubiese reaccionado ante los padres y todo lo paterno tan ofensivamente y, en toda ocasión, con pedos de menosprecio, habría sido con gusto su padre y podría sentirme orgulloso de mi enorme hija, aunque ella sólo me dio su compasión y su sopa de callos. En cualquier caso, el rodaballo me aconsejó entregar a la niña, apenas hubiera sido destetada de la cabra, a las piadosas mujeres del convento de Santa Brígida. Con ese consejo quiso ayudarme. Sin embargo, severamente interrogado por el tribunal, dio otras razones.

«¡Por favor, mi distinguida acusadora, señoras mías que me juzgáis! Por pura conciencia social —para ayudar a aquel pobre zoquete— nunca hubiera dado un consejo tan cargado de consecuencias. Para decir la verdad: al ponerla a salvo en el convento, quise dar a la pequeña, aunque luego tan sabrosamente metida en carnes Margareta, toda la libertad posible. Porque si no, ¿qué hubiera sido de ella? Habría tenido que casarse con algún calderero no agremiado. Abrumada por la crianza de los hijos y las estrecheces domésticas, se habría consumido en la Empalizada. El camastro conyugal no le habría proporcionado placeres sensuales, sino monótonos revolcones apresurados. Un destino entonces corriente. Porque las mujeres de la llamada época de la Reforma eran en eso poco afortunadas, tanto si tenían que presentar la bolsita a sus maridos al estilo católico como al protestante. Las únicas mujeres libres eran las monjas, y quizá también las putillas del Barrio del Pebre porque se habían organizado de una forma igualmente estricta y podían elegir sus abadesas, más tarde llamadas, peyorativamente, matronas. No eran las esposas regañonas y celosamente guardadas, no, sino las monjas y las putillas las que practicaban esa solidaridad femenina que hoy, en congresos y manifiestos, se reivindica con razón. Sin pretender mezclarme en los asuntos del movimiento feminista, ruego a este Alto Tribunal, por el que tengo el honor de ser juzgado, que reconozca que, si no en los burdeles medievales, al menos en la vida monjil de los monasterios de aquel tiempo hubo un grado sorprendente de emancipación femenina. Mi consejo, dado a un mastuerzo de herrero, abrió al sexo femenino, como demuestra la carrera de la monja Margareta Rusch, zonas liberadas que, en la época actual —seamos sinceros, señoras—, siguen estando o vuelven a estar cerradas.

»Sin embargo, quizá deba corroborar lo que digo con algunos datos.

»La monja Margareta Rusch no perteneció a ningún hombre; con todo, según su placer o capricho, más de una docena de hombres la sirvieron. Las reglas de la Orden, supuestamente severas —clausura, ejercicios espirituales, silencio—, le permitieron ocio, concentración y distanciamiento de la ruidosa vida cotidiana. Aunque dio a luz a dos niñas con los dolores entonces todavía usuales, Greta la Gorda no se vio encadenada al hogar por sus hijas. No estuvo sometida a ningún poder familiar. No fue doblegada por ninguna mano patriarcal. No se convirtió en ninguna bruja discutidora con un tintineante manojo de llaves. Pudo ejercitar libremente sus fuerzas físicas y espirituales, cocinando y ordenando menús incitantes para los placeres de la carne, y dando a la política masculina, orientada siempre exclusivamente al uso despótico del poder, algunos —al menos algunos— toques democráticos. Tengo que recordar los Statuta Karnkowiana que, sin la influencia de Greta la Gorda, no hubieran concedido seguramente ningún derecho a los gremios.

»En suma: todo eso fue resultado de mi consejo. Porque si yo no hubiera protegido a la niña en el convento, nunca habría habido una Greta la Gorda. Y por lo que se refiere al esposo celestial y los esponsales monjiles, les ruego que me crean si les digo que los conventos de monjas, en el siglo XVI, estaban libres de la mística goticoflamígera. No había ya éxtasis. El Hijo de Dios recibía muy poco o nada. La flagelación de la carne, el ascetismo de pies descalzos y el histérico baile de San Vito estaban totalmente pasados de moda. No había ninguna Dorotea de Montovia que quisiera, emparedada, despojarse de su envoltura carnal. Terrenalmente orientadas, las monjas de la casa de Santa Brígida supieron aumentar sus riquezas y utilizar su poder. Desde luego, hubo también peleas de monjas y disputas monjiles. Sin embargo, desde que la abadesa Margareta Rusch se puso a su frente y mientras lo estuvo, el convento constituyó una liga femenina en la que se practicaba la solidaridad entre hermanas como primera virtud. Unidas fueron fuertes. Los dominicos no se atrevieron a hacer nada, aunque sus murmuraciones sobre las pecadoras actividades de Greta la Gorda apestaron todas las callejas.»


A ese discurso respondió enseguida la fiscal Sieglinde Huntscha, con dureza y recursos oratorios efectistas. Dijo que él, el rodaballo, intentaba congraciarse. Decía que había querido fomentar la —desde luego— todavía poco desarrollada solidaridad entre las mujeres. Proponía un ejemplo magníficamente adornado. Sin embargo, la monja Rusch se había comportado políticamente de una forma totalmente oportunista. Él, el rodaballo, era responsable, por su consejo de encerrar a la niña en el claustro, de que la monja cocinera hubiera utilizado tan mal su libertad. Bien mirado, lo único que ella hizo en realidad fue siempre prostituirse. El caso Ferber lo demostraba claramente. Los pequeños escándalos lúbricos de las monjas no eran, ni mucho menos, una prueba de conducta emancipada. La pretendida libertad de la monja Rusch podía compararse más bien al liberalismo pequeñoburgués de un ama de casa de la clase media que, a fin de aumentar su dinero para gastos, se inscribe en una cadena de call girls. En el mejor de los casos, el comportamiento sexual de la monja podía considerarse como prerrevolucionario, aunque sólo había estado egoístamente orientado a su cuerpo, sin que fuera transmisible a otras mujeres que vivían en la estrechez y la dependencia. Él, el rodaballo —dijo—, ofrecía graciosamente sus servicios como consejero femenino, después de haber favorecido sólo, durante tres siglos y medio, la causa masculina. Pero la monja Rusch no era un buen ejemplo. Los pedos de monja no contribuían a una toma de conciencia femenina. Y el mal uso de la vagina como cáliz para la cristiana Eucaristía sólo podía considerarse como ejemplo de perversión masculina. ¡Qué falta de gusto! Lo decía como atea y no porque temiera herir sentimientos religiosos.

Para terminar, la fiscal pidió que se limitase el uso de la palabra al acusado pez plano: «¡No podemos permitir que nuestro tribunal, que siguen con esperanza y expectación millones de mujeres oprimidas, sea abusivamente utilizado para hacer propaganda patriarcal!».

A esto se opuso la defensora de oficio por razones de procedimiento. Tampoco la mayoría de las vocales querían prejuzgar el fallo. En especial Ulla Witzlaff, por lo demás más bien lenta y a menudo tarda en sus reacciones, fue francamente grosera: había que dar al rodaballo una oportunidad de defenderse. Al fin y al cabo, a las mujeres no les interesaba imitar las prácticas, tristemente célebres, de la justicia de clase masculina.

Por ello —a pesar de la protesta fiscal— se leyeron los cuatro informes periciales que el rodaballo había encargado a historiadores conocidos, por conducto de la defensora de oficio.

El primer informe definía la hechicería medieval como un intento especialmente desesperado de emancipación femenina. Documentos de procesos, estadísticamente analizados, revelaban que la participación monjil en el número de brujas quemadas en el siglo XV era, con un 32,7 %, sumamente alta, mientras que en el siglo XVI apenas fueron un 8 % las monjas que tuvieron que subir a la hoguera. Del siglo XVI no se habían podido obtener datos estadísticos aprovechables.

En el segundo informe se demostraba por qué, en el siglo de la Reforma, disminuyó la brujería en los conventos y, en cambio, la cifra de brujas burguesas revelaba una situación de necesidad, especialmente entre las mujeres de los artesanos. En los conventos, que permanecieron exteriormente fieles a la Iglesia Católica, la Reforma había influido de modo emancipatorio, al dar conciencia a las monjas de los asuntos terrenales y fomentar un tipo de monja diligente, capaz, eficiente y tan astuta como despierta. En cambio, a las mujeres burguesas sólo les quedaba el refugio de la locura religiosa o de la brujería excéntrica. Seguían indicaciones bibliográficas.

El tercer informe se ocupaba de la influencia política de los conventos de mujeres en la Edad Media: la cocina del convento como centro de poder, los conventos y sus cocinas como lugares para negociaciones de paz, encuentros de conspiradores y vida social licenciosa. Pericialmente se decía: el convento de monjas fue una institución en la que el déficit femenino, al menos temporalmente, se vio compensado.

El cuarto informe pericial trataba de la ampliación de los horizontes monjiles desde el descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón, Vasco de Gama y otros. En especial, confirmaba la afirmación del rodaballo de que la abadesa Margareta Rusch, en 1549, había casado a su hija mayor Hedviga, por razones de política alimentaria, con un comerciante portugués, que más tarde fundó en la costa india de Malabar una factoría comercial. El mercader debía enviar a su suegra especias —curry, clavo, pimienta, jengibre— dos veces al año. En cualquier caso, el informe podía probar que, desde mediados del siglo XVI, buques mercantes portugueses habían atracado en el puerto de Danzig. No había duda: Greta la Gorda mantuvo correspondencia con el Nuevo Mundo.


Entonces habló otra vez el rodaballo. Modestamente y sin aprovechar apenas el éxito de los peritajes, se refirió a su pequeña participación en el proceso de toma de conciencia emancipatoria de la joven novicia, luego monja cocinera y más tarde abadesa Margareta Rusch. Trazó un retrato de Greta la Gorda en el que subrayó la comicidad de sus actuaciones. Anécdotas frívolas se mezclaban con escenas grotescas: de cómo obligó al predicador Hegge, cuando éste hizo un llamamiento a la iconoclastia, a comerse todo un San Nicolás de tamaño natural, que había modelado expresivamente en pasta de pan y rellenado de salchichas; de cómo Greta la Gorda había forzado a la colgante minina del patricio Ferber a adoptar una actitud más airosa, formando con gulden de plata y taler de Brabante, a modo de ejemplo, torres verticales; de cómo, cuando había quemado hasta los cimientos el convento de Oliva, hizo asar en las cenizas conventuales tortitas para la plebe; de cómo la gorda Greta, cabalgando sobre una cerda para entrar en el campamento del rey Batory, desplumaba gansos. Y otras historias de las que empezó a reírse el público; porque, tras una breve interrupción —el consejo asesor amenazó con disolverse— se volvió a dejar entrar al público.

Animado, el rodaballo dijo: «Ya ven, respetadas señoras, capaces todavía de sonreír: la monja cocinera Margret era una mujer decididamente alegre, porque nadie la oprimía. Se la podría considerar, no sólo por ser contemporánea, sino por su ilustrada forma de vida, hermana de aquel François Rabelais, cura de Meudon. ¡Si ella lo hubiera conocido! Estoy seguro de que a él se le habría ocurrido una contrafigura para Gargantúa, tan imponente como él, en el personaje de nuestra gorda Greta, y que le habría inspirado un libro rebosante. Porque nos faltan personajes literarios femeninos en papeles cómicos principales. Ya se trate de Don Quijote o de Tristram Shandy, de Falstaff o de Oskar Matzerath: siempre son los hombres los que extraen de su desesperación un capital cómico, mientras que las mujeres perecen en tragedias ineluctables. María Estuardo o Electra, Agnes Bernauer o Nora, todas están prendadas de sus propios dramas. O se consumen suspirando sentimentalmente. O son empujadas por la locura al pantano. O les remuerden sus pecados. O naufragan en una embriaguez de poder masculino; baste pensar en Lady Macbeth. Totalmente carentes de humor, se ven forzadas al sufrimiento: santas, putas, brujas o todo al mismo tiempo. O se quedan petrificadas en su desgracia: son secas, amargas, un reproche silencioso. A veces, como a Ofelia, se les permite volverse locas y musitar poemas incoherentes. Sólo a la “vieja graciosa”, alejada de todo deseo carnal, y a la ridícula doncella se las puede presentar como ejemplos de ese humor femenino que suele calificarse de “inagotable”. Sin embargo, ya sean cómicamente viejas o neciamente jóvenes, sólo en papeles secundarios se les permite ese humor. Y, sin embargo, necesitamos con urgencia el protagonista femenino gracioso. Lo mismo pasa en el cine. ¡No debe seguir siendo privilegio masculino representar el género cómico sentimental, con Charlie Chaplin o el Gordo y el Flaco! Señoras, las exhorto a escenificar la gran comedia femenina. La mujer cómica debe triunfar. Unas faldas para el Caballero de la Triste Figura, a fin de que arremeta contra los molinos de los prejuicios masculinos. Les propongo a la monja cocinera, Margareta Rusch, Greta la Gorda ¡Sus carcajadas dieron a la mujer espacio vital y esa libertad en que el humor, un humor por fin femenino, podría tirar cohetes y armar la de Dios es Cristo!».


Quizá el rodaballo esperaba un aplauso amistoso o, por lo menos, un asentimiento regocijado. Pero su discurso fue seguido por un silencio y luego por carraspeos. Por fin, la fiscal, más bien en un aparte, como si quisiera no dar excesiva importancia a algo penoso, dijo: «Acusado rodaballo, ¿no le parece una falta de tacto hacer bromas literarias a costa de las mujeres oprimidas del mundo entero? Desde luego, estamos acostumbradas a que los llamados Señores de la Creación encuentren a lo sumo divertida nuestra lucha por la igualdad de derechos. Sin embargo, para nosotras es algo muy serio. No trágica, sino objetivamente serio. No permitiremos que Electra o Nora sean rebajadas a figuras sólo —por desgracia— trágicas. No nos faltan quijotismos femeninos. Por favor, nada de ofrecernos papeles. Sólo falta que se nos quiera engañar aún con una Doctora Faustina y una Mefistofelia en traje de noche con lentejuelas. ¡Al grano! Su monja cocinera, por su compromiso con la sociedad de su tiempo, nos resulta demasiado importante para permitir que sea puesta en ridículo. Al fin y al cabo, Margareta Rusch mató a dos hombres deliberadamente y con larga premeditación. Los dos habían participado en forma destacada cuando su padre, el herrero Pedro Rusch, fue condenado a muerte el 29 de abril de 1526 y ejecutado por la espada. Tres años más tarde, ella ahogó durante el coito al ex burgomaestre de la ciudad de Danzig, Eberhard Ferber, que se había retirado después de aquella sentencia asesina. En aquella época, Margareta Rusch tenía treinta años: la misma edad que el prelado Gaspar Jeschke a quien, cincuenta y tres años más tarde, cuando él era abad del convento de Oliva, atiborró hasta matarlo. Ésa es, señor Rodaballo, su cómica Greta la Gorda, la chistosa monja Rusch, la bola de sebo carcajeante. No señor, fue una mujer de serios propósitos que jamás abandonó. Una mujer que sabía odiar a sus enemigos. ¿Y cuál fue la participación de usted en ese doble delito, políticamente necesario? ¿Fueron sus parlanchines consejos los que avivaron la memoria heroica de Margareta Rusch? Queremos saber la verdad. Nada más que la verdad. Y nada de escapatorias, por favor, al terreno de la farsa».


Entonces el rodaballo reconoció haber aconsejado al patricio Ferber y también al abad Jeschke. De todas formas —eso aseguró— el viejo Ferber no quiso escuchar su consejo. En su lascivia senil, se había encoñado con la gorda Greta. Y también había sido inútil su preocupación por el abad Jeschke. Sin embargo, no fue la concupiscencia lo que ató al anciano a la anciana Margret, sino la gula y la pasión por la pimienta, entonces tan extendidas.

«En cualquier caso», dijo el rodaballo, «en el año 77 del Señor pude convencer al idiota del viejo para que huyera, cuando le avisé del incendio del monasterio. No obstante, su glotonería —sabía que la monja quería matarlo de un atracón— no le permitía escuchar un consejo tan bien intencionado. Sí, lo reconozco. Intenté evitar uno y otro asesinato, porque no quería ver empañados por una venganza atrasada los grandes méritos de la monja Rusch en pro del progreso democrático. Ella ayudó —aunque inútilmente— a los gremios carentes de derechos. Consiguió del rey Esteban Batory, astutamente y con conciencia de su talento culinario, una paz benévola. Y, lo que no es menos importante: dio libertades a la vida monástica en el siglo XVI que todavía hoy serían ejemplares. En cambio, el llevar dos ancianos a la muerte no sirvió de nada. ¡Sólo cuentan las actividades emancipatorias! Y si, como espero, este Alto Tribunal quiere ser útil en algo con este proceso a las mujeres oprimidas, quisiera que mi consejo experimentado —aunque no se escuche— fuera recogido en las actas. Al fin y al cabo, todos estamos interesados en que, de una vez —repito, de una vez— el déficit femenino sea enjugado».


Se atendió el deseo del rodaballo. Y por eso, en las actas de la sesión de clausura del caso Margareta Rusch, consta que el acusado rodaballo aconsejó al movimiento internacional de mujeres que fundase en todo el mundo conventos feministas con fines estrictamente terrenales para, de esa forma, oponer un poderoso contrapeso económico a las asociaciones masculinas, en todas partes dominantes. Así, sólo así, en un estado de independencia económica y sexual, podría practicarse nuevamente la olvidada solidaridad femenina y ejercerla por fin para lograr la igualdad de derechos entre ambos sexos. Eso modificaría las ambivalentes estructuras de la conciencia femenina. De esa forma se podrían eliminar los déficit específicos del sexo. Y eso tendría también consecuencias divertidas.

En las actas no se dice que, inmediatamente después de la sesión, varias señoras del público se presentaron como candidatas a abadesa. El tribunal aplazó su decisión.


Sí, Ilsebill, suponiendo que eso ocurriera: que primero en diez, luego en cien, pronto en diez mil lugares, desde Suabia hasta Holstein, surgieran conventos feministas en los que unas quinientas mil mujeres organizadas se sustrajeran al matrimonio y, de esa forma, al comercio sexual organizado por los hombres; y suponiendo que las mujeres pudierais lograr allí ser libres en el sentido deseado y no depender ya, como desde hace siglos, de la posesividad masculina y del patriarcado, de los caprichos de las pililas viriles, del presupuesto familiar, de la moda y de la generalizada sobrepresión masculina; y suponiendo que hubierais podido, en un santiamén, establecer centros de poder económico, ya fuera mediante la creación de una industria femenina de consumo, ya mediante la conquista del correspondiente mercado que, de todas formas (aunque inconscientemente) está dominado por las mujeres, ¿no se habría realizado en su primera fase, y con éxito, el consejo del rodaballo de fundar conventos femeninos en el siglo, siguiendo el modelo de la abadesa de las monjas de Santa Brígida, Margareta Rusch, como contrapeso de los dominantes contubernios masculinos?

Porque suponiendo, Ilsebill, que en los conventos feministas y los talleres de producción de los conventos, cada vez más numerosos, se practicase la solidaridad femenina, de forma que no se pudiera ya enfrentar mujeres con mujeres según los ritos de la competencia sexual, ni, a capricho, fijar un ideal de belleza casi siempre de tipo muñeca, constantemente renovado por los hombres, a fin de disfrazar de continuo la permanente dependencia de las mujeres; y suponiendo, Ilsebill, que hubiera en todo el mundo conventos feministas y que esos conventos tuvieran poder económico, y que el tradicional matrimonio patriarcal perdurase sólo en una minoría decreciente; que crecieran en esos conventos los hijos engendrados, sin duda, libremente, pero también sin vinculaciones ni reivindicaciones de paternidad; que se impusieran, quizá fomentados por la conciencia masculina de la propia impotencia, la razón femenina y el matriarcado nuevo, por monjil; que, como consecuencia, no hubiera ya una Historia fechada por los hombres, ni, por tanto, más guerras, que ninguna ambición masculina ni manía de progreso lanzase cohetes y supercohetes al absurdo espacio, que el consumo dejase de utilizar métodos terroristas, que desapareciera por fin el miedo a ser menos que otro, que nadie deseara poseer al otro, que el drama de la lucha de los sexos no tuviera ya espectadores, que sólo aumentase la ternura, que no hubiera en el lecho vencedores, que nadie supiera lo que es la victoria, que nadie midiese ya el tiempo; y suponiendo, Ilsebill, que todo eso fuera posible, calculable, demostrable y mediante (luego inútiles) computadoras, escupible en forma de un Orden Nuevo, que el tribunal feminista le diera toda la razón al rodaballo, al que ayer todavía acusaba, y que, siguiendo el consejo de la boca del pez, florecieran por todas partes, como él profetizó, conventos feministas en los que se guardara la memoria de la gorda abadesa Margareta Rusch, y que tú pudieras ingresar ya mañana (aunque estés embarazada de mí, en el tercer mes) en un convento de ésos, para, libre, liberada y nunca más oprimida, no ser propiedad de mí ni de nadie, ¿podría entonces —suponiendo que todo eso fuera así— visitarte simplemente un ratito como hombre?

El rodaballo
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