Satisfecho
El pecho de mi madre era grande y blanco.
Chupar teta.
Hay que aprovechar, antes de que se convierta en biberón y chupete.
Amenazar con tartamudeos, complejos,
si se me quiere privar de él.
No basta con lloriquear.
El caldo de carne clarito hace afluir la leche,
o la sopa de cabezas de merluza, turbiamente cocidas,
hasta que sus ojos, ciegos,
ruedan aproximadamente en dirección a la felicidad.
Los hombres no alimentan.
Los hombres tuercen hacia casa los ojos cuando las vacas
de pesadas ubres taponan
las calles y el tráfico comercial.
Los hombres sueñan con el tercer pecho.
Los hombres envidian al lactante
y siempre echan algo en falta.
Nuestros niños de pecho barbudos,
que se cuidan de nosotros los contribuyentes,
chasquean la lengua entre un par de citas,
apoyados en sus cigarrillos.
A partir de los cuarenta habría que amamantar otra vez a los hombres:
públicamente y cobrando,
hasta que estuvieran totalmente hartos y ya no llorasen,
no llorasen en el retrete: solos.