Planto y plegaria de Amanda Woyke, cocinera de la servidumbre
Cuando las tres lombricillas,
Stine-Trude-Lovise llamadas,
se le murieron de hambre
porque la cosecha se pudrió de lluvia, fue arrasada por el pedrisco
y mordida por la sequía y los ratones,
de forma que, desgranada, no quedó nada,
el mijo no se granaba, la sémola no alimentaba,
no había papilla de avena dulce ni pan de maíz ácido,
antes que oscureciera en marzo dos veces, porque también la cabra
había saltado contra el cuchillo de un cosaco,
la vaca arrebatada por prusianos que forrajeaban,
ninguna gallina escarbaba,
de las palomas sólo quedaban los palominos,
y también el tipo del bigote retorcido,
que con su herramienta había hecho, como quien no quiere la cosa,
a las lombricillas Stine-Trude-Lovise,
porque Amanda se le abría siempre de piernas,
se había ido otra vez y, por una paga de adelanto,
estaba en Sajonia, Bohemia, Hochkirch,
porque el Rey, el Rey lo llamaba…
cuando las tres muñecas de trapo,
de nombre Stine-Trude-Lovise,
se quedaron colgando en sus brazos,
Amanda no quiso creerlo
ni quiso dejarlas ir.
Y cuando las niñas
pálidas, azules y encogidas por el hambre,
ancianas atrozmente precoces,
poco antes nacidas, apenas destetadas —pronto
hubiera aprendido a andar Lovise— fueron puestas en la caja
y claveteadas y enterradas con pala,
Amanda se lamentó en voz alta
en un tono que era más que un quejido:
un lamento tembloroso
con muchos ai-mai-uai-nai-iai,
que entre prolongados oi y uoi
dejaba pasar frases (de las que los humanos dicen en su dolor):
Ehto no eh posible soportarlo,
ehto apiadaría al mihmo diablo,
ehto sólo un hideputa lo llamaría gusticia.
Ehto no ebiera permitirlo el Señó.
Lah lágrimah tendrían kablandarlo.
Nay ningún Dioh en el cielo
aunke layan ehcrito así…
Lloró durante tres días de marzo limpios como la porcelana,
hasta que su planto, filtrado, fue sólo un iiiih.
(Y también en otras chozas
de Zuckau, Ramkau y Kokoschken,
donde a alguien se le había muerto alguien de hambre
se lloraba así: ihhh…)
Nadie se preocupaba por eso.
Como si no pasara nada, echó brotes el sauce.
El alforfón y la avena no quedaron estériles.
Había bastantes ciruelas para secar.
Valía la pena recoger setas.
Y, llevando una vaca del ronzal, volvió el tipo ensortijado
de sus cuarteles de invierno, como de costumbre inválido.
Desde Zorndorf tenía dos dedos de menos,
tras Torgau vino riéndose con un ojo,
después de Hochkirch, con una cicatriz en la cresta,
que lo dejó más chalado que bobo.
Sin embargo, como ella se estaba quieta,
enarboló su herramienta
y, como quien no quiere la cosa,
le hizo mozas llamadas Lisbeth, Annchen, Martha y Ernestine
que siguieron con vida,
de forma que Nuestro Señor pudo ser otra vez rezado:
Él debía de saber por qué tanto sufrimiento.
Al fin y al cabo, siempre llevó su cruz.
Él recompensaba los pesares
y tenía amor, artesas de harina celestiales llenas…
Había mucho amor en su honor allí,
palabras rimadas luego con patatas en flor:
y la esperanza como un grano de trigo
de que Stine-Trude-Lovise fueran ángeles ahora
con el estómago satisfecho.