Para qué es buena la fécula de patata
Cuando el tribunal feminista comenzó a ver, a principios de febrero, el caso de la cocinera de la servidumbre Amanda Woyke y el rodaballo, inmediatamente (basándose, como siempre, en informes periciales), dio una conferencia sobre las relaciones entre hambres, movimientos de tropas y epidemias, citó bibliografía especializada —la peste en Londres, la peste en Venecia— y señaló que tenemos que agradecer a la peste negra de Florencia el Decamerón y su género: el cuento-marco dilatado. Por primera vez permitió que la Sra. Von Carnow, su defensora de oficio, le ayudase. Ella citó: «… en sus comienzos aparecían, tanto en el hombre como en la mujer, en las ingles o en los sobacos, bultos que, en unos en mayor número, en otros en menor, alcanzaban a veces el tamaño de una manzana corriente y a veces el de un huevo y eran llamados por la gente bubones». Luego el rodaballo siguió hablando didácticamente sobre la lepra, la fiebre amarilla, el tifus, el cólera y las enfermedades venéreas. Se mostraron diapositivas.
En mi entorno, desde que en el año 1332 se filtró desde la India hacia Occidente, pasando por Venecia, ha tenido siempre la puerta abierta. Se llevó como de pasada a tres de las hijas que tuve con Dorotea, y también la sirvienta que vino conmigo y con la pequeña Gertrudis murió en Konitz de la peste pulmonar exantemática que, como teñía la piel de un color azulado, era también llamada la Peste Negra; en cambio, mi hijita conservó su piel blanca y vivió aún mucho tiempo. Sin embargo, una de sus hijas, Brígida, fue arrebatada por la pestilencia que, como un azote de Dios, recorrió el país con los husitas.
Y cuando la abadesa Margareta Rusch, en 1523, me sacó en plenas vísperas de la iglesia de la Santísima Trinidad (junto al convento de los franciscanos), me salvó a tiempo al llevarme del grupito de hermanos oficiantes a su camastro; al año siguiente, todos los otros monjes y también el abad fueron arrebatados por la peste bubónica.
Y cuando en el año 1602 de la Encarnación del Señor se quemó en las calles de la rica ciudad de Danzig la paja en que habían muerto 16 919 hijos de Eva, la peste me quitó a muchos de los modelos que, como pintor de la ciudad, necesitaba para un mural —El Juicio Universal— que debía adornar la Corte de Arturo de los roñosos patricios y comerciantes y, en calidad de obra admonitoria y ofrenda, protegerlos contra una peste siempre recurrente.
Aunque salvé el cuadro, perdí una vez más modelos cuando la peste volvió veinte años después, se quedó unos meses, se marchó otra vez, volvió de nuevo como si se le hubiera olvidado algo, y arrebató en un año nueve mil y en otro siete mil personas. A pesar de haberse prohibido el mercado de los dominicos y la procesión del Corpus y aunque se cerraron con cerrojo las cervecerías y expendedurías de aguardiente, hubo que acarrear los cadáveres de las casas por todas las callejas, y enterrarlos en grandes fosas detrás de la Hagelsberg.
También luego volvió la peste, una vez titubeante, sólo de paso, y luego para tomar la ciudad, y se llevó a mis lozanas mozas y a mis compañeros de francachelas. Sólo me quedó, como fregona, la joven Agnes. Ella me vio envejecer sufriendo de mi hígado de borracho, hasta que llegó aquel Opitz para quien, del mismo modo, se ocupó de la cocina y a quien tomó apego igualmente. Cuando en 1639 la peste se transmitió al poeta, de todas formas achacoso, yo también morí con él; Agnes se fue sin volver la vista atrás, como si yo, el pintor alegórico Möller, hubiera ido a la fosa de los apestados con el ampuloso Opitz de los valles de lágrimas. En realidad, fue de debilidad senil. Muerto, aunque todavía aficionado a la bebida, lo estaba yo hacía tiempo. No era necesario que me arrebatase ninguna peste.
Todas ellas eran inmunes. Ni Dorotea, ni Greta la Gorda, ni Agnes, ninguna de las cocineras fue castigada con bubones, manchas negras ni otras epidemias más modernas por Dios o por su socio infernal. Y cuando Amanda Woyke, después de la segunda partición de Polonia, ayudó a popularizar la patata prusiana, creyó incluso, y así se lo escribió a su amigo de pluma, el muy viajado conde Rumford, haber encontrado en la fécula de patata un remedio contra el cólera; porque cuando, después de la Guerra de los Siete Años, varias cosechas malas generalizaron el hambre entre las clases bajas, y las ratas, cocidas en sopas de emergencia, tenían su cotización en el mercado, el cólera (amén de otras epidemias) era corriente.
En el dominio público de la Corona prusiana en Zuckau, todos los siervos, siervas, jornaleros, aparceros, pensionados y señores de la administración se frotaron preventivamente el cuerpo entero con fécula de patata, siguiendo las instrucciones de Amanda. Mientras duró la epidemia, las carretas de cadáveres tuvieron que hacer diariamente dos veces la ronda en Danzig y en Dirschau. También en Karthaus se registraron casos. Entre nosotros, las campanas funerales no tenían más trabajo del normal. Nos frotábamos el cuerpo y teníamos fe. Los señores de la ciudad podían reírse. También el conde Rumford dudaba en sus cartas, un tanto ceremoniosas, del poder medicinal y la fuerza disuasoria de los residuos obtenidos del jugo de la patata.
Más tarde, Amanda friccionaba con fécula de patata para prevenir todo lo imaginable, la servía en puré, llenaba con ella saquitos que colgaba en los armarios y la esparcía en los dinteles de las puertas. La gente acudía a Amanda con quemaduras. Si las vacas no querían parir, la fécula de patata, administrada con embudo, hacía que expulsaran. Y, embadurnada en las empalizadas, alejaba a los espíritus. Y cuando, siguiendo la receta de Amanda, le puse a mi Ilsebill, que arrastra sus caprichos de embarazada de cinco meses, un saquito de fécula de patata bajo la almohada y mezclé también en su caja de polvos una cucharadita rasa, durante una semana fue muy amable conmigo, pareció no desear nada, estuvo maravillosamente libre de jaquecas e incluso, mientras sacaba la vajilla del lavaplatos, cantaba cancioncillas disparatadas: «Mamerta está muerta, Mamerta está muerta y Carla está a punto de hincarla…».