Algunas preocupaciones de vestuario, proporciones femeninas y últimas visiones

No quieren decir nada de María. Con el consejo consultivo detrás, divididas como él, pero de acuerdo en eso: reunidas, celebran el Juicio Universal. Como el rodaballo declinó también su responsabilidad en los casos de Sibylle Miehlau y María Kuczorra, el ama de casa Elisabeth Güllen y la bioquímica Beate Hagedorn abandonaron, en protesta, el antiguo cine. Al terminar la vista del caso Lena Stubbe, la Hagedorn se puso a gritar: «Me cisco en el pasado. Hoy reina la opresión. Por todas partes. Como en Polonia, aunque allí tengan algo parecido al comunismo. Aquéllos no fueron a la huelga sólo contra el alza de los precios. No eran las preocupaciones habituales del ama de casa. Había algo más. Y sigue habiéndolo. Lo que necesitamos es hacer grandes cosas. Hay que salir afuera y gritar. Debemos negarnos. Y no sólo en la cama. ¡Total y completamente! Hasta que todo se paralice. Hasta que los hombres vengan arrastrándose. ¡Hasta que tengamos las riendas!».


Pronto se pronunciará la sentencia. Durante todo mayo, mientras se practicaban las últimas pruebas y se dejaba constancia en acta, una vez más, de todo lo malo, pudieron apreciarse cambios en el rodaballo: en cuanto dejaba su lecho de arena, nos parecía a nosotros y a la Prensa —que acechaba la aparición de cualquier daño consecuencia de la detención— cada vez más transparente, como de vidrio. Se podía dibujar su espina dorsal. Ahora se le señalan las entrañas. Se le ve la lecha, prueba de su masculinidad.

Sin duda por ello el consejo consultivo insiste en que se termine de una vez, se dicte sentencia y se ejecute. Las vocales (sin la Hagedorn ni la Güllen) se han fijado un último plazo. Una vez más las vivo otra vez a todas, queridas por mí, odiadas, indiferentes y (desde el punto de vista del público) representables. Por ejemplo, Sieglinde Huntscha: siempre con vaqueros y con una chaqueta descuerada. Se podría calificar su tipo de atlético si yo no supiera que tiene los pies planos; por eso la fiscal, en sus intervenciones, casi nunca pasea arriba y abajo, sino que habla (con ligero acento sajón) desde su sitio: «Habida cuenta de que también en el caso Stubbe debe considerarse incontrovertible la conducta culpable del rodaballo…».

Igualmente delgada, pero con pecho de ama de cría, la defensora de oficio lleva blusas bordadas, que le gusta cerrar con cintas. Aunque Bettina von Carnow, sentada, tiene la espalda curva y no sabe cómo girar su cuello demasiado largo, en cuanto se levanta o se atreve a evolucionar en escena revela las proporciones de un maniquí.

De forma muy distinta destaca entre las vocales Helga Paasch, gigantesca cuando está sentada. En ella tenemos a una persona en mitad de sus cuarenta que, sin preocuparse lo más mínimo de su estructura, lleva trajes de chaqueta que acentúan su cuadrada constitución. Cuando dice «¡Qué complicadas sois!» barre cosas invisibles de la mesa.

Igualmente tiesa, pero de proporciones delicadas y juvenilmente vestida de florecitas, se sienta, derecha como un signo de exclamación, Griselde Dubertin. Ocasionalmente, con falda pantalón. Lo cortante de sus interrupciones. Lo áspero de sus comentarios. Siempre en tensión, llevando siempre la contraria y excediéndose en sus expresiones, contrasta con Therese Osslieb, cuya flema amable se contagia hasta sin palabras y suaviza los acaloramientos súbitos (disputas con el consejo consultivo).

La Osslieb lleva delantalitos, faldas anudables y trapos con puntillas heredados de su bisabuela. Sin embargo, se deja ir tan trágicamente como su amiga Ruth Simoneit, que cuando no se tambalea borracha sobre la escena mandando a todo el mundo (incluida ella misma) al diablo, tiene buen aspecto con su belleza bien torneada de la que, además del ámbar, cuelga siempre un exceso de bisutería asiática, africana, india o exótica por otros conceptos.

A su lado, la asistenta social Erika Nöttke no lo pasa bien. Reprimida como es, está apegada a la grasa de sus preocupaciones que, por lo general, abulta jerseys y dilata faldas plisadas, gris sobre gris, de una forma poco favorecedora. Aunque es la más joven de las vocales, habla como una madre sacrificada. Su jerga profesional —«integración resocializada»— no logra dar mayor autoridad a su entonación: pipía como un pajarito. Nadie la escucha. Sus largas tiradas son ahogadas por interrupciones (Griselda Dubertin), por los refunfuños de la Paasch o por los continuos alborotos del público, aunque Erika Nöttke, más que ninguna otra vocal, se esfuerza por hablar de lo que se está tratando.

Otra cosa es Ulla Witzlaff, a la que cada suceso de origen histórico recuerda ejemplos privados que siempre encuentran oyentes: «En mi país, en una pequeña isla llamada Oehe, una anciana con sus ovejas…». Ulla es la más guapa, aunque no tenga bonito nada. Uno podría enamorarse de su pelo. Casi siempre viene con largas faldas flotantes y a veces, sin avisar, con traje de noche negro como una señora, haciendo una verdadera entrada en escena. El público admitido aplaude. Y la presidenta del tribunal (aunque discretamente) tiene que dejar bien sentada su autoridad.

La Dra. Schönherr debe de tener unos cincuenta y tantos. Sin embargo, como esta conocida etnóloga se viste como fuera del tiempo (correctamente deportiva o con telas escocesas), su edad es un problema que no se plantea. Irradia serenidad. Nunca toma claramente partido. Se mantiene ambigua hasta cuando llega a la sentencia. Todas las vocales —tanto si pertenecen al partido del rodaballo como a la oposición— creen que Ursula Schönherr está de su parte. Hasta el consejo consultivo revolucionario deja de dar la lata cuando ella sienta como dogma la necesidad de la solidaridad femenina.

Ha guiado al tribunal feminista durante nueve meses entre todos los obstáculos y se ha agotado tanto a fuerza de tutela, que en la siempre atildada Ursula Schönherr tengo que ver a mi Aya neolítica, tal como aparece de través en mis sueños.


Sin embargo, Aya era gorda, no: grasa, francamente informe. El trasero le llegaba a las corvas, lo que, sin embargo, se ajustaba totalmente al ideal de belleza de la edad de piedra que, como todo, era determinado por las mujeres. Por eso el culto a las piernas inspiró la forma primitiva de las vasijas, porque la cubicada de Aya resultaba relativamente menuda, al girar sobre unos hombros redondos que dejaban poco sitio para el cuello. Su carne se desbordaba. Por todas partes nidos henchidamente acolchados, hoyos y hoyuelos, que parecían dispuestos a criar musgo. Mientras que hoy la tiranía gimnástica prescribe al muslo femenino una aburrida tirantez, los muslos de Aya, como formaban entre la rodilla y el pubis una sucesión siempre renovada de rollitos, ricos en hoyuelos, llevaban las marcas de contraste de la belleza primitiva. Por todas partes hoyuelos. Y donde la espalda se decidía a ser posaderas podían observarse zonas de concentración densamente pobladas.

Las proporciones de Aya se repitieron todo lo más en la monja Rusch, que cuidaba de su capa de grasa…, ya fuera para conservar su calor, que regalaba generosamente, ya para dar a su risa la resonancia apropiada. Vale la pena enumerar todo lo que temblaba en Greta la Gorda y hacía pliegues, en cuanto soltaba su carcajada repentina, formando burbujas de felicidad y agitando su cuerpo poderoso: la cuádruple barbilla, sus mejillas, metamejillas y supramejillas, los pechos que la cercaban como bastiones, uniéndose a la grasa de la espalda, el vientre que, como si estuviera siempre embarazada, hacía saltar las costuras de cualquier traje, y sus brazos con pelusilla de melocotón, cada uno de ellos tan grueso como la goticoflamígera cintura de Dorotea de Montovia.

Sin embargo, antes de comparar a Dorotea con Sophie —la una como soplada en vidrio, la otra flacuchamente plana, pero las dos igualmente coriáceas— tengo que recordar que, en conjunto, Amanda Woyke se asemejaba a una patata: manejable, bulbosa y de carnes firmes. Igualmente compacta pero menos crecida era Mestuina, en tanto que Vigga se dejó vencer pronto por su poderosa estructura ósea y dio más importancia al andamiaje que a la carne. Lena Stubbe, en cambio, que empezó siendo fresca como una manzana, fue fiel a sí misma, de forma que en su vejez seguía recordando a una manzanita, aunque arrugada.

Dorotea no tenía peso. Aparición volátil, dolorosa por su insensata belleza. Carnalmente estaba tan escasamente dotada, que se parecía a las cabras de los establos que, en marzo, cuando el pienso se acaba, son sólo fantasmas y terror de los niños. Mientras que la grasa almacenada puede describirse de forma redonda y palpable, la escasa carne de Dorotea sólo puede evocarse midiendo los espacios que ocupaba. Sus amplios ropajes, que magnificaban cada gesto. Sus vestiduras que tomaba de los enfermos achacosos, cuando volvía en harapos o envuelta en sudarios húmedos del hospital de incurables. Sin embargo, aunque su carne no lo tuviera, su cabello tenía peso. Rubio como el lino y suelto, le llegaba a la rodilla. Así, con el viento en las ropas, en el pelo, ocupaba el espacio, recorría las calles, que se vaciaban a su paso, se estremecía de éxtasis, se echaba, palpitante montón de sayal sobre el que se derramaban los cabellos, entre los mendigos de Santa María o vagaba, cuando la niebla cubría el suelo, ante las puertas de la ciudad: ávida de apariciones.

Incluso allí donde, de todas formas, ningún hombre pudo perderse, Sophie era estrecha. Plana, angulosa, con el atractivo de un efebo, sobre unas piernas hechas para saltar y brincar, una rama de sauce resistente, flexible, pero también azotante. ¿Las proporciones de Sophie? Con independencia de su voz, que exigía espacio, sólo cuenta su paso elástico, que siempre se le anticipaba. E incluso de señorita de edad siguió siendo sólo un puñadito de mujer; desde luego, uno que bastaba, como una carga explosiva, para hacer saltar la cocina por los aires y liberar esas reivindicaciones, todavía actuales, de los en otro tiempo perdidos derechos femeninos.

¿Y Agnes? Ésa no pesaba. No tenía aspecto de nada. Sólo se la podía ver en los retratos que el pintor Möller pintó y destruyó luego. Al parecer (lo sugiere Opitz) tenía el pelo rizado. Yo me acuerdo de sus pies descalzos. A veces, cuando la puerta se abre despacio, tengo la esperanza: es Agnes…, pero siempre entra Ilsebill trayéndose a sí misma.


Ahora llena mi boceto, que descansa en llano. Un plato con el cielo encima. Nubes bajas de lluvia y otros guisos análogos. Sus ojos se mueven ya de un borde a otro. Como no puedo asir a Agnes, coloco a mi Ilsebill, en estado avanzado de embarazo, en la isla que se encuentra entre Käsemark y Neuteich, donde el Vístula, con su cielo arriba, permite trazar vistas aéreas, o aquí, entre Brokdorf y Wewelsfleth, en las represadas marismas de Wilster.

Con el río siempre a la espalda, mi Ilsebill está echada. Un objeto inerte arrojado por las aguas, con proporciones de mujer. La carne, sembrada de hoyuelos, dispuesta sobre su cadera derecha, de forma que su pelvis, de canto, limita el cielo. Su brazo doblado se apoya precisamente donde los hombres, con sus carteras llenas de informes, han proyectado la central nuclear. Ella se atraviesa en todos sus planes. Uno de sus pechos cuelga sobre el dique. Su pie derecho juguetea con el Störr, afluente del Elba. Echada con todo su peso, como para siempre. Debajo de ella, donde se dobla su pierna izquierda, los postes de alta tensión se extienden a zancadas por el país: la energía susurrante, los viejos rumores, la leyenda del ámbar, érase una vez.

En torno a Ilsebill se escabullen con sus números de cuello de camisa los hombrecitos que lo han parcelado, planificado, saneado y depurado todo. Sobre ella: maniobras locales de la OTAN, propulsadas a reacción y en vuelo oblicuo, que ensayan una y otra vez el caso de emergencia. Donde el Vístula y el Elba quieren desembocar y desembocar. Su sombra errante: historia que no fue escrita, pero que está allí y perdura. Carreteras que tienen que rodearla. Carteles publicitarios para ocultarla. Señales de peligro que la niegan. Una valla, de doble malla, para protegerla. Hombres que saltan a su alrededor. Pequeñeces desmesuradas. Resultados que buscan la mirada de Ilsebill. Debe asombrarse y quedarse sin habla. Pero ella, cuando le apetece, vuelve su carne del otro lado. Lo llamamos movimiento. Con sus proporciones, rechaza el poder administrado por los hombres. Ya se ha convertido Ilsebill en paisaje y está cerrada a toda interpretación. ¡Déjame entrar! Quiero arrastrarme dentro de ti. Desaparecer por completo, llevando conmigo mi razón. Quiero estar al abrigo y renunciar a la huida…

Sin embargo, cuando quise acercarme a mi Ilsebill, ella dijo: «No tardará mucho. Ya empieza a empujar. Será un chico. Se llamará Emanuel. ¿Qué quieres ahora? Siempre lo mismo. A mí no me apetece ya. ¡Quita! ¡Quita de ahí! Vete ya, vete o cuéntame lo que pasa con el rodaballo…».

El rodaballo
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