Escondidas bajo la acedera
Cuando una noche de marzo el viento, soplando en rachas huracanadas, llegó del noroeste azotando la casa una y otra vez, habíamos invitado gente de la ciudad, sin sospechar que el tráfico del transbordador del Stör pudiera verse interrumpido. Sólo cuando la sirena del pueblo recordó la guerra y se vio correr contra el viento a los bomberos voluntarios, cuando se cerraron los portillos de los diques y también la gran esclusa del transbordador, cuando en la tienda de Kröger se dijo que, con la marea alta, las cosas podían ponerse tan feas como en el 62, cuando el pueblo, bajo las nubes que galopaban bajas, se agazapó tras los diques, porque las ráfagas adquirían fuerza de huracán, de forma que la luz vacilaba y, durante unos minutos, también el horno eléctrico dejó de funcionar, sólo cuando uno de los álamos jóvenes del jardín se quebró comprendió mi Ilsebill que habíamos puesto tres cubiertos de más.
Ya ponía una cara de postigos cerrados por la tempestad. Ya se anunciaba, como respuesta femenina a la tendencia catastrófica de la Naturaleza, una jaqueca que llenaría la casa: tintineo de vasos. Grietas nuevas, delgadas como cabellos, en el enlucido. Los invitados se excusaron por teléfono: los avisos del servicio de carreteras. No se podía pasar de Wedel. Cuánto lo sentían. Se habían hecho ya a la idea.
Sin embargo, hubiera habido rutabagas y patatas cocidas con falda de cordero, un plato al que Amanda Woyke (luego, a Lena Stubbe) le solía gustar echar tacos de calabaza agridulce. Pimienta molida, pimiento, tres dientes de ajo y mejorana desmenuzada van bien con este guiso para días húmedos y brumosos.
Ya totalmente solo entre los platos vacíos, me consolé… ¿O fue el rodaballo quien me habló al oído? «Vamos», dijo, «el área tormentosa y la jaqueca son sólo la mitad de la verdad. El Vístula se desborda con frecuencia, ¿por qué no el Elba y el Stör? Deja que tu Ilsebill se eche en su cuarto en penumbra y se ensombrezca. También sin transbordador: los huéspedes llegan de lejos. En tiempos de Aya, las mujeres de la horda vecina con panales de miel y múrgulas secas. Cuando Vigga cocinaba sémola de esteba para los godescos, como llamabais a los godos, hasta que se hartaron y se fueron: se llamó migración bárbara. Y cuando los prelados de Bohemia y los caballeros polacos fueron agasajados por Mestuina con jabalí con arándanos. Cuando Dorotea puso a la mesa a los cuatro dignatarios eclesiásticos, aunque no era viernes, arenques de Escania. Y cuando Sophie, para los huéspedes del gobernador, utilizó como condimento setas políticas: ¡aquello fue una fiesta! Ningún huésped se marchó como vino. Sólo tienes que tener una casa abierta, hijo mío: siempre vendrán nuevos huéspedes aunque esté cortado el transbordador. Con las piernas rígidas y crepitantes ruidos parásitos abandonan las fosas comunes, los archivos y los altares votivos. Están agradablemente hambrientos y preñados de historias. Esta vez la monja Rusch ha asado sobre carbón de leña setenta y nueve corderos pascuales de los rebaños de Schidlitz y del Scharpau para el rico patricio Ferber: abades, nobles polacos y otros comensales son sus huéspedes. Debes calentar antes los platos, porque la grasa de cordero coagula fácilmente. Pero en silencio, para no molestar a tu dolorida Ilsebill en su cámara de suplicios…».
Sus frases son de hoja de almanaque. «Los huéspedes», dice el rodaballo, «no son más que sopas estiradas, el condimento apropiado, el complemento inevitable; y sólo los más tontos llegan tarde».
Imaginarse invitados: históricos, actuales, futuros. Cuando Agnes cocinaba para Opitz y, hambrientos, los refugiados de Silesia se sentaban a su mesa para barbotear una lírica de valle de lágrimas. Y, una vez, Amanda cocinó para mí y para los últimos compañeros de regimiento que quedaban una montaña de puré de patatas, sobre la que volcó cortezas de tocino de la sartén: la comida de los veteranos. Y un día (sin preguntarle demasiado a Ilsebill) invitaré a la vocal del tribunal feminista Griselde Dubertin a un plato de setas. Y también la sémola de esteba de los tiempos de hambre podría de nuevo…
Fuera, las ráfagas huracanadas se desanimaban. El viento giraba hacia el oeste. Lluvia de marzo. De las puertas del dique llegaron, calientes por el aguardiente de trigo, los bomberos voluntarios. Mi Ilsebill se quitó su jaqueca, se vistió festivamente de color rojo seta matamoscas y dijo: «Vamos a cenar los dos solos. ¿Para qué queremos invitados? ¿No somos bastantes? ¿Por qué hay que organizar siempre todo ese jaleo y tener luego dos lavavajillas llenos de platos sucios? Allá ellos con sus neurosis urbanas. Allá ellos con sus eternos problemas matrimoniales y sus impuestos. Que se queden en Hamburgo. Prefiero que me hables de Sohpie».
Éste era su plan: servir una cabeza de ternera rellena de setas. Al fin y al cabo, era famosa por sus cabezas de ternera rellenas. Y, entretanto, los invitados habituales del gobernador Rapp habían aprendido a confiar en sus platos de boletos comestibles, anillados o ásperos, de rebozuelos o de níscalos. Hasta se comían sin recelo las oscuras sopas de setas con menudillos de liebre y no las daban ya a probar antes, como medida de precaución —puesto que estaban en pleno territorio enemigo—, al personal doméstico nativo.
La cabeza de ternera la consiguió Sophie de los aliados westfalianos, cuyos establos se encontraban en Kneipab, fuera del alcance de las baterías prusianas y protegidos por los bastiones del Oso y del Renegado. La intendencia nunca protestó, porque la escuadra de cocina del gobernador no sólo podía requisar las provisiones de los ciudadanos: al fin y al cabo, los oficiales westfalenses y polacos eran huéspedes regulares.
Más difícil resultó introducir setas frescas del bosque en la ciudad sitiada. Las inundaciones de Santo Domingo ayudaron. Sólo porque, con autorización rusa, cada vez más refugiados huían de la inundada Isla al Barrio Bajo, consiguió Sophie entrar en negociaciones con los balseros cachubos. Los refugiados venían en balsas de Petershagen y tenían que pagar cinco ducados prusianos por persona, de los cuales la mitad iba a parar a los centinelas rusos, mientras que al comandante francés del bastión Gertrud había que untarlo con un ducado por persona. Y a cambio de la tolerancia del tráfico de personas, garantizada por escrito por el gobernador de la República de Danzig, los (por principio) apartidistas cachubos suministraban por dinero, pero también por paño inglés incautado, lo que la cocinera Sophie Rotzoll les pedía: a principios de otoño, perdices, liebres y también corzos, cazados en los bosques situados entre los lagos, para la mesa del gobernador, y además cestitos de arándanos encarnados, ciruelas y setas de variedades comestibles; hasta que Sophie maduró su plan y, mediante un mensaje secreto, le pidió a su prima Lovise, de la caseta del guardabosque de Oliva, setas de una clase especial: en medio de la lista habitual de encargos —mantequilla fresca, huevos de pollita, cuajada, acederas y eneldo— había unas palabras en cachubo antiguo.
1813. Un año de setas. Lo mismo que Sophie, su prima conocía todas las setas comestibles, incomibles y venenosas. Sabía dónde crecían, en suelo de musgo o de agujas de pino, en los calveros o en el monte bajo, aisladas o en círculos mágicos. De niños habíamos ido a menudo, Sophie delante, a coger setas. En aquella época, la abuela Amanda Woyke vivía aún. Bajo el porche, había enseñado a Sophie y a Lovise a conocer las setas.
Ésta es la tétrica trompeta de la muerte. Crece bajo las hayas y tiene buen sabor. Éste es el hidno imbricado, de amplio sombrero, que, escaldado, pierde su amargura y sienta bien. Éste es el lactario anaranjado, que tiene también otros nombres. La foliota cambiante crece en los troncos de aliso y de chopo y aromatiza las sopas. Éste es el boleto comestible, también llamado seta de Burdeos. Se alza solo. Y es dichoso quien lo ve. (La falsa oronja o seta matamoscas lo anuncia.) Ésta es la esbelta bola de nieve, que la abuela conservaba en vinagre para el señor inspector de los dominios. Éstos son los níscalos. Crecen bajo los pinos silvestres jóvenes sobre un quebradizo pie tubular y saben a ternera. Éste es el magnífico apagador. Lo conoce todo el mundo. Bajo su sombrero se desarrollan los cuentos. Protege del mal de ojo. Crudo, sabe a nueces. Ésta es la armilaria de color miel, una seta que crece en grupos. Con los paxilos enrollados, sólo aparece a finales de otoño y no sienta bien a todos los estómagos. Los (sabrosos) caprinos brotan de los escombros y las piedras, a lo largo de los muros del monasterio. Las setas de los caballeros, llenas de arena, hay que lavarlas bien. Y aquí están todavía las colmenillas, que ensartamos en un cordel o pinchamos en ramas espinosas, para que se sequen y, en invierno, den sabor a nuestras sopitas. Y ésas son las setas políticas. Se llaman: inocibe lobulado, amanita pantera, clitocibe blanqueado y oronja verde o seta mortal.
Otoño del 13. Sin duda sabía que había llegado el momento, sin duda clamaba venganza para su Fritz encarcelado desde hacía años en su plegaria nocturna, antes del amén, pero durante mucho tiempo Sophie no pudo decidir qué ingredientes debían hacer eficaz su cabeza de ternera rellena de setas. La amanita pintada destruye el sistema nervioso, a menudo con consecuencias mortales. El inocibe lobulado contiene el veneno llamado muscarina, lo mismo que el clitocibe blanqueado, pero en dosis mayores. Y la seta mortal, verde, de olor delicadamente dulce y que suele encontrarse bajo los robles, destruye los glóbulos rojos, pero sólo al cabo de veinticuatro horas, cuando hace ya mucho tiempo que hubiera debido ser digerida.
Sophie se decidió por todas. Su prima Lovise le envió desde la caseta del guardabosque, además de un cesto de magníficos boletos casi libres de gusanos, las especies deseadas en un pañuelito anudado. Hasta incluyó, por sus efectos estimulantes, dos jóvenes amanitas matamoscas, de cabeza todavía bulbosa. Además, los balseros cachubos, que seguían llevando en balsas a la ciudad sitiada fugitivos de la Isla, le proporcionaron un cesto de acederas y de perejil verde, que no se podían encontrar en ninguna otra parte. La escuadra de cocina había requisado ya el día anterior la cabeza de ternera westfalense. (La mantequilla, los huevos y la cuajada habían sido incautados por los rusos.) Corría el 26 de septiembre.
Durante todo el día, las baterías prusianas de Aschbude y de Schellmühle habían incendiado el convento de los dominicos con balas incandescentes y cohetes de Congreve. Saliendo de Ohra, en medio de un débil fuego de fusilería, los rusos habían atacado las fortificaciones exteriores del reducto de la Estrella. Sin embargo, el mayor Le Gros, que era uno de los invitados a la cena, había abatido al enemigo con fuego de metralla antes de que pudiera llegar a las empalizadas.
Siempre que Sophie preparaba una cabeza de ternera para el gobernador Rapp y sus invitados, para servirla con gelatina agria de hierbas o rellenarla, sobraba sopa para su cocina anexa y sus pupilos: detrás de la casa del gobernador en el Jardín Largo, que se alzaba fuera del alcance de las baterías aliadas, blanca y tardioestival, sombreada por tilos y por arces, los hambrientos niños de la Empalizada atravesaban la maleza y golpeaban en sus escudillas de lata.
Tan pronto Sophie, con un cuchillo corto, afilado, había desprendido de los huesos del cráneo el panículo adiposo de la piel y los gruesos carrillos, los ojos enterrados, las orejas y el blando hocico, separado la lengua, extraído los sesos del cráneo abierto con una cuchara y llenado luego la envoltura deshuesada de la cabeza de ternera con la lengua precocida, cebolla picada, los sesos y las setas cortadas en rodajas y lo había cosido todo, cocía los huesos desprendidos, es decir, también la mandíbula inferior y superior de la ternera, con cebada y levística —que hoy se llama condimento Maggi—, hasta que los huesos se quedaban pelados y los largos incisivos delanteros de la mandíbula inferior de la ternera, y también los planos molares posteriores de profundas raíces podían extraerse fácilmente: tenían un bonito aspecto. Y al mismo tiempo que la espesa sopa de cebada, con la que, por encima de la valla, llenaba las escudillas, Sophie les regalaba a los niños de la Empalizada dientes largos y planos de ternera, que eran buenos para el dolor de oídos, daban sueños agradables, protegían contra el plomo perdido, reforzaban el primer, segundo y tercer deseos con luna llena y, en general, traían buena suerte.
Decenios más tarde, cuando se dio tierra a la vieja Srta. Rotzoll en el cementerio de Santa Bárbara, había en el cortejo fúnebre algunos maduros caballeros y esposas de burgueses que todavía guardaban en sus bolsillos o sus bolsas de tabaco los dientes de ternera de entonces, como amuletos. En aquellos tiempos, decían —sin embargo, ningún niño quería que le hablasen de aquellos tiempos—, cuando el hambre llegó a todos los barrios, cuando después de los perros se comieron ratas, cuando hasta la carne humana (cosacos que se perdían de patrulla) tenía su precio en el mercado como gulasch de cerdo, a doce groschen la libra, mientras que la carne de caballo se podía encontrar ya por once…, en aquellos tiempos, un ángel, al que, sin embargo, las mujeres de la ciudad llamaban «la puta de Rapp», nos salvó del hambre con sus sopas espesas.
Al gobernador y sus invitados Sophie no les regaló nunca dientes de ternera. Rapp celebraba a diario banquetes grandes o pequeños. En los años anteriores al asedio tenía a menudo huéspedes ilustres: Mural, Berthier, Talleyrand, el futuro príncipe Bernadotte. Sin embargo, también invitaba a ciudadanos notables al palacio de Allmond, a los cuales, después de comer, les pasaba la factura de la contribución. En varias ocasiones, el pastor Blech fue el único invitado del gobernador. Los dos hombres se entendían bien siempre que hablaban sobre los síes y los peros de los años revolucionarios, del arte culinario de Sophie o, con gran erudición, del cultivo de las rosas.
Después de la comida, Blech presentaba cada vez una petición de gracia para su antiguo alumno Friedrich Bartholdy, que iba ya por su segundo decenio de prisión en la fortaleza de Graudenz. Sin embargo, Rapp rechazaba todas las súplicas: primero tenía que reinar una paz total en Europa. Mientras Inglaterra no se doblegase, las bandas de Schill fomentasen la insurrección y se resistiese al Emperador en las montañas de España y en otras partes, no se podía esperar el perdón. El orden tenía que ser afirmado perentoriamente. Además, Rapp hizo saber al pastor que el orgullo virginal de la cocinera Sophie —porque era en su nombre en el que escribía aquel hombre de Dios las instancias— le obligaba a la severidad. Sí, señor, se había enamorado de aquella obstinada mujer. Ninguna fortaleza se le había resistido tanto como aquella Sophie. No hacía falta que ella lo amase como amaba a su prisionero Fritz. Sin embargo, su eterna negativa no podía ablandar a un hombre como él. Si ella quería recuperar a su hombre, debía mostrarse más abierta hacia él, el gobernador. Lo que reclamaba era al fin y al cabo natural y, por añadidura, les serviría a ambos de solaz.
El pastor Blech no volvió a ser invitado nunca. Y Sophie, que quería permanecer virgen para su Fritz, dejó de presentar demandas. Sin embargo, sólo cuando Rapp, de vuelta de Moscú, hubo curado sus miembros helados, cuando la ciudad fue rodeada y sitiada por rusos y prusianos, cuando los ciudadanos de la rodeada ciudad fueron extorsionados, escarnecidos, entregados a la usura de los comisarios y (mientras presenciaban los placeres de la cocina francesa) a un hambre desgarradora, Sophie tomó la decisión, esperó hasta principios de otoño, escribió a su prima Lovise y, escondidos bajo la acedera, recibió los ingredientes deseados: el odio hecho setas.
Nosotros la vemos así: una delicada siempredoncella, aunque cuenta ya treinta años y podría ser una señora. Mantiene la cabeza ligeramente inclinada sobre las setas de Burdeos. Su cabello de color pardo turba, trenzado en nido de pájaro. Sus ojos están muy juntos. Dos arrugas verticales en su frente confirman su decisión. Un ángulo agudo: la nariz. Su boquita silba cancioncillas. Ahora corta las setas en rodajas, del pie al sombrerillo. Todos los cortes son limpios. Qué bonitas son. En la cocina reina el silencio. Ya no silba. Sólo ahora se pone las gafas. Saca algo de debajo de la acedera. Afloja el nudo del pañuelo, coge otro cuchillo y se decide.
Cuando Sophie rellenó de setas la cabeza de ternera deshuesada del 26 de septiembre, de forma que ésta recuperó su aspecto rollizo, habían sido invitados tres oficiales polacos, entre ellos un joven ulano hijo del general Woyczinski, el heroico mayor francés Le Gros y un comerciante sajón llamado Zetsche. Todos estaban de buen humor y felicitaban a Le Gros, cuyos artilleros habían ametrallado por la mañana a los rusos que atacaban el reducto de la Estrella. Como entrada sólo había, porque era época de hambre, una simple sopa de acederas con albóndigas de harina. Luego Sophie puso a la mesa salmón ahumado del Vístula, que seguía habiendo porque las inundaciones de Santo Domingo habían arrastrado al lucio, el salmón y la lucioperca hasta los fosos y canales de la ciudad sitiada. Y luego llegó a la mesa —con arroz de azafrán, que los aliados napolitanos debían suministrar a la cocina del gobernador—, crujiente del horno, la cabeza de ternera cuyo relleno Sophie, para vengar la revolución traicionada y las coacciones de muchos años, las ofensas a su orgullo virginal y a su Fritz encarcelado, había condimentado con cuatro argumentos decisivos. (Es posible que hubiese echado a la sopa de acederas, para que sirviese de estimulante, un poco de jugo de amanita matamoscas.)
Y, sin embargo, Rapp no le resultaba repulsivo, sino que lo odiaba de una forma más bien indiferente y vicaria. No era el peor. Mantenía los saqueos dentro de ciertos límites. Castigaba con severidad los actos de violencia de los soldados borrachos. Durante unos meses, cuando Rapp se fue a Rusia con Napoleón, los ciudadanos anhelaron su regreso. Al fin y al cabo —y eso lo decía también el pastor Blech— Rapp mantenía el orden. El que se hiciese también un patrimonio mediante confiscaciones, el que tuviese su parte en el alza de los precios y pusiese a la venta, en provecho propio, el contrabando inglés incautado (sobre todo paños) por medio de testaferros (entre ellos el comerciante Zetsche), el que Rapp, antes del asedio, mantuviese en quintas de recreo de Langfuhr y Oliva amantes e importunase a las esposas de los ciudadanos con su rudo humor alsaciano: todo eso no hubiera bastado, evidentemente, para que Sophie se decidiese por el relleno mortal de necesidad de la cabeza de ternero; debió de pasarle algo que apretara el gatillo.
El pastor Blech dijo luego, sin confirmar esta suposición en sus notas sobre el período francés, que Sophie, poco antes del asedio, cuando la ruta de Graudenz estaba aún abierta, se metió en la cama del gobernador para liberar así a su Fritz; sin embargo, Rapp no pudo. Al parecer, no le fue posible realizar su caprichosa voluntad. Lo natural no quiso convertirse en él en acontecimiento. La desdicha masculina lo hizo fracasar. Ninguna orden pudo lograr que adoptase la posición de firmes. Sin duda fue la inocencia de Sophie la que lo desarmó, a él, el atlético fanfarrón. En cualquier caso, ella salió del sofá del gobernador todavía siemprevirgen y doblemente ultrajada.
Rapp no quiso admitir su derrota, le echó toda la culpa a Sophie (a su frigidez heroica) y no se mostró dispuesto a compensar su pequeño deseo insatisfecho con una actitud caballeresca: Fritz siguió prisionero de los franceses. Y cuando Graudenz cayó en manos prusianas, un decreto real confirmó inmediatamente la continuación de su condena. Los sistemas se sustituían con precisión. Ninguna petición de gracia —el pastor Blech seguía incansable— pudo liberar al pobre diablo.
Sin embargo, quizá no sea cierto nada de eso; probablemente Sophie nunca se metió en la cama francesa de Rapp, es posible que no hubiera ninguna desdicha viril, quizá no se tratase de su Fritz sino de una libertad mucho mayor, porque por muy jacobina que hubiera sido la doncella de cocina en su juventud, la prolongación de la era francesa hizo de ella una patriota de lo más alemana, lo mismo que las cancioncillas sansculóticas de Sophie, en cuanto cocinó para Rapp, adquirieron, tras una breve etapa de entusiasmo napoleónico, una tonalidad patriótica. Es posible que las cuatro setas mortales de necesidad estuvieran dedicadas a esa libertad difusa que sólo dura mientras una canción de varias estrofas alivia el alma oprimida. En cualquier caso, ante el tribunal feminista se rechazó la explicación «privatística» del rodaballo. Sophie, como mantuvo —de acuerdo con la acusación— la vocal Griselde Dubertin, no actuó movida por un amor pueril, sino por la causa de la Libertad. Y por cuestión de principio.
Ya después de la sopa estaban del mejor humor. Ante el salmón ahumado los chistes corrían por la mesa. Entonces se sirvió lo importante. La cabeza de ternera rellena se dejó cortar fácilmente en tajadas. Rapp sirvió a sus invitados. Todos comieron, sólo el gobernador se abstuvo. ¡Qué bella era la vida! Los ulanos polacos elogiaron el relleno. El coronel westfalense se reenganchó. Le Gros comía y contaba por tercera vez su victoria matutina sobre los rusos. El comerciante sajón Zetsche, totalmente vestido de paño inglés, parloteaba sin reservas con la boca llena. Rapp no quería cargar su estómago demasiado por la noche: después de la sopa y del salmón, sólo llegó a su plato un poco de arroz con azafrán y un bocadito del crujiente hocico de la ternera. Sin embargo, animaba a sus invitados a comer cuanto pudieran y a beber con él por el Emperador, por Francia y por aquel buen año de setas.
Cuando el conde Woyczinski, sin embargo, insistió en que se sirviera, cogió con la cuchara el ojo de la ternera que había quedado encima, bocado tradicionalmente exquisito. Siguieron hurras, frases hechas. Ya iba subiendo el tono de las expresiones. El comerciante Zetsche alabó el bloqueo continental, como si hubiese discurrido el genial cerco alguna cabecita sajona. Hasta el westfalense hablaba más de lo previsto. Los polacos cantaban ya. Le Gros se citaba a sí mismo y citaba a otros héroes.
Y como conocía a los huéspedes del gobernador y lo mucho que les divertían los acertijos y charadas, Sophie, antes de meter en el horno la cabeza de ternera rellena, había tatuado en cada uno de sus gordos carrillos el año de la Revolución, la fecha actual y, muy pequeñas, las iniciales de su amigo Fritz, subrayando las incisiones con azafrán en polvo. Sobre la piel, muy tostada, podía leerse desde cuándo se había hecho esperanzas la juventud europea. Algunos de los caballeros, que conocían la inquebrantable adoración de Sophie por los héroes de la Revolución, se burlaron un poco, pero sin perder la discreción. El joven conde Woyczinski pronunció incluso un entusiasmado discurso sobre Mirabeau. Otro ulano polaco respondió con citas de Robespierre. Se cedió la palabra a Danton y a Saint-Just. La Gironde y la Montagne, la Convención, antes y después de las matanzas de septiembre, se pelearon por lo mínimo y lo máximo. Y Marat proclamó el despotismo de la Libertad.
Sin embargo, mientras con réplicas y contrarréplicas, dando también la palabra a la guillotina en forma pantomímica, se comentaba la Revolución y se trataba de paso de adivinar a quién podían referirse las iniciales F. B. grabadas en la cabeza de ternera —Rapp, que lo sospechaba, se mantuvo distante—, después de que la estimulante seta matamoscas había creado el ambiente, la muscarina —el veneno propio del inocibe lobulado y el blanqueado clitocibe— comenzó a producir mayores efectos. Ligero temblor de los músculos faciales. Pupilas dilatadas. Sudores. Zetsche y el westfalense bizqueaban. Gestos imprecisos. Se derribaron vasos. Le Gros tartamudeaba heroicamente. Entonces la amanita pantera puso a toda la concurrencia —salvo Rapp— de un talante belicoso. Si al principio se hablaba aún en broma de las relaciones entre el Comité de Salvación Pública y la guillotina, ahora surgían los antagonismos nacionales: Polonia acusó a Francia de traición. Los sajones dieron a entender que la Liga del Rin era una vergüenza. Cuando no pudieron ya articular palabras, como no había armas en la mesa, recurrieron a las botellas, a los cuchillos de trinchar. Cayeron sillas hacia atrás. Apenas había proferido el sajón despectivamente la palabra «mendrugo» cuando el forzudo westfalense se le tiró al cuello. Horrorizado, Rapp se apartó, sin llamar a la guardia. Rápidamente se apoderó de un pesado candelabro de plata para protegerse. Porque, de repente, después de haber cercenado Le Gros a un ulano polaco con el cuchillo de trinchar, el conde Woyczinski arrancó de la pared unos sables de caballería, que colgaban de ella como decoración. El westfalense soltó al estrangulado Zetsche para ensartarse en una espada sostenida por Le Gros. Luego el heroico coronel derribó al segundo ulano. Y Le Gros y Woyczinski se enfrentaron ya sin ver, con el sistema nervioso destrozado y la lengua paralizada: en jirones, acribillados, yacieron entrelazados en una postura muy natural.
Sólo quedaba en pie Rapp con su candelabro. Las llamitas se calmaron de nuevo. Ni el menor estremecimiento de vida. La oronja verde, cuyos efectos se hacen sentir casi siempre al día siguiente, no podría destruir ya glóbulos rojos.
Sólo entonces acudió el personal de la casa, entre él Sophie. El oficial de servicio llamó a la guardia. Rapp dio un primer informe: seis muertos, entre ellos un civil. Sólo por casualidad había salido él ileso. Una disputa, al principio inofensiva, había terminado entre oficiales trágicamente. Historias de mujeres, deudas de juego, palabras contra el honor y, especialmente, la petulancia del civil, habían provocado, como podía verse, aquel desenfreno.
Entonces el gobernador, con pocas palabras, ordenó poner orden. Se retiró lo que restaba de la cabeza de ternera con el relleno sobrante. Los cadáveres fueron alineados y cubiertos con paños. Lo que quedaba por hacer constar en atestado se lo dejó Rapp al oficial de servicio. Como Sophie amenazaba llorar de forma muy reveladora, Rapp se llevó a su cocinera a la terraza descubierta que daba sobre el jardín. Allí le puso el uniformado brazo sobre los hombros. Ella se dejó hacer, lo que, posiblemente, le hizo a él feliz.
Una noche sin luna cubría la ciudad sitiada. De Schellmühle venía el crepitar de un fuego de mosquetes irregular. Sólo por fastidiar, las baterías prusianas disparaban desde Ohra, sin causar grandes daños. En el Barrio Viejo, junto al patio de los Cuberos, dos viviendas burguesas ardían, iluminando lateralmente la iglesia de San Juan. Viento en los tilos, en los arces. Caían las primeras hojas. El jardín olía a otoño. Entonces lloró también Rapp.
El gobernador de la República de Danzig, cuyo nombre, todavía hoy, lleva una avenida de París, aconsejó a su cocinera, mientras estaban los dos en la terraza del jardín, que se tomara unas semanas de vacaciones. Dijo que la terrible escena, la abundante sangre joven, la rígida inmovilidad de los cadáveres crispados, el despedazado Woyczinski, todo eso había sido sin duda un choque para ella. No quería que la fatigasen aún más con las inevitables investigaciones. Aunque ella, querida niña, fuera inocente en un sentido superior, había que contar con que le harían preguntas penosas. Le dijo que podía estar siempre segura de su afecto, aunque ella viera en él un enemigo y no quisiera aceptar su amor. Sí, lo comprendía todo y, en el fondo, lamentaba no haber probado el relleno de la cabeza de ternera. Un soplo —Rapp no quiso decir de dónde— le había prevenido. Ay, si él pudiera ser su Fritz y estar en prisión. Ella, Sophie, debía tener la bondad de perdonarlo. También él era sólo humano. Ahora ella debía marcharse. La echaría de menos.
Así fue cómo Sophie Rotzoll pasó a la clandestinidad. El pastor Blech sabía dónde podía estar segura. Poco después ardieron los almacenes de la isla del Almacén. Al parecer, no fueron los bombardeos enemigos sino atentados terroristas los que provocaron el gran incendio. Rapp tenía ahora rara vez convidados.