Lena reparte la sopa
Del fondo de los calderos
en los que nadaban berza y cebada en jirones
o patatas recocidas con recocidas rutabagas
y la carne era sólo un rumor,
a no ser que sobrasen tripas
o reventase un caballo a buen precio,
Lena sacaba espesos guisantes,
de los que sólo quedaban las pieles
y ternillas y huesecillos,
que habían sido pata de cerdo, lacón,
y ahora en el caldero, cuando Lena revolvía el fondo,
hacían ruido como los que ante el caldero, puestos en fila,
hacían ruido con sus platos de hojalata.
Nunca a ciegas, tampoco pescando con el cazo.
Su golpe de cuchara era famoso.
Y cuando ella, erguida, estaba junto al caldero,
haciendo con la mano izquierda marcas en su pizarra,
revolvía con la derecha y luego, exactamente un litro,
volcaba en plato tras plato
y con su rostro arrugado de manzana de invierno
no miraba el cazo sino que,
como si viera algo, contemplaba el futuro,
se hubiera podido esperar, esperar alguna cosa.
Al mismo tiempo miraba hacia atrás,
se veía repartiendo sopas pasadas,
antes de la guerra, después de la guerra y en la guerra,
hasta que se encontraba de joven junto al caldero.
Los burgueses, sin embargo,
cuando estaban allí apartados, con sus abrigos,
y veían a Lena Stubbe erguida,
se asustaban de su permanente belleza.
Por eso decidieron
dar a la pobreza un significado iluminador:
la respuesta a la cuestión social.