El tercer pecho
Ilsebill rectificó de sal. Antes de procrear, hubo espaldilla de cordero con guarnición de judías y peras, porque era principios de octubre. Mientras comíamos aún, dijo con la boca llena: «¿Nos vamos enseguida a la cama o quieres contarme antes cómo-cuándo-dónde empezó nuestra historia?».
Yo, soy siempre yo. Y también Ilsebill estuvo desde el principio. Recuerdo nuestra primera pelea hacia finales del neolítico: unos dos mil años antes de la Encarnación del Señor, cuando en los mitos se separó lo crudo de lo cocido. Y lo mismo que hoy, antes del cordero con judías y peras, habíamos discutido por sus hijos y mis hijos con palabras cada vez más breves, reñimos en los pantanos de la desembocadura del Vístula, con vocabulario neolítico, a causa de mis pretensiones sobre tres, por lo menos, de sus nueve chavales. Sin embargo, perdí. Por mucho que mi lengua se esforzara en articular sonidos primitivos, no conseguí formar la hermosa palabra de padre; sólo madre era posible. Entonces Ilsebill se llamaba Aya y también yo me llamaba de otro modo. Sin embargo, Ilsebill pretende no haber sido Aya.
Yo había mechado la espaldilla de cordero con medios dientes de ajo y puesto las peras, rehogadas con mantequilla, entre las judías verdes hervidas. Aunque Ilsebill dijo, todavía con la boca llena, que la cosa podía funcionar o dar resultado a la primera, porque, siguiendo el consejo del médico, había tirado las píldoras por el retrete, entendí que primero había que hacer honor a la cama y luego a la cocinera neolítica.
De manera que nos acostamos, abrazándonos y apiernándonos como siempre. A veces yo encima, a veces ella. Con igualdad de derechos, aunque Ilsebill sostenga que el privilegio de penetración masculino difícilmente puede compensarse con el miserable derecho femenino a negar la entrada. Sin embargo, como procreábamos con amor, nuestros sentimientos eran tan universales que logramos una etérea procreación paralela en un espacio más amplio, fuera del tiempo y su tic-tac y, por lo tanto, sustraída a toda servidumbre terrenal de la cama; como para equilibrarse, sus sentimientos arremetían contra los míos: nos mostrábamos doblemente activos.
Desde luego, antes del cordero con peras y judías, la sopa de pescado de Ilsebill, hecha hirviendo cabezas de merluza hasta el desmenuzamiento, había tenido la fuerza estimulante con que las cocineras que hay en mí, siempre que tempotransitaban, me invitaban al puerperio; porque dio resultado, funcionó, por casualidad, adrede y sin más ingredientes. Apenas estuve como expulsado otra vez fuera, Ilsebill dijo, sin dudas esenciales: «Esta vez será un chico».
No hay que olvidar la ajedrea. Con papas cocidas o, históricamente, con mijo. Como siempre cuando se trata de carne de cordero, es aconsejable comer en platos calientes. Con todo, nuestro beso, permítaseme decirlo, fue un tanto seboso. En la sopa de pescado, a la que Ilsebill había dado color verde con alcaparras e hinojo, nadaban blancos los ojos de merluza, que significaban felicidad.
Después de que podía haber funcionado, nos fumamos cada uno en la cama, bajo una misma manta, nuestra idea de un cigarrillo. (Yo me fui, bajando por las escaleras del tiempo.) Ilsebill dijo: «Por cierto, necesitamos de una vez el lavavajillas».
Antes de que ella pudiera empezar a hacer más especulaciones sobre cambios de papeles —«¡me gustaría verte a ti embarazado!»— le hablé de Aya y de sus tres pechos.
Créeme, Ilsebill: tenía tres. La Naturaleza puede hacer cualquier cosa. Palabra de honor: tres pechos. Sin embargo, no era la única. Todas tenían tres. Y, si no recuerdo mal, todas se llamaban neolíticamente así: Aya-Aya-Aya. Y nosotros nos llamábamos Edek como un solo hombre. Intercambiables. Y también todas las Ayas eran iguales. Uno-dos-tres. Al principio no sabíamos contar más. No, ni más arriba ni más abajo: colocado en medio. Y los tres eran igual de grandes y se alzaban panorámicamente. Con tres empieza el plural. Comienza lo múltiple, la serie, la cadena, el mito. Con todo, no debes tener complejos ahora. Nosotros los tuvimos luego. En nuestra vecindad, al este del río, Potrimpo, que con Picolo y Percuno se convirtió en dios de los pruzzos, tenía al parecer tres testículos. Sí, tienes razón: tres pechos son más, o parecen más, siempre más, indican superabundancia, proclaman prodigalidad, garantizan saciedad eterna, pero, mirándolo bien, son anormales…, aunque no inconcebibles.
Claro, tú dirás: ¡fantasía masculina! Puede ser que no sean anatómicamente posibles. En aquel tiempo, sin embargo, cuando los mitos proyectaban todavía su sombra, Aya tenía tres pechos. Y la verdad es que hoy se echa en falta a menudo el tercero. Quiero decir que falta algo. Eso, el tercero. No te sulfures. Síseñor, sí. Desde luego, no voy a idealizarlo. Dos bastan, naturalmente. Puedes creerme, Ilsebill: en principio me bastan. No soy tan idiota como para preocuparme del número. Ahora que, sin la píldora y gracias a tu sopa de pescado, seguramente ha funcionado la cosa, ahora que estás embarazada y que tus dos pesarán pronto más que los tres de Aya, me siento satisfecho y no deseo nada.
El tercero sobraba siempre. En el fondo, era sólo un capricho de la caprichosa Naturaleza. Inútil como el apéndice. Y no puedo dejar de preguntarme qué significa realmente esa dependencia del pecho. Esa tetomanía típicamente masculina. Ese clamar por la supernodriza primitiva. De acuerdo, Aya fue luego diosa y dejó constancia de sus tres tetas en idolillos de arcilla. Pero otras diosas —por ejemplo, la india Kali— tenían cuatro brazos o más. Eso, por lo menos, resultaba práctico. En cambio, las diosas-madres griegas —Deméter, Hera— estaban normalmente dotadas y, a pesar de ello, conservaron durante milenios su tinglado. De todas formas, he visto dioses representados con un tercer ojo, concretamente en la frente. No lo querría ni regalado.
La verdad es que el número tres promete más de lo que da. Con sus tres cosas, Aya resultaba tan recargada como descargadas las amazonas con su único pecho. Por eso las feministas caen hoy siempre en el otro extremo. Pero no te enfurruñes. Yo estoy a favor de las Ibis. Y créeme, Ilsebill, dos son ampliamente suficientes. Te lo puede decir cualquier médico. Y no hay duda de que nuestra hijita —si es que no es un niño— se conformará con dos. ¿A qué viene ese ¡ajajá!? Lo que pasa es que los hombres están chalados y quieren siempre más tetas. Sin embargo, todas las cocineras con las que he tempotransitado sólo tenían, como tú, algo a derecha-izquierda: Mestuina, dos; Agnes, dos; Amanda Woyke, dos; Sophie Rotzoll, dos conmovedoras tacitas de café. Y Margareta Rusch, la abadesa cocinera, asfixió en la cama con sus dos tetas, desde luego enormes, al rico patricio Eberhard Ferber. De manera que pongamos los pies en el suelo. Se trata más bien de un sueño. ¡No de un ideal! No busques siempre pelea. Se puede soñar un poco, ¿no?
Esos celos por cualquier cosa son ridículos. ¡Qué sería de nosotros, qué pobres seríamos sin proyectos ni utopías! Ni siquiera podría trazar con el lápiz una triple curva sobre el blanco papel. El Arte sólo podría decir sí y sí señor. Por favor, Ilsebill, ten un poco de sentido común. Considéralo como una idea de cuya antítesis debe nacer la dimensión que le falta al busto femenino, algo así como un superpecho. Tienes que entenderlo dialécticamente. Piensa en la loba del Capitolio. En expresiones como «el seno de la Naturaleza». Y, en lo que al número se refiere, en la Santísima Trinidad. O en los tres deseos de los cuentos de hadas. ¿Cómo que me has cogido? ¿Que en el fondo es eso lo que deseo? ¿Tú crees? Bueno. ¿Tú crees?
Está bien. De acuerdo: cuando tanteo en el aire busco ese tercer pecho. Seguro que no soy el único. Tiene que haber alguna razón para que los hombres estemos tan obsesionados por los pechos, como si nos hubieran destetado demasiado pronto. Tiene que ser culpa vuestra. Podría ser culpa vuestra. Porque le dais importancia, demasiada importancia, al hecho de que cuelguen cada día más. ¡Dejadlos que cuelguen, maldita sea! No. Los tuyos no. Pero colgarán con el tiempo, seguro. Los de Amanda colgaban. Los pechos de Lena colgaron muy pronto. Y, sin embargo, la quise, la quise tanto. No siempre es un poco más o menos de pecho lo que importa. Por ejemplo, podría encontrar igualmente bonito tu pompis con sus hoyuelos. Y no lo querría partido en tres. O cualquier otra cosa redondita. Ahora que tu vientre se hará pronto una esfera y simbolizará todo lo que es espacioso. Quizá sólo hemos olvidado que hay algo más. Un tercero. También en otros aspectos, también en política, como posibilidad.
En cualquier caso, Aya tenía tres. Mi Aya, la de los tres pechos. Y también tú tenías uno más en el neolítico. Recuerda, Ilsebill, recuerda cómo empezamos.
Aunque vendría a mano suponer que todas ellas, las cocineras que hay en mí (nueve u once) no son más que un hermoso complejo y un caso corriente de fijación materna exagerada, maduro para el diván y poco adecuado para absorber el tiempo en consejas junto al fuego, tengo que insistir en los derechos de mis realquiladas: las nueve u once quieren salir y aparecer con su nombre desde el principio: porque durante demasiado tiempo han sido sólo inveteradas veteranas o complejos sin nombres y sin historia; porque con demasiada frecuencia se han limitado a aguantar en silencio y, rara vez elocuentes —yo digo: dominantes, sin embargo… Ilsebill dice: explotadas y oprimidas—, han cocinado y hecho de todo para gordos especieros y Caballeros Teutónicos, para abades e inspectores, siempre para hombres con armadura o cogulla, con pantalones bombachos, envueltos en polainas, para hombres con botas o restallantes tirantes; y porque quieren vengarse, vengarse de todos: fuera de mí por fin… o, como dice Ilsebill: liberadas.
¡Que lo hagan! ¡Que nos conviertan a todos en monigotes!, incluido —ése soy yo— al cocinero que hay en ellas. Con los papás usados se podría proyectar un hombre sin rastro de privilegios ni poderes, flamantemente nuevo; porque no se puede prescindir del hombre.
«¡No se puede, por desgracia!», dijo Ilsebill mientras nos comíamos a cucharadas su sopa de pescado. Y después de la espaldilla de cordero con judías y peras me dio nueve meses para gestar a mis cocineras. Con igualdad de derechos, se nos fijan los mismos plazos. Cocine yo lo que cocine; la cocinera que hay en mí rectifica de sal.