De horda en horda, hospitalariamente

En cualquier caso, nos abrieron los ojos demasiado tarde. Si el rodaballo me hubiera dicho desde el principio cuando lo saqué de la nasa: «¡Hijo! ¿Te gustaría saber de dónde vienen todos esos críos? ¿Y los chotos de anta? ¿Y cómo se fertilizan, se multiplican las abejas y las caltas de los pantanos?»… hubiera dicho «¡sí!». «Cuéntame, rodaballo, cómo ocurre. Aya pretende siempre que ella y los antas hembras lo hacen solitas. Dice que, a lo sumo, la luna gorda ayuda también. Con nosotros, los Edeks, y con los antas machos no tiene nada que ver.»

Sin embargo, el rodaballo no nos educó sexualmente a tiempo. Es verdad que nos calentaba las orejas con el inexistente, todavía inexistente patriarcado, pero que nosotros, los antas machos y los Edeks éramos capaces de engendrar, que nuestras arremetidas tenían consecuencias, que ese moco pegajoso que nosotros y los antas expelíamos ciegamente pero no sin tino se llamaba semen, podía fecundar, hacer madurar a mujeres y hembras y llevaba en definitiva al nacimiento de niños y al parto de terneros y, por ello, nos acreditaba a los machos como padres, si no individualmente, al menos como principio: todo eso, esa educación sexual elemental, nos lo negó el rodaballo durante siglos.

¿Se avergonzaba? ¿No lo sabía él? Ni siquiera una vez pronunció una pequeña conferencia ilustrativa sobre las huevas y la lecha de los arenques del Báltico, que los pescadores conocíamos. En lugar de ello, noticias de culturas lejanas y abstractas monsergas sobre reivindicaciones patriarcales, su eterna canción del progreso.

Qué lata me dio el rodaballo. «En Creta, hijo mío, donde reinan Minos y sus hermanos» —la verdad era que, bajo cuerda, también allí reinaban las mujeres— «se ha inventado el hacha doble de bronce, no se hacen chapuceras chozas de mimbre tejido, sino que se construyen palacios de varios pisos, las cuentas de la casa se anotan en tablillas de arcilla, no hay hordas ni clases, sino un Estado-ciudad organizado, y recientemente un artista e ingeniero llamado Dédalo…». Pero todo eso me decía muy poco. Aquello no se aplicaba a los pantanos de la desembocadura del Vístula. (Tú sabes, Ilsebill, que me gusta comer mi mantequilla con pan.)

Únicamente pude enseñarle a Aya la elaboración minoica del queso, que el rodaballo me explicó sin darle importancia, aunque no teníamos vacas, cabras ni ovejas. Éstas sólo llegaron con los andarines escitas, de lo profundo de las estepas rusas, donde ningún rodaballo preconizaba la cultura y la barbarie era incontestable.

Nuestro queso lo obtuvimos de los antas y los renos hembras. Como quien no quiere la cosa, le di a Aya el consejo de poner la leche en escudillas que hice de barro, agriarla, coagularla, quitarle el agua, dejarla escurrir bajo peso, prensarla luego, envolverla en hojas de tusilago y, atada, colgarla de sauces doblegados por el viento.

Aya lo consideró como producción autóctona. Nada sospechaba del rey Minos ni de la primera gran cultura europea. Y cuando, mucho después, la Vigga de la edad del hierro mezcló nuestra leche de cabra y oveja, antes de que se hiciera queso —en requesón—, con huevas de bacalao, descubrió, sin influencias de Creta, un plato que todavía se sirve en esa isla como aperitivo por unos dracmas.

Hasta los tiempos de Mestuina no se utilizó, además de la leche de yegua, la de oveja y la de vaca. A nuestro queso casero lo llamábamos cuajada. La leche cuajaba, se hacía cuajarones. En mi calidad de pastor, yo fui el cuajador de Mestuina. «¡Qué cuajo tienes!», un reproche cariñoso. Soplase el viento que soplase, el queso casero, conservado en fresco, era siempre bien recibido.

Para Dorotea de Montovia, que no podía soportar ni una fibra de carne, el requesón, revuelto con cebada tostada y molida, fue un goticoflamígero plato de ayuno, que ella servía en fiestas como la Candelaria. También desmigajaba requesón en sus sopas de puerro.

Y cuando, algo más tarde, los despoteutónicos Caballeros de la Orden tuvieron que ser sitiados por hambre en su castillo, junto a la Empalizada, los burgueses de la ciudad, para expresarles su desprecio, catapultaron requesón en bolas contra la fortaleza sitiada. Aquello desmoralizó a los Caballeros Teutónicos. Se rindieron.

La abadesa Margareta Rusch, antes de ensartar las avecillas en un espetón, rellenaba codornices y becadas con requesón bien prensado y arándanos rojos, lo que, al parecer, le granjeaba, tras los banquetes de los gremios, los favores contantes y sonantes de los cerveceros, los toneleros y los ricos fabricantes de paños.

Y la fregona Agnes Kurbiella servía al poeta Opitz, al que le chiflaba el comino, requesón con cominos; tenía que cuidar su estómago irritable. (Sin embargo, él nunca llegó a escribir ni un solo versecillo cuajadamente yámbico. No se le ocurrían rimas originales para requesón.)

Patatas cocidas con piel y escaso aceite de girasol les preparaba en cuencos Amanda Woyke, cocinera de la servidumbre, a los jornaleros y siervos de Zuckau, dominio público de la Corona prusiana: los domingos, con requesón; durante la semana, con naterón sin grasa hecho de suero. A veces servía además rodajas de cebolla.

Cuando Danzig era una república napoleónica y, por ello, fue sitiada por rusos y por prusianos, el gobernador francés supo apreciar la ocurrencia de la cocinera Sophie Rotzoll de rematar el asado de caballo, cortado de los reventados sementales de sus ulanos polacos, con requesón agridulce y pasas.

Lena Stubbe adornaba su miserable sopa de berza a la que sólo unos huesos de vaca daban gusto y solitarios ojos de grasa, con migajas de requesón. O hacía sopas de leche agria, en las que echaba pedacitos de pan duro o picaba pepinos, caritativamente regalados a la cocina popular de Ohra. En su Libro de cocina proletaria figuraba la receta «arenque agrio con requesón».

Cuando Billy celebró con sus amigas el Día del Padre y el mundo parecía aún sereno, hubo, después de los filetes y los riñones de cordero a la brasa, queso de oveja búlgaro, emparentado con nuestro requesón nacional de influencia minoica.

Y también María Kuczorra que, como cocinera de la cantina de los astilleros Lenin de Gdansk, vigila las provisiones y sus precios, come requesón polaco con cuchillo mientras, en silencio, mira fijamente ante sí.

De igual modo mi Ilsebill, desde que está embarazada (por mí), pide como una toxicómana naterón, kéfir, leche agria, yogur…, la parentela entera del requesón. Sin embargo, sobre la evolución ulterior de nuestra industria quesera casera, de influjo minoico, el rodaballo no dijo casi nada. Tampoco quiere reconocer que nos abrió los ojos demasiado tarde. En lugar de ello, pretende ante el tribunal que Aya y las demás mujeres sabían o, por lo menos, sospechaban qué y quién las preñaba una y otra vez, y que no eran madres por sí solas, sino mediante cierto ingrediente. Pero Aya, según dice, no consideró oportuno revelar esa sospecha como semicerteza ni confirmar la paternidad, si no individualmente, al menos como principio.


¿Es verdad eso, Ilsebill? ¿Lo sabíais y no dijisteis nada? ¿Fue un método neolítico de mantenernos en la inopia? ¿Os habíais conchabado? ¿Estabais ya entonces unidas las mujeres?

No quiero creer al rodaballo. Siempre refunfuña. Todo le parece mal. Dice que los Edeks, pomorscos gandules, estábamos muy poco dispuestos a reclamar paternidades, fundar familias, heredar posesiones y hacer que las dinastías florecieran, proliferaran, degeneraran. Según él, nada nos acreditaba como padres. No se nos ocurrió dar ninguna forma alusiva a las asas de las vasijas de arcilla, ni fabricar falos de piedra como testimonio cultural. En vano nos habló del toro minoico. Es verdad que fuimos arremetedores como conejos, pero como desconocíamos nuestra fuerza procreadora, fuimos también, culturalmente hablando, unos pichaflojas.

No es justo, Ilsebill. El rodaballo disimula que la elaboración minoica de la leche nos interesó relativamente pronto. Como si la cuajada no tuviera valor cultural. Como si lo que importase fuese siempre y exclusivamente la paternidad. Como si no hubiéramos extendido de horda en horda, hospitalariamente nuestro requesón.


Lo mismo que invitamos gente a cenar —mis berenjenas al gratín con queso rallado, tu ensalada jugosa— y luego tememos las contrainvitaciones a insípidos pollos hormonales con salsa de curry, también en la última fase de mi tempotránsito neolítico teníamos invitados. Lo mismo entonces que ahora: a la larga no se puede permanecer egoístamente aislados, aunque los agradables vecinos de al lado, con sus eternos problemas matrimoniales, no acaben de gustarnos; los hombres nos definimos como sociales.

El rodaballo había criticado ya nuestro aislamiento y me había aconsejado buscar el contacto con nuestra horda vecina que, según él sabía, llevaba siglos asentada en el interior: «¡Salid de los pantanos, hijo! ¡Moveos! Si no queréis imitar en nada la gran cultura minoica y os contentáis con el logro de vuestra cuajada, buscad al menos aquí la comparación entre las hordas, a fin de que, un día, os convirtáis en clan, tribu y, finalmente, pueblo. Y aunque vuestra Aya os tenga en la idea de que sólo existís ella y vosotros y nada más que vosotros y ella, tienes que confiar en mi sabiduría, hijo: también tras las montañas el mundo sigue, hay gente, gente que se multiplica alegremente. No estáis solos».

Por eso persuadí a algunos cazadores de nuestra horda para que no se limitaran a cazar en los tremedales el anta y el búfalo, sino que remontaran el curso del Raduna y rastrearan los bosques cercanos. Mi opinión de pescador, en el sentido de que, si las anguilas venían de allí, descendiendo por el Motlava y el Vístula y buscando el mar abierto, debía de haber allí algo y no sólo nada, encontró una aprobación titubeante. Tuve que aplacar el miedo: «¿Qué nos puede pasar? Nos quedaremos cerca del río. Y si se hace demasiado oscuro, nos volvemos».

Es verdad que conocíamos los lindes del bosque, de buscar setas y arrancar raíces y de la caza precavida del tejón y la jabalina, pero nunca nos habíamos atrevido a adentramos en el bosque crepuscular. Nuestro valor se limitaba a los pantanos y marismas; pero en suma, como dice el rodaballo: nos pusimos en marcha. Sin que Aya lo supiera, seis cazadores de las tierras bajas y yo caminamos furtivamente a través de ondulados bosques de hayas y robles hasta llegar al paisaje de selvas y charcas de las lomas bálticas, luego llamado Cachubia; silbando, por cierto. Ya en época tan temprana aprendimos a fruncir los labios y utilizar contra el miedo ese remedio casero.


Quizá tendrías que saber, Ilsebill, que nuestra comarca era entonces relativamente joven; sólo había surgido después del último, por el momento, período glaciar, cuando, al retirarse las aguas, tomó su forma definitiva la costa del Báltico. Antes, en la época de las glaciaciones de Riss y de Würm y en el período interglaciar, aquí no había nada, sólo tiempo y glaciares. Únicamente después del período Würm, cuando en otras partes se esculpían ya ídolos y se hacían inscripciones rupestres, nuestros antepasados paleolíticos siguieron a los hielos en retroceso. Encontraron una región poco acogedora. Porque los glaciares, que primero avanzaron y luego retrocedieron, habían desbastado las aristas de las montañas cachubas. Los cantos de las morrenas y los valles glaciares señalaban su camino de fuga.

Por el camino, los siete silbadores habitantes de las tierras bajas encontramos hachas de mano toscamente talladas, testimonio de la horda primitiva en una época en que el Lobo del Cielo custodiaba aún el fuego, el alimento crudo era cotidiano y nuestra Aya no tenía nada que decir; tampoco (estoy seguro) existía el rodaballo.

Tras la retirada temporal de los glaciares (volverán a venir, como siempre han vuelto), únicamente teníamos, al parecer, estepas azotadas por los vientos, laderas de cantos rodados, ciénagas gorgoteantes y ríos inquietos siempre en busca de nuevos lechos. Sólo con el templado clima que siguió aparecieron los bosques. Y sólo en la costa perduraron los primitivos pantanos entre las desembocaduras ramificadas de los ríos. Los renos, antas y búfalos se habían refugiado allí. Sin embargo, en aquellas colinas boscosas, además del lobo y el oso, a los que conocíamos y evitábamos, nos amedrentaban otros animales: caballos salvajes, por ejemplo, el lince y el búho. Buscábamos la proximidad del Raduna, que corría hacia nuestros hogares, y silbábamos cada vez con más arte para combatir el miedo. Así, sólo así, frunciendo los labios por miedo, descubrió el hombre la música, aunque el rodaballo diga que el origen de todas las artes es espiritual.

Y después del tercer día de nuestra expedición prohibida, los siete cazadores de los pantanos y ciénagas nos encontramos con siete cazadores de los bosques, a la distancia de un tiro de piedra, en medio de los helechos. Entre nosotros y ellos, lisas hayas, setas aisladas o en círculos mágicos, un atareado hormiguero, luz que se filtraba oblicuamente.

Puedes creerme, Ilsebill: no sólo tuvimos canguelo nosotros; también ellos. (Y, lo mismo que a nosotros, se hubiera podido oír silbar suavemente entre dientes a los extraños.) Naturalmente, ante todo comparamos, al acercarnos mutuamente, sus hachas de piedra y puntas de lanza y flecha con nuestros pertrechos. Nosotros preferíamos el pedernal, que encontrábamos en el trozo de acantilado gredoso que fue luego el Nido del Águila. Los cazadores del bosque no conocían el pedernal y utilizaban la cuarcita, el esquisto y la basanita. Aunque el filo de nuestros cortes nos daba la superioridad a primera vista, vimos, sin embargo, que los cazadores del bosque llevaban pesadas hachas de piedra, no sólo talladas, sino pulimentadas y en las que los agujeros del mango habían sido perforados… ¿cómo? Nosotros atábamos todavía el hacha, de mano o no, a un mango hendido. Es posible que nuestras puntas de flecha de pedernal en forma de hoja de sauce suscitaran igualmente la curiosidad de los cazadores del bosque. En cualquier caso, no sin pantomimas amenazadoras, nos mostramos mutuamente nuestro equipo, pero fuimos incapaces de actuar, porque sin Aya no podíamos decidirnos. Aunque el deseo de golpear y atravesar hacía que nuestros miembros temblasen, nos mantuvimos a distancia, y también la parte contraria se agitó inquieta sin decidirse.

Exacto, Ilsebill: los nuestros me enviaron a mí a la costa, como corredor veloz, para pedirle consejo a Aya, y también las gentes del bosque enviaron a uno de los siete a la espesura. Corrí como un loco, acosado por el horrible bosque en el que, además del lince y el búho, vivía el fabuloso unicornio. Lo que me ocurrió en el camino —dos lobos estrangulados con mis manos desnudas, un oso pardo traspasado de parte a parte, un lince herido de un flechazo (y eso de noche) entre sus dos ojos fosforescentes, un unicornio engañado para que se clavase en un haya, en un olmo, en un arce…, no, en un roble—, todo ello no viene a cuento y resulta accesorio, porque sólo importaba el mensaje.

La última parte del recorrido la hice sobre un caballo salvaje, al que me subí de un salto. Cabalgar me gustaba. Sólo cuando el bosque se aclaraba ya y debajo de mí se extendían nuestra tierra llana, los desembocantes Raduna-Motlava-Vístula, las siempre neblinosas marismas y, delante, la cresta de dunas, las playas blancas y el Báltico, me tiró la yegua. Durante dos días y una noche corrí y cabalgué; al final, porque iba a caballo, cantando a voz en cuello.


Aya escuchó mi relato entrecortado, sin hacer preguntas, reunió sin mí al consejo de mujeres, vino luego con dos de ellas, que me cargaron con un cesto lleno hasta arriba, dio a la horda que se quedaba instrucciones tutelares y nos ordenó a mí y a sus acompañantes —dos jóvenes tritetudas— que iniciáramos la ardua caminata.

Esta vez no nos asustó ningún lince. Ningún unicornio relució entre los helechos. La selva virgen me era ya conocida. En presencia de Aya no procedía silbar. Alanceé en el Raduna lucios inmóviles. Donde había setas que conocíamos, las cocinábamos al aire libre. Un pequeño recipiente lleno de brasas sobre cenizas formaba parte de nuestra impedimenta. Ranas de gruesas ancas, fresas silvestres de tamaño nunca soñado. Yo, el explorador, lo pasé bien: las tres mujeres me amamantaban. Cuando, una vez, espantamos a una manada de caballos salvajes entre las hayas de la espesura, Aya pareció encantada; con gusto le hubiera mostrado mis habilidades de jinete.

Y entonces llegamos y vimos: de nuestros seis hombres, uno estaba grave y dos levemente heridos; los contrarios tenían cuatro heridos leves, que yacían entre los helechos junto a nuestros lesionados. Todos eran cuidados por la Aya de la horda del bosque y sus mujeres. Remedios caseros que nosotros conocíamos: acederas, ortigas y numularia. La otra Aya y sus iguales —que, sin embargo, no se llamaban Aya, sino Eya— tenían también tres pechos y gobernaban, como nuestra Aya, mediante una tutela total. El sistema lo conocíamos también.


Aunque hace poco he lamentado la falta de solidaridad de las mujeres de nuestra vecindad (y también en general), ahora puedo informarte de algo más agradable: Aya y Eya, por descartado, se entendieron divinamente. Cómo se tocaron entre risitas sus hoyuelos, se olfatearon, se lanzaron entusiasmadas estridentes sonidos guturales. Celebraron su consejo de mujeres lejos de nuestra lastimada virilidad. Por lo visto, Eya y Aya se hicieron inmediatamente invitaciones y contrainvitaciones. No se declaró la guerra, sino que se cursaron invitaciones para comer. Porque aquella misma noche nosotros y nuestros heridos éramos ya huéspedes de la horda vecina, que se había asentado no muy lejos, entre dos lagos: charcas residuo de la era glaciar. Enseguida trabé conversación con los pescadores de aquella horda: tenían ya (además de nasas) redes. Les enseñé a utilizar como anzuelo la espoleta de las palomas torcaces.

Comimos hasta el nopuedomás. Naturalmente, las mujeres comieron aparte y comida especial. Pero también nosotros conocimos nuevos sabores. Si a las mujeres se les puso a la mesa hígado estofado de caballo salvaje con tortas de harina de bellota endulzadas con miel, después de unas brecas asadas en piedras calientes, los Edeks tuvimos trozos de carne de caballo asados y, por añadidura, aquellas tortas dulceamargas. Por lo demás, las Eyas y los Ludeks, como se llamaban los hombres de la horda vecina, comían, como nuestras Ayas y nuestros Edeks, solos y apartados entre sí, de forma que sólo durante la cagada colectiva comenzó a haber ambiente; sin embargo, de eso hablaré más tarde: de cómo, durante mi tempotránsito neolítico, comíamos aislados y contemplábamos los excrementos en sociedad.

Después del festín, Aya vació el cesto. Para ello me llamó a mí. Me hizo el honor. Porque, como regalos, las mujeres habían empaquetado mi producción cerámica: varios cuencos para preparar cuajada, que el rodaballo, generosamente, atribuyó ante el tribunal a la cultura del vaso campaniforme. Tres cacharros refractarios, en los que Aya precocía los estómagos de anta hembra, lo mismo que hoy dejamos hervir durante cuatro horas y media los callos de tripa de vaca. Y en el cesto de los regalitos había once figurillas de barro ligeras, modeladas en torno al dedo medio de mi mano izquierda: Ayas rechonchas y tritetudas que utilizábamos para el culto. (Aya había escamoteado mis ídolos de cabeza de rodaballo, que no le gustaban pero, sin embargo, no prohibió. Naturalmente, tampoco había una sola picha de anta cerámica en el cesto.)

Las Eyas me elogiaron y mimaron. El cocido de la arcilla lo desconocían todavía. El artista de la horda vecina, un pescador al que luego llamé Lud, vino, expresamente llamado, y se tragó mi breve conferencia sobre alfarería, pero no dio grandes muestras de aprobación: un tipo huraño que se convertiría en mi amigo, una y otra vez, durante distintos tempotránsitos: ¡Ay, Lud! ¡Cómo nos emborrachábamos goticoflamígeramente con cerveza negra, cómo disputábamos sobre los sacramentos, cómo comíamos queso con cuchillo en el valle de lágrimas barroco y cómo, en todas las épocas, hablábamos de arte hasta el agotamiento! Recientemente Lud ha muerto otra vez. ¡Cuánto lo echo de menos! Tendré que hacer su necrología; más tarde.


Y, por la noche, los Edeks y Ludeks ilesos y los levemente heridos en la oreja o la nariz fueron intercambiados: mi Aya se llevó al huraño Lud y yo encontré repetida, en la Eya de la horda vecina, a mi Aya tutelar: tan amplia, tan insondable, tan fundamental, tan minuciosamente vaciadora de la mente, tan rica en hoyuelos, tan tierna, tan mortalmente segura.

Créeme, Ilsebill, no lo olvido. Siempre buscaré en ti a Aya y a Eya. Y a veces encuentro contigo a las dos en un mismo lecho. Si una me rechaza, la otra me acoge. Nunca me falta un refugio. Siempre encuentro en Aya o en Eya un hogar acogedor. Por eso nunca me siento en una cama extraña. Por eso, Aya como Eya y Eya como Aya me han hecho su esclavo. Porque, imagínate: Eya vino también con sus iguales y con un cesto lleno hasta arriba.


Según la medición actual del tiempo: tres semanas más tarde estaban allí, llevando por escolta a los siete cazadores del bosque y al siempre huraño Lud.

Les pusimos a la mesa lo que teníamos: huevas de esturión ahumadas, sémola de esteba cocida en leche de reno, solomillo de búfalo cortado en pedazos que, ensartados con boletos ásperos en mimbres húmedos, asábamos como pinchitos. Para terminar les dimos nuestra cuajada, mezclada con bayas de enebro. A las Eyas y los Ludeks les gustó todo. Y a nosotros nos gustaron sus regalos.

Lud, el pescador de red y artista, tenía en su producción morteros y manos de mortero tallados (¿con qué?) en una roca dura como el granito, para machacar bellotas, hachas de piedra perforadas, una red de pescar (que nos regaló como modelo) y varios ídolos de la fertilidad rascados en caliza que, sin embargo, no representaban la tripectoralidad de Aya o de Eya, sino vulvas ovales y de anchos labios, de hendidura abierta y profundamente entallada, y cuya comisura inferior estaba pulida en forma de embocadura, de modo que aquellas prácticas vulvas de piedra servían de cuencos para beber agua, jugo de bayas, hidromiel, leche agria de anta y otras bebidas… o para el brebaje favorito de nuestra horda vecina: leche de yegua descremada y fermentada luego, espirituosa y embriagadora, porque los Ludeks de la horda de las Eyas domesticaban caballos salvajes lo mismo que nosotros hacíamos con los antas y los búfalos. Además, tanto en su horda como en la nuestra ladraban los perros.


Después de esa contrainvitación se desarrollaron entre horda y horda relaciones de buena vecindad. Aprendimos del pueblo de Eya a tejer redes y perforar hachas de piedra, y por último a cocer tortas de maíz, mientras que ellos aprendieron de nosotros a preparar la cuajada, pescar con anzuelo y cocer cacharros de arcilla. También en otros aspectos se estableció la comunicación, como había querido el rodaballo. El intercambio de hombres entre las hordas se hizo costumbre regular, aunque trajo conflictos consigo; porque a los Edeks y los Ludeks no se nos consultaba para nada; teníamos que cumplir simplemente, nos gustase o no.

Tienes que comprenderlo, Ilsebill: no siempre funcionaba con todas las Eyas. También nuestras Ayas se iban a veces de vacío: no pasaba nada. Hay tardes en que uno prefiere jugar con piedrecitas, estar solo tranquilamente, meterse el dedo en la nariz sin desear nada, sentir flojera. A veces le desagrada a uno el propio instrumento, le resulta molesto y extraño ese incómodo colgajo entre las piernas: una especie de engorro cabezón. De esa forma conocimos el fracaso (y la tonta vergüenza cuando aquello no funcionaba). Las quejas pasaron de una horda a otra. Las relaciones de buena vecindad se enturbiaron temporalmente. Los Edeks y los Ludeks llegaron a las manos, y también llegamos Lud y yo. Yo dije que teníamos que entregarles puntas de flecha talladas de pedernal; ellos sólo nos ofrecían a cambio, como materia prima, una piedra dura (sin tallar y sin perforar). Lud dijo que mi producción cerámica era muy mona; yo le tomé el pelo: aparte de sus coños de piedra no se le ocurría nada. Rabia y despecho. Peleas y gritos viriles. Pero no estalló la guerra. El intercambio de hombres —aunque más desganadamente— siguió siendo habitual. De ello se cuidaron Aya y Eya. Siempre estaban de acuerdo. A las dos les importaba sobre todo el principio. Poco a poco, las dos hordas se mezclaron en un gran clan; luego nos convertimos en tribu.

Y también el rodaballo, ante el tribunal feminista, a pesar de todos sus reparos de orden superior y de sus objeciones críticas contra la tutela absoluta, calificó el intercambio de hombres de arreglo sensato, porque de esa forma las dos hordas vecinas evitaron el peligro de una consanguinidad embrutecedora.

«En cualquier caso», dijo, «mi consejo eliminó el aislamiento, creó la comunicación, impidió la degeneración, posibilitó las influencias recíprocas y fomentó la formación del pueblo pomorsco; aunque, en el aspecto sexual, se hubiera debido permitir a los hombres, al menos, la libre elección de compañera».

Tres de las ocho vocales del tribunal feminista estuvieron de acuerdo. Por desgracia, la presidenta, Dra. Schönherr, se abstuvo en la votación. Y la fiscal, Sieglinde Huntscha, dijo: «Quizá los hombres puedan fornicar indiscriminadamente; las mujeres, sin embargo, no podemos conformarnos con el primer pedazo de hombre que se nos pone a tiro».

¿Y tú, Ilsebill? ¿Qué opinas tú? ¿Supongamos que tuvieras que hacerlo con cualquier tipo que tuviera ganas o sólo ganas a medias? Ahora que estás embarazada, después de que, libremente, nos pusimos de acuerdo, tienes que comprender mi infelicidad de entonces. Dime que era represivo intercambiarnos por las buenas entre las hordas: sin consultarnos, a capricho de las mujeres. Porque aquello no tenía ya nada que ver con la hospitalidad.

El rodaballo
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