Greta la Gorda tenía un culo
como dos granjas colectivas. Y cuando yo, como le gustaba los miércoles, le entraba por detrás, no sin antes, para que se pusiera todo blando y bañado en lágrimas, lamerle ojete y aledaños como una cabra (ávida de sal) —lo que resultaba fácil cuando Greta la Gorda ofrecía su doble tesoro a la adoración—, vosotros, sociólogos sexuales que contáis las patas de las moscas, y obispos, gordos con la grasa de las frustraciones, hubierais podido presenciar, de haber sido citados como testigos, el arquetipo del amor al prójimo: el fervor por la pareja; sin embargo, mi Ilsebill —que a veces, los jueves, se muestra emprendedora— jamás me ha lamido el culo, por muy devotamente que se lo haya pedido de rodillas, y es que teme que, con los últimos restos del pudor, pudiera caérsele la lengua.
Ha sido demasiado bien educada. Siempre teme perder la compostura. Hace remilgos para que no se le note lo cachonda que es. Y como, con la boquita fruncida, pronuncia a todas horas la palabra dignidad, padece el estreñimiento crónico de todos los puritanos.
No obstante, Ilsebill lee libros de todos los tamaños en los que el vencer las inhibiciones es el primer requisito para una sociedad no represiva. Pero yo le quitaré, desmontándolos, esos mecanismos de rechazo propios del burguesismo tardío —«por algún motivo», dice, «no me atrevo, no me atrevo aún»— y lo haré como dicen sus libros de emancipación femenina: mediante juegos de roles conflictivos centrados en la pareja; hasta que uno de estos viernes católicos —¡créeme, Santo Padre!— ella empiece, empiece a darle gusto a la lengua. Porque ese gusto no puede pagarse con dinero. Está al alcance de cualquier fortuna. No está determinado por la clase social. El viejo Marx nada sabía al respecto. Es el gusto anticipado de la belleza. El que todos los perros conocen. Husmearse, lamerse, chuparse, olfatearse.
Sin embargo, cuando le digo a mi Ilsebill: «Mañana es sábado. Me daré un buen baño y oleré a lavanda por todas partes», ella dice: «¿Y qué?». Porque hemos perdido la costumbre. Porque sólo leemos de eso. Porque, todo lo más, nos referimos a ello simbólicamente. Porque lo hemos discutido con demasiada frecuencia lo hemos discutido hasta la saciedad. Porque ni sospechamos que constantemente —es decir, durante la semana entera— esos ojetes fruncen los labios graciosamente en un beso, llenos de esperanza.
Y nuestros terrenos de juego —los tuyos, Ilsebill; los míos— están bien medidos: ningún especulador o constructor ebrio de cemento puede parcelar tus solares, ni ningún capitoste rojo expropiarte mi culo (ni a mí el tuyo). Las ideologías no se atreven con él. No pueden clavar en él sus garras. No se presta a metafísicas. Por eso se le calumnia. Autorizado sólo para maricones. Todo lo más, se permite la palmada en el culo. Y, con un gusto pésimo, se utiliza el culo como palabrota. Aunque se habla despectivamente de los lameculos, los especuladores capitalistas y los capitostes rojos se lo lamen mutuamente, pero sin placer porque, oficial u oficiosamente, lo hacen siempre con pantalones: sus culos saben a franela, un cincuenta por ciento de estambre y un cincuenta por ciento de fibra sintética.
No, Ilsebill. Tiene que estar desnudo. Mis tierras y mis suelos, tus colinas. Nuestros campos. Pensamiento redondo de Dios, yo te venero. Síseñor, siempre, desde aquel neolítico de nubosidad variable en que los hoyuelos de Aya eran todavía incontables, el cielo estuvo para mí engalanado de culos. Y cuando Margareta Rusch, la monja cocinera, permitió que su sol saliera por primera vez para el fugado fraile franciscano —es decir, para mí— pude comprender sin velos el cántico de San Francisco: devoción-júbilo-fervor. No olvidar ningún hoyuelo. Descansar junto a los caminos. Las colinas quieren ser suavemente pastadas. Quedar absorto en el diálogo. La entrada y la salida se saludan. ¿Adónde vas, comida? ¿Quién besa a quién? Una visión más profunda. Pronto te conoceré del todo. Vamos, Ilsebill, ahora que estás embarazada y floreces por todas partes, deberías, deberías… ¡Decídete de una vez, anda! Mañana es domingo y los dos, durante toda esta larga semana, sólo hemos hablado de ello y discutido, con excesiva seriedad, la fase anal de los niños pequeños.
Cuando Greta la Gorda se tiraba un pedo porque yo la había lamido demasiado sutilmente, los dos arrostrábamos los vientos adversos. Al fin y al cabo, como acostumbrábamos los miércoles, habíamos comido pochas con nabitos y costillas de cerdo picantes; y quien no puede oler el pedo de su amada no debiera hablar de amor…
Ríete un poco. No pongas esa cara. Sé humana. Ten corazón. Los nabitos son divertidos. Déjame hablarte de judías blancas y pedos de monja. De cómo se discutía sobre el orden debido en la comunión: durante todo aquel siglo pendenciero del que Margret —Greta la Gorda— se reía saludablemente.
Para animar un poco a mi Ilsebill, ahora en su tercer mes de embarazo —ella, sin embargo, permaneció muy tiesa y me llamó «grosero»— había cocinado judías blancas espesas con carne de cerdo asada y salsa de pimienta. Además había nabitos de Brandeburgo, todo lo cual figuraba en el menú que la monja Margareta Rusch sirvió para el almuerzo, así de pimentado, en la primavera de 1569, al abad Jeschke, al castellano de Danzig Juan Kostka y al obispo de Leslau Estanislao Karnkowski, en el monasterio de Oliva. Los tres dignatarios se habían reunido para tratar de introducir algunas trampas en un puñado de decretos contrarreformadores. Porque los Statuta Karnkowiana, sin duda, eran utilizados por Segismundo Augusto, rey de Polonia, como instrumento de Contrarreforma, pero su verdadero sentido era limitar el poder económico de la ciudad de Danzig y, al mismo tiempo, incitar a los gremios, políticamente carentes de derechos, contra el consejo de los patricios. Y como esa idea, metida en siniestras disposiciones contra la herejía, no había brotado de las cabezas de Jeschke, Kostka y Karnkowski, sino en la de la monja cocinera Margret, le conté a mi Ilsebill la historia de la Margareta Rusch: porque quiero librarme por fin de Greta la Gorda, que sigue en mí acuclillada.
En el año 1498 de la Encarnación del Señor, cuando el almirante portugués Vasco de Gama, gracias al conocimiento del viento y las corrientes de un piloto árabe, avistó por fin tierra, atracó en Calicut, abriendo de esa forma la ruta marítima hacia la India con todas sus consecuencias hasta hoy intrincadas, en el asentamiento pomorsco de la Empalizada, perteneciente al Barrio Viejo de Danzig, le nació al herrero Pedro Rusch de su mujer Cristina, que murió de sobreparto, una hija, Margareta, precisamente el día de San Martín: por eso, a Greta la Gorda, más adelante, manadas de gansos se le enfriaban entre los dedos desplumadores.
Desde los doce años, la niña Margret estuvo en la cocina de las monjas de Santa Brígida, en el Barrio Viejo, pelando nabos, desescamando carpas, descascarillando grano o cortando mondongo en tiras de un dedo de largo: el rodaballo había aconsejado al herrero Rusch (o a mí en mi tempotránsito) que metiera en el convento a aquella niña superflua inmediatamente después de su nacimiento; por esta razón, ante el tribunal feminista, al arrogante pez plano se le hicieron preguntas que en otro lugar responderá. En cualquier caso, Margareta era novicia a los dieciséis años e hizo sus votos perpetuos el año en que el monje Lutero clavó sus tesis con pesado martillo.
Como monja, pronto al frente de la cocina del convento, Margret (tempranamente llamada Greta la Gorda) cocinaba también para fuera, siempre que los ramificados asuntos de las monjas de Santa Brígida requerían su diplomacia culinaria. Cuando el predicador Hegge, en la Hagelsberg, predicaba luteranamente, ella preparaba al pie del cerro, para la población congregada, callos y sopa de pescado contrarreformistas. Y cuando yo, el prófugo franciscano, fui su pinche de cocina y, según su humor, su compañero de cama, dirigimos la cocina del burgomaestre Eberhard Ferber, odiado por los gremios, en su casa patricia de la Calle Larga, en sus tierras feudales de la Isla o allí donde se refugiaba, en su estarosta de Dirschau; porque Ferber tenía que huir con frecuencia de la ciudad: así de mal les caía aquel hombre amargado a los toneleros, pañeros, carniceros y hombres de mar.
Precisamente cuando en Cochin, en el sur de la India, el virrey Vasco de Gama murió de viruelas negras, fiebre amarilla o ponzoña dominicana, Ferber fue destituido como burgomaestre. Los partidarios de Hegge, cada vez más numerosos, guiados por el herrero Rusch, se habían rebelado y tomaron el gobierno de la ciudad, aunque por poco tiempo. Porque al año siguiente el rey Segismundo de Polonia se presentó con ocho mil hombres ante la ciudad y la ocupó sin lucha. Se fijaron los Statuta Sigismundi. Ferber volvió al poder. Se inició un proceso criminal.
Antes de que lo ejecutaran, la monja Margret cocinó para su padre lo que a éste le gustaba; luego se marchó con el amargado Eberhard Ferber, quien, apenas reintegrado a sus funciones de burgomaestre, se retiró enseguida, fijando su penúltima residencia en la estarosta de Dirschau. Tres años después murió, cuando Greta la Gorda cocinaba para él. Dejó al convento varios solares en el Barrio Viejo, la dehesa de Praust y algunas tierras en la Isla; la realidad es que, gracias a cocinar libremente fuera de casa, la monja cocinera Margret aumentó de tal modo las riquezas de la Orden de Santa Brígida que, poderosa y pronto temida, se convirtió en abadesa, aunque tenía fama por todas partes de mantener a una banda de pinches de cocina aptos para la cama y de ser un completo pendón.
Porque yo siempre estuve con ella. A mí o a algún otro monje franciscano, siempre renovado, fugado de Santa Trinidad, se nos abría de piernas, nos enterraba en su carne y nos resucitaba, nos aclimataba con calor de establo, cubiertos por su grasa como menudillos de ganso en salsa negra, satisfechos como niños de teta y rápidamente consumidos en una época de rápidos cambios. Daba igual que fuera se reformasen o que la contrarreforma dominica volviese del revés las palabras de cualquier pobre pecador: en el camastro de Margret se conservaba inamovible aquel olor que el rodaballo, ante el tribunal feminista, llamó «pagano practicante».
El rodaballo dijo: «Si se puede llamar confortable una revolución, entonces hay que decir que los procesos revolucionarios se desarrollaban en el lecho de la abadesa Margareta Rusch en zonas liberadas cálidamente confortables». Y también yo le demostré a mi Ilsebill que, en cualquier caso, las monjas eran entonces mujeres emancipadas: libres del fastidio de los deberes conyugales, no infantilizadas por ningún patriarcado, nunca ridiculizadas por la moda, protegidas siempre por la solidaridad de sus hermanas, no engañadas por ningún amor terreno al estar prometidas a un esposo celestial, seguras por su poder económico, temidas hasta por los dominicos, siempre alegres y bien informadas. La monja Rusch era una mujer instruida y, por añadidura, tan gorda que sus embarazos apenas se notaban.
Dio a luz dos hijas. Estando de viaje. Para los alumbramientos encontraba siempre un establo. Sin embargo, no se le podía hablar de paternidad-deberes paternos-derecho patriarcal. «Sólayun padre», decía siempre con una gran carcajada, «keh Nuehtro Señó kehtán loh cieloh».
Le daba igual también que los artesanos de la moral protestante o católica encontrasen parecido a las dos niñas, educadas ambas en la Empalizada por las tías de la gorda Greta, con el predicador Hegge, con el patricio Ferber o incluso con frailucos franciscanos vagabundos. Los padres le parecían todos ridículos. Por eso llamaba a las mujercitas casadas en sus jaulas burguesas «conehitoh e pelo rizao» que tenían que aguantar quietas al macho, mientras que ella, en cambio, podía disponer libremente de su bolsa. Por lo demás, Greta la Gorda tampoco se estaba sumisamente quieta, sino que se subía sobre sus rápidamente agotados compañeros con tanto peso, que a menudo me dejaba sin aliento. Realmente me aplastaba. Después me quedaba flojucho y como desfallecido. Ella me tenía que dar friegas con vinagre para que me recuperase.
Es muy posible que al arrogante Eberhard Ferber le cortara el aliento de la misma forma, que aquel viejo cabrón se ahogara en la cama bajo su peso. Porque ella no quería sólo cocinar para sus sucesivos hombrecitos. Tenía que ser divertido, tenía que haber entretenimiento y juego; todo lo cual podría parecer obsceno a un temperamento puritano.
Así, la abadesa Margareta resolvió a su modo, es decir, en la cama, la cuestión más encarnizadamente discutida de su siglo —cómo se debía dar el pan y el vino, la comunión—, al colocar gimnásticamente el chumino en posición vertical y ofrecerlo como cáliz para que se lo llenasen. El vino tinto rebosaba dentro. Se podía mojar pan. U hostias consagradas. Así no se planteaba la pregunta: ¿es realmente o simboliza sólo el cuerpo y la sangre? Resultaban ociosas todas las querellas teológicas sobre el papel. No había ya ambigüedades. Nunca comulgué con más devoción. Con cuánta sencillez me ofrecía Margret el sacrificio y la transubstanciación. Con qué fe de niño me sumergía en el gran misterio. Por suerte, los ojos de los dominicos no espiaron nunca nuestras misas en la cama.
Ay, si esas costumbres domésticas se hubieran convertido en religión práctica para papistas y luteranos, menonitas y calvinistas. Pero ellos se entredegollaban de forma poco amistosa. Pero ellos permitían que las disputas sobre los modales en la mesa costasen largas campañas militares, saqueos y devastaciones de encantadores paisajes. Pero ellos siguen peleándose y ensartándose hasta nuestros días, viven tristemente enfrentados y han rechazado el cáliz de Greta la Gorda como pecaminoso según su moral adusta. Y, sin embargo, Margret era piadosa. Agradecía a Dios Nuestro Señor hasta el placer más fugaz, con una acción de gracias.
Cuando, dos años después de la Paz de Augsburgo, también Su Majestad polaca Segismundo Augusto se mostró dispuesto a permitir al menos la comunión bajo dos especies, los burgueses de Danzig se decidieron en su mayoría por las costumbres de mesa de Lutero y, en lo sucesivo, sólo se pelearon con los calvinistas y los menonitas. Entonces la abadesa Rusch, después de veintisiete años de regencia, se sintió cansada. Pidió a sus hermanas de la Orden de Santa Brígida que le permitieran retirarse y le dieran autorización para poder ser útil otra vez, como monja cocinera, fuera del convento.
Tanta humildad fue interpretada como contrición. Sin embargo, la vieja mujer, todavía firme dentro de sus grasas, quería moverse otra vez políticamente. En lo sucesivo, siempre estuvo un poco por delante de las vicisitudes de la Historia, al trabajar para la causa protestante so capa de catolicismo. No le importaba sólo la comunión sino, una vez más y aún, el reconocimiento de los denegados derechos de los gremios. Al fin y al cabo, Margret venía de la Empalizada. Lo que a su rebelde padre, el herrero Rusch, le había costado la cabeza —el democrático refunfuñar y los discursos subversivos en todas las asambleas de los gremios— era lo que su hija hacía ahora: sin embargo, lo hacía en voz baja, entre hígados de bacalao estofados, liebres a la pimienta y tordos que envolvía en lonchas de tocino y rellenaba de bayas de enebro.
Cuando Estanislao Karnkowski se convirtió en 1567 en obispo de Leslau —con lo que, bajo su égida, una segunda contrarreforma trató de encontrar sus arreglos de mesa— la vieja monja empezó a cocinar para el abad Jeschke, cuyo convento de Oliva había sido siempre un foco de reacción contemplativa. Allí Greta la Gorda servía, después de la sopa de pescado con leche, liebre a la pimienta, o corazón de buey relleno de ciruelas, o un asado de cerdo picante con judías blancas y nabitos que ayudaba a los frailes conspiradores a soltar unos pedos altamente politizados.
La monja cocinera creía en la fuerza liberadora del pedo. La expresión pedo de monja procede de su despreocupado arrojo al hacer volar sus vientos intestinales. Lo mismo si cocinaba para amigos que para enemigos: en medio de su charloteo de mesa, casi siempre para subrayar un punto o como respuesta a una pregunta, pero también como intermedio, en alegre sucesión, dejaba escapar sus pedos. Ecos de tormentas lejanas. Descargas de mortero solemnemente espaciadas. Pólvora en salvas. O mezclados con sus risas, porque la Naturaleza había dado a su espíritu alegre un doble medio de expresión, de dos bocas: como en aquella ocasión, cuando presentó al rey Batory las llaves de la ciudad sitiada como relleno de una cabeza de cordero que rellenaba a su vez una cabeza de cerdo, en que la perpleja dignidad del rey la hizo reír y tirarse pedos de tal forma, que Su Majestad polaca y su séquito se vieron arrastrados, envueltos en sus risas y ablandados por sus vientos posteriores. Al rey no le quedó más remedio que dictar suaves condiciones a la ciudad y perdonar también el desafuero de la monja cocinera. Porque había sido Margret quien, el 15 de febrero de 1577, incitó a los oficios bajos a la rebelión y (digna hija de su padre) los guió en el incendio del monasterio de Oliva.
Cuando el fugitivo abad Jeschke, inmediatamente después de la solemne firma de la paz, volvió al monasterio, quemado hasta los cimientos, para vigilar la prestación personal de los campesinos en su reconstrucción, insistió en que la monja Margret —por mucho que ella le odiase— se encargase de la cocina. Greta la Gorda nunca había tenido que cocinar a la fuerza. La cocina había sido para ella un acto de amor. Durante tres años disfrazó su venganza de pecho de toro hervido, gansos rellenos, gelatinas agrias o lechones que rellenaba de repollo, manzanas y pasas picadas, sin escatimar la pimienta.
Lo que tragó aquel hombre. Lo que se movieron sus mandíbulas. ¿Por qué era incapaz de dejar nada en el plato? Cuántos tenían que pasar hambre para que él regoldase satisfecho. Por fin, en el verano de 1581, ella consiguió cebar al abad Gaspar Jeschke hasta matarlo. Murió en la mesa. Es decir: su mofletuda cabeza de monje, en cuyas mejillas había brillado el poderío católico durante decenios, cayó precisamente en el plato que Greta la Gorda, una vida antes, había cocinado para su padre, el herrero Rusch: tripicallos con pimienta. La monja cocinera no había olvidado nada. Y también el rodaballo opina: cebar a un abad hasta matarlo era sin duda una utilización drástica del arte culinario, pero estaba plenamente de acuerdo con el estilo de vida del finado.
En 1585 murió Margareta Rusch de una espina de lucio atragantada, en presencia del rey Esteban Batory, que había confirmado al consejo de la ciudad de Danzig, en el llamado Convenio de Capitación, todos los derechos de aduana y comerciales, así como los privilegios de los patricios. Una vez más se fueron con las manos vacías los gremios, los oficios bajos y los hombres de mar. Los patricios y los cortesanos celebraron banquetes durante días enteros. A la vieja monja se le debió atravesar algo más que una espina de lucio.
De pronto, cuando sólo quedaban restos del asado de cerdo con judías y nabitos, mi Ilsebill, con la insistencia tozuda de las mujeres embarazadas, quiso saber qué tenía que ver Greta la Gorda, aparte del año de su nacimiento y del desembarco en Calicut en la misma fecha de 1498, con Vasco de Gama. Cuando intenté contestar con historias de monjas —contando cómo la abadesa Margareta Rusch se aseguró envíos anuales de pimienta de la costa india de Malabar por un comerciante de especias portugués, a cambio de su hija mayor—, Ilsebill se levantó de la mesa y dijo: «Lo planeaste muy bien. O quizá el rodaballo. Cambalachear una hija por pimienta. ¡Muy típico también!».