Sólo una fue quemada por bruja

Y, sin embargo, las brujerías se hacían, si es que se hacían, en todas las cocinas. Todas las mujeres sabían y se daban recetas para espesar purés, sopas y extractos que eran densos, de color ceniza o turbios y hacían hincharse a uno, purgaban al otro y volvían sordo a un tercero. Desde el principio (Aya) el beleño sirvió para todo, se utilizó el cornezuelo y la amanita matamoscas (seca), rayada en polvo, desleída en leche o embebida en orina de yegua, facilitó el viaje a la trascendencia del súcubo. Los hombres obedecíamos como embrujados a Vigga que, junto con otras raíces, extraía la mandrágora. Mestuina nos rallaba ámbar en las sopas de pescado. (Y también Ilsebill —estoy seguro— mezcla, revuelve, añade.) Yo siempre he estado en un círculo mágico. No es que no hubiera brujas; es que se quemaba sólo a las falsas. Ninguna de las esquiladas herboleras, doncellas y matronas de los montones de leña de rápida combustión fue una verdadera bruja, aunque en el tormento confesaran abstrusas actividades, como cabalgadas sobre escobas y abominaciones con cirios benditos.

Todo eso, naturalmente, no existía: aquelarres, galanes con patas de cabrito, marcas diabólicas, mal de ojo… pero cocinas y caldos de bruja sí que había. Yo vi con mis propios ojos cómo Dorotea freía en la grasa de niños nacidos muertos, que sacaba del hospital del Corpus Christi, granulosos huevos de sapo, y los rociaba con agua bendita de la iglesia de Santa Catalina. Por toda la casa olía cuando aquella bruja pálida, sola en la cocina, reducía a cenizas una pezuña de cabrito. Todos sabían que echaba en sus sopas cuaresmales cenizas de cuerno y no sólo de féretros carcomidos. Se decía que traía directamente a nuestra cocina el agua de lavar de las casas de los apestados en las que, piadosamente, entraba y salía. Se decía que reunía en botellas las costras de los leprosos y los sudores de agonía de las mujeres con fiebres puerperales. Se decía que había cocido las cotas de malla de los Caballeros Teutónicos, antes de que se marcharan a Lituania, en orina de doncellas. Pero sólo se decía. Nunca fue puesta en tela de juicio. Quemaron a otras: tontas vecinas normales que cocinaban hacendosamente para sus maridos, pero estaban marcadas por lunares peludos en las posaderas o en los pechos. (Estoy seguro de que Dorotea, que tenía un cuerpo sin defectos, daba el soplo a su confesor dominico: porque las pobres mujeres y damas patricias la visitaban, secretamente avergonzadas, y le pedían pomadas contra verrugas y lunares. Y quizá algún conjuro.)

Y también Greta la Gorda sabía recetas de bruja y no fue quemada. Quién no recuerda cómo, con lecha de arenque y esperma de franciscanos prófugos, volvió a dar acometividad a Eberhard Ferber que, al mismo tiempo que el cargo de burgomaestre, había perdido su vigor viril; cómo enturbió la memoria del anciano abad Jeschke —que políticamente sabía demasiado— tomando una cucharada de los excrementos de él, formando una pasta con esa muestra, granos de pimienta, adormidera, miel silvestre y harina de alforfón, y cociéndola en Adviento como pan de especias; cómo me embrujó a mí también. No sé con qué. Ella mezclaba todo con todo. No cocinaba nada por puro gusto. Pasas revueltas en sangre de ganso. Corazones de buey rellenos de ciruelas secas con salsa de cerveza. Cuando me refugié en ella y me convertí en huésped asiduo de su piltra, a menudo me alimentó con zanahorias que había remojado en su vulva. ¡Y cuántas cosas más, sin vergüenza alguna! Era sabido que no sólo se hacía enviar desde muy lejos especias indias. Se sabía, aunque no exactamente, que había celebrado festines de bruja con sus monjas y ofrecido sacrificios paganos. Al parecer, con sus correteantes monjitas de Santa Brígida, había mordisqueado muñequitas de bollería (se piensa enseguida en los tres pechos de Aya) ¡y cantado luego, en el librito de himnos de Wittenberg, «Cuando Dios no ha bendecido una casa…»!

Sin embargo, tampoco para ella se formó ninguna pira. No fue Dorotea ni Margareta Rusch, sino la dulce Agnes la que subió a la hoguera. Es cierto que prefiero creer que, después de llevárseme la peste, ella murió de puerperio en la flor de su juventud, pero el rodaballo declaró en el juicio que sólo me siguió cincuenta años más tarde, siendo ya una vieja arpía, y desde luego en la hoguera.

No, no voy a describir cómo el viento amainó súbitamente, una nube se abrió, cayó la lluvia y casi ocurrió un milagro. Sabido es que la versión del rodaballo fue aceptada por el tribunal feminista. Al parecer, mucho tiempo después de morir de peste el poeta Opitz, Agnes Kurbiella, desvariando con su igualmente desvariada hija, la pequeña Ursel, erraba por las calles citando en latín y en alemán obras del difunto poeta, hasta que, a principios del verano de 1689, encontró a otro poeta, Quirinus Kuhlmann, el llamado monarca frío (Kühlmonarch).

También Kuhlmann fue objeto de informes de especialistas del Barroco ante el tribunal feminista. El rodaballo lo calificó de precursor del expresionismo. Sin embargo, la acusación no pudo sacar nada en limpio de la excentricidad de ese genio. Kuhlmann, sin ningún escrúpulo, había alimentado el desvarío de Agnes con sus propias especulaciones. Diariamente había adoctrinado a aquella alma bendita con su megalomanía. Ella, explotada, habría sido también, para él —al parecer— una musa: él le habría producido peligrosas quimeras y habría arrastrado consigo a la muerte a la anciana.

A las acusadoras feministas les venía muy bien el que Agnes hubiera sido víctima de la extravagancia masculina, que hubiera seguido a Kuhlmann desde Danzig, por Riga y a través de la ancha Rusia, hasta Moscú, que se convirtiera en su esclava y sirviera de médium en representaciones organizadas por la comunidad mística de Jakob Böhme, que incluso ante el tribunal y durante el tormento musitara versos de Opitz y soltara cataratas de palabras a la Kuhlmann, y que hubiera tenido que subir a la hoguera por bruja, lo mismo que la trastornada Ursel, mientras Kuhlmann y otros dos exaltados espíritus masculinos ardían en piras vecinas, por blasfemia y conjuración política contra la Corona de los zares. Como prueban las estadísticas, también los hombres eran combustibles. Sin embargo, en opinión del tribunal feminista, la Inquisición y sus cazas de brujas fueron instrumentos de dominación típicamente masculinos para quebrar en el huevo las ansias de libertad de la mujer. La fiscal dijo textualmente: «Como ficción masculina, la llamada bruja es a un tiempo la representación de un deseo y la proyección de un temor».

Es posible. Sin embargo, Agnes no quería la libertad y tuvo que consumirse en la hoguera, mientras que Dorotea de Montovia y Margareta Rusch que, las dos, querían libertades y se las tomaban, no tuvieron que ser enaltecidas por ninguna hoguera. Fue el ligero y poético desvarío de su cabeza el que hizo a Agnes apta para la profesión de musa; sólo el mundo enemigo de las musas la llamó loca, posesa, hechicera y montura de Belial. Hasta su plantel de eneldo se hizo sospechoso, ya en época de Möller y de Opitz. Tuvieron que proteger a la pobre criatura de las garras católicas y luteranas, pues, cuando se trataba de quemar brujas, los beatos de ambas religiones se ponían de acuerdo en menos tiempo del necesario para juntar ramas y troncos.

Y hasta Amanda Woyke, que sabía recetas, y sin duda alguna Sophie Rotzoll, para la que no tenía secretos ninguna seta, hubieran sido aptas para las hogueras de los caballeros cristianos. Sin embargo, en las épocas de Amanda y de Sophie los higienistas de la revolución se habían buscado otras víctimas: los llamados contrarrevolucionarios. Se los ajusticiaba en nombre de la Razón.


El rodaballo, como flotando sobre su lecho de arena, les dijo a sus juzgadoras: «Como pez, cuyos iguales de buen paladar son estofados y fritos, sé de qué hablo cuando se trata de la fuerza purificadora del fuego. Pueden alegrarse, señoras, de que hoy en día la brujería más bien se subvencione que se castigue. Se busca ansiosamente una dimensión telecinética. Sin embargo, ¿y si hubiesen tempotransitado ustedes en aquella época? Señoras. ¡No sé! ¡No sé! Si hago un examen crítico y las contemplo, sentadas en sus altos asientos y juzgándome: cuánta severidad reunida, cuánta concentración enérgica. Oigo chisporroteos de videntes. Mi piel pedregosa recibe miradas a veces imperiosas, a veces hipnóticas. Y, sin embargo, rostro por rostro, una belleza especial. Un ego once veces desafiante. Sonrisas fugaces, de retorcidos pliegues. Un acuerdo ya en un pestañeo, ¿sobre qué? Cabellos once veces cortados en rastrojo o rizados a la africana, pero también hechiceramente alborotados, fáciles de inflamar. En suma: las veo arder a todas. A la honorable presidenta, al coro de vocales, y también a usted, mi querida Sra. Paasch, las veo acarreadas en la carreta infamante, vestidas de sayal, mientras el pueblo medieval las mira embobado, los monjes mascullan sus latines y los niños se meten el dedo en la nariz. La veo a usted, bella Srta. Simoneit, junto a la Sra. Witzlaff, en todo su esplendor corporal, sobre piras artísticamente apiladas, primero rodeadas de humo y luego vestidas de llamas. ¡Qué griterío sofocado! ¡Cuántos éxtasis en gavilla! El deseo once veces sublimado y la libertad final. Hasta a la Sra. Von Carnow, mi defensora de oficio —tan solícita como torpe—, la veo disolverse muy poéticamente en las llamas, aunque es tan inofensiva como el eneldo del jardín de la fregona Agnes Kurbiella. Las veo arder a todas, a todas. Y también la mayoría del consejo consultivo revolucionario merece la hoguera. Sólo la Sra. Huntscha no: mi acusadora tiene un parecido de familia excesivo con mi cocinera cuaresmal Dorotea de Montovia. Ella estaba demasiado místicamente arrobada y desprendida de la carne, en su belleza y palidez ultraterrenas, para tener que sufrir, como la pobre Agnes, una purificación tan física…».

(Cuando, después de un corto aguacero, comenzó a arder por fin, sus murmullos eran sólo poesía de régimen, pero políticamente poco interesante; por lo que el embajador sueco en la corte del Zar, señor Axel Ludström, dio instrucciones a Estocolmo para que se cerrase el caso Kurbiella.)


¿Y tú, Ilsebill? ¿Hubieras preferido la madera de abedul a los troncos de haya, entonces habituales? Yo te entregaría a la hoguera. Sería el amable padre dominico Hyazind, que llegaba de Cracovia con su instrumental especializado en cajas de herramientas chapadas en plata. Me acercaría a ti cada vez más con los flexibles hierros. Cuidadosamente, sin olvidar ningún miembro, haría que tus articulaciones saltasen de los cotilos donde se alojan y quedasen fuera de sí. Cuánta piel, por toda la blanca espalda desde los hombros. ¡Ay los pensamientos! Revelados por fin. Dolorosamente penosas llegarían mis preguntas, formuladas con amabilidad. Tu confesión desnuda. Porque vengo de lejos para soltar tu lengua. Eso es lo que queremos oír. Susurrado en voz baja. Leerlo en los labios dolorosamente fruncidos: sí, he. Sí, varias veces. No, no sola. Con otra Ilsebill. Luego llegó una tercera en medio de la niebla. Hemos y somos. Por las noches, pero también todos los días. En la luna nueva y en la noche de San Juan. Con nuestra sangre menstrual. Hemos puesto pequeñas señales sobre objetos y placas con nombres. Hemos puesto el signo sobre pilastras de puentes e instalaciones industriales, en el terreno donde se instalará la central atómica, sobre computadoras recién programadas y en algunas máquinas de escribir. Sí, también en la tuya. Dentro, bajo la tecla I…

Cuando mi Ilsebill ardió por fin, aunque sin querer desprenderse hasta el final de su belleza, yo lloré bajo mi capucha. Sentí haberle dado, rodaballo, esa libertad.

El rodaballo
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