De cómo se citaron cartas ante el tribunal
Las encontré en aquella caja de cartón policromada que, después de la capitulación de Pirna, llena de bombones sajones, me traje a casa como botín de guerra en unión de otras cosas. Más tarde la caja se llenó de pedazos de ámbar de los arenosos campos cachubos. Y todavía más tarde, cuando el ámbar fue enterrado de nuevo en los campos como remedio contra el escarabajo de la patata, Amanda Woyke guardó en la caja las cartas del conde Rumford y, encima, sus antiparras. Luego ella murió, mientras yo estaba en visita de inspección en Tuchel.
La primera carta fue escrita en Múnich, el 4 de octubre de 1784. La última lleva la fecha «París, 12 de septiembre de 1806». Hasta el verano de 1792, todas las cartas están firmadas por «su sincero amigo, Benjamín Thompson»; luego, elevado a la dignidad de conde del Imperio, firmaba sinceramente el «Conde Rumford».
En total, encontré veintinueve cartas en la caja de cartón de Amanda. Y como en la herencia de Sally, la hija de Rumford, se encontraron también veintinueve cartas, firmadas por Amanda Woyke con tinta violeta, cabe suponer que no se perdió ningún pensamiento, sobre todo porque las cartas concuerdan, sin lagunas. Cuando Rumford (todavía como Benjamín Thompson), en el año revolucionario de 1789 informa detalladamente desde Múnich sobre la creación del Jardín Inglés y describe el desenfrenado consumo de cerveza del público el día de la inauguración, Amanda, en su carta de respuesta, quiere saber cómo es de grande el jardín, y si el terreno es fértil o arcilloso, a lo que, en la carta siguiente, se le da, como superficie, la de 612 fanegas de tierras sin cultivar. «Óptima tierra de pastos», escribió Thompson. «Aquí, junto al parque público, en una granja modelo, criaremos ganado bovino de Holstein, Flandes y Suiza para mejorar la miserable cabaña bávara, y seremos un ejemplo veterinario.»
Después de mi óbito de aquel tiempo, la correspondencia se perdió y permaneció olvidada. En ninguna biografía de Rumford se cita a Amanda Woyke. Y también Sally Thompson, por celos o estupidez, ocultó el intercambio de ideas entre su padre y una cocinera cachuba de la servidumbre. De todas formas, cita en sus memorias algunas ideas de su padre, que éste le escribió a Amanda, como «la utilización de formularios de registro por la policía, para el control de todos los extranjeros».
Todo eso, Ilsebill, debe remediarse ahora. Porque se han encontrado las cartas perdidas. Y, por cierto, en Amsterdam, donde todo sale a la luz. Fue un anticuario el afortunado. El rodaballo, ya al comenzar el proceso, hizo que las buscaran. (Tiene agentes en todas partes.) Por eso, mientras se veía el caso Amanda Woyke ante el tribunal feminista, las citas de las cartas determinaron el curso del proceso. De mí sólo se habló marginalmente, aunque yo, por consejo del rodaballo, hice que perdurase la servidumbre en todos los dominios públicos puestos bajo mi vigilancia, interpretando con toda clase de artimañas los edictos reales y las leyes de reforma agraria; no suprimí (o sólo excepcionalmente) el carácter hereditario de la servidumbre y, mediante un reglamento, prolongué la antigua situación. Por eso fui en Prusia un inspector aborrecido que no conoció la indulgencia: hasta Amanda murió como sierva.
El rodaballo reconoció ante el tribunal que me había utilizado como instrumento de la reacción. El pueblo del Elba oriental, según él, no estaba maduro para reformas. Como gran familia sujeta a la tierra se sentía relativamente bien. El reglamento de la servidumbre garantizaba seguridad y, en un sentido infantil, protección. A los jornaleros polacos —excepto en la época de la cosecha en que, en Zuckau y en todas partes, se hinchaban de comer— les había ido considerablemente peor. Y, a fin de cuentas, el tribunal no podía negar que la cocinera de la servidumbre Amanda Woyke, a pesar de la falta de libertad de su tiempo, había sido capaz de pensamientos de amplios vuelos que, por lo demás, había tenido sus repercusiones en otros lugares: Múnich-Londres-París; siguiendo una ingenua inclinación, ella se había servido de un tal Benjamín Thompson. Como rodaballo, él sabía más de lo que constaba en los documentos o se consideraba admisible en los libros de texto. Por ello, con ayuda de las cartas encontradas, quería levantar un monumento sobre cuyo pedestal, al lado de ese Thompson, estuviese también la cocinera de la servidumbre, en pie de igualdad.
«Una vida de mujer», dijo el rodaballo, «que también para el movimiento feminista debiera ser ejemplar: Amanda Woyke no sólo hizo que nos gustase la patata sino que, con su gran cocina de la servidumbre, nos dio asimismo un anticipo de la futura y ya comenzada alimentación mundial de tipo chino». («Y cuando se llegue a eso», le digo malvadamente a Ilsebill, «quisiera saber qué pasará con tus caprichitos».)
El tal Benjamín Thompson nació en el año 1753 en la provincia colonial inglesa de Massachusetts. Su padre murió pronto y fue sustituido por un padrastro… o, como le escribió Thompson a Amanda: «Por el tiránico esposo de mi pobre madre». Durante su aprendizaje del comercio, Thompson se interesó por el almacenamiento y el transporte marítimo adecuados del pescado salado. (El rodaballo no negó ante el tribunal que había tenido contactos de asesoramiento con el joven: «Directos o indirectos. Al fin y al cabo, todos los mares son mi hogar».)
Entretanto, Boston hervía antibritánicamente. Fabricando petardos, que debían quemarse para celebrar una victoria de los colonos americanos sobre la administración colonial —en Londres los liberales habían conseguido derrotar en el Parlamento la llamada Ley del Timbre—, Thompson tuvo un accidente. En adelante tomó partido en favor de la Potencia colonial, se convirtió en espía y, en calidad de tal, ensayó su último invento: una tinta invisible que, al cabo de cierto tiempo, se hacía otra vez legible.
Cuando se curaron sus quemaduras, estudió en su tiempo libre en el Harvard College y se convirtió en maestro de escuela en la pequeña ciudad de Concord, que anteriormente se había llamado Rumford. La circunstancia de que una rica viuda tomase al joven maestro por marido pudo influir en Thompson como otra explosión prematura de petardos, porque entró en el ejército, se convirtió en mayor del segundo regimiento provincial de New Hampshire, vistió casaca escarlata, actuó aún brevemente como padre de su hija Sally, huyó luego, despreciado por sus compatriotas, fue hecho prisionero por la milicia urbana, los llamados minutemen, juzgado por un tribunal en Concord y puesto nuevamente en libertad, aunque persistió la sospecha de que había sido agente secreto al servicio británico y enviado cartas cifradas, con su tinta simpática, al gobernador.
Al estallar la guerra de la independencia, Thompson, en el último momento, tomó un barco en la sitiada Boston para dirigirse a Londres. Esa huida la disculpó el rodaballo ante el tribunal feminista por la ambición juvenil: Thompson quería labrarse un porvenir. De forma curiosa, en la vieja Europa. En Londres lo nombraron secretario de la provincia colonial de Georgia. Lamentablemente, fue él quien propuso reclutar mercenarios de Hessen, se ocupó del asunto y organizó el transporte. Sin embargo, su elección como miembro de la Royal Society confirmaba que también había desarrollado actividades científicas.
A eso respondió la acusadora del tribunal, en medio de la general hilaridad: «¿Méritos científicos? Vamos a llamar a las cosas por su nombre. El señor Thompson determina cuál es el mejor punto de ignición de las armas de fuego de la infantería. Desde su juventud, su debilidad es la pólvora. Al señorito le gusta jugar a las guerras. Crear un nuevo regimiento en Nueva York, aunque la guerra esté ya perdida. Y éste es su único hecho heroico: hace construir un fuerte en el cementerio de Huntington. Su material son las piedras sepulcrales. Hasta el horno para cocer el pan de munición se construye con lápidas, con lo que los nombres de los difuntos grabados en la piedra, luego, en relieve invertido, bautizan como Josiah Baxter, John Miller, Timothy Vanderbilt o Abraham Wells los panes recién salidos del horno, dando así testimonio de las inquietudes científicas del coronel Thompson. En reconocimiento de esa hazaña, apenas vuelve a Inglaterra se le concede una pensión vitalicia de media paga. Como no le dejan jugar a la guerra en la India, se traslada al continente: confiando en una guerra europea. Se lleva su caballo. Sigue ridículamente vestido de uniforme escarlata. Por Estrasburgo y Múnich, llega a Viena. Representa su papel por todas partes. Pero de la guerra contra el Turco no hay nada. Entra al servicio del elector de Baviera Theodor Karl (el de Mannheim), pero antes se hace nombrar caballero a la inglesa y, en calidad de sir Benjamín, fija su residencia en Múnich.
»Eso, acusado rodaballo, por lo que se refiere a la vida anterior de su magnífico protegido, el señor Thompson. Un archirreaccionario. Un espía. Un charlatán aventurero. Un fantasma. Un filántropo hosco, por haber sido privado del juego de la guerra, que, no carente de talento, aprende rápidamente idiomas porque, ya en el otoño de su primer año bávaro, escribe a la cocinera de la servidumbre Amanda Woyke una ampulosa carta en que le pide consejo sobre cómo extender al pueblo bávaro los beneficios del cultivo de la patata, siguiendo el modelo de la Pomerelia y la Prusia occidental.» La fiscal citó: «Conozco, no, el mundo entero conoce sus muchos méritos agrarios, que han hecho que Prusia, enferma por la guerra, pudiese sanar tan admirablemente».
Créeme, Ilsebill: no fue el rodaballo; fui yo quien le dio a Thompson la dirección de Amanda. Sin embargo, como ante el tribunal feminista sólo se reconoció mi tempotránsito en cada época y no mi tenaz supervivencia, no pude declarar como testigo. Lástima. Les hubiera dado a aquellas mujeres lo que se merecían. A mí no me la hubieran cortado (me refiero a la palabra). Al fin y al cabo, con mis dragones, por orden real, llevé las patatas de siembra a los dominios de la Prusia occidental. Después de lo cual (como veterano nueve veces herido) me hicieron inspector. Robustecí Prusia con la patata. Organicé el transporte, la comercialización de los excedentes. Puse un poco de orden en el desmadre polaco. Mis cuentas fueron elogiadas en la Cámara de los Dominios. Viajé mucho: hasta Hannover. Y discutí con los veteranos los experimentos de Thompson para determinar el retroceso, la velocidad del proyectil y la más eficaz colocación del fulminante en los fusiles corrientes.
En consecuencia, escribí a la Royal Society. (O escribió un camarada del regimiento, que dominaba el inglés.) Y Thompson respondió desde Múnich. Prometiéndonos medidas exactas para los fulminantes de los fusiles prusianos, nos pidió a cambio información sobre el cultivo de la patata en la Cachubia después de la partición de Polonia. Entonces, además de mis experiencias como organizador, le comuniqué con atolondrada generosidad la dirección de Amanda. Y a vuelta de correo él mejoró nuestro fusil, lo que, sin embargo, no mereció la atención de las altas esferas. Un descuido de los señores de Postdam que se pagaría caro en Jena y Auerstedt. Pero a mí nadie quiso escucharme nunca. Todos recurrían siempre a ella. Ella sabía. Ella se acordaba. Ella predecía. Ella veía lo que había de venir. Ella tenía visiones.
Por desgracia, las cartas de Thompson se me perdieron con todo el equipaje en Leipzig, donde visitaba la Feria, después de una noche de orgía. Ante el tribunal feminista sólo se citó su correo con Amanda y las respuestas de ella. Y, preguntado por el origen de esa correspondencia, el rodaballo dijo: por intermediarios le había dado a sir Benjamín información detallada sobre la visita del rey de Prusia, en octubre de 1779, al dominio público de Zuckau. De esa forma, el americano británico al servicio de Baviera supo del memorable coloquio de la cocinera cachuba de la servidumbre con Federico II de Prusia, porque Thompson, en su primera carta, mencionó a Amanda el histórico encuentro. «Ha llegado a mi conocimiento, distinguida amiga de la útil patata, los muy elogiosos términos en que Su Majestad se ha pronunciado sobre sus buenos servicios. Federico el Grande dice así en un documento que tengo ante mis ojos: “Una buena mujer cachuva cueze un potaje de patatos que podría hacer deliziosa la paz para nuestros puevlos”. Sin embargo, lo que me asombra, estimada amiga, es el hecho sorprendente de su rápido éxito. ¿Cómo ha podido enseñar tan rápidamente al indolente pueblo el cultivo de la patata? Aquí reinan la superstición y la medrosidad católica. Se dice de nuestro útil tubérculo que favorece el raquitismo y la tisis, y difunde la lepra y el cólera. ¿Podría aconsejarme? Dispongo, por la gracia del Elector, de un regimiento de caballería de jóvenes aldeanos reclutados por la leva, que pierden su tiempo acuartelados, porque desde la curiosa Guerra de Sucesión, que aquí se llama “Guerra de las Patatas”, nada se ha movido; sólo la mendicidad aumenta.»
El rodaballo pudo demostrar ante el tribunal que los consejos de Amanda, puestos en práctica por el coronel sir Benjamín Thompson, impulsaron la introducción del cultivo de la patata en Baviera. Las entregas de tierras arrancadas a la administración (y a mí), el arrendamiento de parcelas baldías a los siervos sin tierras del dominio de Zuckau para el fin exclusivo de plantar patatas (luego yo lo deshice todo)… Thompson lo trasplantó literalmente a su regimiento, creando huertas militares parceladas en los eriales del que luego fue Jardín Inglés: cada soldado y cada cabo disponía durante su tiempo de servicio de 365 pies cuadrados de suelo de patatas, cuya cosecha le pertenecía; cada hijo de labrador licenciado regresaba con sacos llenos de patatas de siembra a su asombrada aldea. (Cuando le quité otra vez a la servidumbre sus pequeñas parcelas, a fin de poder cultivar grandes superficies, Amanda dijo: «Eso no le guhtará al Señó».) Por cierto, también le comunicó a su amigo epistolar su panacea contra la peste, el cólera y la lepra costrosa: frotarse el cuerpo entero con fécula de patata; Rumford debe de haberse reído.
A finales del verano del año 1788, Thompson fue nombrado ministro de la Guerra y de la policía del Electorado de Baviera, elevado a la dignidad de consejero de Estado y ascendido a general de división. Al enumerar esos títulos, el rodaballo dijo ante el tribunal feminista: «Eso no les dirá a ustedes nada, señoras. Ya me imagino su comentario: “¡Una carrera típicamente masculina!”. Es posible. La ambición de Thompson cobraba a veces dimensiones ridículas. Y, sin embargo, el intercambio epistolar con la cocinera de la servidumbre Amanda Woyke debió de transformarlo tan esencialmente como sólo pueden transformar a alguien unas cartas de amor. Sí, lo afirmo: la robusta cuarentona y nuestro americano —que, entretanto, tenía ya treinta y cinco años— se escribieron, por motivos de razón apasionada, cartas de amor sobre política alimentaria. Por una vez, nada de languideces sentimentales. Nada de corazones sangrantes. Escuchen lo que él escribe a Zuckau:
»“Sólo a usted, mi distinguida amiga y bienhechora, tengo que agradecer la verdad grande e importante de que ningún ordenamiento político puede ser realmente justo si no sirve al bienestar de la comunidad. Me he propuesto conciliar el interés del soldado con el de la población civil y poner el poder militar, también en tiempo de paz, al servicio del bienestar del pueblo; hoy, todas las guarniciones de los territorios hereditarios de Baviera tienen huertas militares, en las que, además de la excelente patata, se planta también el colinabo y, en rotación de cultivos, el trébol. Me permito, mi benefactora amiga, enviarle con este mismo correo algunas semillas y esquejes de colinabo. Esta planta cárpida, sumamente nutritiva, se ha obtenido, no sin mi colaboración, de la colza. Por lo demás, sólo mi tacto diplomático me impide anunciar a los bávaros lo que mi corazón sabe de cierto: que una excelente mujer prusiana les ha dado la patata y, con ella, las albóndigas de patata. Para concluir: ¿sabe usted qué medida razonable podría adoptarse contra la mendicidad que impera en Múnich? Una simple acción de policía carecería de todo sentido.”»
Debo intercalar aquí que, gracias al paquete urgente de Thompson, el colinabo se asentó en la Prusia occidental, y pronto se popularizó con el nombre de rutabaga: rutabaga con menudillos de ganso, falda de cordero con rutabaga, callos cocidos con rutabaga Y también rutabaga cocida con nada, en el invierno del colinabo de 1917.
Sobre eso el rodaballo no dijo nada ante el tribunal. Pero la hazaña de Thompson —la detención, registro y traslado repentinos de todos los mendigos de Múnich a un establecimiento de trabajo— fue celebrada por el rodaballo con citas epistolares, en las que otra vez correspondía a Amanda el honor de haber inspirado al ministro de la guerra y de la policía. La verdad era que ella le había escrito a Thompson: «Mi eztimado señor. Si mendigos i pordiozeros biniesen por Zukau, tendrían que cortar primero leña dura de pino i dezacer prendas de lana en el cuarto de los traztos, antes de consejir mi zopa de patatos».
Esta sugerencia le bastó a Thompson para ordenar sus ideas. Respondió: «¡Oh, mi queridísima amiga! Si pudiera ver hasta qué punto el delito de mendicidad es aquí general. A tiernos niños se les sacan los ojos o se les amputan miembros a fin de que, así expuestos, susciten la compasión pública. Se considera que la cosa no tiene ya remedio. Las gentes se acostumbran cada vez más a considerar al mendigo como una de las instituciones naturales de la sociedad burguesa. O se da por sentado que a los hombres viciosos hay que tornarlos primero virtuosos para hacerlos felices. Pero ¿por qué no debería intentar, siguiendo su excelente consejo, realizar esa operación a la inversa? Hechos felices por el trabajo, se tornarían virtuosos».
Sabido es lo que sucedió. Thompson requisó un antiguo convento del Barrio del Suburbio, mínimo y en ruinas, y lo hizo arreglar como casa de trabajo militar, con talleres para torneros, herreros, tintoreros, guarnicioneros, etcétera, y además con dormitorios, un refectorio y una gran cocina con un horno de mampostería, como el que luego Amanda hizo construir en su cocina de la servidumbre (siguiendo los planos de Thompson): en forma de herradura, con numerosos hogares y fogones. Entonces Thompson fundó comités de beneficencia en los dieciséis distritos de Múnich, mandó escribir con letras de oro sobre la puerta del patio del establecimiento de trabajo el lema: «¡Aquí no se aceptan limosnas!», y finalmente, el 1 de enero de 1790, hizo detener en una gran redada a 2600 mendigos, los registró en formularios previamente elaborados y los llevó a trabajar al día siguiente al establecimiento.
Thompson informó por carta a la cocinera de la servidumbre: «Fabricamos escabeles, sudaderos y uniformes para todo el ejército bávaro. Hilamos el hilo, tejemos la lana. Los 1400 internados permanentes se muestran diligentes y felices. Hasta los niñitos ayudan. ¡Que mi satisfactorio logro pueda animar a otros a seguir mi ejemplo!».
Sin embargo, ante el tribunal feminista no se trató de la acción de policía coronada por el éxito del ministro Thompson, sino de la tesis del acusado rodaballo: el consejo de una cocinera de la servidumbre, cachuba y por añadidura sierva, de que se diera a los mendigos y a otros menesterosos trabajo y, con él, salario y pan, impidió que la Revolución Francesa se extendiera al Electorado de Baviera.
Protegido por su tanque de cristal blindado, el rodaballo dijo: «Si esos consejos se hubieran dado a un práctico francés, es decir, si se hubieran construido para el populacho de Francia casas de trabajo bien caldeadas con las correspondientes grandes cocinas, o sea, si se le hubieran garantizado pucheros de sopa con sus ojos de grasa flotando, seguramente no se hubiera producido la Revolución, no hubiera tenido que funcionar la guillotina tantos miles de veces, y no hubiéramos conocido ningún Robespierre, ningún Napoleón, sino que unos príncipes ilustrados hubieran tenido que decidirse por una acción bienhechora en beneficio común. Sin embargo, tal como fueron las cosas, el consejo de Amanda Woyke sólo aprovechó al pueblo bávaro. Mientras en otros sitios las furias campaban por sus respetos, en Múnich se educaba a los mendigos para convertirlos en útiles ciudadanos».
Otra vez tienes razón, Ilsebill: una de cal y otra de arena. Cabría imaginar que la acusadora, Sra. Huntscha, de forma estrictamente materialista, destrozó las especulaciones del rodaballo, aplicando la máxima «y si mi tía tuviera ruedas y trole…», pero lo que dijo fue muy distinto: «Una deducción perfectamente lógica». Luego rechazó los «ritos revolucionarios masculinos» y abominó de Robespierre y de Napoleón, desenmascarando al uno como «hipócrita» y al otro como «fanfarrón». A partir de ahí, tomó carrerilla para meterse con todos.
«Sin embargo, acusado, ¿dónde están las buenas obras de los príncipes ilustrados? Pocos años después, la casa de trabajo de Thompson, con sus ribetes de autogestión, se había convertido en una prisión ordinaria, en la que se azotaba y se vejaba a los presos. Y en el dominio de Zuckau, la servidumbre se prolongó hasta muy entrado el siglo XIX. Más aún: su gran genio, el amigo del pueblo Thompson, fue eliminado de la administración bávara. Y Amanda Woyke tuvo que presenciar cómo un inspector ansioso de notoriedad echaba a la servidumbre del dominio de las parcelas de patatas. Sí, a latigazos. Sus piadosas invocaciones no sirvieron de nada. Y también Thompson, entretanto ennoblecido a la bávara, sólo pudo refugiarse, como conde Rumford —en Londres o en París— en ideas siempre nuevas que, como ha podido probar el acusado, se encendían en una cocina cachuba de la servidumbre y explotaban en la cabeza de Rumford.
»Lo reconocemos de buena gana: gracias a la división del trabajo, la pareja epistolar Woyke-Thompson logró progresos —la cocina económica, la olla de vapor, la cocina popular—, pero ¿cuál fue la participación del rodaballo en esa colaboración, a menudo pionera? Pretende haber sido el Espíritu del Mundo. Afirma haber unido la ambición de un advenedizo social con el sentido común de una cocinera de la servidumbre que tenía los pies bien plantados en el suelo. En el sentido de la cocinera Woyke, quiso desempeñar el papel del Señor y, en interés del conde Rumford, encarnar el progreso social. Un alcahuete astuto, ese rodaballo. Parece como si hubiera logrado engatusar al tribunal, como si a las feministas pudiera convencernos su engañosa igualdad de derechos, como si su tardío monumento a la cocinera de la servidumbre pudiera convertirnos en público maravillado, como si hubiera contribuido, a su estilo rodaballesco, a nuestra emancipación. Pero sólo lo parece. Nos deslumbra, pero no nos ilumina. Difícilmente podría admirarnos ni ayudarnos en nada. Su intención es demasiado transparente. Porque la moraleja del rodaballo es ésta: el ingenuo descubrimiento de una buena mujercita en su fogón hogareño —por ejemplo: la sopa de patatas prusianooccidental— lo convierte el hombre en hazaña políticosocial… por ejemplo, la sopa de beneficencia de Rumford, que se comió durante un siglo en Múnich, Londres, Ginebra y París. En otras palabras: hay que elogiar-celebrar-perpetuar la modestia de una madrecita ingeniosa, la gloria de su libertad interior en medio de una servidumbre ininterrumpida y su subordinación servil, como igualdad de derechos. ¡Una moral podrida! ¡Una trampa viscosa! Por eso propongo formalmente: ¡basta de citas epistolares!»
La propuesta de la acusación no fue admitida. (La fracción prorrodaballo del consejo consultivo revolucionario conseguía ya, como minoría, forzar las decisiones de la mayoría.) Luego el tribunal feminista aplazó la sesión porque el rodaballo fingió o tuvo realmente un desvanecimiento; en cualquier caso, abandonó su lecho de arena, mostró de forma desmayada que sus aletas se negaban a servirle, se bamboleó, amenazó zozobrar y nadar tripa arriba, y susurró en la instalación de altavoces, casi bajo la superficie del agua: «Esas calumnias son lamentables, dolorosas. Tanta injusticia me deja sin habla. Y, sin embargo, en realidad hubiera querido —¡ay!—, si no se hubiesen pronunciado esos insultos humillantes, explicar la ideología del conde Rumford con el ejemplo de la Torre China del Jardín Inglés de Múnich. Sin embargo —¡ay!—, sólo soy un acusado y estoy ya demasiado débil para insistir en el derecho de réplica que me corresponde y hacer nuevas citas epistolares. ¡Ay! ¡Ay! No obstante, quizá este tribunal severo, por femenino, pueda imaginar que también yo, el rodaballo, el odiado principio masculino, podría ser mortal».
¡No te preocupes, Ilsebill! El pez plano, naturalmente, se recuperó luego. Y también el proceso continuó. Se siguieron permitiendo las citas epistolares. Se leyó la receta de la sopa de beneficencia de Rumford: «Se cuecen durante dos horas y media guisantes, cebada y patatas hasta que se conviertan en puré, luego se echa cerveza agria, luego se fríen restos de pan en taquitos con grasa de buey, hasta que se ponen crujientes y se añaden, y luego se sazona todo con sal». También se citó la vehemente reacción de Amanda ante aquella espesa falsificación de su sopa de patatas: «Zólo al dyablo le guztaría un grudo azí».
Después de haber tratado de forma relativamente somera la amarga despedida de Múnich de Rumford, sus actividades en Londres, su traslado a París y su casamiento allí, y de haber resucitado mediante citas epistolares el conflicto del padre con Sally, su hija ultramarina, el credo político de Rumford, su fe en la beneficencia ejercida desde arriba, al estilo chino, y complementada por la tutela cachuba de la servidumbre de Amanda, se convirtieron en el punto climatérico de la vista pública.
Una sola frase del rodaballo o, más bien, su pregunta retórica: «¿No anticiparon el maoísmo el conde Rumford y Amanda Woyke, con sus descripciones utópicas de los movimientos culturales de masas y esas grandes cocinas capaces de saciar a todos?», provocó un tumulto y hubiera hecho saltar al tribunal si la presidenta, Dra. Schönherr, no hubiese encontrado palabras apaciguadoras: «¡Acusado!», gritó en medio del alboroto incipiente. «Doy por sentado que, con sus suposiciones, sólo ha querido decir que las ideas del gran Mao Zedong dormitaban ya desde hacía tiempo en los pueblos, aunque a menudo, como en el caso de Rumford, fueran absurdamente mal comprendidas y, como en el caso de la Woyke, quedasen demasiado unidas a la base para poder movilizar revolucionariamente a las masas, y por eso no han encontrado hasta hoy su expresión auténtica.»
El rodaballo se apresuró a dar la razón a la presidenta del tribunal. Rápidamente, citó pasajes de cartas pertinentes. «Oigan, por favor, lo que dice aquí Amanda: “I un día zólo avrá zervidumbre y cozina de la zervidumbre”. Y oigan a Rumford: “Y así como hoy los hijos de los campesinos se ven forzados a la ociosidad militar, mañana ejércitos de campesinos podrán laborar los campos y, al mismo tiempo, defenderlos”. Había en los dos mucho de corazonada, aunque no pudieran sospechar que sólo este Alto Tribunal daría a sus cartas la significación que también yo, a pesar de todo el escepticismo de que soy capaz, considero necesaria.»
Quién lo hubiera creído. El partido rodaballesco del consejo consultivo revolucionario recibió nuevas adhesiones. (También tú, Ilsebill, vacilas.) Aquellas despabiladas muchachas dejaron que el rodaballo les tomase el pelo presentándoles a Rumford como «un fugaz espíritu investigador» y a mi buenaza de Amanda como «heroína de la patata, de color arena». Hasta la fiscal habló sin dureza cuando la vista del caso Amanda Woyke llegó a su final, francamente conmovedor: se compadeció a Rumford, porque su perversa esposa, la viuda del guillotinado Lavoisier, lo agotó con su turbulenta vida social, sin embargo, de aquel rico partido —ocho mil libras anuales— no le habían podido apartar ni las violetas cartas de advertencia de Amanda: «Es un dyavlo peliador, una Ilzebil echa carne, una lagartona enpolbada». La acusación se mostró comprensiva hacia el oportunismo de Rumford: su paso de la amenazada Inglaterra a la Francia napoleónica se consideró como prueba de neutralidad científica, aunque en las cartas de Amanda podía leerse con claridad: «Y en lo que ze refiere a Napolión, no le guardarya yo la zopa caliente».
El tribunal feminista había decidido, después de la discutida condena del rodaballo en el caso Agnes Kurbiella, demostrar su objetividad. Se reconocieron las intenciones ilustradoras del acusado. Se elevó al conde y a la cocinera de la servidumbre a pioneros de la igualdad de derechos, se citó incluso en las conclusiones el «componente premaoísta» de la pareja y no se discutió lo que el rodaballo, fabuladoramente, había entretejido como corona mortuoria de Amanda: el conde Rumford, inmediatamente después de las desastrosas batallas de Jena y Auerstedt, se habría dirigido de París a la Prusia occidental, pasando por Múnich, lleno de presentimientos. Le habría sido concedido llegar, antes de la invasión del ejército de salteadores de Napoleón (y del sitio de Danzig) al burgo cachubo de Zuckau. Y a la mortalmente extenuada Amanda, antes de que se durmiera para siempre en sus brazos, habría podido hablarle una vez más de su sueño de una gran cocina universal que vencería al hambre en el mundo. Al parecer, la moribunda cocinera perdonó al conde hasta la sopa de beneficencia de Rumford, aquel repugnante engrudo pegaestómagos. (De mí que, después de mi apresurada retirada de Tuchel, fui el que, como único acompañante del cadáver, enterré a Amanda en el antiguo cementerio del convento, ni palabra.) Un sentimental cogerse de la manita hasta el final transfigurador.
Al día siguiente, el Tagesspiegel comentaba el ambiente de la sala del juicio. Decía que el tribunal feminista había dado señales de emoción. La mirada de la acusadora, normalmente tan fría, se había vuelto acuosa. El público, en su mayoría femenino y normalmente tan amante de las barricadas, se había permitido algunos sollozos. Un grupúsculo, al que luego se unió la mayoría, había entonado el We shall overcome, no triunfal sino solemnemente. El rodaballo, sin embargo, profundamente hundido en la arena, se había permitido una última burbuja verbal: «Después de la muerte de Amanda, Europa se ensombreció».
Eso ocurrió en noviembre. Tres meses más tarde, el 24 de febrero de 1807, después de haber sido derrotados los prusianos en Dirschau y haber ardido la ciudad saqueada, cuyas llamas se veían desde la Cachubia, granaderos franceses del ejército del mariscal Lefèvre ocuparon el dominio de Zuckau y se zamparon nuestras patatas de siembra.