Lud
Los hombres somos así: amigos de nuestros amigos. De Ludek al prelado Ludevico, pasando por Ludguerio, del tallista Luis Skriever a Axel Ludström, el sueco, pasando por el verdugo Ladevigo, de mi compañero Ludrichkait y el capitán bávaro Fahrenholz a Fränki Ludkoviak, el viejo carretero, pasando por Ludwig Skröver, que se fue a América: estuvimos unidos en las duras y en las maduras. ¡Amigos! ¡Hermanos de sangre! Ah, y Jan, Jan Ludkowski. Le dispararon en el vientre, lleno de cerdo con col. A Lud lo echo de menos. ¡Cuánto lo echo de menos!
Mi amigo Ludwig Gabriel Schrieber ha muerto hace poco. Tanto si daba forma al estúpido yeso como si colocaba filetes de pescado ahumado sobre rodajas de apio, tostadas en el tostador eléctrico, rematándolas con huevos revueltos (para él, para mí); tanto si se sentaba mudo ante un vaso recogiendo la gota con el meñique para refrescarse la frente, como si daba su invariable informe militar sobre sus hazañas, tan conocidas como la letanía («en el frente del Ártico, cuando los ruskis avanzaban con sus parkas blancos…»), tanto si rechinaba los dientes de rabia como si acariciaba la piedra bruta, Lud era siempre el mismo: hombre, bloque de piedra, toro, ejecutor, ángel caído en pecado.
Siempre había sido así. La forma en que pulió el hacha de mano para hacer de ella un símbolo. Cuando fue prelado y vino con la escolta del bohemio Adalberto para traernos la cruz a los paganos. Entonces, cuando talló un altar (goticoflamígero) para la iglesia de San Pedro y San Pablo y, de pasada, en madera de cerezo, una Virgen que se parecía a mi esposa Dorotea: miraba fijamente a un punto lejano, con sus ojos de ámbar incrustados.
Casi siempre se moría después que yo. Sin embargo, mientras estoy contando aún el cuento de El pescador y su muxer, de forma totalmente distinta, y mi Ilsebill está a punto de dar a luz, se me muere Lud, de modo que ahora tengo que hacer su necrológica: el amigo de todos mis tempotránsitos. Entonces el pescador Ludek, que la horda vecina consideraba como su artista, suspiró al ver mis baratijas cerámicas. Y entonces el camarada Ludwig Skröver, que vivía junto a nosotros en el Brabank y que luego, por la presión de las leyes antisocialistas, tuvo que emigrar a América, sacaba a tierra, con un largo gancho, madera flotante del Vístula Muerto. Y entonces el coronel Axel Ludström, que había servido como portaestandarte en el regimiento de Oxenstierna, en Hela, exprimía un limón sobre la merluza de ojos blancos que nos ponía a la mesa mi fregona Agnes. Y ocurrió entonces que el verdugo Ladevigo tuvo que separar la cabeza del tronco de su amigo el herrero Pedro Rusch, con quien había compartido la víspera los últimos callos. Y entonces Fränki Ludkowiak clavó el clavo en la mesa de un solo golpe. Y entonces el recientemente fallecido escultor Schrieber se ensombreció ante las figurillas de arcilla de sus alumnos, y les habló de sí mismo y de los hititas, de Micenas y de la serenidad minoica y, severamente, de la forma.
Lud sabía todo eso. Había estado siempre allí como escultor o, simplemente, como hombre con el ternero a la espalda. El Lud neolítico y sus ídolos de la fecundidad del tamaño del puño. Esas babkas pomorscas, toscamente talladas en piedras glaciares, que han desenterrado arqueólogos polacos cerca de Oxhöft, son todas de su mano. Cuando Lud, en fecha muy temprana, se hizo cristiano (convertido por San Agustín), nunca representó el sufrimiento del crucificado, sino siempre, trinitariamente, el Principio. Y cuando el espadero Alberto Slichting lo visitó en su barraca (junto a la iglesia de San Pedro y San Pablo) en donde, inspirándose en mi Dorotea, tallaba una Virgen terrible de madera, Lud asó riñones de cordero con su capa de grasa, sobre la ceniza.
Luego hablábamos, con lengua sebosa, de lo divino y lo humano. Él estaba descontento. Iba en contra de su tiempo. Rechinaba los dientes. Lo mismo que hizo luego el escultor Schrieber, hubiera podido tumbar a alguno de aquellos mierdas con su famoso golpe dado con el canto de la mano. Cuando, poco después, se alzaron los gremios contra los patricios, el tallista Luis Skriever estaba con ellos. Al principio se trataba de la cerveza importada de Wismar, luego de los derechos de los oficios menores. Naturalmente, el levantamiento fue aplastado. Luis pudo huir y fue considerado fuera de la ley. Sólo lo volví a ver cuando, un par de siglos más tarde, comenzó la gran limpieza de las iglesias.
Aunque calderero de profesión, a Lud, que ahora se llamaba Ladevigo, no le divertía ya la cosa. No por Calvino, sólo por sí mismo: se convirtió en un iconoclasta seguidor de Hegge. Con sus propias manos hizo pedazos la pila bautismal de cobre que (al parecer) había repujado con arreglo a las medidas corporales de la monja Rusch, cincelándola opulentamente, aunque luego le perdió el gusto: Ladevigo se convirtió en verdugo en la Torre de los Condenados y tuvo que ejecutarme a mí, su amigo.
¿Contra qué estaba Lud? Contra las florituras y las filigranas, contra los altares donados y sus colores grasientos, contra la morralla y lo pomposo, contra toda imagen, contra la palabra, contra sí mismo. Con su pesado martillo, con su certero golpe del canto de la mano, con su espada de verdugo. Lud era así: violento. Dar golpes y mandobles. Sones primitivos en su rugido. Tenía que vencer al diablo en cada pequeño nazi.
Sin embargo, cuando el portaestandarte Axel Ludström, con otros caballeros del regimiento de Oxenstierna, invadió la península de Hela y cayó sobre la todavía infantil Agnes, ella recordó largo tiempo su voz. La atravesaba de parte a parte. No era ya terrenal y fue arcangélica. Porque, cuando el coronel Ludström con los caballeros de Torstenson se sumergió en los horrores de la guerra y devastó Sajonia al estilo sueco, cantó, como sustituto, la parte de tenor «Desnudo vengo del vientre de mi madre…» cuando el 4 de febrero de 1636, se celebraron las exequias musicales del conde Enrique de las Rusias. La prolongada guerra había dejado sólo algunos músicos y cantores al maestro de capilla de la corte Schütz.
Lud tenía buen aspecto de sueco. Su suave gravedad. Su frío celo. Y su rigor, su cólera. Sin embargo, cuando nos encontramos de nuevo en el siglo siguiente, al comienzo de la guerra, Lud había caído bastante bajo. Todos lo llamaban Ludrichkait, algo así como «Su Bajeza». Todos se reían de él. Excepto yo. Siempre teníamos una reserva de aguardiente. La guerra une. En las duras y en las maduras. Durante siete años. Estuvimos en Leuthen, en Hochkirch. Hacia el final, perdió una pierna en Burkersdorf. Y siempre volvía cojeando a Zuckau, donde la fiel Amanda tenía en todo momento para nosotros, los veteranos, requesón con patatas sin pelar y aceite de linaza.
Es posible que fuera Lud quien, como capitán bávaro a las órdenes del gobernador napoleónico Rapp, se portara de forma francamente heroica cuando, durante el sitio de Danzig, sacó de apuros a Sophie Rotzoll, sorprendida por los cosacos mientras forrajeaba. No conocí a Fahrenholz. (Yo estaba preso en una fortaleza, en Graudenz.) Pero, sin duda, mi viejo y buen amigo Lud habló por boca del socialista radical y trabajador del astillero de Klawitter que proclamó la huelga contra Klawitter y la fábrica de pan Germania, en el muelle de la madera y en la imprenta Kafemann. Ludwig Skröver y Otto Stubbe eran amigos. A menudo, sin que Lena se diera cuenta, se habían asado (en el bosquecillo de Saspe) un conejito. Más tarde fue robada la caja de huelgas. Expulsado del país, Skröver, con niños y bagajes, tomó el barco a Nueva York. Sólo una postal, nunca llegó ninguna carta. Al parecer, estuvo en Chicago con los anarquistas.
Arriba y abajo. Una y otra vez. No había forma de achicarlo. En caso de necesidad, Lud aparecía. Cuando había que hacer un trabajo difícil, Lud sabía cómo. Sin Lud no funcionaba nada. Incluso cuando, en su tempotránsito actual, se hizo profesor de arte y volvió a empezar donde lo había dejado en la Edad Media (como iconoclasta), Lud desempeñó un papel central. La gente se encontraba en casa de Lud. Emborracharse con Lud. La leyenda de San Lud. Porque, aunque algunas veces era brusco y otras brutal, era siempre piadoso y más piadoso aún cuando estaba bebido. Nadie sabía mirar fijamente un vaso vacío como él y, al mismo tiempo, cantar himnos católicos en voz baja (con los restos de su voz de arcángel) y, a través del pie de su vaso, volver atrás la mirada hasta la época en que, como prelado bohemio y (poco después de la muerte de Adalberto) obispo de la Pomerelia, ordenó el bautismo obligatorio de todos los pomorscos. Como prueba un autorretrato en bronce, se veía a sí mismo en calidad de príncipe de la Iglesia, abate o mártir: inasequible, introvertido, legendario y, en breve, canonizado.
Descrito, Lud tenía este aspecto: como si anduviese contra un fuerte viento. Preventivamente feroz cuando entraba en lugares cerrados, en el taller lleno de alumnos. La frente y los pómulos abultados, pero todo cincelado finamente. El cabello claro, suave. Los ojos enrojecidos, porque siempre soplaba el viento en contra. Delicado en torno a la boca y las aletas de la nariz. Casto como sus dibujos a lápiz.
Echo de menos a Lud. ¡Cuánto lo echo de menos! E incluso cuando nos peleábamos… Incluso cuando, a puñetazos… Lud y yo tuvimos una amistad fatigosa…
Como durante la amistad con Ludek, cuando Aya y Eya nos intercambiaban. Y cuando Ludguerio me llevó con él en la gran migración bárbara, su caballo me dio una coz. El prelado Ludevico toleraba mis estatuillas de la Virgen con tres pechos. No sé si Dorotea posó como modelo para el tallista Skriever; algunas de mis hijas eran suyas. Antes de ajusticiarme, Ladevigo elogió mi cuello robusto. Cuando la peste me arrancó de este valle de lágrimas, el coronel Ludström, en nombre de la Corona sueca (y con ayuda de la fregona Agnes) examinó cuidadosamente mis papeles póstumos. Con Ludrichkait perdí mi dinero (y mi alma) en francachelas. No estoy seguro de si Sophie le dio las gracias al capitán bávaro sólo con un beso. Cuando robaron la caja de huelgas, yo hubiera hecho a gusto partes iguales con Ludwig Skröver. Sólo sobre Fränki, el viejo carretero, no diré nada. Y cuando llegué a Berlín con Lud…
Todavía queda Jan. Sin embargo, Jan Ludkowski, que era mi amigo, que como yo fabricaba palabras, Jan, que era de María, está muerto como Lud. Jan era diferente. También Lud era diferente. Con Jan se podía hablar ante pan, queso, nueces y vino. Con Lud también. Cantábamos hasta la madrugada y nos desesperábamos. Nos aferrábamos a nuestro sueño. Los hombres saben hacerlo: ser amigos. Eso no lo quiere comprender Ilsebill.