A coger setas
Nuestros zapatos, que luego fueron encontrados, se podían identificar más fácilmente —éstos son los de Max, éstos los de Gottlieb, éstos los de Fritzchen— que nuestro aspecto anterior; con nuestras cabezas redondas podíamos ser confundidos como las setas de los bosques que rodeaban Zuckau y Kokoschken, a los que fuimos con Sophie, que llamaba por su nombre a todas las setas y a nosotros cuando, una vez más, nos perdimos alegremente.
Debió de ser en el otoño del 89, porque cuando encontramos el camino para salir del bosque, siete años más tarde, después de haber ocurrido muchas cosas, Fritz Bartholdy quiso proclamar inmediatamente la república; y Sophie, que volvió a casa con cestos llenos de castañas y majestuosos boletos comestibles, creyó en su Fritz.
Así eran de vastos entonces los bosques: quien se perdía en ellos de niño volvía de mayor. Casi adulto y con la boca llena de decisión, el estudiante de bachillerato Friedrich Bartholdy, cuando nos reunimos en el desván de la casa de su padre en la ciudad, en el número 7 de la calle de los Bolseros, dijo: «¡La libertad debe fundarse en la violencia!». A veces citaba a Danton, que estaba ya muerto, y a veces a Marat o a Robespierre, igualmente muertos. Sin embargo, como habíamos ido tantas veces a coger setas y durante tanto tiempo, la idea se nos quedó. Era hermosa como un boleto aislado. Y cuando Sophie leyó en voz alta, en la última gaceta, algo sobre el victorioso general Bonaparte, Fritz dijo: «Quizá ese Napoleón sea hoy la Idea».
Desde entonces he ido muchas veces con Sophie, con Ilsebill y con no sé quién más a coger setas. Nombres que he gritado en el bosque. El susto cuando no había respuesta. Y también a veces he encontrado, me han llamado también y he respondido demasiado tarde.
El pasado otoño, antes de que, después del cordero con judías y peras, engendrásemos al niño como si fuera una Idea, Ilsebill encontró en los bosques de la alta costa que rodean Itzehoe uno de esos boletos solitarios, tan grande que buscaríamos inútilmente algo comparable hasta llegar a Sophie que, en el bosque de al lado, pero sólo doscientos años antes, encontró otro todavía mayor y sin comparación; como todos los bosques de setas que he visitado con Ilsebill, Sophie y no sé quién más, están entretejidos de helechos y cubiertos por un musgo sin costuras, no sé nunca quién encontró realmente el boleto más grande —llamado también, en la época de Sophie, seta señorial— ni dóndecuándo.
Ilsebill lo encontró a la orilla de un calvero, mientras yo, apartado, sobre un lecho de agujas de pino, encontraba apiñados, un buen plato de níscalos. (Fritos con mantequilla, saben a carne.) Vale la pena ir a buscar setas. Desde luego, se pierde tiempo —con cuánta frecuencia Sophie y yo, llamándonos, nos perdimos el uno al otro— pero algunos años, no todos, de los que así se pierden, se encuentran luego otra vez, mientras existan los bosques. Eso no quería creérmelo mi Ilsebill. Ella piensa que cada seta que encuentra es la primera y la última. Nunca ha habido antes otras comparables. Nunca habrá otro boleto que se alce así, sobre ese pie, tan lascivamente coronado y aislado sobre el suelo musgoso, y que —mientras la mano vacila aún— haga a alguien tan feliz, tan incomparablemente feliz.
Durante siete años, mientras más allá de los bosques se hacía la revolución y se celebraba la guillotina como progreso humano, fuimos a coger setas y tuvimos una Idea hermosa. Nos echábamos entre los parasoles. Desarraigado, el falo impúdico nos perseguía con su cabeza de un verde brillante. En círculos mágicos se alzaban las bolas de nieve. Todavía no sabíamos de lo que era capaz la seta matamoscas, aparte de resplandecer muy roja. Sophie se ponía por sombrero un mojardón de forma de embudo, cuyo pie apuntaba al cielo y parecía la picha de mi padre cuando, con los pantalones abiertos, subía la escalera para buscar a mi madre y engendrarme a mí, su hijo Fritz.
Mucho después, cuando Ilsebill posaba para mí bajo el mojardón y yo, con lápiz blando, hacía un retrato en el que Sophie miraba severa, ella no parecía ya una niña. Lo sabía ya todo. No había ya curiosidad. Por eso nunca permitió tampoco al gobernador Rapp, por muy imperiosamente que él lo quisiera, enterrar en ella su falo impúdico. Sophie permaneció cerrada.
Naturalmente, nunca nos perdíamos de verdad. Graznaba un grajo, nos mostraba el camino. Las hormigas nos guiaban. Por veredas, con helechos que nos llegaban al pecho, entre hayas de tronco liso, bajábamos hasta encontrar el arroyuelo Radauna, que corría hacia Zuckau, donde la abuela de Sophie se sentaba bajo el porche y leía en la gaceta a Romeike, el inspector del dominio, las últimas noticias sobre el curso de la revolución: las aterradoras palabras «matanzas de septiembre». Luego, la cocinera de la servidumbre Amanda Woyke examinaba nuestro botín, seta por seta, y hablaba de los boletos que, en las épocas de hambre, cuando todavía no había patatas, había encontrado en los bosques de Zuckau.
Max, que iba con nosotros a coger setas, emigró más tarde a América. Gottlieb Kutschorra, que procedía de Viereck, se casó con Lovise, la prima de Sophie, que también iba con nosotros a coger setas. Se hizo trabajador forestal y ella cuidaba de la caseta del guardabosque de Oliva. Como Anna, la madre de Sophie, después de que Danzig se hizo prusiano, se casó en la ciudad. Sophie Rotzoll, que se llamaba así por su padrastro, un oficial cervecero, veía a diario al estudiante Friedrich Bartholdy, que hacía sus últimos preparativos en casa de su padre, en la calle de los Bolseros.
Cuando el estudiante Bartholdy, con algunos marineros, almadieros y estibadores y un caporal de la antigua guardia cívica que, el Jueves Santo de 1793, intentó, con fuego de fusilería desordenado, impedir la toma de la ciudad por los prusianos, fundó cuatro años más tarde un círculo jacobino y, siguiendo el ejemplo francés, quiso proclamar la Revolución y, con ella, la República de Danzig, Sophie Rotzoll que, después de la muerte del cervecero, vendía con su madre acedías, eperlanos y lampreas en la puerta de los Buhoneros, tenía catorce años y estaba enamorada de la causa revolucionaria, por estarlo también del estudiante de diecisiete. Conocía desde la infancia a Fritz, cuya madre apremiaba a la familia Bartholdy a hacer excursiones campestres. Fritz y Sophie habían ayudado a los niños de Zuckau a recolectar frambuesas, habían cogido cangrejos de río en el Radauna, habían ayudado a recolectar patatas y, en el otoño, habían ido a coger setas.
Para Sophie, Fritz era la Libertad anunciada, la voz de la Libertad, quizá la Libertad misma: en figura pecosa, desgalichada. Aunque el joven tartamudeaba desesperadamente en la mesa familiar, leía sin dificultades en el pequeño círculo proclamas revolucionarias y citaba sin tropiezos a Danton o a Marat. La presencia de Sophie facilitaba su discurso.
Para Fritz y su banda, ella cosía escarapelas de cinta tricolor. Para el círculo jacobino había robado, en el viejo arsenal de la Puerta de las Carabelas, cuatro pistolas. Por su Fritz, Sophie hubiera hecho más, todo. Sin embargo, por suerte, cuando el 17 de abril de 1797 fue desarticulada la conspiración de la calle de los Bolseros, era un día corriente de mercado; Sophie estaba vendiendo eperlanos.
Los Bartholdy padres no sobrevivieron mucho tiempo a la condena de su único hijo. El comerciante, privado de su ciudadanía, se marchó a Hamburgo, donde, al parecer, su mujer y él murieron poco después del cólera. Fritz Bartholdy, el caporal, cuatro marineros, tres estibadores y dos almadieros polacos fueron condenados a muerte por conspiración revolucionaria; sin embargo, sólo al caporal y a los dos balseros se les aplicó la condena. A Fritz y los otros, como el pastor Blech, diácono de Santa María, pidió en las más altas instancias que se les atenuara la pena, se les conmutó por cadena perpetua. Los marineros y estibadores murieron en cautividad o reventaron como carne de cañón, porque, durante el asedio napoleónico de la fortaleza de Graudenz, fueron situados en los puestos más avanzados. Fritz Bartholdy, sin embargo, como recluso en la fortaleza, vivió la derrota de Prusia, que le hizo concebir esperanzas, la ascensión y caída de Napoleón, que él, como patriota, sufrió y celebró, el Congreso de Viena y las resoluciones de Carlsbad, que confirmaron su prisión perpetua, y finalmente, después de treinta y ocho años de presidio, su propia liberación, porque Sophie no había dejado nunca de enviar peticiones de gracia a los sucesivos gobiernos.
Fue un hombre huraño el que volvió a casa con zuecos. Traía una tos fea. El tartamudeo lo había conservado. Fritz Bartholdy no se entusiamaba ya por nada, salvo por el estofado y la lombarda. Sin embargo, como vivió todavía sus buenos diez años y, con la cocina de la vieja señorita Rotzoll, recuperó las fuerzas, se los veía a menudo, en cuanto otoñaba, salir con cestos del Foso de Arena donde vivían en una choza, al pie de la montaña del Obispo, a coger setas. Los niños del Barrio del Suburbio les gritaban pareados burlones a aquella mujer de las setas y a su gnomo del bosque. (Era extraño, si no sospechoso, que los dos viejos recogieran, además de las variedades comestibles, las inútiles setas matamoscas.)
Aunque durante mucho tiempo me he negado a ser Friedrich Bartholdy, el Fritz de Sophie, todavía me veo más allá de Schidlitz, donde en aquella época había aún bosques, viejo y acabado, yendo a coger setas porque Sophie lo quiere. El tiempo no había pasado bajo las hayas, en el bosque mezclado, sobre los suelos musgosos o de agujas de pino. Los níscalos y rebozuelos seguían siendo los mismos. Y también el boleto comestible seguía alzándose incomparable, como si la hermosa Idea subsistiese intacta.
Nunca, ni siquiera en el bosque, le hablé a Sophie de mis años en la fortaleza, por mucho que se renovasen sus preguntas. Ella buscaba algo en mí, que yo debí de ser cuando, de jóvenes, íbamos a coger setas y jugábamos a perdernos. Sophie seguía creyendo. Para ella, el boleto comestible era aún la Idea. En esto la ayudaba, cuando quería acordarse de la Libertad, vivir la Libertad, la amanita matamoscas; esta seta, por lo demás inútil, suele crecer donde los boletos crecen.
A Sophie Rotzoll, que en el proceso contra los conspiradores jacobinos de la calle de los Bolseros fue absuelta, le gustaba cantar. Eso pudo inclinarla luego a la revolución, con la que llegaron muchas canciones nuevas. Incluso cuando Fritz Bartholdy estaba en la fortaleza, siguió siendo fiel a la Revolución y sus canciones, que pronto se convirtieron en cancioncillas. Desde 1801, como cocinera, llevaba la casa del pastor Blech, que no sólo predicaba en Santa María, sino que era también profesor de Historia en el Liceo Real. Allí había dado clase al estudiante Bartholdy y, con ejemplos históricos, había hecho que se entusiasmara por la República y las virtudes de la Razón.
Al principio, aunque en clave de Viejo Testamento, el pastor Blech se había pronunciado en favor de la Revolución. Pero cuando la reina María Antonieta fue guillotinada, los ideales de Libertad e Igualdad perdieron un defensor, en principio ilustrado. Sin embargo, y porque últimamente veía en el cónsul Napoleón la fuerza de orden, toleraba las arrebatadoras cancioncillas de Sophie. Le dio a la damisela algunas lecciones de francés, lo que reforzó la expresividad de su canto. Sin embargo, Sophie cantaba casi siempre en el dialecto portuario que, por mor de la rima, estilizaba y enriquecía con las ventajas de la educación pastoral.
Sophie estuvo a la altura de su tiempo. También ella cantó al salvador de la Revolución, haciendo rimar en sus canciones principescas canalladas con barricadas, república con colgados en la plaza pública, Egalité con fricassé (de setas), cañones victoriosos con frutos de otoño olorosos y (naturalmente) Napoleón, el último héroe, con Revolución. A su Fritz, que languidecía en la fortaleza, le enviaba morcilla de hígado de vaca, hecha según su propia receta, y pan de especias en el que, además de un ingrediente especial, metía sus hojitas de aliento, sus rimadas canciones de barricada. A la luz mortecina, el prisionero leía:
«En otoño, con setas, haré para ti una sopa
y Napoleón te sacará de ese agujero con su tropa.
Los níscalos se cortan de un solo tajo,
también las cabezas de príncipes se vienen abajo.
Como flanes tiemblan las reales jetas,
muy pronto, mi Fritz, iremos a coger setas.
En mi sueño un boleto aislado se ve:
la libertad llega. Vive la Liberté!»
Y cuando Fritz se había comido el pan de especias de Sophie, volvía a creer un poco y apenas sentía ya, en su calabozo, la fría humedad.
Entretanto Sophie iba sola a los bosques y no tenía miedo. También en el bosque cantaba y hacía versos con lo que llenaba su cesto. A pesar de ser corta de vista, siempre encontraba. O bien los paxilos enrollados, boletos subtomentosos, boletos anillados y amplios apagavelas le salían al encuentro.
Y, lo mismo que cuando recolectaba setas, la cocinera del pastor Blech cantaba también al revolver, amasar o batir claras, al fregar platos o mientras metía sangre cuajada o hígado de ternera picado en trozos de intestino, para hacer embutido. Algunos de sus platos, que aparecían en la mesa pastoral, recibieron nombres de victorias napoleónicas: repollo con menudillos de ganso a la Marengo. Sin embargo, cuando Sophie llamó a su ragú de ternera con puré de patata y revuelto de setas con el nombre del doble desastre de las batallas de Jena y Auerstedt, el diácono Blech dijo: «Mi querida niña. Aunque pueda parecer que es sólo el rey quien ha perdido esas batallas, los desastres de la guerra nos alcanzarán muy pronto a justos y pecadores. Stettin ha capitulado ya. Aquí se ha empezado a mejorar las fortificaciones de los baluartes. Después de una fugaz estancia en nuestra amenazada ciudad, la familia real se ha dado otra vez a la fuga para fijar su sede en la lejana Königsberg. Y ya están reforzando nuestra guarnición. Ayer llegaron dos regimientos de campaña y dos batallones de granaderos. Para mañana se esperan fusileros. Hasta están anunciados cosacos. No puedes imaginarte, hija, lo que eso quiere decir. Después de todos los asedios de nuestra ciudad, en los que se distinguieron los Caballeros Teutónicos, los brandeburgueses, los husitas, el rey de Polonia Batory, los rusos y los sajones y, una y otra vez, polacos y suecos, ahora nos esperan los franceses con su arte de sitiar ciudades. No es el momento de canturrear cancioncillas sansculóticas a la Libertad ni de ejercitar un impertinente ingenio culinario».
Entonces el pastor Blech, que fui yo en mi tempotránsito napoleónico, comenzó a escribir su crónica que, ulteriormente, en dos tomos y con el título de Historia de los siete años de sufrimiento de Danzig, encontró una acogida con división de opiniones. Blech no perdonaba a los ciudadanos colaboracionistas. (Sin embargo, sobre el doble papel de Sophie sólo quise hacer insinuaciones.) En cualquier caso, ella no cantó más en la cocina, en la escalera ni en el jardincillo parroquial, sobre el rizado perejil. Sombríamente muda, hacía el trabajo de la casa como si nada. Todos los días había sopas de pan y de cerveza con albóndigas de harina, aunque en los bosques hubiese abundantes setas de los caballeros y armilarias color de miel, y se pudiese confiar también en encontrar los últimos boletos comestibles. Nada de búsquedas de la felicidad. Sólo las malas noticias alegraban ocasionalmente a Sophie: a mediados de noviembre se evacuaron los suburbios. Se comenzó a demoler el asentamiento de Neugarten. La iglesia de Santa Bárbara se convirtió en almacén de heno y luego en hospital de urgencia. En el país cachubo hacían ya estragos los insurgentes polacos. Es verdad que los éxitos del Año Nuevo, especialmente la victoria de Preussisch-Eylau, trajeron nuevas esperanzas, por lo que, a mediados de febrero, se cantó en Santa María un solemne tedéum, pero entonces cayó Dirschau y, el 7 de marzo, Praust.
Dos días más tarde, los franceses bajo el mariscal Lefèvre, los polacos bajo el príncipe Radziwill y los badenses mandados por el príncipe heredero estaban firmemente establecidos en Sankt Albrecht y en Wonneberg, Ohra y Wotzlaff, en torno a la ciudad. Sólo hacia la depresión del Vístula estaba aún abierto el cerco, por la lengua de tierra, de forma que pudo pasar el recientemente nombrado comandante de la guarnición, conde Kalckreuth. Por fin llegaron los boquiabiertamente contemplados cosacos.
Pero no sirvió de nada. La lengua de tierra se cerró, el cerco se hizo cada vez más estrecho. Los rusos perdieron la península. Una corbeta inglesa con municiones de reserva se perdió también. Luego, por primera vez, después de un bombardeo de muchas horas y de importantes pérdidas por ambas partes, se reunieron parlamentarios en la puerta de Oliva. Es verdad que la capitulación del 24 de marzo permitió la honrosa retirada de la guarnición, pero los ciudadanos tuvieron que dar alojamiento de nuevo: el mariscal Lefèvre entró en la ciudad con los regimientos franceses, las tropas sajonas y badenses y los ulanos del norte de Polonia. Hubo que evacuar total o parcialmente viviendas. También en la casa parroquial comenzó a faltar sitio. Sin embargo, Sophie volvió a cantar en la cocina, en la escalera y en el jardincillo, porque pensaba que la Libertad se había acantonado.
Y cuando en junio el general, luego cónsul, ahora emperador Napoleón Bonaparte, con su sombrero sin galones, entró a caballo por la Puerta Alta, revistó, trotando, en el Mercado Largo, a sus tropas victoriosas, se instaló luego en el Jardín Largo del palacio de Allmond, requisado para él, y allí, al día siguiente, fulminó con veinte millones de francos de contribución a los comerciantes y consejeros convocados para rendirle homenaje, Sophie, con alguna otra doncella cocinera, fue designada para el servicio de los huéspedes.
Así fue cómo vio al Emperador (como un boleto comestible que se alzase aislado). Él sólo daba órdenes sucintas. Sus gestos barrían de la mesa objetos imaginarios. Siempre tenía que crear los hechos. Era divertido ver cómo trataba a los pequeños comerciantes. Su conocimiento de las finanzas de la ciudad era inmenso. Su mirada se dirigía a todos, es decir, también a Sophie. Y cuando ella le sirvió a él, que comía de pie bocaditos de salmón del Vístula ahumado, hizo una reverencia ante aquel hombre inquieto y le pidió gracia para su encarcelado Fritz; tras una breve orden del Emperador, fue apartada por su ayudante, el general Rapp.
Rapp, que acababa de ser nombrado gobernador de la República de Danzig, prometió a Sophie una rápida revisión del caso. Ejercitó con ella su humor alsaciano, se divirtió con las respuestas portuarias de ella y le ofreció que dirigiera su cocina, la del gobernador: de esa forma, sin muchas dificultades, podría ayudar a su Fritz.
A partir de entonces, Sophie no cocinó más para el pastor Blech, sino únicamente para Rapp (que, por otro lado, fui yo también) y para los huéspedes de Rapp. Y como a Rapp le encantaban las setas, ella, cuando brotaban los rebozuelos estivales y, luego, los otoñales boletos bayos, apiñadas setas de los caballeros y boletos comestibles aislados, iba a coger setas sólo para Rapp. Sin embargo, entre las hayas o sobre los suelos de coníferas, en donde encontraba cuescos de lobo y níscalos, Sophie seguía pensando única y efusivamente en mí, en su Fritz.
Nuestro amor, Ilsebill, todas las cosas que nos musitamos con voz velada, escondimos en cartas, gritamos desde lo alto de torres o por teléfono, dominando el ruido del mar y más suavemente incluso de lo pensado; nuestro amor, que vallamos en forma tan segura, que habíamos guardado tan secretamente en una sombrerera con fruslerías, que era tan visible como un botón que falta, que estaba grabado en cada corteza de árbol con nombres distintos, él, nuestro amor, que ayer era todavía tangible, objeto usual, pegamento para todo, palabra clave, inscripción de lavabo, parpadeante película muda, una oración de la noche pronunciada temblando en camisón, la tecla mecánica para escuchar cada vez la dulzura de nuestra canción favorita; él, que andaba descalzo sobre la hierba trémula; él, que fue encajado como un ladrillo (desmoronado apenas) en la pared en ruinas; él, que se perdió al limpiar la casa y, cuando buscábamos otra cosa, apareció entre las justificaciones habituales, disfrazado de sacapuntas; él, nuestro amor, que no quería cesar nunca no existe ya, Ilsebill. O sólo quiere ser posible con condiciones, quizá posible. O existe aún… pero en otra parte. O no existió jamás y, por eso, sería aún imaginable. O podemos ir otra vez, como fui con Sophie, a coger setas a lo profundo del bosque para buscarlo. (Sin embargo, cuando un boleto comestible se alzaba aislado e incomparable y era encontrado por ti o para ti, nunca era en mí en quien pensabas.)
Se ha escrito tanto sobre él. Dicen que hace daño. Que lo colorea todo de rosa. Lo único que no es, al parecer, es comprable. Donde falta, hay un agujero: estampado en forma de corazón. Nadie puede ponerlo en marcha ni detenerlo voluntariamente. Sólo aparece entero. Sin embargo, la fregona Agnes me quería a mí y también a mí. Y cuando la monja Rusch dejaba exhausto al predicador Hegge, era también en mí, al parecer, en quien pensaba. En cambio Ilsebill se reconoce en mi goticoflamígera Dorotea o me confunde con sus deseos. Sin embargo, Sophie, a la que amé como pastor Blech y como gobernador Rapp, me quiso siempre única e indivisiblemente a mí, a su Fritz que, como objeto apropiado, pasé toda mi vida preso en una fortaleza, apartado e imposible de gastar, mientras Sophie iba a coger setas para otros (primero para Blech, luego para Rapp) y seguía pensando en la Libertad, la hermosa Idea, cuando, anunciado o traicionado por la seta matamoscas, encontraba, solitario, un boleto comestible.
Sophie Rotzoll cocinó desde principios del verano de 1807 hasta el otoño de 1813 para el gobernador de la República de Danzig y sus numerosos invitados. (Entretanto, poco después de su abuela, murió su madre, se dijo que de pesar porque se difamaba a su hija llamándola concubina del gobernador.)
Y el diácono de Santa María, el pastor Blech, veía así a Jean Rapp, su rival en los favores de Sophie: «Este joven de unos treinta años, mimado de la fortuna, rápidamente ascendido, como su señor, desde una oscura clase media hasta un alto rango militar, adornado con el lujoso uniforme de general y de ayudante de campo y con varias condecoraciones, podía hacerse pasar con éxito —con su rostro lozano y su gesto nada inamistoso— por un genio bienhechor. Sin embargo, lo mismo que sus buenas cualidades no se asentaban en los firmes cimientos de la virtud, tampoco sus defectos se derivaban de una perversidad intrínseca de su naturaleza, sino que todos sus vicios y todas sus virtudes eran los propios de un débil de sangre caliente, juguete de las circunstancias y condiciones, de los humores, de las ocurrencias súbitas y de la pasión. De ahí su orgullo, fácilmente herido, y su creciente amor por la ostentación; de ahí esa tendencia a prestar oídos a cualquier miserable repartidor de gacetas y a adoptar, sin más, las decisiones más apresuradas, con gran mortificación de muchos inocentes; de ahí, a menudo, su desconsiderada burla ante las reclamaciones más justificadas; de ahí ese abandono que le impulsaba a hacer con frecuencia, por su honor, las más altas promesas, sin cumplir luego su palabra hacia el engañado; de ahí por fin su libertinaje, que no se recataba de mostrar ante todos con excesiva frecuencia…».
Y cuando pienso hoy en mí como Rapp, no puedo menos de estar de acuerdo conmigo como pastor Blech, que así pensaba de Rapp. De qué modo aquel hombre generoso y al mismo tiempo mezquino, a veces juguetonamente galante y a veces bestialmente lascivo, martirizó a la pobre Sophie durante años con sus promesas, siempre renovadas, sobre el encarcelado Fritz; con cuánta frecuencia su amor, en sí conmovedor, sí, torpe y refinado por la timidez, se transformó en insistencia brutal; y finalmente: con cuánta frecuencia su cínico abuso del poder que se le había conferido y su desprecio de la necesidad general de libertad lastimaron la creencia, todavía infantil, de Sophie en la hermosa Idea; de forma que, en el curso de la ocupación francesa, lo napoleónico le resultó sospechoso primero, repulsivo luego y odioso por último.
Y cuando, después de cinco años y medio, la Historia volvió atrás y el Gran Ejército fue dispersado en Rusia; cuando Rapp que, por orden del Emperador, había participado en la campaña, intentaba compensar con sus malos humores los daños que le habían causado las heladas, Sophie se había convertido ya en una enemiga que, cuando iba a coger setas, consideraba también, además de las especies comestibles, aquellas que podían tener consecuencias políticas.
En enero de 1813, las divisiones de Grandjean, Heudelet, Marchand y Cavaignac, acosadas por los cosacos, buscaron refugio tras los muros de la ciudad. La guarnición fue reforzada por legionarios polacos, westfalianos de la Liga del Rin, un regimiento de bávaros, tres regimientos de napolitanos y chasseurs y cuirassiers franceses. Y cuando los almacenes de la isla del Almacén estuvieron llenos de provisiones, los bastiones dotados de protección complementaria y el ejército sitiador rusoprusiano hubo cerrado por fin su cerco en torno a la ciudad, Sophie había ultimado también su plan; sin embargo, faltaban aún, a principios de marzo, las setas apropiadas.
Después de escaramuzas y expediciones de forraje diarias a Schidlitz y la Isla, después de la primera utilización de cohetes de Congreve, después de grandes incendios y epidemias, sólo a finales de agosto, cuando tras seis meses de hambre ininterrumpida las inundaciones de Santo Domingo rebasaron todos los límites porque las grandes lluvias habían hecho hincharse al Vístula, de forma que desde Schwetz hasta la punta de Montovia los diques se rompieron por siete sitios y la depresión del río, hasta los bastiones, fue cubierta por las aguas, todas las fortificaciones exteriores, el fuerte Napoleón y el fuerte Desaix, quedaron aislados y las empalizadas fueron arrastradas con los enseres domésticos por las callejas inundadas, pero se podía coger fácilmente peces con buitrón en grandes cantidades —y todos se hartaron milagrosamente—; así pues, cuando las inundaciones de Santo Domingo habían disuadido a sitiadores y sitiados de toda teoría militar y el cerco en torno a la ciudad se hizo permeable por agua para los campesinos fugitivos de la Isla, llegaron de nuevo a la ciudad hambrienta los productos alimenticios que se habían hecho raros, como la fruta, las legumbres, los huevos y la cuajada; desde principios de septiembre, Sophie confió en que le suministrarían las setas que había encargado: su odio se había condensado en una receta de cocina.
Sí, Ilsebill. Lo conocemos también. Cuando llevamos el amor con los forros por fuera. Cuando por fin nos hemos atravesado y, por lo tanto, desenmascarado. Cuando todo y también lo contrario de todo se concentra en un solo punto. Cuando —volviendo otra vez a los bosques— no buscamos la Idea hermosamente incomparable, sino su opuesta, que también tiene su belleza: disfrazado de seta, el Odio se alza sobre el suelo musgoso bajo las encinas; en el fondo es inconfundible.
Por lo demás, el rodaballo, cuando las inundaciones de Santo Domingo llegaron a la ciudad, al preguntarle Rapp advirtió, al parecer, al gobernador de aquella agonizante República de Danzig: «¡Hijo mío! Cuidado con la comida. No todos los rellenos de cabeza de ternera son igualmente digestivos».