De lo que no quiero acordarme
De la palabra de más, la grasa rancia, el tronco sin cabeza: Mestuina. Del camino de Einsiedeln y del regreso: de la piedra en el puño, en el bolsillo. De aquel viernes, 4 de marzo, de mi mano en la caja de huelgas los viernes. De flores de escarcha (las tuyas) y de mi aliento. De mí y de cómo corrí: huyendo de los cacharros, bajando por la Historia. De un Día del Padre reciente, el día de la Ascensión, claro que estaba yo allí. Del lavado de la vajilla hecha añicos, de la carne suplantada, de los suecos en Hela, de la luna sobre Zuckau, del tipo de detrás de la retama, del silencio, del sordo decir que sí. De la grasa y la piedra, de la carne y el puño, de tontas historias como ésta…
Cuando el rodaballo, un día prehistórico, después del acostumbrado rollo mitológico y para abrirme los ojos de una vez, me habló de la mujer del rey Minos y de cómo deseó con lujuria al toro blanco de su marido y, por eso, un tal Dédalo, de habilidad manual conocida, le cosió un disfraz de pieles de vaca, con el que ella se hizo montar con violencia —lo que, como se sabe, tuvo por consecuencia el Minotauro y otros mitos—, dijo como conclusión: no habría que considerarlo como un acontecimiento local meramente cretense. Se podría sacar provechosas lecciones para otros lugares. Aquello afectaba al continente entero. Al fin y al cabo, el rey así ultrajado había sido presentado por Zeus en persona (por cierto, en figura de toro) a la joven Europa. Por eso, el desliz de la reina Pasífae había contribuido a la caída de las mujeres cretenses. Se había impuesto el principio zeusiano, la simiente masculina, la idea pura. Porque el monstruo de cabeza de toro demostraba, de forma muy gráfica, la falta de disciplina del matriarcado. Lo mismo se podría demostrar, dijo el rodaballo, en las marismas del Este. No hacía falta que fuera un toro, podía ser también un anta blanco. Como si el azar lo quisiera: noche tras noche venía a bramar en los pantanos del Raduna un hermoso macho, como si estuviera harto de arándanos y brotes de sauce, como si no quisiera ya montar a un anta hembra normal, sino engendrar de una vez el mito del Este. Para animar a la Aya tritetuda, dijo el rodaballo, se podría hacer vergas de anta de barro del tamaño del brazo, cocerlas como si fueran cacharros, colocarlas vistosamente en círculo y dejar que obraran su efecto.
Así lo hice, con celo alfarero. A Aya y sus iguales les gustaron aquellas pichas cerámicas, que apuntaban rígidamente al cielo. Cuando hacía sol, arrojaban sombras erráticas. Ya se iba introduciendo, en forma de juego, un nuevo culto: las mujeres les lanzaban anillas hechas de mimbre. Pronto, guirnaldas de flores de las marismas adornaron las vergas. Saltar por encima con las piernas abiertas se convirtió en deporte femenino. (Qué vulgares eran sus gritos. Qué ordinarios, ya entonces, sus chistes. Cuánto les divirtió mi pequeña habilidad.)
Por eso el rodaballo me llamó el Dédalo báltico. Cosí, siguiendo sus consejos, un vestido de pieles de anta a la medida de Aya. Estofé, para Aya, mollejas de ternera de anta. Mientras tanto, como si trabajase para el rodaballo por contrata, el macho de blanco pelaje bramaba noche tras noche en los cercanos pantanos del Raduna.
Pero Aya no quiso. No tenía ninguna gana de forjar mitos. Con dar sus tres pechos le bastaba (y también a nosotros). Montó en una cólera neolítica cuando yo (apremiado por el rodaballo) intenté colarle el macho con palabras incitantes y seductoras. No, gritó, no, inventando así una palabra que hizo carrera. Hubo que destruir todas las pichas de anta cerámicas. (Razón por la que en nuestra región no ha quedado ningún símbolo fálico.) Y en castigo me ataron —teníamos ya animales domésticos— detrás de un anta hembra domesticada.
Durante todo un día de la edad de piedra intenté quedar bien. Sin embargo, no creo que lo consiguiera. No recuerdo haber engendrado ningún monstruo. Y no quiero recordar la vergüenza que siguió; pero tengo que hacerlo, porque escribo y tengo que escribirlo: Aya y sus mujeres convirtieron mi ignominiosa cabalgada del anta hembra en una fiesta anual bajo la luna de primavera. Ella y sus iguales se vestían (imitando mi arte sartorio) con pieles de anta hembra. Nosotros, los Edeks, teníamos que encasquetarnos las espatuladas cornamentas de los machos. Debíamos dar bramidos de celo que sonasen a auténticos. Las mujeres se nos ofrecían levantando sus colas de anta. Todo era de lo más bestial.
«¡Esos repugnantes ritos de la fertilidad!», gruñía el rodaballo. «¿No os da vergüenza? Esos apareamientos sin paternidad. De esa forma no conseguiréis nunca un parto de cabeza al estilo Zeus, un mito auténticamente masculino.»
Luego se hizo lenguas del refinamiento de la cultura minoica. Habló de palacios de múltiples estancias, escalinatas abiertas apropiadas para la dignidad real, conducciones de agua y baños de vapor y, ya puesto a ello, nos informó del nacimiento del joven Heracles. Como de pasada, lamentó que, recientemente, un maremoto (o la cólera de Poseidón) hubiera destruido la ciudad real de Cnosos —«¡El rey Minos, sin embargo, se salvó milagrosamente!»— y se deshizo en elogios de las estatuillas de bronce de un palmo con las que se comerciaba hasta en Egipto y el Asia Menor, y que representaban un hombre con cabeza de toro.
«¡Eso es lo que yo llamo una influencia duradera, hijo! Porque ya a comienzos del primer período palaciego el retoño de la reina Pasífae fue despachado en Cnosos por un tal Teseo. No sin la colaboración de Dédalo, el artista. No hace mucho te contaba la historia del ovillo de lana y de su trágica continuación. ¿Cómo se llamaba la pobre chica? ¿La que se quedó tirada en una isla? Lo he olvidado. Pero los bronces minoicos y las encantadoras terracotas con el mismo motivo: ésos marcan un estilo, son un ejemplo.»
Y me regaló una figurilla de arcilla, del tamaño del dedo meñique, que, lo mismo que sus otros regalos, había transportado indemne a través de los mares en su bolsa branquial. El monigote de cabeza de toro: una pieza más de mi creciente colección artística, que conservaba escondida en una madriguera de tejón abandonada (hasta que me la robó mi amigo Lud y la metió no sé dónde). Entonces el rodaballo me convenció para que hiciera figurillas de significado mítico comparable, me atreviera a un fraude piadoso y disimulara mi vergüenza ante la Historia.
Eso fue lo que hice. Modelé siete o nueve hombrecillos de un palmo, con cabeza de anta y ancha cornamenta, los cocí en secreto y los enterré cerca del suburbio de Schidlitz, donde, en el siglo XX, unas excavaciones más bien fortuitas condujeron a hallazgos neolíticos. Por desgracia, los arqueólogos (dos profesores de instituto aficionados) no fueron debidamente cuidadosos. Todas las cornamentas, que se habían caído, quedaron sepultadas, y nunca fueron tomadas en consideración en la Historia del Arte. De ahí las falsas interpretaciones. Se habló de hombres porcinos neolíticos. En los cuadernos de Folklore de la Prusia occidental se supuso que, en época sorprendentemente temprana, se habían domesticado cerdos en las tierras bajas de la desembocadura del Vístula. Los expertos discutieron sobre el carácter único de los fragmentos en la región báltica, porque yo, siguiendo el consejo del rodaballo, había modelado las figurillas huecas en torno al dedo medio de mi mano izquierda, imitando el modelo minoico.
Sin embargo, mis terracotas no transmitieron ningún mito. Sus consecuencias sólo fueron unas discutidas notas de pie de página y una tesis doctoral que, en 1936, defendió la teoría nacionalista de que mis «hombres cerdo» eran testigos paleoslavos de una raza inferior, degenerada y despreciable.
Sin embargo, Aya se dejó montar más tarde (esto el rodaballo no lo sabe) por un anta macho. Al claro de luna. Sin el disfraz que yo le cosí. Con los tres pechos al aire. Ella se le ofreció de rodillas. Movió en círculos su gordo trasero, que relucía. Él se acercaba ya, juguetón. Era un macho joven, de pelaje blanco. No le entró con violencia, sino más bien de una forma tímidamente experimental. Su ancha cornamenta, que reflejaba la luz de la luna. Sus pezuñas sobre los hombros de ella. Al principio sólo cariñosamente: le mordisqueó la nuca. Luego todo se adaptó, nada fue imposible, sucedió de forma natural y no duró mucho. Yo lo vi, escondido entre los juncos. Oí a Aya gritar como nunca la había oído. Quise conservar también la imagen de ella, con sus tres pechos colgando sobre los arándanos. Me olvidé sin embargo, lo cubrí con escombros de mi memoria (otras historias) y no quise acordarme porque cuando, después del plazo acostumbrado, no nació un dios de ancha cornamenta sino una niña, ésta se parecía a Aya, pero mostraba vestigios de cuatro pechos —las tetas del anta hembra—, por lo que inmediatamente fue muerta con un hacha de mano.
«¡No!», dijo Aya golpeando. «Eso es ir demasiado lejos. No exageremos. Tres bastan. Seguramente, la muy puñetera me plantearía luego problemas. Nada de cosas contra natura. No hay que dar pábulo a las murmuraciones.»
Y también al anta macho de blanco pelaje lo hizo cazar y tostar. Nos comimos su carne joven en un asado crujiente con guarnición de arándanos machacados, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, por fin: yo estaba sexualmente educado y empecé a buscar una palabra para padre.
Eso ocurrió, siguiendo la cronología del rodaballo, poco después del comienzo de la expedición de los argonautas y dos años antes de que los Siete se alzasen contra Tebas. Sin embargo, entre nosotros, las mujeres siguieron siendo las más fuertes. Daba igual que se llamasen Aya o Vigga o, más tarde, Mestuina: impedían todo viaje o empresa fabulosa. Sobrevivían sin señas particulares y, cuando intentábamos hacer Historia, historias, oponían su naturaleza femenina. La cólera dejaba paso al silencio. Sólo podíamos andar de puntillas. La injusticia brillaba por su presencia. Vencía el humor dominante. Tiranizados por su indulgente perdón, seguimos siendo domésticos. (Después de haberme escapado, por teléfono, intento hacer las paces. «Sí, sí», dice Ilsebill. «De acuerdo. Quieres volver. Puedes ser padre si eres bueno. Vamos a olvidarlo. Duerme ocho horas de un tirón. Luego, ya veremos.»)
De lo que no tengo la culpa: sequías, heladas, lluvias persistentes, epizootias, hambres en las que sólo se disponía de sémola de esteba, siempre demasiado escasa. Con lo que quisiera desviar la atención: perfeccioné la obtención del carbón, inventé el ladrillo báltico. Lo que durante mucho tiempo me fue indecible, pero el rodaballo dijo: tienes que. De lo que no quiero acordarme: de cómo me marché con los godos hacia el sur, río arriba, y Vigga, que tenía atada muy corto a nuestra tribu, se quedó con sus cacharros.
Mi primera salida. (Conducta escapista de los hombres, corriente todavía hoy: ir un momento a la esquina a comprar cigarrillos y no volver nunca, evaporarse para siempre.)
La salida en mayo. En otros sitios corría el año 211. Todo empezaba a moverse. Inquietud germánica. Los primeros borceguíes para andar. Marcomanos, hérulos y nuestros godos, sedientos de distancias por naturaleza, se largaron, invadieron otras regiones, hicieron Historia. Y también yo me harté de ser sólo el carbonero de Vigga, condenado además últimamente al trabajo agrícola, a arrancar nabos. Igual que aquellos comehierros pelirrojos, a cuyo dios Wotan me había enseñado a adorar secretamente el rodaballo, quería sentarme virilmente en círculo para dar mi consejo, golpear mi escudo cuando estuviera de acuerdo, bajar la lanza para disentir; quería ser (voluntariamente) un hombre: consultado, con voto, con derechos, con hijos que me sucedieran, libre de las faenas domésticas, hambriento de horizontes. Quería marcharme, dejar aquellas pequeñeces. Quería vivir sólo arriesgadamente, arrostrar el peligro, descubrirme a mí mismo, ponerme a prueba, realizarme. Libre por fin del cordón umbilical, quería saber qué era honor-victoria-fracaso.
«Lárgate», dijo Vigga. Se sentaba —giganta sedente— bajo el techado de mimbre tejido y hacía, con huevas y lechecillas de arenque mezcladas con harina de avena, unas albóndigas muy prácticas, que hervía en caldo de pescado. «¡Lárgate!» Dijo que me podía reemplazar como carbonero y también en mis otras funciones. Hacía rodar las albóndigas sobre sus muslos angulosos, duros como tablas: dos albóndigas a la vez, en sentidos opuestos. Lo mismo que Ilsebill me dice «¡haz lo que te dé la gana!», Vigga me dijo, sin desprecio siquiera: «Lárgate».
Pero no fui muy lejos: tres días de viaje río arriba. Ya allí donde después, mucho después, la pequeña ciudad de Dirschau, con su puente ferroviario sobre el Vístula, tuvo, al parecer, importancia estratégica, yo tenía ampollas en los pies, me daban miedo los ásperos godos, miraba de reojo hacia casa y maldecía al rodaballo que me había aconsejado poner pies en polvorosa. (Además, mi amigo Ludguerio me trataba como si yo fuera un mozo de cuadra: con suficiencia, groseramente.)
A menudo lloraba mientras me refrescaba los pies en el río. Sin hogar, me daba pena a mí mismo. Entre aquellos comehierros no pintaba nada. A sus asambleas no nos permitían asistir a los pomorscos. Tenía que cepillar sus caballos, limpiar con ceniza sus cortas espadas, desenredar las greñas de sus mujeres, soportar sus despóticos caprichos de hidromiel. Y cuando habían masticado setas matamoscas se volvían homicidamente agresivos y nos vapuleaban, a falta de unos enemigos todavía ausentes. Una vez, mientras deliberaban bajo un roble solitario, oí cuándo y cómo nos sacrificarían a mí y a otros compañeros de viaje pomorscos a su dios herrero Thor: empalados en lanzas.
Y cuando, allí donde más tarde estaría Graudenz (la fortaleza), en la orilla oriental, me dio una coz un caballo, me corté en el pulgar con una espada, me insultaron las mujeres godescas llamándome «renacuajo pomorsco» y un godo siempre borracho o atontado por la seta matamoscas, con tan pocos dientes que tenía que premasticarle la cecina, me dio por el culo, en pleno día y detrás de una mata de retama en flor (operación en la que no se molestó siquiera en quitarse el casco de colmillos de jabalí), me escapé, volví a casa, cojeé lloriqueando y oí cómo yo, el río y los búhos gritábamos sólo «Vigga»; cada vez más desesperadamente: «¡Vigga!».
Así fue como me harté de la Historia. Podían hacer Roma pedazos si querían, pero que no contasen conmigo; las albóndigas de huevas y lechecillas de arenque de Vigga me importaban más. Con mucho gusto, no pedía otra cosa, sería de nuevo su carbonero y cuidaría de sus mocosos, algunos de los cuales eran claramente míos. Me daba igual que el rodaballo me llamase pichafloja, volví todo lleno de excusas: no lo haría más, aprendería la lección, lo lamentaba de veras, esperaba un justo castigo para enmendarme, y en adelante, amante del hogar…
Sin embargo, Vigga no me riñó. Ojalá me hubiese reñido, castigado, enviado a buscar nabos con la azada. Su venganza fue larga y no un breve estallido, aunque, ante mis públicas autocríticas, dijera cada vez —lo mismo que Ilsebill el otro día por teléfono—: «Corramos un tupido velo. Eso es agua pasada».
Porque, ante el clan reunido —todavía no éramos una tribu— tuve que acusarme: la fabricación de carbón pomorsca me había aburrido de manera imperdonable. Yo me había complacido traicioneramente en ridiculizar la sedentaridad pomorsca ante los godos. En los intercambios, había dado demasiado barato el carbón de leña pomorsco a los armeros godos. Para sustituir a la prohibida y erradicada hierba de los sueños, había adquirido, seducido por mi amigo, el vicio de la seta matamoscas. Y había revelado a aquel Ludguerio secretos pomorscos (la elaboración de la cuajada).
Luego tuve que abjurar públicamente de mi irreflexivo instinto nómada. Luego tuve que jurar al consejo femenino del clan que nunca más querría vencer o morir, hacer Historia. Luego tuve que renunciar a algo que yo, pomposamente, había llamado derecho paterno. Luego tuve que contar cuántas ampollas me habían salido en los pies al comenzar la migración bárbara, por qué tenían el pelo enmarañado las mujeres godescas, en honor de quién iban a ensartarnos en lanzas a mí y a los otros pomorscos, cómo mi rodilla izquierda había quedado rígida para siempre por la coz del semental del joven Ludguerio, y hasta tuve que dar la vuelta al corro enseñando la cicatriz de mi pulgar derecho. (Al renunciar públicamente a la muscarina, veneno de setas, sólo conseguí popularizar también entre nosotros la amanita matamoscas.)
Únicamente callé-reprimí-olvidé lo que el rumiante tipo godesco que nunca se quitaba el casco de colmillos de jabalí hizo conmigo por detrás y escondido entre la retama en flor. La vergüenza. El agujero en la historia. El bocadillo de historieta en blanco. De lo que no quiero acordarme: de cómo me manoseó, masticó, lamió, untó de grasa rancia y, luego, con su vástago de viejo, me desgarró profundamente…
Sin embargo, Vigga lo sabía. Cuando me escapé, me había hecho seguir por dos rápidas muchachas que, cuando volví cojeando, se lo cascaron todo, con toda clase de detalles. Sin duda por eso me decía luego con frecuencia, cuando yacía junto a ella, dentro de ella, abrazado y apiernado: «¿Qué? ¿No es mejor así? ¿No es mucho mejor?».
Ilsebill estará pronto en el segundo mes. Sólo importa su tiempo, que la hace severa. Yo (su carbonero) permanezco a su lado o me escapo escaleras abajo por los siglos hasta que el rodaballo, como si todavía me hablase, me alcanza: «Contra eso no puedes nada, hijo mío. Es su naturaleza, que es más fuerte y tiene siempre razón. Con tu paternidad no vas a ninguna parte. Eso es algo que siempre tienen ganado las mujeres. Y tu Ilsebill lo sabe muy bien».
Entonces me aconseja que compre más papel. Por escrito, me dice, todo parece normal. Sólo lo escrito tiene una antinaturaleza igualmente fuerte. La mayoría de las veces vence el derecho escrito. Y lo que —por vergüenza— no se quiere recordar nunca, nunca jamás, sólo está prácticamente olvidado cuando se escribe. «¡El hombre sólo sobrevive en la palabra escrita!», dice, queriendo que lo citen.
Está bien. Reconozco haber traicionado a Mestuina, a mi Mestuina. Sin embargo, ocurrió de una forma más ambigua de lo que una frasecilla así sugiere. Yo era para ella (y para la tribu) pastor principal y, alternativamente, aquel obispo Adalberto que había venido para convertirnos a los paganos. Así, surtía su cocina y, en mi calidad de asceta, despreciaba sus comidas. Fui yo quien robó el cucharón de hierro colado de la choza de pertrechos de la escolta bohemia; y fue a mí, el obispo luego canonizado, a quien golpeó Mestuina con el cucharón de hierro. Si no recuerdo mal, fui demasiado cobarde para rajar a aquel pelmazo de misionero con mi cuchilla de tundir, aunque Mestuina me pidió repetidas veces esa prueba de amor. Sin embargo, también como obispo, irremediablemente sediento de sufrir, me dejé asesinar sin defenderme, porque ya de monaguillo mi deseo, a menudo confesado, había sido conquistar la palma del martirio y que me canonizaran.
El pastor-el obispo: por primera vez tempotransité doblemente, estuve escindido y, sin embargo, fui un pastor de ovejas totalmente pagano y un fanático totalmente cristiano. Las cosas no fueron ya nunca tan claras como bajo la tutela de Aya o a la sombra de Vigga. Sólo con Dorotea y con Amanda Woyke, la cocinera de la servidumbre, que no permitía ninguna ambigüedad, pude emplearme a fondo, unido a mí mismo: indiviso y durante toda una vida. Porque el tiempo con Billy no cuenta. Y para María no soy nadie.
Quizá mi Ilsebill actual pueda afirmarme otra vez, centrarme, darme un solo sentido. Ella dice: «Hay que ser consecuentes. Un niño tiene que saber quién es su padre. La ficción no pinta aquí nada. Por favor, ¡basta de escapatorias!».
En cualquier caso, estaba ya muerto como obispo cuando, oliendo a oveja, entré en la tienda principal de los bohemios y denuncié a Mestuina a aquellos señores.
¿Por qué, realmente? Todo estaba tan bien disimulado. Después del asesinato, que salió muy bien en la choza de Mestuina, en su lecho de hojas, sin ruido salvo un suspirín de nada, ella y yo arrojamos al rápido Raduna a aquel fiambre rígido, más tarde canonizado, llamado Adalberto (¡o sea, a mí!). Muy lejos, en un banco de arena de la ramificada desembocadura del Vístula, donde los pruzzos, vecinos hostiles, hacían con frecuencia sus correrías, las aguas echaron a tierra el cadáver hinchado del piadoso varón, y fue encontrado por los mercenarios polacos que buscaban al obispo desde hacía ya cinco días. El cucharón de hierro colado lo había enterrado yo astutamente. La suposición de que los paganos pruzzos habían dado muerte a Adalberto era verosímil. Ya iba de camino un correo para informar al rey de Polonia. Como fecha se dio el 12 de abril del 997. Históricamente todo estaba grabado: un santo más.
¡Y yo, imbécil de mí, tuve que confesar la verdad! El rodaballo me aconsejó que tirase de la manta. «No puedes callarte, hijo. Por mucho que quieras a tu Mestuina, tienes que sacrificarla. Por primera vez, vosotros, los pomorscos, vagos inconscientes y sin un solo hecho que justifique vuestra existencia, habéis pasado realmente a la acción, habéis entrado en la Historia gracias al asesinato político, habéis marcado una fecha al estilo clásico —qué ambigüedad más expresiva: fue asesinado en un Viernes Santo— y ya queréis refugiaros otra vez en el estado de inocencia neolítica. Dejáis que se lleven la gloria los pruzzos, ese pueblo bárbaro de salteadores. Cobardemente eludís la confesión viril. Vete a ellos y diles muy alto: pues sí, señores cristianos. Fue uno de nosotros. Mestuina, nuestra reina. Él la deseaba y la codició carnalmente. Ella lo ha matado para que nuestro pueblo cobre conciencia de su misión histórica. Podéis canonizar a Adalberto, pero nosotros, los de la tribu de Mestuina, seguiremos siendo virilmente indómitos. No queremos la cruz. Nuestra diosa se llama Aya. Es pariente de Deméter, Frigga, Cibeles y Semele. Esas sí que son diosas. Todas anteriores a vuestra bonita Madre de Dios. En suma: ¡tenemos ya una religión!»
Con la firmeza que me había aconsejado el rodaballo, pero sin latiguillos verbales, hablé al prelado bohemio y los caballeros polacos. No recuerdo haber pedido permiso a Mestuina para hacer aquella confesión históricamente trascendente. Es posible que me lo hubiese dado con magnanimidad. Sin embargo, es más probable que se hubiera reído de mí llamándome cretino, que me hubiese pegado si intentaba contradecirla y que, para hacerme inofensivo, me hubiese confinado a playas lejanas, bajo vigilancia, dedicándome a la busca del ámbar.
Fui a ver a los señores bohemios secretamente. Me oyeron imperturbables, y sólo levantaron acta de las blasfemias de Mestuina contra el dios crucificado e igualmente de la parte de mi confesión en que la denunciaba como sacerdotisa de Aya todavía en activo. A ello, dije, se debía su afición a la bebida. A ello se debía su vicio de masticar setas matamoscas crudas y secas. En fin de cuentas, había asesinado a Adalberto borracha o drogada con muscarina.
Al día siguiente, los señores bohemios, bajo la presidencia del prelado Ludevico, condenaron a Mestuina a perecer por la espada. Ordenaron que fuéramos obligatoriamente bautizados sin demora, pero siguieron afirmando (insensibles a mi confesión): Adalberto había sido asesinado por los paganos pruzzos. El asesinato del obispo por una mujer hubiera dificultado y probablemente impedido su canonización. Hubiera ido en contra de la bula de canonización papal, según la cual nadie puede convertirse en mártir por mano de mujer. Al fin y al cabo, la escolta bohemia del obispo sabía que Adalberto había tratado de ahogar en Mestuina, varias veces por semana, su deseo carnal. Los caballeros polacos, a hurtadillas, hacían chistes sobre los penetrantes métodos evangelizadores del piadoso bohemio. Si en las actas de canonización se hubiera filtrado la más mínima insinuación sobre los placeres del lecho de hojas, inmediatamente hubiera habido un santo menos.
Ante el tribunal feminista, el rodaballo justificó su mal consejo con charlatanería neoescolástica. «Todo ocurrió, distinguidas señoras, en la línea de la dialéctica hegeliana. También yo lamento profundamente que, en aquella época, se negase a la mujer el derecho a fabricar mártires. Ellos se decían: desde un punto de vista subjetivo, una tal Mestuina puede haber abierto ferrocoladamente el cráneo del obispo Adalberto, pero objetivamente, desde el punto de vista histórico, tienen que haber sido hombres, esos pruzzos paganos. Y por eso, lógicamente y en contradicción sólo aparente con los hechos, se atribuye a los pruzzos en todas las fuentes históricas el mérito de haber hecho Historia de la Iglesia.»
Se supuso que había ocurrido cerca de Tolkmit. Con un remo de madera, que más tarde se convirtió en reliquia. Qué risa.
¿Y ahora qué, rodaballo? Todo está ya sobre el papel: el bramido encelado de antas falsos o auténticos, lo que hizo conmigo tras la retama el tío del casco de colmillos de jabalí, la forma en que canté de plano ante los señores de la clerigalla. ¿Me he justificado ya? ¿He aligerado mis culpas? ¿Y las otras vergüenzas? Paquetes bien atados que están pidiendo ser abiertos. Porque, cuando nos bautizaron cristianamente a la fuerza, nuestros pecados sólo aumentaron. Y yo le dije a Ilsebill: «Con aquella Dorotea que, en la época goticoflamígera lo mismo que tú actualmente, padecía jaquecas, me arrodillé a menudo sobre guisantes para hacer penitencia».
Ahí viene, con el vestido manchado de sangre. De lo que no quiero acordarme. Pero tengo que hacerlo.