Quien quiera cocinar como ella
Relleno, por ejemplo. Vivimos expectantes. El invierno no acaba de llegar. La niebla lo acerca todo demasiado y ya amenaza la Navidad en familia.
«Nuestra pelea», dice Ilsebill, «está en su punto y jugosa en los platos. Nos gusta… pero no sabemos qué es ni por qué».
Mi último intento de darle un sentido: un corazón de buey relleno de ciruelas pasas y en salsa de cerveza que me preparó a mí, el monje exclaustrado, la monja Rusch, sin preguntarme mis razones. Sin embargo, nuestros invitados —dos arquitectos, un cura— buscan a todo lo que hay un sentido más profundo.
Los ventrículos del corazón se prestan a ser rellenados y lo piden. Comprar el corazón de buey entero y abierto por un solo lado. Quitar la sangre coagulada, cortar los despojos tendinosos, hacer sitio, separar la capa de grasa. Nuestros huéspedes dejan hablar cortésmente sin interrumpirse.
«A las ciruelas pasas, remojadas en agua caliente», dice Ilsebill hablando como la monja Rusch, «no hay que quitarles el hueso»… ¿Y qué sentido tendría un sentido, suponiendo que lo tuviera?
Para rehogarlo utilizamos la grasa del corazón, en tacos. «Pero tiene que haberlo», dice comunicativo el cura, «aunque sea negativo, porque ¿cómo podríamos vivir al día, sin un sentido?».
El corazón de buey, relleno y atado con hilo blanco, se dora por todas partes a fuego vivo, y luego se riega con cerveza negra. («Teológicamente —señor cura— esto debería tener también un sentido.»)
Los arquitectos, siempre con su teoría pura de la Bauhaus. Dejarlo cocer una hora larga, nuez moscada y pimienta para terminar, pero menos de lo que consideraba con sentido la monja Rusch en su tempotránsito y el mío. Por eso la Navidad significa para nosotros dos días de fiesta pagados más. Sin un sentido, el cura se entrega alegremente a la desesperación. Y nata agria, que no se mezcla y forma pensativamente islotes. En aquellos tiempos, Ilsebill, cuando Vasco de Gama, en su búsqueda de Dios…
Quizá venga ahora con el anticiclón escandinavo el retrasado invierno y traiga un sentido. Con patatas cocidas, dice Ilsebill, y calentar antes los platos, porque la grasa del buey, como la del cordero, se coagula fácilmente.
Había una vez cuarenta y siete corderos que, entre ochocientas sesenta y tres ovejas y un número indeterminado de corderitos, pastaban en el Scharpau, una tierra baja y fértil que el que luego fue burgomaestre Eberhard Ferber administraba censualmente. Los corderos sólo conocían sus pastos hasta el llano horizonte, entre las patas de las ovejas madres. Masticando la hierba no se podía saber de quién era.
Hasta 1498, en que se descubrió la ruta marítima de la India y nació la que luego fue monja Rusch, el consejero Angermünde administraba el Scharpau y oprimía a los pescadores, campesinos y pastores; sin embargo, cuando, después de largas intrigas, se deshizo el compromiso entre Moritz Ferber y la hija del patricio Angermünde, a pesar de la comunidad de bienes pactada ya por escrito, los hermanos Ferber se convirtieron, respectivamente, en obispo de Ermland y burgomaestre de la ciudad de Danzig: los dos, empujados por el clero y deudores de la nobleza.
Las ovejas del Scharpau y los campesinos de la gleba no lo notaron mucho cuando los hermanos Ferber consiguieron echar a los Angermünde de la administración del Scharpau y de la estarosta de Dirschau. Esquilados y sacrificados, maltratados con censos y obligados a prestaciones personales, siguieron lo mismo. En 1521, las ovejas y los campesinos, sin embargo, no respiraron: los artesanos del Barrio Viejo y de la Orilla Derecha y también los oficios no agremiados de la Empalizada se alzaron contra Ferber y su camarilla clerical. En las iglesias se apagaron las velas. Las piedras volaron contra sacerdotes y dominicos. Las octavillas olían a tinta de imprenta. Canciones burlescas, en las que se comparaba a los pañeros y sastres con las ovejas de Ferber, saltaban por las callejas sobre rimas cojas, y su ritmo era subrayado a patadas en las asambleas gremiales. Además, el fanático Hegge predicaba ya contra toda la clerigalla.
Sin embargo, en el Scharpau, en Tiegenort, Kalte Herberge, Fischer Babke o dondequiera que se siguiera tratando a los campesinos peor que a las ovejas, los corderitos crecían tranquilos, porque no sospechaban la Pascua que se les avecinaba. Cuarenta y siete de ellos debían ser sacrificados y, para honrar al obispo de Ermland en la hacienda de la familia patricia Ferber, ser asados sobre recipientes llenos de brasas. La monja cocinera de la Orden de Santa Brígida había obtenido permiso del obispo de Ermland a fin de asar los cuarenta y siete pulmones y corazones de los corderos pascuales, con salsa agridulce, para el Viernes Santo.
A la gorda Greta no le había sido difícil convencer al paladar episcopal de que los interiores de aquellas inocentes criaturas apenas podían considerarse como carne, de que los bofes de los corderitos conservaban intacto el olor a tomillo de los prados del Scharpau, y de que a Nuestro Señor Jesucristo le gustaría que el corazón y los pulmones de los corderitos pascuales fueran elevados a la dignidad de manjar de Viernes Santo. La monja cocinera tenía la pretensión de interpretar libremente las reglas del ayuno y la abstinencia. Dijo: «Un korderitasí na kaíon pekao. Nunka la saltao ningún placé. No paré yamarse karne. Ni mucho menoh lo kay dentro». Greta la Gorda, después de preparar los pulmones enteros y los corazones partidos en dos de los cuarenta y siete corderitos en un gran caldero con anís y pimienta y luego, una vez fríos, hacerlos picadillo, dejó cocer en el caldo sobrante un saco de lentejas, sin permitir que se convirtieran en puré. Al picadillo de pulmón con vinagre, espesado con harina de alforfón, le añadió luego uvas pasas y ciruelas secas… Como siempre, cuando se trataba de su cocina, hacían falta granos de pimienta y uvas o ciruelas en gran cantidad.
Por lo demás, en aquella comida de Viernes Santo el burgomaestre Ferber se decidió a hacerse a la mar contra Dinamarca, con seis navíos de guerra. A su regreso victorioso, con ayuda de los hombres de mar generosamente recompensados, actuaría con dureza contra los gremios y contra todos los consejeros infectados de luteranismo. Pero de eso nada. En el otoño los buques volvieron sin botín. Hubo que sufragar los gastos de la guerra mediante nuevos impuestos. Eso trajo disturbios. Hasta los hombres de mar abandonaron a Ferber.
Sin embargo, la monja cocinera y más tarde abadesa Margareta Rusch guardó el recuerdo del plato de Viernes Santo inventado y, un año tras otro, les ponía a la mesa a sus monjas y novicias bofes agridulces de cordero con lentejas, como primer plato, sobre todo porque los pastores, campesinos y pescadores del Scharpau tenían que pagar desde 1529 un censo al convento de Santa Brígida, y suministrarle corderos pascuales y anguilas vivas en cestos.
La química las ha echado de los ríos. Los desagües jabonosos han moteado de rojo sus vientres blancos y sus aletas dorsales y caudales, y han dañado la mucosidad que las protege. Las recuerdan sólo las nasas que se ven, con marea baja, en las dos orillas del Elba. Las compramos caras, venidas de aguas extrañas: las anguilas congeladas de Escocia se deshielan aquí, reviviendo milagrosamente.
De eso sé mucho, Ilsebill: pinchadas en ramas, me golpeaban las espaldas. Aparecían en todos los cuadros. Se deslizaban, como yo, bajo las ubres de las vacas. Son tan viejas como el rodaballo.
«¿Por qué», dice Ilsebill, «no pueden ver y aprender los niños cómo matas y troceas a las anguilas, con tal de que no tenga yo que mirar?».
Comprar las anguilas vivas. «No, hijos, en realidad están muertas. En cada pedazo hay nervios. Por eso se retuercen. Y también la cabeza quiere seguir viviendo y por eso succiona con fuerza.»
Los niños saben ahora lo que comen. Emborrachados en vinagre, rebozados de harina, envuelvo los pedazos en hojas de salvia. Un vecino afiló ayer los cuchillos.
El arbusto de salvia crecía antes en un jardín, destruido entretanto por las excavadoras, cerca de la desembocadura del Stör, donde ahora se construye la presa con esclusas y un gran puente levadizo, para alterar el curso del río y aislarlo del Elba en las inundaciones de primavera.
Colocamos un trozo tras otro en aceite caliente y echamos un poco de sal. Siguen sobreviviendo. Por eso se retuercen en la sartén. Ahora el arbusto de salvia crece en nuestro jardín. Nuestro vecino, que nos ayudó a trasplantarlo, hacía la matanza en casa y sigue haciéndola los lunes, para el carnicero del pueblo: abona el arbusto con sangre de cerdo, murmurando conjuros en su dialecto de la costa.
A fuego moderado, los pedazos se asan en la salvia hasta que están bien crujientes: un primer plato al que puede seguir otro ligero. Esperemos que el arbusto de salvia pase el invierno.
Para quien quiera un consejo: no comprar anguilas gruesas y grasientas, sino delgadas. Un corte en cruz, inmediatamente detrás de la cabeza, para bloquear los nervios. No les quitamos la piel. Por lo demás, recomiendo cuidado con la bilis al destripar las anguilas: si se abre y derrama las hace amargas y nos deprime, de forma que, como el predicador Hegge, sentimos un pregusto o regusto de pecado y podredumbre.
¡Hegge! Sus sermones me dejaban mudo. Nada podía cerrarle a él la boca. Nada le resultaba más fácil que fabricar palabras. Sólo Greta la Gorda podía soltar retahílas de sílabas semejantes. Cuando él la sermoneaba: «¡Gelatina infernal! ¡Caldo de pecado!», ella se revolvía venenosamente: «¡Kagatintah! ¡Bizantinipollah!».
La gorda Greta y el descarnado Hegge: ella les daba nombres de ángel a sus codornices, becadas, chochas y palomas torcaces: Uriel, Ofaniel, Gabriel, Borbiel, Ariel; él tenía un nombre diabólico para cada pasión sensual: zalamero Estaufas, arremetedor Bies, podrido Haamíac, tetomaníaco Asmodeo, plateado Mammón, falo impúdico Belcebú. Y, lo mismo que la cocinera elevaba a un ganso salvaje relleno de ciruelas y salchichas de cerdo al rango de ángel Zedequiel, para el perilludo Hegge todo el placer de la mesa era sólo un relamerse los labios de Belial.
Ese Hegge, a quien la abadesa Rusch llamaba casi siempre el Cabronazo, introdujo en Danzig, ya al comienzo de la Reforma, toda la palabrería protestante del bizantinismo agremiado. Su padre, sastre, había venido del lago de Constanza. Sin embargo, su madre era al parecer del país: una de la Empalizada, salobre, viscosa, de boca torcida y escamas en el pelo. En Jacobo Hegge se mezclaban el oleaje parlanchín del Báltico con el chapoteo del lago suabo de Constanza. Consideraba pecado hasta chuparse el dedo y otros pequeños placeres. Los burgueses lo enviaron seis meses a Wittenberg. Querían ser buenos protestantes, desde luego, pero el fervor y hervor calvinista de Hegge les amargaba la vida. Los gremios pagaron el viaje.
En Wittenberg, al parecer, el Dr. Lutero le aconsejó que se limitara a hablar de la necesidad de los desterrados hijos de Eva de encontrar consuelo en la Biblia e hiciera cantar himnos a su congregación: «Dadnos, Señor, por Vuestra Gracia la Paz…».
Pero Hegge no quería renunciar a su fervor ni su hervor. De forma curiosa, en él pugnaban el monje dominico exclaustrado y su herencia paterna: la manía suaba de la pulcritud. Por muy encarecidamente que se le hubiera exhortado en Wittenberg a que dejara a los buenos burgueses algunas estampitas de colores y las tradicionales imágenes, él quiso por todas partes paredes desnudas. Es posible que volviera de ver al Dr. Lutero con algunos consejos prácticos, pero tan pronto como predicó de nuevo, en el cementerio de Santa Gertrudis, a una multitud creciente, comenzaron a escapársele improperios que hormigueaban como lombrices intestinales echadas por el culo, aunque Jacobo Hegge creyera que estaba enseñando la pura palabra de Dios. Menos mal que los tilos del cementerio arrojaban una sombra moderadora.
Así, poco después de su viaje, dijo desde el púlpito de la iglesia mayor de Santa María de Danzig algo que podía entender un pueblo con instintos homicidas: «Los monjes grises llevan un cordón a la cintura. ¡Sería mejor que lo llevasen al cuello!».
Unas palabras que podían ponerse en práctica: al día siguiente, varios dominicos colgaban de sus cordones. Y también se le escaparon al fervoroso Hegge otras palabras, por su fuerza como imágenes, aunque, en general, tronase contra toda clase de imágenes y representaciones: quería todas las iglesias limpias y blanqueadas. Y otra vez el pueblo lo tomó al pie de la letra, hizo una limpieza a fondo en Santa María, Santa Catalina y San Juan, destrozó cuadros, estatuas y tallas, arrinconó los altares y quiso ocuparse también de la iglesia de Santa Brígida, en el Barrio Viejo.
Ya habían sacado algunos jaboneros arrastrando, de la iglesia de Santa Brígida, a un San Nicolás de madera, para poner en obra literalmente la frase favorita de Hegge «¡a la picota con él!», e iban a colocar al policromado santo en la picota municipal, cuando entró en liza la abadesa Margareta con sus veintisiete monjas y novicias: cerraron contra ellos sin vacilar. San Nicolás se salvó. Hegge fue hecho prisionero y, entre la rechifla de su inconstante público, llevado por la fuerza al vecino convento de Santa Brígida.
Lo que sucedió allí aquella noche no lo sé. Seguramente lo corriente. Pero al día siguiente, sin embargo, fue castigado con arreglo a las leyes culinarias de Greta la Gorda. Con trescientos once pastelillos que, con su propia mano, había frito en grasa de cerdo, ella confeccionó un San Nicolás parecido al santo de madera, con glaseado de azúcar de colores, que el predicador tuvo que comer, masticar, remasticar y tragar, desde la aureola fina como una hostia hasta la peana de masa de pan negro. Por añadidura, las monjas hablan rellenado el San Nicolás de morcilla y salchichas de tripa picantes, de las que no debía quedar ni una sola.
Hegge mascó durante tres días. Para pasar la pimienta se ayudaba con agua. Rellenó los pastelillos de morcillas, a las que daban gusto las pasas, y acompañó con más pastelillos las salchichas con mejorana. Al principio, al parecer, repasaba la lista de todos los diablos, desde Achomaz hasta Zaroe, pero luego aquel esgrimista verbal se calló. Más tarde, según dicen, como estaba por dentro totalmente engrasado y pimentado, se cagó en los calzones. Se dijo que las salchichas y morcillas le salían por popa sin masticar. Después de aquello, al parecer, sólo conjuró al infierno moderadamente.
Cuando, al año siguiente el rey Segismundo de Polonia, con ocho mil hombres, ocupó la ciudad rebelde y ordenó la apertura de un proceso criminal, Jacobo Hegge, vestido de mujer, escapó. Al parecer, la abadesa Margareta Rusch le ayudó a huir. Se dijo que Hegge se había refugiado en Greifswald y vivía allí dedicado a la contemplación.
El pueblo, sin embargo —tanto católico como protestante—, prepara desde entonces el 6 de diciembre sannicolases —aunque más pequeños, mucho más pequeños, y sin relleno de salchichas— lo mismo que, en general, la cocina de la monja Rusch se difundió por todas partes, tanto en la ciudad como en el campo cachubo.
Quien quiera imitar hoy sus recetas, por ejemplo para zorzales, esos tordos de cabeza gris, deberá envolver los pajaritos con tocino cortado en lonchas finas, rellenar su vida interior con los diminutos higadillos y una buena cantidad de bayas de enebro, y preparar media docena a la parrilla sobre carbón de leña, pero no invitar a ningún ecologista. También a mí, el fugado monje franciscano, me daban pena los sabrosos pájaros cuando Greta la Gorda los rellenaba como aperitivo para el rey Batory, imitando entretanto el piar de las avecillas: por ejemplo, esa especie de balido de las becadas, que hace que a esos pájaros lacustres se los llame también cabras del cielo.
Quien, sin embargo, tenga invitados a los que les gusten las historias exageradas, que sofría menudillos de liebre —las patas, las cabezas partidas por la mitad, las costillitas, los bofes, el hígado— con tocino entreverado, como hacía Greta la Gorda; que deje cocer a fuego lento, por corto tiempo, un puñadito de pasas previamente remojadas, caliente todo con pimienta negra molida, rocíe sólo entonces lo agarrado a la sartén con vino tinto, y, después de un corto hervor, deje hacerse la liebre a la pimienta a fuego moderado durante una hora o más, si los invitados tardan en llegar; como ocurrió entonces, cuando el obispo de Leslau, que se dirigía a Oliva, se extravió por hayales no transitados, hasta que lo espantó una aparición de la que, luego, hablaba más bien complacido. Cabalgaba por el bosque canturreando, aunque interiormente rico en figuras, cuando desde un árbol hendido le profetizó una liebre, en un latín impecable pero con acento cachubo, que ese mismo día encontraría a otra liebre y, por cierto, llena de vino. «¡Salúdala de mi parte! ¡Por favor, salúdala de mi parte!», dijo la liebre versada en idiomas; deseo que el obispo de Leslau satisfizo, antes de que sus señorías, delante de la otra liebre humeante, discutieran la grave situación política.
Quien, sin embargo, quiera sorprender a sus invitados como Greta la Gorda al rey de Polonia Esteban Batory el 12 de diciembre de 1577, cuando le puso a la mesa una cabeza de cordero dentro de una cabeza de cerdo que, abierta, contenía la intrincada llave de la ciudad sitiada y, por fin, capitulante, debe deshuesar con un cuchillo corto una cabeza de cerdo y luego una cabeza de cordero, sin dañar la grasienta piel, rellenar la cabeza de cerdo, previamente taponada con mejorana verde, con la cabeza del cordero, que luego, bien cosida, debe dejar estupefactos a los invitados: cuando la cabeza de cordero de dentro de la cabeza de cerdo, después de asarse durante hora y media, salga del horno y sea cortada, los invitados deben decir obligatoriamente «¡ah!», porque lo que tienen delante brilla, rebosa, es extraño, hermoso, puro y maravilloso, y significa ambivalentemente suerte u otra cosa: por ejemplo, una cajita dorada en la que, muy doblado, hay un contrato de ahorro para la construcción o cualquier otra cosa que responda a los deseos más fervientes de mi Ilsebill.
Y quien siga queriendo cocinar como Greta la Gorda y tenga los mismos motivos que ella tenía cuando yo, su tempotransitorio compañero de lecho, no sentía ya ninguna gana ni quería compartir su carne, sino que, flojo de piernas, me preguntaba por el sentido de todo y me limitaba a dar rodeos, perezosos rodeos, debe ensayar esta receta.
Se cogen entre doce y diecisiete crestas de gallo, se sumergen en leche caliente hasta que se separe fácilmente la piel, se lavan con agua fría, con lo que su color rojo palidece y se vuelve sorprendentemente blanco, se les echan gotas de limón, como hacía Margret con jugo de pepino, se rebozan las crestas en huevo batido, se fríen brevemente por los dos lados y se sirven sobre rodajas de apio rehogadas en manteca a todos los hombrecitos que, como me ocurría a mí entonces, encuentran difícil mantenerse erguidos como un hombre o ser gallardamente viriles cuando hay motivos de sobra para bajar la cabeza. Porque no resultaba fácil vivir a la sombra de Greta: la cocinera no tenía una gran opinión de los flojuchos. Una y otra vez, la gorda Greta me ayudó a enderezar mi camino. Vale la pena seguir su receta.
Sin duda por eso veía yo cómo el público, mientras se juzgaba el caso Margareta Rusch ante el tribunal feminista, tomaba nota diligentemente de las recetas. Sólo la vocal Ulla Witzlaff, cuando se habló de los tripicallos y del picadillo de pulmón, advirtió riendo, riendo por todas partes como sólo sabía reír la gorda Greta, contra el abuso de la pimienta: prometía más ardor del que se podía dar, hubiera debido quedarse donde crecía, no subrayaba cualquier otro gusto sino que lo sofocaba, ponía nervioso y, especialmente a las mujeres, les hacia apresurarse excesivamente…
Ulla Witzlaff es organista de profesión y, como la monja Rusch, no puede estarse quieta. Procede de la isla de Rügen y conoce muchas historias insulares. Una de sus bisabuelas que, como mujer de pescador, iba remando desde una pequeña isla llamada Oehe hasta Schaprode, fue, al parecer, la que contó en su día al pintor Runge, en bajo alemán, el cuento del rodaballo parlante. También Ulla habla el dialecto de la costa. Aunque me parece delgada, podría desempeñar el papel de Greta la Gorda. «¡Ké largo se máechol tiempo!», dice; porque después de doce años de oficios protestantes, la santurronería dominical le repatea hasta los tubos del órgano. Está harta de los levitas negras de su parroquia, uno de ellos un perillán tan fanático como el propio Hegge.
El otro día, cuando, cansado de Ilsebill y de sus deseos que proliferan como cebollinos —se acercan las Navidades—, me di otra vez a la fuga y acompañé a Ulla Witzlaff a su servicio dominical en una iglesia neogótica, después de que Ulla había preludiado, cantado el kyrie de la liturgia y dado el tono a la raquítica concurrencia con el himno «Señor, abridme las puertas de vuestro corazón…», nos sentábamos en un banquito, arriba, en el coro, al lado del órgano. Hablábamos del rodaballo y de sus actividades en la época de la abadesa Margareta Rusch a media voz, porque, abajo, el Hegge actual había comenzado su sermón. Ulla tejía del derecho y del revés algo largo, mientras el fanático perillán soltaba, ante diecisiete viejecitas y dos doncellas adolescentes de temperamento pietista, su última revelación espiritual: «Iba yo hace poco, queridos feligreses, en un metro supercongestionado. Todo el mundo tropezaba y se empujaba. ¡Dios mío!, clamé desde el fondo de mi corazón, ¿dónde está tu amor? Y entonces, repentinamente, Jesús me habló…».
Momento en el que Ulla, inesperadamente, dijo: «Esa monja Rusch debió de utilizar en el convento un libro de himnos cuyo prólogo había escrito Lutero».
Yo asentí: «En 1525, Jacobo Hegge trajo de Wittenberg un volumen de la primera edición del libro de himnos de Klug y se lo regaló a Greta la Gorda. Posiblemente por consejo del rodaballo que estaba siempre al corriente de las novedades editoriales. Por eso la Rusch, todas las noches, cantaba con sus monjas: «Alegraos, amados christianos, y saltemos de xúbilo…».
Y Ulla dijo: «Posiblemente la monja Rusch, en Santa Brígida o en la capilla del convento, tendría un órgano, aunque fuera de un solo teclado». Entonces dejó caer la labor, se movió en el banquito, apretó unos botones aquí y movió unas palancas allá, sacó todos los registros y, con manos y pies, hizo rugir al órgano como está mandado. Sin cuidarse del predicador, que luchaba allí abajo, ni de su interminable parida, me hizo una demostración del libro de himnos de Klug y de su importancia en el siglo XVI, dejando oír, con su voz tonante y jubilosa —lo mismo que entonces la Rusch, bajo un velo de catolicismo— el latín traducido al tedesco por Lutero y las propias composiciones de éste. En primer lugar: «Con paz y xúbilo voy…». Luego: «En el camino de la vida…». Después: «La salvación nos ha venido…». Y por fin, con la vieja melodía, todas las estrofas de «Es nuestro Dios firme bastión…» hasta «Y la palabra se impondrá…».
Para entonces, el entusiasmo de Ulla había dejado la iglesia vacía, porque el actual Hegge y sus beatas no estaban preparados para aquella acometida. Después de un asustado amén y una bendición fugaz, el pastor y sus mujercitas de sombreros de flores se apresuraron a salir afuera, donde hacía un frío decembrino.
¡Oh, maravilla de las iglesias vacías! Durante una horita, la Witzlaff tocó el órgano y cantó sólo para mí. Con ejemplos musicales, me mostró claramente cómo la abadesa Rusch y sus monjas de Santa Brígida habían sido católicas conventuales por una parte y buenas protestantes por otra. De vez en cuando, me daba algunas lecciones elementales de liturgia e himnología.
Cuando el órgano, después de un «Ven Espíritu Santo…» final, exhaló el último suspiro, la organista me tomó en sus brazos. Sin embargo, cuando yo, eo loco, quise corresponder sobre el estrecho banco del coro, Ulla dijo, recordando quizá el camastro con calor de establo de la monja Rusch: «Ehpérahta luego. Tié kaber komodiá».
Como está escrito: fuimos una sola carne y nos reímos mucho del Hegge de entonces y del de ahora. Y después Ulla me invitó a lentejas de la víspera e historias de islas, por las que nadaba el rodaballo de los cuentos.