De cómo nos urbanizamos
En la época en que Mestuina, totalmente borracha pero con buen tino, se cargó al obispo Adalberto, poblaban la zona de la desembocadura del Vístula —además de nosotros, los antiguos pomorscos del asentamiento de la orilla izquierda, y de los pruzzos asentados al este del río— algunos restos de pueblos de paso: godos gepidizados, bastante revueltos en nuestro mismo caldo, y sajones inmigrados, escapados del celo evangelizador de los francos. Desde el sur se infiltraron poloneses eslavos. Y los varegos escandinavos nos chupaban la sangre a discreción. Construyeron por todas partes castillos para defenderse de las incursiones de los pruzzos, pero no pudieron impedir que éstos se establecieran al oeste de la depresión fluvial. Su jefe se llamaba Jagel. Una forma primitiva del lituano Jagello. Por eso, más tarde, cuando se fundó la ciudad, la colina se llamó Hagelsberg o montaña de Hagel.
Ya en tiempos de Mestuina algunos varegos se disfrazaron de pescadores pomorscos y asesinaron a Jagel en su cubil. Sin embargo, sólo cuando el duque polonés Boleslao Chrobri rechazó a los pruzzos hasta la orilla derecha del Vístula, la dominación de los varegos fue sustituida por la polonesa. Porque apenas había asesinado Mestuina a aquel Adalberto contratado por el Duque de Polonia como agitador, fuimos sometidos y seguimos estándolo.
Boleslao hizo llevar el cadáver milagroso a Gnesen, donde se venera hasta hoy. Nuestro país fue elevado al rango de provincia y llamado en antiguo eslavo, porque vivíamos a orillas del mar, Pomarzania-Pomerelia. A los pomorscos, el piadoso Boleslao nos llamaba, amistosa y condescendientemente, cachubos. Podíamos designar nuestros propios gobernadores, que pronto copiaron las formas de autoridad masculina aunque todos ellos descendían del regazo de Mestuina; sus hijas y las hijas de sus hijas siguieron transmitiendo el matriarcado, pero sólo de tapadillo.
El primero que fue conocido por su nombre fue nuestro príncipe tribal Sambor, que fundó el monasterio de Oliva y le concedió privilegios: franquicia aduanera y percepción de diezmos. Su hijo Subislao era un tipo debilucho que murió pronto. Entonces su tío, el primer Mestuino, se convirtió en príncipe de los cachubos de la Pomerelia. Todavía pudo hacer abadesa a su hija Damroka y fundar, bajo la férula de ésta, aquel convento de Zuckau en el que, exactamente seiscientos años después, Amanda Woyke se ocupaba de la cocina de la servidumbre del Estado prusiano, antes de que los daneses atacasen la Pomerelia y se quedasen en ella, durante diez años, hasta que Svantopolk, hijo de Mestuino, los mandó a casa y se proclamó duque de la Pomerelia, lo que no le hizo ninguna gracia al duque polonés Lesko. Los dos duques, al estilo masculino, entablaron una lucha a muerte en las proximidades de Gnesen, que ganó Svantopolk y le costó la vida a Lesko. Sin embargo, cuando el duque cachubo, ahora independiente, combatió sin éxito a los pruzzos —que seguían siendo paganos y no reconocían la frontera del Vístula—, cometió el mismo error que los polacos: también él llamó de Palestina a la Cachubia a los Caballeros Teutónicos, que se habían quedado sin trabajo al terminar las Cruzadas. Los Caballeros Teutónicos llegaron y acabaron con todo lo que era pruzzo. Por último, derrotaron también varias veces a Svantopolk. El primogénito de éste, Mestuino II, fue hecho prisionero. Puesto de nuevo en libertad, se alió con los duques de Brandeburgo contra su correinante hermano. Entonces los brandeburgueses se establecieron firmemente e hizo falta la ayuda polonesa para expulsarlos de la ciudad de Danzig, fundada por el gran Svantopolk en 1236 como Civitas Danzcik, junto a la fortaleza pomerelia, y sometida al fuero de Lübeck.
Mi Giotheschants, Gidanie, Gdancyk, Danczik, Dantzig, Danzig, Gdansk: disputada desde el principio. Nosotros, los pescadores y cesteros pomorscos, permanecimos bajo la protección de la fortaleza, en la vieja Empalizada, y seguimos comiendo sémola con pescado y pescado con papilla de sémola, mientras que los nuevos colonos, en su mayoría de la Baja Sajonia —que se llamaban Jordán Hovele, Juan Rapesilver, Enrique Pape, Luis Skriever, Conrado Slichting y cosas así— vivían como artesanos y comerciantes tras las murallas de la ciudad y comían salchichas de cerdo con pochas.
Los últimos duques de la Pomerelia —Mestuino no tuvo hijos— y el duque polonés Przemislao se pelearon con los margraves de Brandeburgo y con los despoteutónicos caballeros de la Orden, porque así lo quería ahora la Historia. Por añadidura, el gobernador polonés Bogussa sostuvo con los Swenzas cachubos una larga lucha, hasta que, el 14 de noviembre de 1308, la voraz Orden Teutónica se zampó la ciudad, se apoderó del castillo y la dominó desde allí. Es verdad que el polaco Vladislao reclamó a gritos su posesión pomerélica y, desde lejos, importunó al Emperador y al Papa, pero en la Paz de Kalisch (1343) tuvo que renunciar a la Pomerelia.
En aquella época, la que luego fue mi Dorotea tenía tres años y yo, que sería luego su Alberto, aunque púber, estaba aún agarrado al delantal de Damroka, mi madre pomorsca, que se había casado con alguien de la ciudad: mi padre, el espadero Conrado Slichting, que hizo también de mí un espadero: una profesión de mucho porvenir: la ciudad crecía rápidamente y había que defenderla con buenos mandobles.
Tuvieron que coincidir una orden de resistir a toda costa alemana, las alfombras de bombas británicas y el Segundo Ejército soviético, mandado por el mariscal Rokosovsky, para cambiar toda aquella actividad burguesa heredada de siglos, con más vidas que un gato, aquí acumulada tras fachadas ostentosas, allí pobre de solemnidad, por una conflagración inmensa, que duró semanas, y arrasar todo Danzig y sus angulosos Barrio Viejo, Bajo y Moderno, Orilla Derecha y Suburbio, como para siempre, salvo los muros de ladrillo recocido de todas sus iglesias principales y secundarias. En las fotos de archivo el aspecto es desolador. Las vistas aéreas permiten reconocer las etapas constructivas de la expansión de la ciudad en la Alta Edad Media. Sólo en la Puerta de Leege, alrededor de la iglesia de San Juan, entre el Mercado del Pescado y el Agua Rugiente, junto a Santa Catalina y en algunos sitios más quedó por casualidad algún escombro en pie. Sin embargo, ya en las fotos siguientes de la exposición conmemorativa del ayuntamiento de la Orilla Derecha se limpian ladrillos, se quitan cascotes de las escalinatas de la calle de Nuestra Señora, se apuntalan los restos de fachadas de la calle de los Tenderetes del Pan, y se andamia el muñón de la torre del ayuntamiento.
Y treinta años después del incendio total, un joven hablaba por un micrófono de pinza para el tercer programa de televisión de la Radiodifusión de la Alemania Septentrional sobre la destrucción del ochenta por ciento del centro de la ciudad; en calidad de conservador, el señor Chomicz está encargado de reconstruir el Danzig histórico como Gdansk polaco.
Yo había llegado por la mañana, desde el aeropuerto de Berlín-Schönefeld, con un avión de hélice de la Interflug, y había aterrizado en el nuevo aeródromo, donde sólo tres años antes los patatales cachubos de mi tía-abuela habían sido un negocio medianamente lucrativo. Lo que llevaba en el equipaje: lagunas en mi manuscrito, afirmaciones todavía no documentadas sobre mi vida anterior en la época de la goticoflamígera cocinera cuaresmal Dorotea de Montovia, anuncios pidiendo información en los que aparecía la fregona Agnes Kurbiella, con sus rizos, en medio de alegorías barrocas. Objeciones del rodaballo. Los deseos de mi Ilsebill. Y además una lista de preguntas, porque, al margen de la filmación para la televisión, quería ver a María, que sigue siendo cocinera en la cantina de los astilleros Lenin: «Dime, María. ¿Qué pasó en diciembre del 70? ¿Estaba allí tu Jan cuando treinta mil obreros cantaron la Internacional como protesta ante la sede del Partido? ¿Y dónde se encontraba exactamente tu Jan cuando la Milicia disparó contra los obreros? ¿Y dónde lo hirieron?».
Al comenzar el rodaje, todo se hizo chatamente actual. Las citas históricas —1813, incendio de la isla del Almacén— eran papeles para la basura. Habíamos instalado nuestras tres lámparas, la toma de sonido y la cámara en la reconstruida Sala del Tesoro del ayuntamiento de la Orilla Derecha. A pesar de toda su seguridad en los datos, el conservador municipal se sentía un poco incómodo entre las paredes revestidas de madera y los cuadros al óleo holandeses que representaban esta sentina de vicios. Detrás del conservador colgaba el cuadro semicircular y enmarcado, sobre un fondo de líneas rectas, del pintor municipal Anton Möller, El denario del César: Jesús y su personal neotestamentario aparecen, en posturas manieristas, donde en realidad la ancha construcción renacentista de la Puerta Verde (en gótico: Puerta de las Carabelas) debería separar el Mercado Largo de la orilla del Motlava. Hacia el ayuntamiento, el Mercado se estrecha en la calle Larga, ligeramente torcida, que lleva a la Puerta Alta. Möller pintó esa alegoría, de decorado urbano, inmediatamente después de su Juicio Final de 1602, año que, como el anterior, fue un año de peste. (Sin embargo, no hay sudarios en las ventanas. No hay carros cargados a tope que animen el segundo plano. Ningún médico que camine embozado, agitando una carraca. En ninguna parte queman paja. No hay amarillos de alarma que predominen.)
El conservador, evidentemente experimentado, miraba directamente a la cámara. Nunca escondía una u otra mano en el bolsillo. Con gesto sobrio, calificó la pintura de Möller de documento importante para la reconstrucción del centro de la ciudad devastada, comparable a los cuadros de Canaletto que tan útiles fueron para reconstruir el Barrio Viejo de Varsovia. Calificó de asombrosa la prueba, aportada por el cuadro, de que todavía a principios del siglo XVII casi todas las casas patricias del Mercado Largo tenían muros y frontispicios góticos, salvo la Corte de Arturo y la ancha vivienda burguesa, de estilo renacentista, situada frente al ayuntamiento.
El conservador estaba explicando sonriente por qué no se habían reconstruido las fachadas góticas, arquitectura anterior menos costosa, sino, sin reparar en gastos, las ornamentadas fachadas barrocas… cuando, a mitad de la frase, se apagaron nuestras tres lámparas. La instalación eléctrica del ayuntamiento de la Orilla Derecha reconstruido (según Möller) estaba sobrecargada. Se llamó al electricista de la casa, pero no vino. En cambio entró en la histórica sala, sin anunciarse y precediendo a su séquito, el príncipe consorte Felipe de Inglaterra. Al parecer, una regata o una carrera de caballos eran la razón de su semioficial estancia en el Gran Hotel de Zoppot. Evidentemente agotado por su programa turístico, el príncipe Felipe tuvo un sobresalto al ver la cámara. Nuestro técnico de sonido, llamado Klaus —«¡Venga, Klaus! ¡Aquí, Klaus!»—, lo tomó por el electricista tanto tiempo esperado, aunque el príncipe era inconfundible. Antes de que el error pudiera pasar a la Historia como anécdota, el príncipe y su séquito habían desaparecido.
Más tarde anoté en el Monopol: ¿Y si Copérnico hubiera subido la escalera o hubiese aparecido el viejo Schopenhauer, blanco como la nieve, y lo hubieran tomado por otro? La arbitrariedad de las escenas históricas. Al fin y al cabo, Pedro el Grande, Napoleón y Hitler estuvieron aquí. Hacia finales del siglo XIV, el príncipe inglés Enrique Derby, mucho antes de convertirse en personaje de Shakespeare, llegó con su séquito para participar en el cristiano deporte invernal de la caza de paganos en Lituania. Al marido de Dorotea, el espadero Alberto Slichting, le encargó una ballesta chapada en oro que nunca pagó. Una historia que tuvo sus consecuencias. Por todas partes facturas sin pagar.
Esperando al verdadero electricista —y porque el filmar para la televisión implica muchas pausas intemporales— me escurrí bajando por las escaleras de la Historia (sin dejar de discutir sobre la coexistencia con nuestro satélite polaco de la Interpress), hasta que, avanzado el siglo XVII, vi venir por el Mercado Largo a la fregona embarazada del senescente pintor municipal Möller.
Agnes Kurbiella ha comprado una gallina para caldo, sin desplumar. Caprichosamente es invierno, aunque rodábamos el documental para la televisión a finales de agosto, con buen tiempo, en plena estación turística. En enero de 1636 Agnes está en estado avanzado de embarazo, el rey Vladimiro VI ha fijado su residencia en la Puerta Verde, señalando así una fecha en la historia de la ciudad. Ahí está, departiendo con el diplomático y poeta de Silesia Martin Opitz von Boberfeld. El rey quiere que entre a su servicio como secretario e historiógrafo de la Corte. Están presentes también el almirante de la flota polaca —un escocés llamado Seton—, y patricios locales, de rostros obesos sobre gorgueras almidonadas. Después de la prórroga del armisticio con Suecia, Opitz debe negociar, en nombre del rey, la nueva tarifa de aduanas marítimas. El rey no oculta que el homenaje en versos yámbicos que Opitz le acaba de dedicar, como Príncipe de la Paz, lo predispone a la benevolencia. El patriciado garantiza al poeta, expulsado de Silesia, un lugar tranquilo para vivir. El almirante Seton, católico versado en letras, cuenta en una pausa de las negociaciones al protestante Opitz, entre divertido y preocupado, que el preceptor de sus hijos, un joven de confesión luterana que, como Opitz, es refugiado silesio, se encuentra enfermo, porque las celebraciones de los ciudadanos, aficionados a empinar el codo —había que mojar el acuerdo de prorrogar el armisticio con los comisionados de Oxenstierna—, han resultado demasiado para ese imberbe jovenzuelo, que ahora sólo escribe sonetos biliosos en los que lo califica todo de vanidad de vanidades. Esas poesías de circunstancias, dice el almirante, quizá interesen al señor Opitz, sobre todo porque el joven Gryphius no escribe en latín, sino en tedesco vulgar.
Sin embargo, Opitz, desmoralizado por la guerra constante, está demasiado distraído para pedir inmediatamente una copia de los sonetos. A través de las altas ventanas de la sala de la Puerta Verde, mira (desde la perspectiva del pintor municipal Möller, cuando pintó su denario del César) el invernal Mercado Largo, por el que la fregona Agnes Kurbiella, con su gallina para caldo sin desplumar en el cesto, sigue caminando pesadamente, en estado avanzado de embarazo, a través de la nieve convertida en lodazal; ahora pasa ante el ayuntamiento en el que, tres siglos y medio después, esperamos al electricista de la casa; ahora dobla para entrar en la calle de los Bolseros. Sus intenciones se llaman pechuga de gallina en salsa de perifollo, con gachas de avena. Pronto preparará también Agnes el régimen de Opitz: en el verano, poco antes de que se marche el restablecido Andreas Gryphius, el diplomático se alojará en casa del predicador Canassius, habiéndose comprometido entretanto a servir a polacos y a suecos: un agente doble.
Cuando por fin llegó el electricista y nuestras tres lámparas, alimentadas por una línea secundaria, volvieron a alumbrar al conservador de la ciudad y al denario del César de Anton Möller en el Mercado Largo, yo acababa de dejar el siglo XVII y su abigarramiento religioso para contemplar, al comienzo del XIV —exactamente: el 17 de mayo de 1308—, la ejecución de dieciséis caballeros pomerelios de la muy ramificada estirpe de los Swenzas, aunque sólo fuera porque todavía no está claro si los Caballeros Teutónicos decapitaron únicamente a dieciséis Swenzas como primera contribución a la historia de Danzig o degollaron a más de diez mil pomorscos de la ciudad. Todos ellos vivían entre la iglesia de Santa Catalina y el viejo castillo pomerelio, que poco después se convirtió en ciudadela de la Orden Teutónica. La parte pomerelia del asentamiento del Barrio Viejo seguía llamándose la Empalizada. Porque, cuando los dieciséis nobles o los diez mil pomorscos fueron ejecutados o degollados, todavía no había Orilla Derecha, aunque el plan de los Caballeros Teutónicos de fundar una nueva ciudad al sur del asentamiento pomerelio, sometida al fuero de Kulm, estaba ya trazado.
En cualquier caso, más de dieciséis condes pomerelocachubos y menos de diez mil habitantes cachubopomorscos de la Empalizada fueron ajusticiados o degollados. Aunque la Historia dice con exactitud que el 6 de febrero de 1296 fue asesinado en Rogasen Przemislao, rey de Polonia, las cifras de los asesinatos en masa son sólo estimaciones aproximadas; lo mismo que tampoco actualmente pude averiguar de los polacos locales, mediante preguntas indirectas (mientras hacíamos la película para la televisión), cuántos trabajadores de los astilleros Lenin de Gdansk y cuántos de los astilleros y el puerto de la vecina Gdynia fueron muertos a tiros cuando, a mediados de diciembre de 1970, la Milicia y el Ejército de la República Popular Polaca recibieron orden de disparar contra los obreros en huelga. Porque hubo disparos que dieron en el blanco. María perdió a su Jan que, en el momento de ser alcanzado, recitaba el Manifiesto Comunista por un megáfono. ¿Qué contradicciones ideológicas proporcionan entretenimiento dialéctico a quién (en el sentido de Marxengels), cuando, en un país comunista, el poder estatal ordena disparar contra los trabajadores que, en número de treinta mil, acaban de cantar la Internacional ante el edificio del Partido, como protesta proletaria?
Al parecer, en Gdansk hubo cinco o siete muertos ante la puerta del astillero, junto al bastión de Santiago, donde estaba antes la entrada; en Gdynia se silenció la cifra exacta: entre treinta y cuarenta muertos. No se dieron detalles. Se los llamó, calificándolos en general de lamentables, los sucesos de diciembre. Y también la Orden Teutónica pasó pronto a ocuparse de su orden del día. Desde el punto de vista de una política realista, los hechos hablaban a su favor: el Danzig pomerelio estaba aliado con los Swenzas y los brandeburgueses contra Lokietek, rey de Polonia. Por consejo de los dominicos, fieles al rey, el burgrave Bogussa había pedido ayuda al maestre provincial de los Caballeros Teutónicos Plotzke. La Orden envió un destacamento que se abrió paso hasta el castillo sitiado. Los Caballeros Teutónicos obligaron a marcharse a los brandeburgueses, echaron del castillo a los polacos, incluido Bogussa, exigieron la entrega de los Swenzas pomerelios y ordenaron, cuando éstos habían sido decapitados y se había realizado una matanza sin cuenta, el desmantelamiento de los baluartes, murallas y otras fortificaciones de la ciudad, y también, por último, la demolición de las indefensas chozas de barro y las escasas viviendas de paredes entramadas; el resto de la población se dispersó y, pocos años después, fue otra vez diezmado por el hambre que asoló toda Europa. Porque cuando, a partir de 1320, se trazaron perpendicularmente al Motlava las calles principales de la Orilla Derecha, la nueva ciudad —la calle de los Cerveceros, más tarde llamada de los Perros, la calle Larga, la calle de los Tenderetes del Pan, la calle del Espíritu Santo—, no sólo se establecieron allí los supervivientes del Barrio Viejo, sino también muchos colonos de la Baja Sajonia, empujados por el hambre; y también la Empalizada, fuera de la nueva Orilla Derecha, resurgió otra vez sobre las ruinas del viejo asentamiento pomorsco.
De los dieciséis Swenzas y los diez mil ciudadanos ferozmente asesinados nadie hablaba ya en voz alta, sobre todo cuando una comisión de investigación papal dio su bendición al informe del procurador de la Orden, como verdad definitiva. Al fin y al cabo, todos los implicados eran católicos. Y también la huelga y la sublevación de los trabajadores del puerto y de los astilleros en Gdansk, Gdynia, Elblag y Szczecin, y la orden de disparar dada a la Milicia y las unidades del Ejército Popular quedaron cubiertas por la fe comunista. En cualquier caso, el conservador de la ciudad pasó en total silencio los acontecimientos de diciembre de 1970, sobre todo porque la reconstrucción de la Orilla Derecha (de acuerdo con los planes urbanísticos de la Orden Teutónica) no se vio estorbada por los trabajadores de los astilleros en huelga.
Cuando nuestras lámparas volvieron a funcionar, el conservador dijo por su micrófono de pinza: en el Barrio Viejo se habían reconstruido las iglesias, como, recientemente, la de Santa Brígida. Sin embargo, dijo, la Orilla Derecha de Gdansk, en cuanto al trazado de sus calles principales, había sido resucitada como núcleo independiente dentro de los muros de la ciudad levantados desde 1343: entre el Foso septentrional del Barrio Viejo y el meridional del Barrio Nuevo, limitando al este con el Motlava, entre la Puerta de la Vaca y la de los Buhoneros, en tanto que la muralla reconstruida de la ciudad limitaba por el oeste la Orilla Derecha, a izquierda y derecha de la Puerta de la calle Larga.
El director de la Radiodifusión de la Alemania Septentrional enjaretó en su jerga televisiva: «El espich ante el cuadro de Möller, frito. Mañana a las nueve en clavo, iglesia de Santa Catalina, cimborrios, espich. Luego San Juan, calle de los Buhoneros, artistas de Wilna y la Biblia en verso…».
Yo me fui a localizar más exteriores y no me sentí seguro de si, en el año 1353, la casa de ladrillo del espadero Alberto Slichting fue construida en la calle de los Herreros, en el Barrio Viejo, o en la de los Forjadores de Anclas, en la Orilla Derecha. Dorotea de Montovia, hija del colono venido de la Baja Sajonia Guillermo Swarze, tenía, cuando empezó la construcción de esa vivienda goticoflamígera —pensándolo bien, debía de estar en el Barrio Viejo—, seis años de edad. (Me acuerdo mejor, Ilsebill, de las escaleras, el olor a cocina, los sudarios colgados de las ventanas y los fracasos personales que de los lugares.) Sea como fuere, construí mi vivienda de espadero después de que la peste bubónica, por primera vez, fue de puerta en puerta por todas las calles, con lo que, en medio de un encarecimiento general de la vida, el precio de los solares bajó. Nosotros seguimos viviendo en el Barrio Viejo, y el amable conservador, que sólo se ocupaba de reconstruir ortodoxamente la Orilla Derecha, no pudo ayudarme en la búsqueda de mi viejo solar.
A menudo yo pasaba por Montovia: de camino hacia Marienburgo, por la región comprendida entre el Nogat y el Vístula, recientemente (tras los años del hambre) cerrada por un dique. Mi padre, el espadero Conrado Slichting, que no se decidía a morirse y me tenía en un puño a mí, su hijo mayor, no sólo era proveedor de la sede de la Orden en Danzig, situada en la fortaleza pomerelia ya reconstruida; también el Gran Maestrazgo que, con sus edificios de ladrillo rojo, cada vez se extendía más por la orilla oriental del Nogat, hacía preferentemente sus encargos a los herreros y espaderos del Barrio Viejo, porque las incursiones de todos los inviernos por Samland y a través de los helados pantanos de Lituania terminaban siempre con grandes pérdidas.
Con puños de espada ricamente trabajados para los temidos mandobles, con vainas cinceladas y plateados talabartes pasaba yo por Montovia, el nuevo pueblo de la Isla. Allí vi cómo la pequeña Dorotea, la séptima de los nueve hijos del campesino Swarze, el día de la Candelaria del 53, se escaldó con agua hirviendo y, sin embargo (¡como por milagro!), conservó su delicada piel y su transparencia venosoazulada, mientras que su descuidada sirvienta se abrasaba los pies de una forma totalmente normal.
Desde entonces me prendé de la joven Dorotea. Cumplidos ya los treinta años y siendo aún joven maestro, yo hubiera debido fundar desde hacia tiempo un hogar, y además en la Orilla Derecha; pero no sólo estábamos bajo la vigilancia de los Caballeros Teutónicos, sino también bajo la férula de mi abuela, que exhortaba a su hija Damroka a permanecer en las proximidades de la Empalizada, el asentamiento primitivo siempre renovado: mi padre se había casado dentro de un clan pomorsco. A mí las mujeres siempre me han atado corto. Siempre he estado pegado a las faldas de alguna Ilsebill. Y cuando aquella Dorotea escaldada con agua hirviente y, sin embargo, ilesa me sorbió el seso, la cuerda que ella me dio no fue más larga.
Qué no veía yo en aquella niña delicada y como repujada en plata. Con todo, sus graciosas preguntitas —¿Me había enviado a ella Jesucristo Nuestro Señor? ¿Le traía algún mensaje de su dulce Jesús?— hubieran debido ponerme en guardia. Y el hecho de que la niña (que entretanto tenía diez años) me convenciera para que le diese como juguete un látigo de siete colas con puño de plata, incrustado de madreperla y trozos de ámbar en forma de lágrima (un encargo del abad de Marienwerder) me conmovió más que otra cosa; porque, ¿cómo podía sospechar que Dorotea se flagelaba por las noches, a través de su penitente camisa de crin, hasta hacer saltar la sangre? También sus primeros versos —«Ihesu-Christo guíe el mi braço, quel dolor con deleyte abraço»— los consideré simple palabrería de moda. Sólo cuando la joven de dieciséis años se casó conmigo, sin convertirse por ello en mi mujer, pude tocar, en posesión transitoria de una carne siempre indiferente, su espalda llena de cicatrices y sus heridas abiertas, supurantes.
En aquella época, el flagelo era algo así como el porro hoy. Especialmente la juventud goticoflamígera, entre la que yo no podía contarme ya, buscaba el cálido hedor de las hordas de flagelantes, el ritmo de sus golpes al compás de letanía, sus delirios de horror de los infiernos, sus éxtasis de grupo y sus iluminaciones colectivas.
Cuando Dorotea, en el 63, se convirtió en mi esposa y vino a la ciudad, los grandes solares de la Orilla Derecha estaban a menudo atestados de disciplinantes. Penitentes convulsivas, llegadas de Gnesen, yacían exhaustas en torno a las construcciones de ladrillo, cada día mayores, de Santa María y de San Juan, y también ante los hospitales del Espíritu Santo y el Corpus Christi. Cuando los Caballeros Teutónicos construyeron su Molino Grande junto al canal del Radauna, recientemente abierto, que rodeaba la Orilla Derecha, en los años que siguieron se produjeron frecuentes encuentros entre los trabajadores de la molienda y aquella molesta gente del látigo, acampada entre Santa Catalina y el Molino Grande, que cada vez contaba con más adeptos. Siempre que buscaba a mi Dorotea, la encontraba en el hospital del Corpus Christi, entre los leprosos, o con la pandilla de flagelantes, delante de Santa Catalina. ¡Los muy vagos! ¡Parásitos! Eran ellos y nadie más que ellos los que nos traían la peste.
El molino está ahí otra vez: interiormente dividido en oficinas, habitados por palomas sus tragaluces. El canal del Radauna es hoy sólo un arroyuelo maloliente; demasiadas charcas cachubas se han convertido en embalses.
Max había instalado la cámara frente al Molino Grande, detrás de la valla del solar en construcción de Santa Catalina. Allí estaban, listas para su instalación, las cuatro torrecillas secundarias y el cimborrio principal, de forma de cebolla. Todo ello costosamente recubierto de cobre y, como había sido preparado contra la contaminación atmosférica, vistosamente cubierto ya de cardenillo, porque los desembarcaderos de azufre del puerto no sólo dañan las nuevas fachadas reconstruidas de arenisca, sino que ennegrecen también las cubiertas de cobre de las torres de iglesia de nuevas cúpulas.
El director de la Radiodifusión de la Alemania Septentrional me hizo sentar (con mucha naturalidad) ante un montón de tablones de andamio. A una señal suya, la hormigonera se puso en marcha a una distancia de veinte pasos. La cámara se movió en panorámica desde el muñón de torre sin cúpula de la iglesia del Barrio Viejo hasta las torrecillas secundarias colocadas sobre tocones y el cimborrio principal cubierto de verdín. Entonces entré yo en cuadro y pronuncié las palabras finales del documental: dije que, en cuanto llegase la grúa, comenzaría la instalación. Con el Molino Grande de la Orden, Santa Catalina y la iglesia de Santa Brígida, situada detrás, se había reconstruido en el Barrio Viejo, junto al complejo cerrado de la Orilla Derecha, todo un conjunto arquitectónico del siglo XIV. Era una hazaña que merecía el máximo aplauso. Polonia no renegaba de su historia. Ahora había que hacer un llamamiento al espíritu hanseático de Lübeck, porque el famoso carillón de Santa Catalina, aunque pertenecía a esta iglesia, se encontraba en la de Santa María de esa ciudad. En el marco de la reconciliación germano-polaca, había que dar muestras de generosidad. Etcétera, etcétera.
Lo que no dije para la televisión: que, mirando por encima de la valla hacia el siglo XVI, allí, donde sólo quedan restos del patio del convento, junto a Santa Brígida, la abadesa Margareta Rusch, con sus correteantes monjitas, sobrevivió a las logomaquias de la Reforma consumiendo cada vez más pimienta; que, justo al lado, aunque un siglo más tarde, en la llamada Casa de los Predicadores, vivió Martin Opitz von Boberfeld, poeta e historiógrafo de la Corte, hasta que se lo llevó la peste; que aquí, fuera de los muros de la Orilla Derecha, los mozos del Molino Grande se solidarizaron con los rebeldes cerveceros, toneleros y otros camaradas de gremio contra el orden patricio, aunque la importación de cerveza de Wismar sólo perjudicaba a los cerveceros de la calle Jopen y de la de los Perros, empujándolos por ello a la insurrección.
En cualquier caso, en mayo de 1378 fueron ejecutados siete cabecillas de la sublevación de los artesanos, entre ellos un mozo de molino del Barrio Viejo; la huelga y la sublevación de los trabajadores de los astilleros en diciembre de 1970 no tuvo en cambio por consecuencia la detención del comité de huelga de los astilleros Lenin, sino la destitución de Gomulka y de otros altos cargos. Tampoco se llevó a cabo la proyectada elevación de precios de algunos alimentos de primera necesidad. La amenaza de los trabajadores de los astilleros de botar al agua el esqueleto de algunos grandes barcos y de volar quizá los astilleros llegó hasta Varsovia: el poder del Estado reconoció el poder de los trabajadores. Se transigió, se sustituyó a algunas personas y se anunció una vez más la «Nueva Línea». Sin embargo, si se piensa en los trabajadores muertos de Gdansk y Gdynia y en los cabecillas ejecutados de la rebelión medieval de los artesanos, las ventajas políticas, ahora como entonces, son muy escasas: el patriciado de Danzig dejó de importar cerveza de Wismar, pero no concedió a los gremios voz en la asamblea del consejo ni en el tribunal de los escabinos; y la autogestión de los consejos de trabajadores de los astilleros Lenin fue también una reivindicación no atendida. Desde 1378, en Danzig o Gdansk sólo ha cambiado una cosa: los patricios se llaman ahora de otra forma.
Hicimos aún algunas panorámicas hacia el Barrio Moderno y el astillero: torres, viviendas sociales, contaminación atmosférica, como en todas partes donde se progresa. Mientras Max y Klaus recogían sus maletas de lata y el resto de su impedimenta, yo busqué, en un portal secundario de la iglesia de Santa Catalina, las huellas de mi goticoflamígera Dorotea. Sólo las ortigas y el diente de león recordaban su cocina cuaresmal. Cuando ella traicionó la prevista sublevación de los gremios a los dominicos, le crucé el delgado rostro con mi pesada mano de espadero, aunque yo también había estado lleno de dudas y, por eso, no había participado en la rebelión.
Por lo demás, la traición de Dorotea fue inútil, porque los dominicos estaban en pugna con los patricios, ya que los concejales, con ayuda de unos rescriptos del fuero de Kulm, habían expropiado todos los bienes de los codiciosos monjes, convirtiéndolos en mendicantes.
Cuando nos sublevamos, hasta los Caballeros Teutónicos permanecieron quietos. El poder de los comerciantes patricios y la vinculación de la Orilla Derecha con la Liga Hanseática se habían vuelto peligrosos para ellos, por lo que la Orden, siguiendo el consejo del anciano Gran Maestre Kniprode, fundó al norte de la Orilla Derecha y del Barrio Viejo el Barrio Moderno —«juvenile oppidum»— con su propio fuero y —para indignación de la Orilla Derecha— con un segundo puerto y derechos de emporio.
Sin embargo, Dorotea no entendía nada de eso. Practicaba la piedad sin sentido político. Es cierto que, después de la muerte de mi madre Damroka, me hubiera agremiado con gusto en la Orilla Derecha, pero como los Caballeros Teutónicos me pagaban bien, construimos, en lugar de la vieja casa de paredes entramadas, una nueva en el triángulo dentellado que forman el Brabank, el Patio de los Cuberos y la Calera, allí donde el Radauna, canalizado, sigue a la Charca de las Carpas, aproximadamente entre la Empalizada y el castillo de la Orden, pero suficientemente cerca del emporio del Barrio Moderno: y por cierto con el costoso ladrillo que, incluso en la Orilla Derecha, sólo podían permitirse los grandes comerciantes patricios y algunos maestros toneleros y pañeros. Hasta que la Ordenanza Municipal de 1451 prohibió las construcciones de madera, los distintos barrios de Danzig, que competían entre sí, no eran, incluso en sus calles principales, más que aglomeraciones de barracas cubiertas de paja; los frecuentes incendios permitían su rápida reconstrucción. Además, todos los barrios de la ciudad situados a lo largo del Motlava siguieron siendo pantanosos e intransitables, y los pilares principales de la iglesia de San Juan, levantada sobre terrenos cenagosos (cerca de la Puerta de los Buhoneros que conduce al Bastión) siguen hundiéndose hasta hoy.
Cuando instalamos nuestra cámara entre las ruinas, el conservador municipal nos informó del costo del hormigonado de realce de los pilares que, a pesar de los daños del incendio, siguen soportando la bóveda: 800 000 zlotys cada uno. Gastos de sucesión. La Historia se paga. Yo estaba de pie junto a uno de esos soportes tan costosamente hundidos, entre fragmentos sin clasificar de fachadas y escalinatas. «Cámara. Docesiete. Spich: escombros de la iglesia de San Juan.»
Por indicación del conservador municipal, dos trabajadores de la construcción recogieron apresuradamente los huesos humanos que había por todas partes entre los cascotes. Resultaban, dijo, demasiado macabros para la televisión. Esos insertos podían inducir a falsas conclusiones. No se trataba de osamentas del Tercer Reich, procedentes de la última guerra, sino de huesos medievales, que no habían encontrado su último reposo bajo las reventadas losas. El interior de la iglesia, con su luz oblicua en la que bailaba el polvo, su espantado revolotear de palomas y las muecas de las rotas esculturas de sus muros, ofrecía suficiente ambiente. Por eso el director Andrzej Wajda, en su día, había rodado en la iglesia de San Juan escenas de su película Ceniza y diamantes. No obstante, en un documental, por favor, había que prescindir de los huesos.
A pesar de todo, no se podía excluir que también la osamenta de mi padre el espadero Conrado Slichting yaciese en un montón con los huesos de otros burgueses, ya entonces acomodados. Porque, testarudamente, el viejo se había comprado una sepultura en la Orilla Derecha. Quién reposa dónde: Opitz, muerto de la peste, fue a parar a la iglesia de Santa María, con su nombre, bajo una piedra arenisca. En la Santísima Trinidad, fieles y turistas pisan la losa que cubre los huesos pictoricomunicipales de Anton Möller. Tantos muertos. Nombres de señores del consejo que odiábamos cuando fuimos rebeldes: Pablo Tiergart, Pedro Czan, Gottschalk Nase, Pape, Godesknecht, Maczkow, Hildebrando Münzer… Tampoco sonaban mejor en nuestros oídos los Caballeros Teutónicos de mi tempotránsito goticoflamígero: Hinrich Dusemer, Ludwig von Wolkenburg, Walrabe von Scharfenberg… Y cuando, en diciembre del 70, las unidades de la Milicia y del Ejército abrieron fuego contra los obreros en Gdynia y Gdansk, el general responsable se llamaba Korczynski. Al parecer, la orden de disparar la dio un secretario del Partido llamado Kliszko. Stanislaw Kociolek, miembro del Politburó, llegó expresamente de Varsovia y se mostró partidario de actuar con mano dura. Por eso tuvo que ser luego destituido. Aunque el Partido Comunista de Bélgica protestó ante el Rey de los belgas, Kociolek, enviado a Bruselas, recibió el plácet como embajador. Al general Korczynski se le intentó convertir en agregado militar en Argel. Poco después se disparó un tiro en la sien. Sólo Kliszko no ocupó nuevos cargos. Los astilleros Lenin siguen llamándose astilleros Lenin. María, que perdió a su Jan, hizo que bautizaran a sus hijas con los nombres de Damroka y Mestuina. Y el párroco de Santa María, que hacia finales del siglo XVI quiso incoar un proceso por brujería a mi esposa Dorotea, fanática del látigo y la penitencia, se llamaba Cristián Roze. Pero Dorotea no estaba destinada a la hoguera.
Luego filmamos, muy cerca, el ambiente de los artistas de la Orilla Derecha. El dibujante Richard Strya, en su buhardilla-estudio, le enseñó a nuestra cámara grabados de muchas planchas, mientras hablaba, demasiado bajo, de Vilna, la ciudad que había perdido para fijar su hogar en Gdansk. Sus aguafuertes, puntasecas y aguatintas mezclan motivos de frontispicios y torres con flagelantes y penitentes medievales. Grupos que se retuercen en las tentaciones de la carne. Éxtasis en medio de bestias apocalípticas. Leprosos a los que, con la piel, se les cae la máscara. Despóticos caballeros de armaduras negras. Lo maravilloso en diagonal. Apariciones a media luz. Una boda bajo la bóveda de la peste. Y entre el gentío de las callejuelas y las masas prerrevolucionarias, siempre mi Dorotea, en harapos, envuelta en lenguas de serpiente, enloquecida por la fiebre, cabalgando desnuda sobre una espada, grabada en el plumaje del grifo mitológico, entrelazada en una celosía, abierta, vidriosa, colgada de hilos vibrantes, besando al rodaballo, emparedada por fin, separada de su cuerpo mortal, santa ya, en oración, espantosa.
Strya, al hablar, ocultaba más de lo que explicaba. Mientras los técnicos de cine pasaban el tiempo con cambios de escena, insertos e iluminaciones, nosotros remontamos el tiempo bebiendo sorbitos de agua. Strya y yo sabemos hacerlo. Sólo estamos presentes en forma tempotransitoria. Las fechas no pueden sujetarnos. No somos de hoy. En nuestro papel, todo ocurre casi siempre simultáneamente.
Mientras yo, en la calle de Nuestra Señora, me sentaba en la escalinata ante la casa de la Asociación de Escritores Polacos, bebía mi café con posos y, a la sombra de la iglesia de Santa María, esperaba a Dorotea, pasó María con su bolso de la compra. Pagué y me fui con ella. Sí, me dijo, seguía siendo cocinera de la cantina de los astilleros Lenin. Nos mezclamos con los turistas. Le hablé un poco de nuestra película para la televisión. María callaba. El carillón de la torre del ayuntamiento: un tema heroico. En los comercios de las escalinatas venden adornos de ámbar. María no quiso ningún collar, ningún colgante pulido. Atravesamos la Puerta de Nuestra Señora y nos detuvimos indecisos en el Puente Largo. Entre la Puerta del Espíritu Santo y la de la Grulla había atada una gabarra en la que vendían pescado frito. En mesas alargadas, se podía comer con los dedos, de platos de papel. Si se quería, se podía obtener por un pequeño suplemento un pegote de salsa de tomate búlgara estampado en el plato. Detrás del mostrador de venta, unas mujeres enharinadas daban vueltas, antes de freírlos, a pedazos de merluza, caballa y pequeños arenques del Báltico. El olor del Motlava era más fuerte que el de la fritanga. Encima, gaviotas. La barcaza transformada en restaurante estaba cubierta por una red de pescar agujereada. Los turistas, cansados de recorrer calles y buscar motivos, comían en silencio. María quiso merluza. Nos comimos sendas porciones. El aceite, ya utilizado, tenía un sabor previo. María se había cortado los tirabuzones. Vamos, cuéntame, María. Pero ella no quiso decir nada (ni siquiera en voz baja) sobre el levantamiento de los trabajadores de los astilleros. Aquello era agua pasada. Las palabras no podían devolverle la vida a Jan. Síseñor, el capitoste que vino de Varsovia se llamaba Kociolek. Después de la congelación de los precios y el aumento de los salarios, los hombres se habían calmado. Sólo cuando la cerveza escaseaba, como recientemente, protestaban. Las niñas estaban muy bien. Un padre muerto no estorba. Habían renovado la cantina de los astilleros. No, la comida no le podía gustar a nadie, pero llenaba. Qué quieres, a quién no se le quitan las ganas de reír.
Y como María se quedó entonces silenciosa, le hablé de Dorotea. Es posible que me escuchara.
Para el gusto gótico, era bella. Su firme voluntad derogaba las leyes de la Naturaleza. Lo que quería se producía, ocurría, sucedía. Podía andar descalza por el Vístula helado; en su tibio camastro, cuando yo, ardiente, me llegaba a ella, era un pedazo de carne congelada. Para nuestras nueve hijitas que, salvo una, murieron todas, apenas tuvo una mirada; a los leprosos del hospital del Corpus Christi les rascaba con fervor las costras. El que a mí me abrumasen las preocupaciones no le preocupaba; pero a cualquier truhán que apareciese buscando su consuelo (y mi dinero) le levantaba el ánimo: con cuánta sensibilidad, caridad e inteligencia sabía calmar las penas ajenas.
Al principio, aún íbamos juntos a los banquetes de los gremios y a las bodas de los nuevos maestros. Con nuestros mejores atavíos, estábamos presentes cuando se bendijo el mercado de Santo Domingo. Sin embargo, entre mis compañeros de gremio permanecía siempre distantemente bella: ofendida por el alegre humor burgués, consternada porque su dulce Jesús no fuese en todo momento lo primero, por ejemplo cuando se trataba de trinchar corderitos. Luego se negó a participar en mis expansiones: las fanfarronadas de los hombres y el acicalamiento de las mujeres le repugnaban; sin embargo, cuando se sentaba en andrajos delante de Santa Catalina, entre hermanos flagelantes y hermanas penitentes, su risa juvenil dominaba el estruendo del vecino Molino Grande. Era capaz de decir tonterías y soltar risitas en medio de aquella caterva de vagabundos, alegre, natural, libre; ¿libre de qué?, libre de mí, del débito conyugal y del cuidado de los niños que morían o nacían. No estaba hecha para el matrimonio. ¿Qué podía hacer más que buscar una evasión, convirtiéndose, si no en bruja, al menos en santa?
En las asambleas de los gremios se reían de mí. La espadera era el hazmerreír de la vecindad. Cuando fundamos una cofradía con los orfebres de la Orilla Derecha y levantamos nuestra capillita en la iglesia de San Juan, al lado mismo del altar de los albañiles, tuve que regalar más objetos de plata que mis demás compañeros de gremio para que me admitieran. ¡Ojalá se hubiera incoado el proceso contra Dorotea! Yo habría declarado contra aquella bruja: «Sí, mi querido diácono y doctor en Derecho Canónico Roze. Dejó que todas nuestras hijas, salvo Gertrudis que sobrevivió, perecieran miserablemente…».
A la pequeña Catalina le gustaba jugar en la cocina con ollas y cucharas, con almireces y manos de almirez. La niña curioseaba en todos los pucheros, por lo que las sirvientas no la perdían de vista. No así su madre, que en la temporada que seguía al Miércoles de Ceniza y todos los viernes del año preparaba sus sopas de penitencia, contrición y cuaresma con cabezas de merluza y raíces, espesándolas con cebada mondada. Mientras las cabezas de pescado y las remolachas borboteaban en el gran caldero, ella se arrodillaba, de espaldas al fogón, poniendo sus blancas rodillas sobre guisantes grises, llamados arvejos. Con sus ojos dilatados clavados en el crucifijo y los dedos entrelazados hasta dejarlos exangües, no vio ni sospechó maternalmente nada cuando su segunda hija, que podría tener tres años y medio y había sido bautizada en Santa Catalina, se arrodilló también sobre un taburete situado junto al caldero, pero no petrificada por el fervor, sino pescando con un cucharón de madera los ojos redondos y blancos de las cabezas de merluza recocidas, hasta que —para no alargar la historia— la pequeña Catalina se cayó en la gran olla que alimentaba a la familia. La niña sólo pudo lanzar un grito agudo, que no fue suficiente para levantar a su madre, totalmente absorta en su Jesús, de los guisantes penitenciales. Si la sirvienta no hubiese echado en falta a la niña, Catalinita, sin interrumpir la devoción de su madre ni el tiempo de un avemaría, se habría cocido seguramente por completo.
De esa forma, el espadero Alberto Slichting perdió, después de a su tercera hija comenzando por abajo, a su segunda hija empezando por arriba. Mientras ella, su madre, aparentemente impasible, permanecía de pie ante aquel fardo humeante, golpeé a mi Dorotea varias veces con mi ruda mano de espadero.
No, Ilsebill, o María, o quienquiera que sea quien me escuche: Dorotea no me devolvió los golpes. Silenciosa y frágil soportó mi violencia, porque su capacidad penitencial no tenía límites.
Al día siguiente filmábamos Santa María desde todos los ángulos: surgiendo majestuosa de la calle Larga a través del pasadizo de la calle de los Bolseros. Desde donde la calle del Espíritu Santo termina en la orilla del Motlava, en el Puente Largo, se podía captar entera aquella especie de gallina clueca de ladrillo. Dos planos generales más desde el Foso del Barrio Viejo, por encima del dique, de forma que la capilla de los Reyes de Polonia, adosada a Santa María, hiciera resaltar las proporciones de ésta. Y desde el Foso del Suburbio, esquina a la Charca de los Renacuajos, donde, tras la calle de los Perros con sus gabletes, la torre colosal de la iglesia principal y la esbelta torre del ayuntamiento parecen desposadas para siempre. Naturalmente, filmamos también las clásicas vistas de tarjeta postal, según la posición del sol: desde la calle Jopen y desde la umbría calle de Nuestra Señora. Y al día siguiente, cuando visitamos los talleres del Estado al otro lado de la Puerta de la Isla, donde los suelos cenagosos de las tierras bajas se extienden horizontalmente hasta el Vístula, el equipo de televisión de la Radiodifusión de la Alemania Septentrional consiguió captar, desde el taller de forja, la silueta de la ciudad en la lejanía. «Eso sólo compensa ya», le dije al conservador; «quiero decir los gastos».
Aquella noche me encontré otra vez con María. La recogí a la puerta de los astilleros. La nueva cantina está inmediatamente detrás de la entrada, a la derecha, donde ya en la época socialista temprana de Lena Stubbe el comedor de los trabajadores servía buenos guisos. María, con sus vaqueros y su jersey, se reunió conmigo aproximadamente en el sitio en que, unos años antes, su elocuente Jan recibió un tiro en mitad de una frase. Ella no quiso detenerse y pensar un momento en él. «Pero, María», le dije, «era un tipo tan genial. Su tesis de que Fortimbrás, el del Hamlet shakespeariano, al terminar la tragedia llevó a las tropas danesas a la Cachubia, donde Svantopolk lo derrotó, ese descubrimiento tan importante… ¡no ha sido rebatida hasta hoy!».
Sin embargo, María sólo dijo: «Hoy había puerco con col». Llevaba una tartera junto al bolso de hule. Fuimos en tranvía desde la estación central hasta Heubude. En la playa había poca animación. Dejamos nuestras huellas descalzas en dirección al este. Olas perezosas, como siempre. Encontré entre las algas algunos pedacitos de ámbar. Luego nos sentamos en las dunas y nos comimos a cucharadas el templado puerco con col. Eso, preparado como siempre con comino, era lo que tenía Jan en el estómago, igual que todos los trabajadores de los astilleros, cuando el 18 de diciembre de 1970 la Milicia le acertó en el vientre de lleno.
«Esos imbéciles», dijo María, «¡aumentar los precios de la compra antes de Navidad!». Me enseñó una foto de sus hijas Damroka y Mestwina: muy guapas. Luego nos callamos, cada uno algo distinto, hasta que María se puso en pie de repente, corrió hacia el Báltico por la playa y pronunció tres veces en cachubo la misma palabra, y entonces el rodaballo saltó a sus manos abiertas desde las aguas poco profundas…