Ella era joven, hermosa y estaba maldita. Se llamaba Vanessa. Y había muerto.

Vanessa era delgada, bronceada y elegante, con pechos perfectos y espalda ancha y musculosa, y pelo largo rubio acabado en un flequillo recto que resaltaba sus cejas. Cuando entró caminando al Crazy Horse Too para su primer día de trabajo, atrajo de inmediato a los clientes y a las demás strippers por igual. Algunas personas son hermosas, otras son sensuales. Vanessa era ambas cosas. Y a ello deberíamos sumar su inteligencia y un ácido sentido del humor, que acababan por convertirla en una diosa, o al menos ése es el recuerdo que ha dejado en mi mente de diecisiete años. Ningún hombre podía resistirse a vaciar su billetera ante ella.

Prostituta nata que gozaba con los desafíos de su tarea, ella me enseñó todo lo que necesitaba saber sobre el hombre ordinario. Tenía que hacerlo, pues era mi única amiga.

Lo que más destellaba de Vanessa eran sus ojos: enormes platillos de azul colmados de vida. Pero por debajo de la superficie había una profunda reserva de tristeza. Siempre sospeché que debían de haberle ocurrido cosas terribles, y eso me hacía sentir más cerca de ella, pues era algo que ambas teníamos en común.

Sin embargo, nunca consulté a Vanessa acerca de su vida personal. Era consciente de que no me correspondía hacerlo. Pero mientras Vanessa y yo bailábamos juntas, mes tras mes, su perfecta fachada empezó a exhibir grietas. Empezó a beber más y más, y estallaba en ataques de llanto o insultaba a sus clientes sin ninguna razón. En Nochebuena, le ofrecí a Vanessa salir juntas para permitirle alejar la mente de sus problemas.

Pedí la noche libre, pasé a buscar a su amiga Sharon y bebimos unas copas hasta que Vanessa llamó diciendo que estaba lista. Fuimos hasta su casa en el Corvette de Sharon. Mientras aparcábamos fuera escuchamos música navideña proveniente del interior de la casa. Por lo general Vanessa escuchaba Guns N’ Roses.

Adorna las salas con ramas de acebo

Tra-la-la-la-la-la-la-la-la

Es el momento de estar alegres

Tra-la-la-la-la-la-la-la-la

«¡Estupendo!», pensé. «¡Esta noche Vanessa está de buen humor!» Mientras salíamos del coche, la terrier de Vanessa, Frou Frou, se abalanzó hacia nosotros ladrando. Llamé a la puerta del frente, pintada de amarillo. No hubo respuesta. La música estaba demasiado alta. Intentamos abrir la puerta empujando, pero estaba cerrada con llave. Dimos la vuelta a la casa, con Frou Frou dando brincos a nuestro alrededor, ladrando a todo volumen y con desesperación. También la puerta posterior estaba cerrada. Por fortuna, la ventana contigua, en la cocina, estaba abierta unos pocos centímetros. Pasé el brazo a través de ella y lo estiré hasta alcanzar la traba de la puerta. La giré desde dentro y conseguimos abrir la puerta. A medida que subíamos las escaleras hasta la habitación de Vanessa, la música se volvía ensordecedora. Me resultaba imposible entender por qué la tenía tan fuerte.

Mirad la blanca Navidad que se acerca

Tra-la-la-la-la-la-la-la-la

Coged el arpa y uníos al coro

Tra-la-la-la-la-la-la-la-la

Salía luz del cuarto de Vanessa, pero no había nadie. Sus ropas de salir estaban extendidas sobre la cama y se oía el sonido del agua corriendo en el baño. Seguí el sonido y allí estaba ella, con el pecho desnudo (esos pechos perfectos) y el rostro maquillado como el de una diosa. Siempre había sido magnífica y su maquillaje acentuaba la belleza natural sin que apenas se notase su presencia.

Seguidme con ligero compás

Tra-la-la-la-la-la-la-la-la

Pero todo estaba mal. De su labio inferior salía una espuma blanca que le cubría la barbilla. Su piel se veía descolorida y tenía magullones en forma de corazón desde las muñecas hasta los hombros. No podía verle el cuello, pues había una soga a su alrededor. Vanessa colgaba de la puerta de su ducha.

Mientras os cuento el tesoro de la Navidad

Tra-la-la-la-la-la-la-la-la

Al tiempo que Sharon gritaba y salía corriendo del baño, cogí a Vanessa de las caderas y la alcé unos centímetros para aliviar la presión sobre su cuello. Suplicaba que, de alguna forma milagrosa, hubiéramos llegado a tiempo para salvarla. Mientras su cabeza pendía de la soga, escuché un último soplo de aire escapando de sus pulmones.

—¡Trae un cuchillo de la cocina! —le grité a Sharon. Teníamos que cortar la soga.

—¡Qué! —respondió ella por sobre la música.

—¡Trae un jodido cuchillo!

Esperando a Sharon, me percaté de algo extraño: los pies de Vanessa. Al soltarla, todavía tocaban el suelo. No había manera de que ella se hubiese hecho eso a sí misma. Mi padre era policía y siempre me hablaba de suicidios: las chicas no solían ahorcarse. Y cuando lo hacían, no estaban semidesnudas. Además, me desconcertaba el maquillaje de su rostro, la boca abierta, la lengua afuera. ¿Por qué querría una chica que la encontrasen así? La Vanessa que yo conocía habría ingerido píldoras. De hecho, ella había ingerido píldoras.

Aunque la policía catalogó el caso como un suicidio, algo no parecía encajar. Aquello tenía que ser obra de un hombre. Y yo sabía con exactitud quién era ese hombre: probablemente el ser humano más despreciable que yo haya conocido.

Lo llamaban «el Predicador»,

A toda prisa se marcha el viejo año

Tra-la-la-la-la-la-la-la-la

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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