Cuando regresé a Las Vegas tras el rodaje de Sponge Cake, tuvo lugar una de las etapas más deprimentes de mi vida. Me había topado con un muro: me invadía la idea de que mi carrera había terminado. En cuanto siento que no estoy avanzando o ya no disfruto de algo, sencillamente tiendo a rendirme. Y así fue como abandoné el negocio. Mi contacto con las películas había acabado y de ningún modo tenía pensado regresar al Crazy Horse.
Ignoraba por completo qué hacer a continuación. Con lo único que contaba, una vez más, era con Jack y Jennifer. De modo que empecé a merodear por la tienda de tatuajes, preparando jeringas para Jack e inyectando la mierda con Matt. Y cada tanto, cuando necesitaba dinero, conseguía una sesión fotográfica. Después del estreno de Sponge Cake, Nappy Heldon, el productor; me telefoneó preguntándome si quería hacer otro filme. Por entonces me encontraba drogada y con poca pasta (las dos variables que conllevan las peores decisiones en el mundo), de modo que acepté. Dos semanas más tarde llegaron los billetes de avión a Los Ángeles. Nunca los empleé y tampoco telefoneé para avisar. Para entonces ya era una adicta perdida a las metanfetaminas.
Pasado mi cumpleaños número veintiuno, decidí que por fin era el momento de hacer algo que llevaba tres años rondando por mi mente. Ahora que ya era demasiado tarde como para lograr con ello una ventaja competitiva, pues ya no estaba apareciendo en películas ni haciendo strip-tease, me sentí preparada para operarme los pechos. Todos esos clientes y cajas de vídeos perdidos ante chicas con tetas falsas y gigantescas habían creado en mí un sentimiento de inseguridad.
Más que eso, me enorgullecería ser capaz de modificar mi apariencia. En una portada de Hustler aparecería con el pelo corto. En una película, lo cubriría de plumas y me maquillaría con intensa sombra azul. Pero había hecho el año anterior tantas sesiones fotográficas que literalmente me había expulsado del negocio. Necesitaba hacer algo que me facilitase más trabajos, pues caso contrario perdería mi única fuente de ingresos. Al menos, eso era lo que me decía a mí misma. El motivo real, en retrospectiva, era que deseaba atraer un poco más la atención de Jack. Pensé que si me veía más sensual él me querría más. Algo de verdad patético.
Me encontraba tan delgada y enfermiza a causa de las metanfetaminas que decidí dejarlas e incrementar mis comidas antes de hacerme los implantes. Así que abandoné las drogas durante dos semanas, recuperé algo de peso y fui con Jennifer a ver al mago que la había dotado de sus hermosas copas de champaña, el doctor Canadá.
Las mías no resultaron igual de bien.
Yo sólo pretendía aumentar mis pechos una talla, pero el doctor Canadá se entusiasmó. Pasó por debajo de mis músculos, que estaban increíblemente firmes tras años de gimnasia, ballet y rutinas en el poste, y colocó allí unos pechos inmensos. Con un implante tan grande por debajo del músculo, me sentía como si tuviese apoyado encima al jodido circo de Barnum & Bailey.
Lloré al verme más tarde en el espejo: parecían demasiado grandes para las dimensiones de mi cuerpo. Aquella noche Jennifer preparó dos tartas (una para cada implante) y ambas celebramos una fiesta de cumpleaños para mis pechos en un restaurante italiano del lugar. Nunca lo olvidaré, pues a partir de entonces, durante muchos años, seguí celebrando el cumplepechos todos los 28 de julio.
Bebí un poco para mitigar el dolor y cuando me sentí mejor y relajada, me puse de pie y cogí a Jennifer de la mano. Ella estaba preciosa y yo no deseaba otra cosa que apretar mis pechos del doctor Canadá contra sus pechos del doctor Canadá (con delicadeza, por cierto).
La llevé al lavabo, como ya lo había hecho en tantas ocasiones, y tuvimos sexo en uno de los reservados, al igual que tantas otras veces. Pero la rutina acabó allí.
—No puedo seguir haciendo esto —me dijo.
—¿Qué? —exclamé. Aquello era lo último que yo hubiera esperado—. ¿Qué sucede?
—Estoy embarazada.
Mi rostro se congeló. Ese cabrón de Lester la había preñado.
—¿De cuánto tiempo?
—Tres meses —respondió.
—Supongo que eso significa que lo tendrás —advertí. Era un comentario muy egoísta por mi parte, pero me sentía anonadada. Me lastimaba que ella supiese de antemano que aquél sería nuestro último encuentro sexual y no me lo hubiera revelado.
Jennifer no añadió nada. Sólo bajó los ojos al suelo, como si la avergonzase haber hecho algo que yo consideraba incorrecto. Y no se equivocaba: así era. Yo todavía la amaba. Mi amante estaba embarazada del bebé de otro. Y a mí ni siquiera me agradaba ese otro: era un tío del mismo estilo que Jack. Cada vez que siento que alguien me traiciona, elimino a esa persona de mi vida para protegerme y evitar volver a resultar herida. Así que después de aquello dejé de ver a Jennifer y perdí a una de las pocas personas en mi vida que parecía haberme amado.
Un par de semanas después yo ya estaba casi por completo recuperada de la cirugía. Aún sentía que me habían construido dos amplias mezquitas sobre el pecho, pero fuera como fuera deseaba mostrarlas. Siempre puedes distinguir en un bar a una chica que acaba de operarse los pechos, porque se preocupa por exhibirlos ante todos. No es como mostrarle a alguien los pechos que tenían naturalmente. Éstos son falsos y no te pertenecen, lo que crea la ilusión de no estar revelando nada personal ni privado.
Me puse una pequeña blusa blanca que había recortado con unas tijeras a fin de reducirla y abrir la hendidura lo más posible como para que estos extraños globos nuevos a la vez encajasen y sobresaliesen. Luego salí con Jack y sus amigos a jugar al pool. Jack no podía mantener los ojos ni las manos lejos de mis pechos. Cuando me incliné para lanzar un tiro y vi a medio bar intentando ver por debajo de mi blusa, pensé: «¡Pues vale! ¡Brindemos por el doctor Canadá!». De pronto, lo que yo creía demasiado grande pareció del tamaño correcto.
No me había percatado por entonces de que, para ser el resultado de una operación, mis pechos no habían quedado tan enormes, ni tampoco tan bonitos. Hasta muchos años más tarde no comprendí lo estúpida que había sido al hacérmelos. Las drogas tienden a atontar tu capacidad de juicio y, por más que puedas librarte de ellas por una o dos semanas, siguen circulando por tus venas. Los pechos falsos no iban con mi personalidad. Debí haberme sentido cómoda siendo como era y confiar en la inteligencia y la ambición que ya me habían llevado a la cima como stripper y como modelo.
Quizá yo siempre asocié la operación con las malas decisiones que tomé en la vida, pues llegó al comienzo de una espiral descendente. Cuando yo era más joven, seguía las reglas, iba al colegio y obtenía buenas notas. Durante los fines de semana consumía ácido dos días seguidos, pero nunca pensé que estuviese haciendo algo malo. Escribíamos nuestras revelaciones y al día siguiente leíamos en voz alta esos papeles colmados de ideas perspicaces del estilo de: «Mi culo es como un bagel a la luz de la luna». Todo formaba parte de madurar y encontrarme a mí misma. En mi mente, las llamadas «drogas duras» eran las metanfetaminas, la coca y la heroína. A diferencia del ácido y los hongos alucinógenos, aquéllas eran drogas adictivas, y yo me creía demasiado fuerte y demasiado lista como para caer jamás en esa trampa.
Pero con lentitud y eficacia, acabó sucediendo. Cuando me marché del Crazy Horse, pensaba que me convertiría en una estrella. Pero ahora, a los veinte, mi carrera ya había terminado. Jennifer estaba embarazada y fuera de mi vida; mi familia fugitiva estaba en algún punto del norte de California haciendo Dios sabía qué; y el único hombre en mi vida era un endemoniado artista del tatuaje a quien le ofendía mi presencia y que me engañaba cada vez que se le presentaba la ocasión.
Mi única actividad no relacionada con Jack eran las sesiones fotográficas. Pero empecé a sentir que Suze se aprovechaba de mí. Mis fotos aparecían en todos los anuncios de sexo y todas las publicaciones extranjeras de desnudo imaginables. Y como yo había firmado que cedía mis derechos, ella se quedaba toda la pasta. Cada vez que le pedía un puñado de cromos para una sesión de promoción o le solicitaba que me hiciese un book con mis fotos, ella se negaba. Si le proponía en cambio que me hiciese un rollo de fotos extra para mí, argumentaba que no podía hacerlo. Se ganaba la vida con chicas novatas y entusiastas como yo, y yo comprendía eso y le agradecía el haberme convertido en una chica que salía en portadas internacionales. Pero existía un problema mayor: ella me mentía. Afirmaba que cada sesión que me hacía aparecería en las páginas centrales de Penthouse y, sin embargo, nada de todo lo que hicimos salió jamás allí pese a que ése había sido mi sueño desde el primer día. Y con cada foto mía que se publicaba en otro sitio, mis posibilidades de aparecer en Penthouse se volvían cada vez más y más difusas.
Así que añadí a Suze a mi lista mental de gente maldita en la que no podía confiar y decidí dejar de trabajar con ella. Por más que mis motivos parecían coherentes, también eran convenientes racionalizaciones para mantener mi dependencia a las drogas. Viajar a Los Ángeles implicaba subirme a un avión y arriesgarme a ser descubierta en el aeropuerto con metanfetaminas. Entonces empecé a posar sólo para fotógrafos de Las Vegas.
De vez en cuando, Nikki telefoneaba para asegurarse de que yo estuviese bien. Pero nunca atendía sus llamadas: sabía muy bien que tan pronto como yo cogiese el teléfono y ella escuchara mis parloteos a cien kilómetros por hora, se daría cuenta de que me había hundido.
Mientras yo inhalaba metanfetaminas, Jack se había convertido en un desastre aún peor. Entre la muerte de Vanesa y su alejamiento de su tío, había empezado a anestesiarse, pues era más sencillo autodestruirse que afrontar la verdad. Pronto estuvo viviendo en una nube permanente de metanfetaminas.
Por lo general, él sólo extraía la lámina de papel metálico de una cajetilla de cigarrillos e inhalaba el humo a través de una pajilla. Pero una noche, a eso de las cuatro de la madrugada, Jack y algunos de sus amigos llegaron a casa y ninguno tenía pitillos. De modo que alguien tuvo la brillante idea de desenroscar una bombilla de luz de la cocina. Calentaron la base de la bombilla hasta que se derritió la cola y luego quitaron la base metálica. Tras vaciar la bombilla, perforaron la parte superior y echaron allí un poco de metanfetaminas. A continuación calentaron un lado de la bombilla con un mechero y fumaron desde el agujero donde antes estaba el metal. Yo permanecí observando lo que hacían. Era un bello proceso y el humo olía muy dulce. Cuando Jack me ofreció inhalar decidí intentarlo. No podía dañarme hacerlo apenas una vez.
Inhalé un poco y el humo llenó mis pulmones. A diferencia de la marihuana, o incluso de los cigarrillos, era tan suave que apenas podía sentirlo. Al exhalar, escapó de mis labios una delgada columna de humo de unos ocho centímetros de largo. Todo parecía moverse en cámara lenta, pero entonces alguien aceleró la acción. Mi corazón sintió como si tuviese dentro un pájaro carpintero, latiendo tan fuerte que parecía a punto de salirse de mi pecho.
Después de aquello no quise inhalar metanfetaminas nunca más. Fumarlas era fascinante. Al principio, yo sólo fumaba cuando estaba con Jack, pues él era el único que conocía al detalle la mecánica del artefacto para hacerlo. Pero como en aquel momento mi vida carecía de desafíos, puse a trabajar la mente para descubrir de qué modo lograrlo por mi cuenta. Y una vez que lo conseguí, fumar metanfetaminas se volvió para mí un pasatiempo diario. El efecto era cada vez más maravilloso e intenso, pero no duraba demasiado. Transcurridos diez minutos ya ansiaba otra dosis y no dejaba de pedirle más a Jack.
Al inhalar metanfetaminas me sentía invencible. No me aquejaba ningún dolor, nada me preocupaba. Ni siquiera pensaba. Pero ahora que las fumaba mi mente era un caos. Cancelé sesiones fotográficas a diestra y siniestra, destruyendo lo poco que restaba de mi reputación. Mis últimos vestigios de la independencia tan duramente ganada estaban esfumándose.
Cuanto más tiempo pasaba con Jack, menos me quería rondando por allí. Y así volvieron a empezar las peleas, cada vez más violentas pues estábamos los dos muy drogados, malhumorados e irracionales. Por entonces yo creía en verdad que, para abusar de mí del modo que lo había hecho, él necesariamente me amaba con locura. Caso contrario, nada le habría importado y no hubiese seguido conmigo (lo que me habría dolido muchísimo más). El problema era que él ignoraba cómo amar: su padre lo había abandonado, su madre y su prima estaban muertos, el tío que lo había criado era un monstruo, la tía con la que había crecido se había marchado y él nunca había estado tan unido a una mujer como lo estaba conmigo. Y yo, a pesar de todo, incluso siendo consciente de que me engañaba, lo amaba de verdad. Habíamos vivido tantas cosas juntos…
Una mañana yo tenía que acudir a una sesión fotográfica en uno de los mejores estudios de Las Vegas. Me había pasado toda la noche anterior fumando metanfetaminas y llevaba casi una semana sin comer nada sustancioso. Jack y yo habíamos vuelto a reñir, como era de esperar. Él no quería que yo fuese a la sesión en el estado en que me encontraba.
—¿Qué es lo que dices? —repliqué gritando—. ¡Estás mucho más drogado que yo y lo sabes! ¡Perdedor!
Pero al fin admití mi derrota con palabras gentiles como:
—Pues vale, prefiero que seas tú y no yo a quien metan en la puta cárcel.
Todos en el estudio se quedaron boquiabiertos al verme entrar. El fotógrafo, su asistente, la maquilladora y el estilista, todos me preguntaron al unísono:
—¿Te encuentras bien?
Y yo me lancé a pronunciar una garrafal mentira de quinientas palabras mientras que lo que deseaba comunicar podía resumirse en dos: «Estoy bien».
La sesión fue agotadora, no sólo porque yo me retiraba al lavabo para fumar cada cinco minutos, sino porque todo me causaba problemas. La maquilladora pasó una hora y media sobre mi rostro, cubriendo mis hundidas mejillas, mi ictericia y las manchas de piel cetrina que me aparecían por todas partes. Debí de ser un infierno para ella, pues me era imposible dejar de moverme. Todo el tiempo me ofrecían comida y yo repetía mi mentira:
—No, gracias. Comí justo antes de venir.
A lo largo de toda la sesión me suplicaban:
—Jenna, relájate. Distiende los músculos de tu rostro.
Los dientes me castañeteaban sin cesar a causa de la droga. Y lo que era todavía más humillante, en algunas poses mis huesos sobresalían tanto que se vieron obligados a cubrirlos piadosamente con la ropa para que no repugnase a los lectores. No existían por entonces revistas para tíos con fetiches como rarezas anoréxicas adictas a las metanfetaminas.
Cuando volví a casa caí desplomada sobre la cama. Sabía que me había portado como una imbécil en la sesión. Por primera vez, desde que tenía memoria, me sentía verdaderamente avergonzada de mí misma. Así que decidí dejar, no la droga, por supuesto, sino de hacer sesiones fotográficas. Ya no volvería a estropear más fotos.
Yo siempre había pensado que los yonquis eran gente tan adicta que se drogaba sola. Por eso nunca había querido hacerlo por mi cuenta. En cambio, merodeaba todo el tiempo alrededor de Jack. El problema era que, cuando él se drogaba lo suficiente, se marchaba de casa. Así que allí me quedaba yo sola, telefoneando a la poca gente que conocía y suplicándole:
—¡Venid, venid! ¡Estoy trabajando en una maqueta de papel maché, venid y ayudadme a terminarla!
La única persona que vino alguna vez fue una chica mexicana llamada Lupe. Nos sentábamos durante días y no parábamos de drogarnos. Ninguna casa en la que yo haya vivido estuvo nunca tan limpia como aquélla. Me parecía a la anciana del filme Algo pasa con Mary (There's Something About Mary). Pasaba la aspiradora con tanta frecuencia que las alfombras parecían a punto de desintegrarse. La casa se veía perfecta, pero si estaba demasiado perfecta, entonces reordenaba todo el mobiliario para dejar sitio a algo más natural. Debo de haber reordenado los jodidos armarios del lavabo un millar de veces, colocando cada cosa según su tamaño, función, propietario o frecuencia de uso (y todo una misma noche).
Algunas chicas drogadictas se pasaban toda la noche revisándose la piel en busca de imperfecciones en la piel. No era mi caso. Yo construía, sorprendiéndome por las artesanías innovadoras y vanguardistas que podía crear con papel maché y una pistola de encolar. Mis piezas deberían haber sido expuestas en algún sitio (quizá en un manicomio). Aunque yo era tristemente célebre entre los amigos de Jack por encerrarme en el armario toda la noche haciendo dragones de papel maché, mis mayores creaciones eran mis autocollages. Cogía las revistas para adultos y recortaba mis fotos de las publicidades de sexo telefónico de la contraportada. Luego las encolaba sobre una hoja de papel y añadía debajo pequeñas frases divertidas de Cosmopolitan como «¿Es eso un sí o un no?», «¿qué procedimientos has empleado?» o «siete modos de hacerlo rogar por más». Luego me aferraba a mi pequeño videojuego de póquer portátil y jugaba toda la noche hasta que las manos, literalmente, me sangraban.
Otro de mis hábitos obsesivos era revolver las cosas de Jack. Él tenía un montón de fotos que acababa de añadir a su álbum de tatuajes y, mientras yo las examinaba, descubrí un enorme tatuaje que él había hecho cubriendo la espalda de una mujer rubia. En realidad, no era un tatuaje propiamente dicho, sino un esbozo de práctica mostrando un enorme, feroz y bello dragón. Por el fondo de la foto, donde se veía la ventana de la tienda, podía adivinarse que había sido tomada durante la noche. Me moría por averiguar quién era la chica. Pasé la página y la vi de frente. La reconocí de inmediato: era Lacey, la chica que yo había expulsado de casa. Ese cabrón estaba con ella en horario nocturno en la tienda de tatuajes y yo prácticamente lo había financiado.
Durante mis tiempos de strip-tease me había comprado una pistola. Era una pequeña calibre 25 con mango de nácar. Cuando Jack volvió a casa aquella noche lo apunté en la mismísima cabeza con el arma con una mano, mientras que con la otra sostenía el álbum de fotos.
—¿Qué demonios es esto? —aullé—. No puedo creer que sigas viendo a esa puta apestosa.
Quería escuchar cómo se defendía. Y luego le dispararía. No me importaba cuáles fuesen las consecuencias. Jack era toda mi vida.
Él alzó una mano y de un golpe hizo volar la pistola de mis dedos. Se estrelló contra las baldosas blancas y negras del suelo. Me agaché para recogerla y él me propinó una patada en la barbilla tan fuerte que caí noqueada hacia atrás.
Aquella noche discutimos durante horas, lo que no era para nosotros nada nuevo. No nos detuvimos hasta que él me cogió de los brazos con violencia y me lanzó contra las paredes del dormitorio. Aterricé contra los bordes de nuestra cama de cuatro pilares impactando como si fuese la punta de un látigo y golpeándome el hueso del cóccix con tal fuerza que perdí el conocimiento. A la mañana siguiente me dirigí a la sala de emergencias de un hospital, donde me dijeron que el hueso estaba dañado.
Al volver a casa, llevé el teléfono al lavabo y cerré la puerta. Necesitaba hablar con alguien. Al fin decidí llamar a Nikki. Cuando ella contestó, empecé a llorar.
—¿Qué sucede, cariño? —me preguntó una y otra vez—. ¿Qué te pasa?
—Mi vida —respondí—. No es lo que yo quería que fuera. No está sucediendo lo que yo tenía intención de que ocurriera. Estoy… inmovilizada. Soy adicta.
Por primera vez lo había vocalizado. Era adicta. Antes, cada vez que debía volar a Los Ángeles para trabajar, o cuando fui a que me operasen los pechos, me era posible dejar el hábito. Pero ahora estaba fuera de control. Llevaba un mes sin trabajar. Bajé la mirada a mi mano y noté que las yemas de mis dedos estaban negras de tanto sostener los mecheros bajo las pipas de metanfetamina.
De pronto, todas las palabras se abrieron camino apiñándose para salir:
—Jack me engaña. Pasa más tiempo con la chica que le vende drogas que conmigo. Y creo que además se la está follando. Intenta matarme. Lo juro por Dios. Hoy estuve en el jodido hospital. Se ha ido con esta chica de dieciséis años y me ha arruinado. Es el anticristo.
—Shhhhh, shhhhh —intentó calmarme Nikki—. Vale, tranquila, todo está bien.
—No, no lo está. Aquí estoy sola. Mi familia es una mierda. No tengo ningún amigo. Perdí a Vanessa. Y ya no puedo ni siquiera verme con Jennifer. No sé qué es lo que haré. La única persona con la que salgo es una condenada puta mexicana adicta al crack que me llama mija.
—Me tienes a mí —insistió ella—. Recuérdalo. Siempre estaré aquí. Sin importar cuán grave sea lo que ocurra, siempre estaré a tu lado para cuidarte.
Pero no había forma de que fuera a Los Ángeles para que ella me cuidase. Y el motivo era muy sencillo: yo no conocía a nadie que me proporcionase droga allí.
Colgué el teléfono y empecé a caminar hacia la puerta del lavabo. Pero algo concentró mi atención. En un rincón del cuarto había una balanza. Me subí. El cuadrante se disparó y temblequeó bajo la aguja roja hasta detenerse en un número. Y ese número era cuarenta. Pesaba cuarenta kilos.