Larry: Conocí a Marjorie cuando trabajaba en el canal de televisión. Ella era publicista y ya le gustaba cuando todavía estaba casado. Así que decidí llevarla a cenar un par de veces. Pensé: «Necesito ayuda desesperadamente». Así que acabé proponiéndole matrimonio.
Jenna: Sí, papá no sabía cocinar. No sabía preparar ni siquiera una comida rápida.
Larry: Y sigo sin saber. Ni siquiera pongo agua a hervir.
Jenna: Tony y yo nos veíamos en la siguiente disyuntiva: ¿cómo decirle a papá que no podemos tragar lo que nos cocinó? Nos preparabas bocadillos de queso hasta que ya nos salía queso por las orejas.
Tony: Papá trabajaba todas las noches, y al parecer también todos los días. Y Marjorie trabajaba hasta las nueve. Nunca había nada para comer.
Jenna: Recuerdo que Marjorie solía comprarse una provisión personal de yogurt Yoplait.
Larry: ¡Esa jodida perra! Me había olvidado de eso.
Jenna: Y no permitía que lo tocásemos. Sabíamos que si probábamos su yogurt habría problemas y moriríamos de hambre. Yo solía poner pastas en el microondas. Cuando las sacaba seguían duras. Y les colocaba encima crema agria y atún, en un intento por convertirlas en algo nutritivo.
Larry: Cuando descubrí que Marjorie no os alimentaba me enfurecí.
Tony: Todo lo que había en la nevera estaba reservado para ella.
Jenna: ¡Y nosotros nos sentíamos tan hambrientos! Recuerdo estar sentada mirando esos yogurts en la nevera. Se me quemaba la mente.
Larry: ¿Y por qué sencillamente no cogiste uno?
Jenna: Marjorie me habría roto el pescuezo de una bofetada, papá. En caso de contradecirla, me habría perseguido alrededor de la mesa hasta conseguir estamparme la mano en el rostro. Me lo hizo tantas veces que llegó un punto en que yo estaba ya demasiado asustada como para abrir la boca. Uno de nuestros recursos favoritos era coger esos frascos de canela y hundir mondadientes en la canela.
Tony: Así es, y luego los vendíamos.
Jenna: Marjorie estalló de ira cuando los descubrió. ¿Recuerdas cómo nos arrojó la cafetera?
Larry: ¿Hizo eso? Nunca me lo habíais dicho.
Jenna: Un día, finalmente, Tony y yo estábamos tan desesperadamente hambrientos que telefoneamos a la abuela. Le dijimos:
—Abuela, tenemos hambre. Hace un par de meses que tenemos hambre, abuela.
Tony: La abuela era una alcohólica incurable. Sólo ingería comidas que compraba preparadas: budín de tapioca, platos listos para el microondas, palomitas de maíz. Así que vino y nos llevó a su casa, donde nos dio pasteles de cereza. Luego se dirigió a su dormitorio, se puso un camisón y nos hizo pasar. Nos hizo ponernos sus propios camisones.
Jenna: Sí, nos pusimos sus camisones. Tony vestía un camisón de satén. (Risas.)
Larry: ¡Y queda claro que desde entonces nunca pudimos quitárselo!
Tony: Sí, todavía me gustan (risas), pero sólo con escarpines. Como sea, después de cenar la abuela se sirvió un vaso lleno de bourbon. Se lo bebió y ¡bum!, cayó desplomada sobre la mesita de café. El cristal se hizo añicos pero ella ni se inmutó. Así que llamamos a papá y le dijimos:
—Estamos en casa de la abuela.
Y jugamos sobre su cuerpo inerte durante horas.
Jenna: No queríamos marcharnos nunca de casa de la abuela.
Tony: Nunca comía, sólo bebía.
Larry: A la larga conseguí un empleo en Panama City, Florida. Necesitábamos irnos de Las Vegas, que era una ciudad tan peligrosa. Además quería ir a la academia de policía de Panama City, pues nos enviaban a un colegio y ese tipo de cosas.
Jenna: Fue entonces cuando conseguiste el convertible marrón Firebird. ¿Recuerdas dónde solía dormirme? Detrás del asiento. Yo era tan pequeña y delgada que dormía en el suelo del coche, con la cabeza sobre el montecillo del centro.
Larry: Siempre fue sencillo acomodarte. Conduje todo el camino hasta Panama City y nos topamos con un huracán. Cuando llegamos a Arizona, lo único que Jenna pronunciaba cada quince minutos era…
Jenna: … «¿ya hemos llegado?».
Larry: «No, todavía no, cariño».