La primera película que hice bajo contrato de Wicked fue Priceless (Invaluable). La filmamos en un sitio llamado Estudio Sterling, un hermoso escenario regentado por un cabrón engreído y condescendiente llamado Jay Grdina, quien parecía haber recibido la orden de hacerme sentir incómoda, quizá porque estaba saliendo con mi antecesora en Wicked, Chasey Lain.

Como se me permitía escoger los tíos con los que deseaba trabajar, decidí intentarlo con Peter North. Quería probarme a mí misma, ya que él era conocido como la mejor polla del negocio. La tenía del tamaño de una botella de Coca-Cola y al correrse parecía liberar el contenido de una. Por encima de todo, tenía reputación de ser muy profesional. Apenas sí pronunciaba una palabra en el set: sólo se presentaba, cumplía con sus obligaciones y se marchaba. Hasta el día de hoy, no recuerdo haberle escuchado decir más de tres frases.

Nuestra escena era en el capó de un coche antiguo y resultó fenomenal. Cuando empezó a follarme, me sentí literalmente impresionada. Me abrió de piernas con tal maestría que me fue imposible hacer nada más que vivir el momento. Y cuando se corrió nos empapó al coche y a mí. Aquel tío era sorprendente.

Al día siguiente pasó por el estudio un intérprete masculino en busca de trabajo: Steven St. Croix, un personaje de mandíbula cuadrada y un aspecto tan intenso que muchos lo comparaban con Ray Liotta. Aunque nunca habíamos hecho una escena juntos, le caí bien. Pocas semanas después de haber tomado la decisión de socializar; me telefoneó preguntándome si querría acompañarlo a un evento llamado «Noche de las estrellas», una gala anual de caridad organizada por la Free Speech Coalition (Liga por la Libertad de Expresión). Por primera vez en meses acepté una invitación a dejar mi piso.

Me puse un vestido de terciopelo azul oscuro y él pasó a recogerme en una limusina que había alquilado junto a unos amigos. Nunca antes había hecho una aparición pública, pero no bien entré al centro de convenciones donde se realizaba el evento todos volvieron la mirada hacia mí. Me sentí como Cenicienta en el baile del príncipe. Todos deseaban saber quién era la chica nueva en el lugar.

Eso le sentó estupendo al ego de Steven. El tío no se apartó de mi lado en toda la noche. Los fotógrafos tomaban fotos a las otras estrellas pidiéndoles que posaran conmigo. Por supuesto que no pronuncié más de veinte palabras en toda la noche, pues no estaba habituada a ser sociable. Llevaba más de un año sin llevar adelante conversaciones triviales y allí no conocía realmente a nadie más que a Steven.

Para el momento en que llegamos a mi casa ya me sentía aturdida. Steven me acompañó hasta la puerta, me dio un beso en la mejilla y se marchó. Fue sorprendente que no intentase nada más, pero acabó siendo una buena estrategia por su parte, pues después de eso seguimos saliendo.

Lo siguiente que necesitaba en la vida era comprarme un coche. Pero con seis mil dólares por película y sólo ocho películas al año me llevaría una eternidad ahorrar el dinero. Un día, sin embargo, Steve cometió el error de preguntarme qué podía hacer por mí y le respondí que precisaba una camioneta. Así que me llevó con un vendedor y me ofreció en su lugar un Corvette. Yo señalé un hermoso convertible negro y lo compré. La vida empezaba a cobrar sentido. Ahora podría desplazarme por mi cuenta. Ya no necesitaba tratar al dulce Lyle como a un esclavo. Además, también él empezaba a despuntar en el negocio.

Cuando Buddy me vio conduciendo mi Corvette nuevo, empezó a presionar a Nikki para que volviese a ponerse ante la cámara. Y en cuanto a él le pareció bien, a ella le pareció bien. El daño, sin embargo, ya estaba hecho, y aunque en ocasiones nos cruzamos en el estudio, nunca intercambiamos ni una palabra.

Durante mis primeras películas para Wicked, mantuve la boca cerrada y me concentré en observar todo lo que sucedía a mi alrededor. Miré cómo trataban a las otras chicas (por lo general como a objetos) y qué tipo de personas ordenaban qué debía filmarse (los directores, siempre hombres). Estaba decidida a no convertirme en un mero jodido juguete del director, sino a retener tanto poder como me fuese posible sobre lo que se hacía.

Fue entonces cuando apareció Joy King. Joy había llegado a la industria del cine para adultos por accidente. En 1984 su compañera de piso la llevó a una empresa de trabajo temporal, que la colocó en el departamento contable de la compañía de películas Caballero. Empezó colaborando con los filmes para niños de la empresa, pero al cabo de unos años la transfirieron a la división de adultos.

Mientras los beneficios de Caballero empezaban a menguar, Steve fundaba Wicked. Aunque deseaba trabajar con Joy, no tenía todavía dinero suficiente para añadirla al armazón de su personal. Sin embargo, la misma semana en que me contrató a mí, decidió que, después de todo, podría emplearla. Así que llegaron a un acuerdo según el cual ella se encargaría bajo comisión de administrar el nexo con una compañía de entrega por correo llamada Adán & Eva y, además, estaría a cargo de la publicidad y las relaciones públicas. Estaba claro tanto para Steve como para mí que hacer películas era sólo una parte de mi trabajo. El resto era publicitarme, moverme por el mundo entero como si fuese un enorme club similar al Crazy Horse. Así que el objetivo principal de Joy era simple: debía llevar mi rostro a los medios de comunicación. De todos modos, ella aceptó el empleo sin siquiera haber visto el producto.

Steve nos reunió un día en su oficina. Yo eché un vistazo a Joy y pensé: «Esta tía está muy buena. ¿Cómo es posible que sea publicista?».

Se veía como si estuviese del mismo lado de la cámara que yo. Tenía enormes pechos y no llevaba sostén. Yo iba de jeans y zapatillas. Al instante de verme noté su desilusión.

—¿De modo que eres tú? —inquirió—. ¡Eres muy menuda!

—Las apariencias engañan —repliqué.

Al cabo de pocos minutos ya éramos grandes amigas. Teníamos un sentido del humor y una visión de la vida similares: ella también era una persona que no aceptaba un no por respuesta. Una fiestera vivazmente amistosa, también era una cruda cabrona con la que ningún hombre se atrevía a meterse. E irradiaba energía sexual: probablemente yo fuera la única chica con la que trabajó por aquel entonces que nunca se acostó con ella.

Cuando le conté todo lo que había acordado con Steve acerca de mis planes para el futuro, Joy sonrió tanto que sus mejillas se inflaron hasta adquirir un tamaño similar al de sus pechos.

—¡De acuerdo! —comentó—. Vamos a aclarar lo siguiente. Steve quiere más acciones en el mercado y tú deseas convertirte en la estrella más importante de todos los tiempos. Mi tarea va a ser un paseo.

«Por fin he hallado una cómplice», pensé yo de inmediato.

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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