Cuando salió a la venta Orgásmicas (Up and Cummers) número 11, mi vida cambió. Todos en el incestuoso pequeño mundo de los filmes para adultos murmuraban de pronto acerca de esa nueva dinamo sexual de diecinueve años con pechos naturales y el rostro de una niña. Sólo hubo una desventaja: Jack se enteró.

Volví a casa una noche desde el apartamento de Jennifer y lo encontré sentado en el sillón, esperando. Las venas de su cabeza parecían a punto de estallar Me senté algo alejada de él y de inmediato estalló.

—¡Eres una jodida puta! ¿Cómo se te ha ocurrido hacer eso?

Cogió la cinta de vídeo y me la lanzó. Se estrelló contra la pared, dejando una marca negra. No le molestaba el material chica-chica que yo había hecho para las revistas, pero que me pusiese ante la cámara con otro hombre era, en su opinión, peor que engañarlo.

—¡No exageres! —repliqué gritando. Mi confianza había crecido lo bastante como para atreverme a enfrentarlo—. ¿A cuántas chicas te has follado en la tienda de tatuajes? ¿A cuántas? Dímelo honestamente.

—Vete a tomar por el culo, Jenna. Eres una jodida psicótica. No hubo ninguna otra con excepción de Lacey. Te lo aseguro, por el amor de Dios.

Yo estaba segura de que él mentía. Me había provisto de información suficiente como para poder afirmar que había habido otras. Y, además, no me embargaba el menor remordimiento por haber filmado las películas a sus espaldas. Lo había golpeado siguiendo sus propias reglas. Me había vengado de un modo que todo el mundo podría constatar.

Nos gritamos mutuamente durante cerca de una hora, arrojándonos en el proceso la vajilla, CD, una biblioteca, la mesita de café y la última sobreviviente de mis muñecas Barbie. Por fin él se marchó de la casa dando un portazo tan fuerte que volaron trozos de pintura.

Estuvo fuera siete días. Durante ese tiempo telefoneó papá. Me aseguró que Tony y él por fin habían dejado de huir y estaban instalados junto con Selena y la abuela en un pueblecito llamado Reading en el norte de California. Allí papá había conocido a una mujer con la que se había casado y cuyo número telefónico quería darme.

Una tarde, pocos días después, volví a casa de hacer las compras y Jack había reaparecido. Estaba cortando rayas de metanfetaminas en el tablero de la cocina.

—Ven aquí, te doy la raya más gruesa —ofreció.

Me tendió un billete de un dólar enrollado. Yo me incliné y lo inhalé todo. De pronto las cosas habían vuelto a la normalidad. Dicen que el tiempo cura todas las heridas, pero las drogas hacen el mismo trabajo mucho más pronto. Desde que había renunciado al bar, cada vez pasaba más noches con un billete de un dólar ante mi nariz. Como resultado, empecé a perder la independencia que había comenzado a ganar. Me apoyé en Jack cada vez más, pues ahora él era no sólo mi novio, sino también mi vendedor de droga. Por primera vez en meses, volvimos a tener sexo (quizá porque él deseaba recuperar su orgullo masculino después de ver el vídeo de Randy West). Y cada tanto me despertaba por la mañana y volaba a Los Ángeles para hacer algunas más de esas películas en las que él no hubiese querido que volviese a aparecer.

Una de las cosas más frustrantes acerca de trabajar en películas era que los productores nunca querían poner mi foto en las cajas de los vídeos. Todos argumentaban que mis pechos eran demasiado pequeños. Mis tetas eran, por cierto, lo bastante grandes como para que todos los hombres me miraran cuando iba a algún sitio. Pero no lo suficientemente grandes para los estándares del porno. Al igual que en el Crazy Horse, allí las chicas con las siliconas más monstruosas conquistaban toda la atención y yo me veía obligada a competir con aquel órgano que yo tenía más grande: mi cerebro.

Pero entonces conocí a un productor de Los Ángeles que se hacía llamar a sí mismo Nappy Headon[6]. Quería que yo protagonizase una película titulada Sponge Cake[7] y prometió colocar mi imagen en la caja. Hasta entonces, la única caja en la que yo había aparecido era la de Orgásmicas (Up and Cummers), pero ahora se trataba de un largometraje.

Como fuera, tendría que volver a actuar con un tío. (Para las fotos de cubierta de la caja, los fotógrafos, Brad y Cynthia Willis, un matrimonio en la vida real, me hicieron vestir un sostén ajustado para que mis pechos pareciesen más grandes.)

La película se filmó en una casa de Studio City. Yo no conocía a ninguno de los que estaban allí y las habitaciones parecía que no hubiesen sido aseadas en años. En comparación con los sets de Andrew Blake, la producción parecía estar por debajo de un bajo presupuesto.

La trama era sumamente original: una chica joven e inocente del oeste del país huye de su casa para hacer carrera en Hollywood, pero de algún modo se encuentra inmersa en la industria de películas para adultos y debe ocultarle la verdad a su novio cuando vuelve a casa. Yo era la chica inocente y algo en el argumento tenía para mí un toque autobiográfico. Mientras esperaba a mi primera escena de sexo, mi coestrella, un caballero llamado Arnold Biltmore, a quien no había visto nunca antes, se sentó a mi lado. Era un sujeto de cuerpo pálido y blando, de complexión algo regordeta y con un corte de pelo propio del jardín de infantes, con raya al medio y peinado hacia los lados.

Me dirigió una gran sonrisa repelente y dijo:

—¿Entonces estás lista para pasar un buen rato?

Le devolví una forzada sonrisa.

—Ya sabes —dijo—, eres una chica guapa. Tienes potencial. Puedes estar satisfecha de ti misma.

Me rodeó con su brazo sudoroso. Yo estaba tan obsesionada con Jack que nunca se me había ocurrido siquiera pensar en otros tíos; pero aun si yo hubiese estado de cacería, ese tío me habría parecido repugnante.

—Mírate —prosiguió—. Pareces un pequeño cordero perdido con un bonito vientre rosado.

No lo alenté en absoluto.

—Ven aquí —insistió—. Pareces tensa. Permite que te haga un masaje en la espalda.

Empezó a amasarme los hombros y mi cuerpo se puso rígido.

—Estoy pensando —explicó— en tatuarme un reloj de sol alrededor de mi polla, a fin de poder saber qué hora es cada vez que tengo una erección.

Nada relacionado con Arnold Biltmore conseguía excitarme. Y eso que se suponía que tendríamos sexo diez minutos más tarde.

Cuando empezó nuestra escena, Arnold intentó besarme. Yo oculté el rostro a la cámara, a fin de que nadie pudiese ver mi mueca de disgusto. A todas las chicas, sean monjas, estrellas del porno o las tías más pijas, les gustan las pollas bien duras, que se menean como si fueran a liberarse del hombre al que están sujetas. Pero la polla de Arnold nunca llegó a endurecerse del todo. Estaba erecta, pero era blanda, como una ramilla que ha estado varios días en el mar. Antes de aquella película, yo sólo había tenido experiencias agradables. Pero no podía dejar de sentir arcadas mientras le hacía una mamada. No podía dejar de pensar: «¿Qué demonios estoy haciendo aquí? Esto es repugnante. Yo no soy así». Se trataba realmente del lado oscuro del negocio.

—Ahora sube lentamente la mirada y mantenía ahí —me gritó el director. Quería una de esas tomas en las que una mira hacia arriba con sumisos ojos de gacela mientras hace una mamada, estableciendo contacto visual con la cámara (y, por extensión, con la persona que está sentada ante la tele en su casa). Lentamente eché la cabeza hacia atrás y alcé la mirada. Entonces la vi. La gota de sudor en la frente de Arnold brillaba más que cualquiera de las demás partículas. Se hinchó y creció hasta convertirse en una burbuja y luego se desprendió sin prisa de su cabeza. Cayó con lentitud, agrandándose desde mi perspectiva hasta parecer una pelota de playa.

Cuando me estalló entre los ojos, sacudí la cabeza. «Se acabó», pensé para mis adentros, «no puedo seguir con esto».

Tras completar la escena no conversé con nadie. Fui al camerino a recoger mis ropas. Kylie Ireland estaba allí con su manager, un tío obsesivo y arrogante dispuesto a ser su perro faldero a cambio de la oportunidad de exprimir de Kylie tanto dinero como le fuera posible. En la industria se los denomina «alcahuetes con maleta» (suitcase pimps). Primero tienen citas con las chicas del negocio, luego se convierten en sus managers, les quitan todo su dinero y, con frecuencia, las abandonan quebradas, desempleadas y repletas de arrugas prematuras. Estos sofisticados especímenes pueden ser divisados a menudo persiguiendo chicas en los aeropuertos, y siempre llevan maletas. Las estrellas porno buscan constantemente este tipo de tío porque piensan que las protegerá, guiará sus carreras y las librará del papeleo. Cuando la chica ya lleva un cierto tiempo trabajando en la industria, esto último es lo único que los alcahuetes parecen hacer bien: llevar el papeleo.

Kylie tenía problemas con la esponja. Cuando una chica está con el período, ninguna compañía puede permitirse detener el rodaje hasta que ella deje de sangrar. Por eso, a algún genio se le ocurrió la idea de insertar una esponja marina contra el cuello del útero. La esponja atrapa toda la sangre y la cámara no se entera de nada.

Kylie no parecía poder sacarse la esponja, y por eso su alcahuete decidió acudir a rescatarla. Se arrodilló frente a ella y extendió la mano hasta llegar a gran profundidad dentro de su cuerpo. En el rostro del tío se dibujaba una expresión extraña, como si en realidad disfrutase con su responsabilidad. De hecho, tras pescar la esponja entre sus dedos ensangrentados se la acercó a la nariz e inhaló. Era preciso que yo me fuese de allí. No quería volver a aparecer en una película nunca más.

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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