Medité mucho mientras volaba hacia Cannes. Gracias a mi escena con T. T. Boy, me habían nominado para las estatuillas principales de los premios del Hot D’Or Award, el festival de la industria cinematográfica para adultos más importante de Europa, que coincidía en fechas con el Festival de Cine de Cannes y con una convención para compradores extranjeros de películas porno. Entre aquello y lo de Howard Stern, me percaté de que ahora de verdad tenía una vida. Ahora ya no chapuceaba en el mundo porno en busca de dinero o algo para hacer. Ésa era mi identidad y mi carrera. Representaría a Wicked y a mí misma en el mayor festival de cine porno del mundo. Y nadie sabía todavía realmente quién era yo ni de dónde provenía. Podía bajar del avión y comportarme como me viniese en gana. Como un icono intocable, una joven mujerzuela adicta a las fiestas, una tensa mojigata con un lado oscuro o la encarnación viviente de las fantasías de cualquier hombre del mundo occidental… y por qué no también de algunas mujeres.

Tenía veintiún años y por fin empezaba a sentirme cómoda conmigo misma. Mi novio, Steven St. Croix, no tenía el más mínimo control sobre mí, y tampoco lo tenían Steve Orenstein, mi padre, Joy King ni ningún otro. Yo era mi propia dueña y todas esas personas confiaban en mí. Cannes marcaría el comienzo de mi nueva vida.

Me acompañaban Steve Orenstein y Joy. Yo había perdido el pasaporte el día anterior a nuestra planeada partida, de modo que Steve fue conmigo a gestionar uno nuevo. Finalmente, dediqué veinticuatro horas a hacer diez maletas, pues sabía que Cannes era un evento importante y quería estar preparada para cualquier circunstancia. Wicked llevaba también a otras dos chicas: Juli Ashton (una ex profesora de español) y Kaylan Nicole (la reina del sexo anal por aquel momento). Ambas eran mucho más experimentadas y populares que yo. Por muy malicioso que suene, no deseaba otra cosa que demostrar cuánto mejor que ellas podía hacerlo. Pero sería duro, pues al mismo tiempo que quería derrotarlas, intentaba aprender de ellas. Ambas habían comprendido que con su belleza, sus pechos y su estatus, las reglas que se aplicaban al resto del mundo no corrían para ellas. Se presentaban ante el mundo con la idea de que podían hacer todo lo que quisieran. (Poco imaginaba yo que aquél sería el último viaje de Kaylan a Cannes: poco después renunciaría al negocio, denunciaría al porno y se convertiría en una maestra de escuelas católicas; Juli, por su parte, se convertiría en presentadora del programa Playboy Night Calls.)

Durante el vuelo, las dos pidieron trago tras trago, circulaban por el avión como si estuviesen en el comedor de casa y actuaban de forma abiertamente sexual entre sí, para el regocijo y consternación de los hombres a bordo. Por más que yo había experimentado relaciones lésbicas, nunca lo había manifestado así en público. Mi padre policía me había enseñado a seguir las reglas, y la conducta de estas chicas me confundía. Por un lado, me hacía sentir incómoda, pero por otro deseaba ser lo bastante osada como para exhibir la misma libertad. Les decía:

—¡Joder! Se supone que no debéis ir al lavabo mientras está encendido el letrero de ajustarse los cinturones.

Y ellas me miraban como si fuese la chica más estúpida que jamás habían visto.

En el instante mismo en que bajamos del avión, estábamos en otro mundo. Uno con el que yo había soñado desde que era pequeña, cuando imaginaba cómo se sentiría ser una modelo internacional. De hecho, todo era mucho más salvaje que en mis sueños. Por todas partes había flashes. Los paparazzi gritaban y se empujaban para tomarme fotografías, por más que no tenían la menor idea de quién era. Me sentí por completo sobrecogida y desorientada cuando, en medio de la multitud de admiradores, fuimos hasta la limusina que nos esperaba. Por primera vez supe lo que experimentaban las verdaderas celebridades. Yo sólo había jugado a ser una, y en aquel momento todo parecía al alcance de mi mano.

En el trayecto hacia la limusina, comprendí que si hacía las cosas del modo correcto, ésa sería para mí una gran oportunidad. Conseguiría llevar mi nombre a todas partes. Durante mis primeros pasos en el negocio, pensaba que ser una estrella porno se limitaba a hacer escenas y vender vídeos. Nunca se me había ocurrido que ese tumulto psicótico sería parte del trato.

Llegamos a lo que parecía un palacio: el hotel Royal Casino. Jamás había estado en una habitación tan inmensa y decorada. Joy ya había organizado entrevistas y sesiones de fotos para mí cada diez minutos. Y a mí toda la perspectiva de ese trabajo me entusiasmaba. Deseaba hacerlo todo a fin de convertirme en alguien a quien todos amasen. Mirándolo en retrospectiva, era apenas un nuevo tipo de inseguridad que reemplazaba a la anterior, y yo me entregaba a mí misma a las necesidades y expectativas del público en lugar de cubrir las necesidades y expectativas de los hombres de mi vida. Se trataba de un nuevo modo de desarrollar mi independencia. E iba igualmente en detrimento de cualquier forma de estabilidad mental.

Una conferencia de prensa para promover los premios Hot D’Or abrió la agenda. Aquélla sería mi primera oportunidad de demostrarle a todos de lo que era capaz. Por supuesto, no tenía ni la menor idea de lo que me esperaba, pero sí sabía qué hacer. Así que mientras que todas las demás chicas de la conferencia vestían sus llamativas ropas de stripper y prostituta, yo me puse un hermoso vestido azul de Versace. La conferencia de prensa se inició al mediodía, y yo esperé hasta la una para llegar a fin de provocar la mayor conmoción posible. Sigue existiendo en mi interior una niñita que duda de todo lo que hago, pero siempre me fuerzo a mí misma a vencerla y, a fin de fastidiarla, acabo haciendo las cosas (sin importar lo triviales que sean) mejor y más sobresaliente que cualquier otra persona.

Cuando entré al salón, todos se quedaron súbitamente en silencio. Yo ignoraba si eso era una buena o una mala señal, porque todos me miraban como si hubiese llegado tarde a la clase el primer día de escuela. De pronto, toda mi preparación mental se esfumó y los nervios se apoderaron de mi cuerpo: empecé a temblar de forma incontrolable y me brotó la urticaria en los hombros y en el cuello. Mientras avanzaba rumbo a la mesa ante la cual todas las demás chicas estaban sentadas en incómodo silencio, seguí repitiéndome a mí misma: «Cálmate, cálmate». La gente me hablaba, pero yo no podía procesar ni una palabra de cuanto me decían.

Al sentarme, renació un murmullo y todos pujaron para obtener una entrevista conmigo. Era mi primera conferencia de prensa y todavía no había refinado mi rutina, pero contaba con los desfiles como entrenamiento y me aseguré de mirar a cada periodista fijamente a los ojos y responder a cada pregunta del modo que, yo suponía, los periodistas esperaban que lo hiciese. Tras el evento, no conseguí recordar ni una sola de las palabras que había pronunciado.

Era un momento de auge del porno en Europa, y tanto los fans como los fotógrafos perseguían nuestros taxis y limusinas cada vez que dejábamos el hotel. Congregábamos multitudes en las calles pidiéndonos fotos y autógrafos. Nos rodeaba mayor entusiasmo incluso que a los actores convencionales, pues nosotras nos mostrábamos más accesibles.

Yo me preocupaba siempre por vestir con los mejores conjuntos. Si había una sesión fotográfica, tenía que asegurarme de estar en primera fila y en el centro. Si había cerca una cámara de televisión, debía asegurarme de coger el micrófono. No sé qué demonio se apoderó de mí. Me preocupé absolutamente por todo. Estaba compitiendo con algunas de las mejores chicas de la industria, y tenía que demostrar el motivo por el cual, de entre todas ellas, yo merecía ser la estrella del año. Incluso cuando los fotógrafos me llamaban «Pamela», yo desempeñaba mi papel, posando para fotos y dejándoles pensar que estaban fotografiando realmente a Pamela Anderson. Viéndolo ahora, me avergüenzo de mi egoísmo y mi conducta oportunista, pero al mismo tiempo el éxito requiere de alguna familiaridad con el fatal defecto que es el narcisismo.

El segundo día teníamos que firmar autógrafos en la convención. El ambiente era por completo decepcionante. Los organizadores de Cannes habían congregado a toda la gente del porno en un espantoso y estrecho cuchitril subterráneo por debajo de los teatros donde estaban exhibiéndose las películas del festival de Cannes convencional. Mientras entrábamos allí, cogí el librillo que anunciaba el programa de estrenos que había publicado el festival, y que se le daba en mano a todos los asistentes. Al curiosearlo descubrí en la contraportada una fotografía gigantesca de mi rostro. El único texto que la acompañaba era «Jenna». Wicked había pagado un generoso anuncio en color.

Aunque yo lo ignoraba, todos en la industria convencional del cine se estaban preguntando quién era la rubia del programa. De modo que el productor del E! Channel decidió darme caza y resolver el misterio. Cuando me marchaba de la convención, unas horas más tarde, un cámara de E! me vio y gritó:

—¡Jenna!

Al tiempo que yo me volvía hacia él, añadió:

—¿Quién eres? ¡Has de decírnoslo!

Y entonces, en una de las jugadas más audaces de mi vida, cogí el micrófono de su mano y un alter ego que yo misma ignoraba tener se hizo cargo de la situación:

—Hola, soy Jenna Jameson, estoy informando para vosotros desde Cannes, en Francia, donde las más destacadas celebridades del mundo se han reunido para pasar una semana tomando el sol, gozando de fiestas y mirando películas.

Supongo que alguna parte de mí siempre había deseado ser una presentadora televisiva. Hacía muy poco había visto en MTV el programa House of Style de Cindy Crawford, meditando que yo podría hacer aquel trabajo mucho mejor… si sólo me viera tan fantástica como ella.

—Estoy aquí porque trabajo para Wicked Pictures, donde hacemos películas porno tan calientes que si no os cubrís los ojos, probablemente estallaréis. Este año compito por los premios principales. Y estoy convencida de que los ganaré, pero tendréis que venir conmigo para confirmarlo.

Por una parte estaba aprovechando de lleno la oportunidad para decir disparates, pero, a la vez, sabía con exactitud lo que hacía: intentaba comprometer a E! para que cubriese con sus cámaras el show de entrega de premios. Cuando concluí todos estaban absortos. No necesariamente por lo que había dicho, sino porque, al igual que Howard, no podían creer que una chica de apariencia tan joven e inocente fuera de verdad una estrella porno. Por fortuna, la productora estaba de pie muy cerca y, no bien terminé mi ridículo monólogo, corrió hacia mí para decirme:

—¿Aceptarías ser nuestra corresponsal aquí para todo el festival?

—Por supuesto —respondí tranquila.

En el instante mismo en que ella me dio la espalda, todo mi rostro dio muestras de excitación al tiempo que mi mente repetía por dentro las palabras «¡Dios mío!».

Para mi primera aparición en E!, fui a un puesto y compré un cono de helado mientras me refería al estreno de esa noche. Detrás de mí, la cámara capturó a una multitud de personas deseosas de fotografiarme, seguras de que yo era algún tipo de estrella. La percepción, aprendí rápidamente, es la realidad.

Aquella noche entrevisté a auténticas estrellas, ninguna de las cuales tenía la menor idea de quién era yo ni a qué me dedicaba. Pensaban tan sólo que era la nueva cara bonita de E! Y lo cierto es que me respetaban por ello. Mi corazón latía a tal velocidad como si hubiera vuelto a consumir metanfetaminas. Tenía veintiún años y mis sueños se estaban haciendo realidad. Y lo más extraño de todo es que no sentía ningún temor. Era la persona más insegura del mundo, pero, por algún motivo, no había dudado en ponerme al frente del micrófono de E!, como si algo en lo más hondo de mi mente me hubiera estado preparando para ello toda mi vida. En realidad, estaba reinventándome a mí misma. Todos aquellos meses de comer Ramen habían dado su fruto.

Esa noche, todas nos vestimos y Joy nos condujo a un club que abría a medianoche. Al parecer, todos los habitantes de Cannes se habían congregado en aquel lugar inmenso y vagaban medio desnudos pues no había aire acondicionado. La experiencia de E! y el alcohol me produjeron tanta adrenalina que me subí a la barra junto a Juli y Kaylan y me desvestí hasta quedar en sostén y la parte inferior de un bikini. Entonces, media docena de otras chicas fueron subiendo junto a nosotras y empezaron a seducirse mutuamente. No era algo nada inusual en el club, que estaba lleno de parejas practicando los preliminares en el suelo del local o incluso follando en la escalera.

De pronto bajé la mirada y vi a un camarero de pelo negro con una mandíbula perfecta que no me apartaba los ojos. Algo que me encantaba de Francia era que los tíos eran calientes, pero las chicas no, así que la situación jugaba a mi favor. Aun así, yo no era el tipo de chica que avanzaba ante un hombre. Nunca antes había dado el primer paso. Me limitaba a esperar que él me hiciese una propuesta, tal como me había sucedido con Victor y Jack. Pero yo ya no era Jenna Massoli, y ni siquiera Jenna Jameson. Era ¡Jenna! entre signos de admiración. Así que salté desde la barra y pedí una ronda de bebidas para los dos. Cuando lo recuerdo ahora, no sé si estaba sólo borracha y aturdida o si intentaba parecer todopoderosa y sensual. Quizá ambas cosas.

A continuación subí mi pierna izquierda, frotándola contra la parte externa de su muslo, y mis dedos se abrieron paso en la maraña de su cabello. Cuando él empezó a abrir la boca para decir algo, apreté mis labios contra los suyos y le hundí mi lengua en la garganta. Las palabras murieron en su boca y me envolvió con sus brazos, empezando a besarme. Fue la sensación más emocionante del mundo. Allí estaba yo, una jodida estrella porno, y me excitaba sobremanera estar besando a un desconocido camarero.

Me cogió de la mano y atravesé con él el salón hasta una puerta que conducía al lavabo de los empleados. Nos detuvimos en el pasillo y volvieron a unirse nuestros labios. Le hice masajes en la espalda y descendí con los dedos hasta su trasero. Él recorrió mi cuello con su boca y cogió tal cantidad de piel entre sus labios que se me puso la piel de gallina.

Llegué a su cremallera. Quería tantear la situación. Su polla parecía irrefrenable debajo de sus pantalones negros, alzándose cada vez que yo supervisaba el material.

—¿No tienes que volver al trabajo? —le pregunté.

—No —respondió lentamente y con un acento adorable—. No me urge hacer nada.

Hundió su mano en la parte inferior de mi bikini y sólo la dejó ahí, permitiendo que el calor se extendiese hasta que yo estaba completamente mojada. Luego descendió y me frotó la superficie de los labios del coño con su dedo mayor hasta que se deslizaron dentro sin la menor resistencia. Con su pulgar, jugueteó con mi clítoris mientras yo me frotaba contra su mano logrando que me estremeciera en un orgasmo. No se me había ocurrido que me correría tan pronto.

—Vayamos a algún sitio más cómodo —le dije.

Nos marchamos del club por la salida de empleados, regresamos a mi habitación en el hotel y follamos hasta que salió el sol. Siempre había oído decir que los hombres franceses eran estupendos amantes, pero entre su resistencia, su sensibilidad y las frases en francés que no cesaba de pronunciar, superó todas mis expectativas. No me enteraba en absoluto de lo que estaba diciendo, pero eso me excitaba mucho, por más que era consciente de que quizá sus palabras significasen: «Eres una estúpida puta estadounidense».

Cuando acabamos, envolvió su cuerpo desnudo con el mío. De inmediato me puse rígida. Odio estar acurrucada. Estando caliente, sudada y pegajosa, lo último que quiero es aplastarme contra otra cosa igual de caliente, sudada y pegajosa. Me aparté y él pareció ofenderse.

—¿Qué edad tienes? —indagué—. Aunque a estas alturas ya no tiene importancia.

Murmuró su respuesta y mi mandíbula alcanzó el suelo. Lo que yo acababa de hacer debía de ser ilegal en muchas partes del mundo.

Al día siguiente conocí a un director que me dio una entrada extra para un estreno aquella noche.

—Quiero ver la reacción que se produce cuando tú camines por la alfombra roja —anunció.

Me quedaban unas horas hasta el comienzo de la película, así que di una vuelta por Cannes buscando algo que vestir. Entonces me enamoré de un vestido negro de Valentino que costaba tres mil ochocientos dólares y me dejó sin blanca.

Me lo puse en el cambiador de la parte posterior de la tienda y cogí un taxi para ir al estreno. Al llegar al exterior de la sala era un pandemonio. Había limusinas por doquier y la prensa se apretaba rodeando la alfombra roja como apostadores en una pelea de gallos. Mi mayor temor era que nadie me reconociese, o protegiese. Cuando llevaba avanzada una cuarta parte del camino por la alfombra escuché que alguien gritaba mi nombre y todo el mundo enloqueció. Fue un momento que hubiese deseado que durase para siempre: sentí que por fin había llegado.

Al iniciarse la proyección, no pude prestarle la menor atención a la pantalla. Mi cabeza daba vueltas. Me marché tras quince minutos y encontré al equipo de E! esperándome en mi hotel. Querían filmarme aquella noche en un club de swingers sólo para miembros.

Durante el resto de la semana pasé las mañanas firmando autógrafos en la mazmorra de la convención, las tardes filmando para E! y luego de fiesta hasta el amanecer. Dormía dos horas y luego todo volvía a empezar. No recordaba haberme divertido tanto en toda mi vida.

Barrí con los premios Hot D’Or en mi última noche en Cannes, ganando las estatuillas a Mejor Actriz Revelación Estadounidense y Mejor Actriz Estadounidense. Después miré a mi alrededor, en mi habitación, y pensé: «Lo he conseguido. Soy aquí la chica más popular». Aunque pueda parecer superficial, eso es lo que pensé entonces. La vida era como la escuela secundaria, un concurso de popularidad en un aula tan grande como el mundo.

La idea de alcanzar la fama a nivel popular, o al menos vislumbrar su cercanía, se me había colado en las venas. Desde ese momento nunca volví a ser la misma. Al regresar a casa en el avión, estuve bebiendo botellas en miniatura de Jack Daniel’s junto a Juli y Kaylan. Ahora era una de ellas y no podía equivocarme. Saldría adelante con cualquier cosa, pues ahora era ¡Jenna! entre signos de admiración. Sentía la seguridad de estar por fin hallándome a mí misma. En realidad, me estaba convirtiendo en un monstruo.

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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