Si alguien en el norte de Hollywood hubiera tenido el coraje de aproximarse a una rubia de pechos turgentes con cara de niña en el verano de 1996, seguramente habría salido conmigo. Tras cortar con Steven me sentí sola (no sólo porque lo echaba de menos, sino porque añoraba vivir con alguien más). A medida que mi estrella se elevaba, se me hizo más duro habitar ese estrecho estudio. Necesitaba a otra persona con la cual compartir mi entusiasmo. Y, más que eso, había motivos de seguridad. No sólo me daba miedo pedir comida a domicilio, sino que mi terror mortal a los garajes no se atenuó después de que forzasen las puertas de mi Corvette y me robasen miles de dólares en ropa que tenía en la parte trasera lista para unas sesiones de fotos.
Rodney Hopkins, entretanto, no había dejado de importunarme para que aceptase salir con él. Y dado que él me había salvado la vida llevándome al hospital, sentí una cierta obligación de acceder. Mi reticencia a verlo no se debía a nada personal: sencillamente no había química entre nosotros. Pero era para mí un momento solitario y acabé cediendo.
Me pasó a buscar y me llevó a un restaurante italiano en el Boulevard Ventura. (Rara vez atravesaba la colina hacia Hollywood.) Con su luz tenue y su personal servil, podría haber sido una velada de un increíble romanticismo. Pero, tal como me temía, fue una noche de tedio. Soy una persona conversadora. Para mí es sencillo iniciar una conversación (en el Crazy Horse había aprendido a divertir incluso a los ejemplares más aburridos de nuestra especie). Pero cada vez que le formulaba una pregunta a Rod, él respondía con un monosílabo. Cada vez que yo hacía una broma o decía una tontería, él me miraba como ausente. Así que, a medida que avanzaba la cena, los incómodos silencios se volvieron cada vez más largos y no veía la hora de librarme de él. Cuando Rod me dejó frente a mi edificio, salté fuera del coche y le dije que no era necesario que me acompañase hasta la puerta.
Cualquier otro hombre habría comprendido que no había posibilidades y me habría dejado en paz. Pero Rod era o bien inconsciente, o bien obsesivo. Siguió telefoneándome sin tregua. Y cada tanto, si yo estaba aburrida y hambrienta, le dejaba llevarme a cenar.
Poco a poco, empecé a sentirme unida a Rod. Y él se sintió más cómodo conmigo: empezó a reírse de mis bromas, lo que siempre le suma puntos a un hombre. Y era de verdad tierno observar el modo en que reaccionaba ante mí: parecía que cualquier cosa que yo hiciese o dijese le proporcionaba una enorme satisfacción. Era un director de extraño talento que acababa de empezar a filmar para Wicked y sabía mucho acerca del negocio. Así que pronto comprendí que podría serme de ayuda. ¿Acaso fue eso superficial por mi parte? ¿Fue un comportamiento raro en mí? Por desgracia, no.
Rod medía un metro setenta y siete, tenía el pelo castaño, barba de chivo y pendientes en las orejas. Para la mayoría de la gente, incluyéndome, parecía poco amigable porque nunca sonreía, apenas hablaba y parecía incapaz de expresar emociones. No aparentaba poseer un lado profundo, una sensibilidad oculta ni el menor ápice de audacia o espontaneidad. Quizá sus defectos fuesen atribuibles a su crianza: era hijo único y nunca había tenido una relación estrecha con sus padres. Sin embargo, su sentido de la moda propio de un bailarín nunca cambiaba. Siempre vestía chaquetas de cuero con hombreras abultadas tan cutres que incluso las instituciones de caridad las habrían rechazado.
La primera película en la que trabajamos fue Cover to Cover. Yo participé en todo: la escritura del guión, la preproducción, la elección del vestuario, la decoración del set. Me sentía tan entusiasmada con la experiencia que me incluí en todas las escenas, lo que era casi ridículo. A diferencia de Blue Movie, Cover to Cover no era un filme argumental y se hacía con una décima parte del presupuesto de la primera. Se trataba de meras viñetas enlazadas mediante el nada original motivo de una bibliotecaria que sueña con ser un personaje de los libros que lee. Así que, encarnando a la bibliotecaria, protagonicé tres escenas chico-chica, otras tres chica-chica y una masturbación solitaria. Todo en apenas dos días de rodaje.
Para cada fantasía cambiábamos de escenario, y yo me vestía con distintas pelucas y trajes de época. El desafío, finalmente, no fue la actuación, sino conservar íntegras mis partes privadas. Cuando llegó el momento de la primera escena chico-chica, Rod, por supuesto, se atribuyó el rol de mi compañero. Su primera arremetida me impactó de mala manera contra el cuello del útero. Me retorcí de dolor, meciéndome y retorciéndome por espacio de quince minutos. Me llevó otros seis minutos poder volver a tener sexo. No sé con seguridad por qué el dolor era tan agudo; quizá mi cuerpo se había hinchado tras todos los preliminares que realizara en las escenas previas junto a otras chicas.
Aunque ya había hecho el amor con Rod ante las cámaras, todavía no estaba preparada para hacerlo en la vida real. El punto culminante fue un filme titulado The Wicked One, que exigió de mí más actuación que Blue Movie. A lo largo de todo el rodaje, Rod no me perdió de vista. Parecía preocuparse realmente por el modo en que yo aparecía en cámara y, como es natural, eso me agradó. Rod tenía un gran ojo. E incluso empezó a relajarse y abrirse un poquito, con lo que su compañía ya no fue tan aburrida.
Aquél fue uno de los rodajes más perfectos de mi carrera. Salí en casi todas las escenas, algo por demás inusual. Y participé por primera vez en una escena de trío, con Peter North y Mark Davis. Me resultó extremadamente difícil prestarles atención a los dos tíos a la vez.
También hice otra escena de trío en la película, aunque sucedió de forma casi accidental, lo que es muy raro. Se suponía que en la escena aparecían sólo Tom Byron y Channone, una chica nueva francesa que apenas hablaba inglés. Se suponía que yo estaría dirigiendo a Tom, rodeándolo e indicándole lo que debía hacer con ella. A él le encantaba la idea y seguía mirándome a mí como un siervo obediente. Cuanto más se compenetraba él, más me excitaba yo, que fui avanzando hasta sostener a Channone por las nalgas, abriéndoselas y gritándole a Tom: «¿Es esto todo cuanto has obtenido?».
Promediando la escena, Channone empezó a suplicarme, con su bonito acento francés: «Quiero lamerte el coño». No se suponía que yo tuviese ninguna participación sexual en esa escena, pero Rod no nos detuvo.
El momento más extraño, sin embargo, llegó en mi escena con Tiffany Million. Ella me estaba poniendo cachonda y me encantaba. Pero entonces, de pronto, alzó la cabeza, colocó su pecho derecho a pocos centímetros de mi coño y empezó a desparramarme encima su leche materna. Yo me horroricé. Sabía que ella podía producir leche con sus pechos a discreción, pero no tenía idea de que fuera a hacerlo conmigo. Y ciertamente no estaba preparada para lo que ocurrió a continuación: puso su rostro entre mis piernas y empezó a lamer su propia leche. Intenté mantener el entusiasmo, y probablemente engañé a mucha gente. Pero cuando pienso hoy en ese episodio, siento bastante repugnancia. Desde entonces he intentado evitar todo tipo de sorpresa conociendo a las chicas antes de una escena y conversando con exactitud lo que queremos hacer juntas.
Tras el rodaje, Rod se mudó a un enorme edificio de cinco plantas en Studio City, que alquilaba por cuatro mil dólares al mes junto a su camarada de dirección, Greg Steele. Planeaban costear el alquiler cediendo el espacio para filmaciones. Pronto me encontré pasando allí cada vez más noches. Rod me había perseguido durante tanto tiempo, me había puesto en su mente como una fantasía sexual tan intensa que, cuando finalmente me consiguió, no estaba dispuesto a dejarme partir.
Pero como si Cover to Cover hubiese sido una profecía, el sexo con él no era satisfactorio. Fue el primer tío con quien salí que tenía el complejo diosa-prostituta. Cada vez que estábamos juntos, me trataba como a una princesa. Pero en la cama el sexo tenía que ser sucio y me trataba como a una puta, gritándome obscenidades e intentando todo el tiempo meterme un dedo en el culo mientras me follaba, lo que constituye un gusto adquirido que yo nunca adquirí. Así que, a medida que progresaba la relación, a él se le hizo más y más difícil follarme, pues se veía ceñido a un vínculo ambiguo. Al parecer; durante el sexo, sentía la necesidad de humillar a la mujer. Pero a la vez le resultaba imposible humillar a la mujer que amaba. La única ventaja de nuestro casi celibato es que nunca tuve el bebé que todavía ansiaba con locura. Desde la primera vez que me había acostado con Cliff, mis pensamientos tendieron una y otra vez inevitablemente hacia la maternidad. Nunca supe con seguridad si se trataba sólo de una necesidad biológica común a todas las chicas o si era el resultado de no haber tenido nunca una familia propia normal. Pero pese a que mi cuerpo lo pedía imperioso, yo era consciente de que no estaba lista mental ni emocionalmente, y que quedar embarazada no era una estrategia astuta para el futuro de mi carrera.
Más allá de los problemas, lo cierto es que yo deseaba que mi relación con Rod funcionase. Parecía tener sentido. Gracias a nuestras películas, Rod se había convertido en el primer director que firmaba un contrato en exclusividad con Wicked. Era una figura en alza dentro del mundo del porno. Yo era la chica contratada más importante y avanzaba en la misma dirección. De modo que, ya que colaborábamos ambos en nuestras películas, parecía coherente que también nos uniésemos en la vida real. Así, podría centrarlo todo en mi carrera.
Seguí buscando con esmero motivos para amarlo. Mirando en retrospectiva, me veo atravesando un proceso similar: intento recordar los momentos gratos y felices, pero acabo con la mente en blanco. Todo estaba bien mientras yo tenía mi propia vivienda y mi independencia, pero no pasó mucho tiempo hasta que él tuvo que abandonar su mansión en miniatura. Resultó que sus vecinos eran unos cabrones y no le permitían arrendar el lugar para filmar, así que ya no pudo mantenerlo. En cambio, alquiló una encantadora casita con piscina en Topanga y Ventura, y me pidió que me mudase con él. Dije que sí.
Siempre intento analizar por qué me enamoro de la gente. Y por lo general se debe a los motivos equivocados. Así que, por más que yo sabía todo lo que faltaba entre nosotros, no dudamos en subirnos para disfrutar mutuamente de nuestras olas de éxito. Al mudarnos juntos, sellamos un pacto según el cual sólo trabajaríamos juntos: él como mi director y yo como su estrella. Rod era increíblemente talentoso y no sólo como cineasta. Yo pensaba contratar a alguien para que hiciese las cortinas, y un día, al volver a casa, descubrí que él mismo había hecho hermosas cortinas de seda y terciopelo, con divisiones forradas en tela china. Eran mucho más hermosas que cualquier cosa que yo hubiese pagado. Cuando uno de mis conjuntos no me quedaba bien, Rod los cosía y arreglaba para mí.
Por primera vez salía con un hombre que centraba en mí el cien por cien de su atención. Yo sabía con certeza que me amaba y, lo que era aún mejor, me permitía estar a cargo. Aprendí una regla fundamental de un noviazgo: la persona que lleva las riendas de una relación es la que desea el menor grado de compromiso.
Cualquiera podría pensar que, después de todo lo vivido con Jack, yo sería una pareja compasiva. En cambio, me volví tan mala como los hombres con quienes había salido. Cogí todas mis experiencias negativas y se las arrojé a Rod en pleno rostro. Y de verdad lo torturé, pues yo sentía que no me quedaba nada por perder. Transcurrido nuestro primer mes de convivencia, nos peleábamos todo el tiempo. Yo insultaba cada aspecto de su masculinidad y amenazaba con marcharme, pues lo cierto es que no lo necesitaba.
Cada vez que mencionaba la posibilidad de irme, él se ponía a llorar. Y cuando un tío ha llorado, todo se acaba. Mostradme la menor debilidad y os pasaré por encima. La verdad es que no estaba preparada para una relación: seguía conviviendo por dentro con los conflictos irresueltos de mi pasado.
Algunos dirían que Rod era astuto con su dinero, pero en aquel temprano momento de mi madurez, me pareció avaro. Conducía una machacada camioneta y se negaba a comprar un coche nuevo. Yo le decía una vez tras otra que cualquier día, al regresar a casa, encontraría esa cosa ardiendo en plena calle.
He de decir que el propio Rod no era del todo inocente. También él parecía estar descargando sobre mí todas sus malas experiencias previas con mujeres. Tenía un modo pasivo-agresivo de intentar mantenerme bajo su control, y lo hacía jugando con mi inseguridad. Es una táctica veterana entre los hombres que creen estar saliendo con una mujer en una situación desigual: nunca mostrarse impresionados y siempre menospreciarla. Entraba a la habitación cuando yo me maquillaba desnuda y anunciaba:
—A que no adivinas qué es lo primero que te meteré en el culo.
O me comentaba al pasar que las únicas mujeres que lo excitaban eran las asiáticas. Cuando objetaba que yo era tan distinta de una asiática como era posible serlo, él aseguraba que lo que lo atraía de mí era que yo tenía ojos rasgados como los asiáticos.
Poco a poco pasé de ser la mujer próspera y segura en la cima de una nueva carrera a cuestionarme todo sobre mi cuerpo y mi personalidad. Era su método de venganza: lograr que yo me volviese tan dependiente de él como él lo era de mí.
Cuando se enfadaba, me llamaba «puta». Y eso me fastidiaba más que nada, pues aquélla había sido la misma palabra pronunciada por el Predicador mientras me estaba violando. Desde ese momento, cada vez que la escuchaba (sin importar quién la dijese) sentía fluir desde mi piel las burbujas de la ira.
—Puedes llamarme como quieras, pero no me llames puta. Eso te ahorrará mucho dolor y sufrimiento.
Fue un gran error decirle tal cosa, pues le proporcioné entonces un botón que podía presionar cuando quisiera. Por supuesto que todavía le faltaba sufrir las consecuencias. No soy una persona violenta por naturaleza, pero podía lanzarle libros y aporrearlo con mis pequeños puños.
De no haberme importado nada, no habría respondido en absoluto a sus provocaciones. Así que, de algún modo, en el transcurso de tanta locura, debí de haberme enamorado de él. Y cuanto más enamorada de él me sentía, más se alejaba y me rechazaba él. En lugar de pasar tiempo conmigo cuando estaba en casa, se encerraba en su habitación durante días a escribir guiones.
Al fin, nuestra vida sexual se aproximó a la nada, y yo la necesitaba, no sólo por el placer en sí mismo, sino para tener seguridad en el amor que supuestamente sentíamos el uno por el otro. El problema no se limitaba a sus comentarios despectivos y sus neurosis sexuales: estar en el negocio con tu pareja puede agotar hasta la última gota de energía y pasión que sentíais mutuamente. Algunos dicen que el trabajo es el enemigo de los impulsos eróticos naturales, que mata tus deseos sexuales y los canaliza en cualquier otra parte. Y eso es doblemente cierto cuando tu trabajo consiste en el sexo.
Empecé a afanarme por salvar la relación. En alguna medida, quería que funcionase porque, a nivel profesional, éramos un buen equipo. Las películas que habíamos hecho se contaban entre mis favoritas. Así que, en un último y desesperado esfuerzo por hacer que nuestra pareja saliese adelante decidimos contraer matrimonio. Pensé que habíamos vuelto a enamorarnos (y me convencí a mí misma de que estaba poniendo un énfasis excesivo en el sexo, y que quizá no era tan importante en una relación). Por eso me sumergí en hacer los planes de la boda del siglo. Incluso compré mi propio anillo nupcial.
En retrospectiva, también entonces era consciente de que estaba cometiendo un error. Pero daba por hecho que la llave de la felicidad era tener una familia, algo de lo que siempre había carecido. Yo siempre idealizaba los años de mi vida que era incapaz de recordar, la imagen de dicha que caracterizaba a la familia Massoli antes de que muriese mi madre y nuestras existencias perdiesen el control. Pensaba que podría reconstruir esa imagen junto a Rod. Me encantaba la idea misma de estar casada y desde que era pequeña había soñado con ser madre. Después de todo, ahora tenía veintidós años, la misma edad que mi madre cuando se había casado con papá.
La boda se produjo el 21 de diciembre de 1996. Fue un hermoso evento en el Teatro Wilshire Ebell que costó cuarenta y cinco mil dólares. Papá voló para estar con nosotros y conoció a Rod en persona allí por primera vez. Mientras me zambullía en mi tercera copa de champaña, tuve de pronto un instante de lucidez.
Salí corriendo de la sala y fui hasta donde estaba papá. Todavía faltaba media hora para que se iniciase la ceremonia.
—¡Papá, no puedo hacerlo! —le dije—. ¡No quiero casarme con este tío! ¡Es un gran error! ¿Qué debo hacer?
Me apuntalé en espera de un buen consejo, preparada para obedecer cualquier propuesta que él sugiriese para salvar el momento. Lo que siguió a continuación, sin embargo, fueron las peores palabras de sabiduría que haya recibido en toda mi vida:
—Sólo hazlo —me dijo—. No van a clavarte en la cruz. Sólo estás asustada. Si no te gusta, podrás librarte de él fácilmente.
¡Imaginad, estaba pidiéndole consejo a un tío que había atravesado cinco matrimonios!
Así que seguí adelante. La boda habría sido un cuento de hadas de no haber estado Rod esperándome al final del pasillo. Mientras estaba de pie en el altar, no dejaba de pensar que me convendría fingir un desmayo. Siempre me habían dicho que desvanecerse en el altar era la mejor manera de evitar un casamiento.
La señal más segura de que era mucho más que miedo fue que no se me saltó ni una lágrima. Por lo general lagrimeo todo el tiempo, incluso si sólo estoy viendo A Wedding Story en la tele[33]. En cambio, lo único que deseaba era salir lo más pronto posible de allí. Me sentía una absoluta hipócrita. Si vierais nuestro retrato nupcial, nuestros rostros lo dirían todo: parezco espantada, mientras que él no podría estar más satisfecho.
Al día siguiente debíamos volar a Hawai para nuestra luna de miel. Por eso reservé aquella noche para nosotros una habitación en el Hotel Beverly Hills. Tras registrarnos, nos dimos las buenas noches y nos dormimos. Ni siquiera tuvimos sexo. Y lo más aterrador es que yo ni siquiera lo deseaba.