CHICOS 4
Nombre: Cliff
Edad: 19
Lugar: Las Vegas
Estatus: Vecino, chico pijo
Límite atravesado: relaciones sexuales
Mi primer período me trajo una nueva cantidad de problemas. El primero fue que todavía tenía intacto el himen. Era una capa de carne delgada que bloqueaba por completo mi abertura, impidiéndome el uso de tampones. Presionaba hasta sentir dolor, pero aun así no conseguía acomodarlos. Llegué a acudir a la ex de mi papá, Vivian, pero también ella pareció perpleja.
El segundo problema era que nuevos tipos de hormonas empezaban a actuar sobre mi cuerpo, condicionando toda mi actividad mental. Iba de aquí para allá con el constante anhelo de ser penetrada.
Había conocido en el barrio a algunos chicos mayores que yo, quienes iban a montar una fiesta. Así que decidí probar suerte y ver si podía resolver dos problemas con un único hombre. Ahorré dinero y me compré un sinuoso vestido negro que me puse con medias negras. Luego llamé a mis mejores amigos y despilfarramos nuestra pasta: alquilamos una limusina y salimos a celebrar la pérdida de mi virginidad antes de que ésta se produjera.
Como tenía muy presente el recuerdo de la mesa destruida por mi abuela, yo no era una gran bebedora. Sin embargo, hice una excepción para aquella ocasión tan especial. Bebí a lo largo de la noche medidas de tequila e intenté comportarme haciendo honor al aspecto de vampiresa que, en mi opinión, tenía. El blanco de mi lujuria fue el líder del grupo, Cliff, un chico guapo y pijo que acababa de aparcar el Porsche de su padre junto a un árbol. Yo tenía apenas quince años y medio, pero por fin mi cuerpo empezaba a tener formas y quería convertirme en la estrella de la fiesta.
Durante toda la noche Cliff avanzó seduciéndome, tentándome, clavándome la mirada, diciéndome lo hermosa que estaba, apoyando su mano en mi cintura un poco más de lo apropiado. Por fin me llevó al lavabo. Me apoyó contra la pared y empezamos a hacerlo.
Sus manos recorrían todo mi cuerpo, presionándome los pechos, las caderas y el culo. Me bajó las medias hasta los muslos y las desgarró haciéndoles un enorme agujero. Entonces me empujó hacia atrás en el váter, alzó mi vestido y comenzó a devorarme.
Se puso de pie, abrió la cremallera de su pantalón y dio inició a un complejo acto de equilibrio. Se apoyó con una mano contra la pared mientras con la otra cogió su pene y lo apuntó contra mi entrepierna, intentando abrirse paso hasta el agujero de mis medias. Todo sucedía a gran velocidad. Fue entonces cuando tomé conciencia. Eso era todo. Perdería mi virginidad para siempre con el misil personal de ese borracho. La siguiente idea que brotó en mi mente fue: «Esto no está bien. No puedo hacerlo».
Me entró el pánico. La palabra empezó a surgir en mi cerebro antes de explotar fuera de mi boca con un grito fugaz y agudo:
—¡Detente!
Él se echó hacia atrás, espantado, y rápidamente se subió la cremallera. Al salir del lavabo todos mi amigos se habían marchado. Habían cogido la limusina y me habían dejado sola, dando por sentado que yo estaba obteniendo lo que había ido a buscar. Ahora estaba varada en esa casa. Mi idea había sido ir a dormir a casa de alguna amiga. Pero no podía presentarme allí sin más y despertar a sus padres. Y mucho menos llamar a papá para que me recogiese en una fiesta llena de chicos de bachillerato. Además, estaba drogada.
Así que bebí un poco más, analicé mi situación, y le pedí a Cliff que me llevase a casa.
—¡Claro! —respondió él—. No hay ningún problema. Jeff puede acercarte.
Subimos al asiento trasero del camión de su amigo y nos marchamos. Adoré cada momento, pues en algún sentido me parecía que estaba siendo aceptada e iniciada en el sofisticado mundo de los adultos. Ahora comprendo en qué me estaba metiendo.
Cuando el coche se detuvo y salimos, no estábamos en absoluto cerca de mi casa, sino frente a la de Cliff.
—Puedes dormir en la cama de mi hermano —anunció—. Él está fuera de la ciudad.
Para entonces ya habían surtido efecto en mí los últimos dos tragos de tequila. No sólo estaba demasiado hecha polvo como para protestar en forma coherente, sino que apenas podía caminar. Cada tanto me derrumbaba al cruzar el jardín y murmuraba cosas sin sentido. Él me cogió y me llevó dentro de la casa. Cerré los ojos hasta escuchar un profundo gorgoteo. Me había arrojado sobre una cama de agua barata cubierta de laca negra. Eché un vistazo a las sábanas: tenían un espantoso collage de estrellas rojas y azules. Incluso a pesar de mi estado, recuerdo lo horrible que era esa cama. Yo ya había perdido el buen humor. Me besó. Sentí asco. Y eso es lo último que recuerdo.
Al despertar estaba completamente desnuda. Me miré el cuerpo y descubrí un enorme charco de sangre.
«¡Oh, Dios mío!», pensé, «este cabrón me apuñaló».
Todo estaba muy quieto en la habitación. Cliff dormía a mi lado sin emitir el menor sonido y todo parecía tan fantasmal que, por un momento, pensé que me había muerto. Entonces comprendí lo ocurrido.
Me aferré a una desgastada manta de lana que había a los pies de la cama y conseguí levantarme sin mover la cama tanto como para despertarlo. La única decoración en el cuarto era el póster de una mujer con jeans recortados y ojos ultra verdes. Lo primero que se me ocurrió hacer no fue huir de la casa gritando, sino comprobar si, al menos, había conseguido mi objetivo.
Entré a hurtadillas en el lavabo. Había sangre reseca en mis muslos y hasta por debajo de las rodillas. Al sentarme en el váter sentí un escozor tan fuerte que se me arqueó todo el cuerpo. A continuación experimenté introduciendo un dedo. No hallé resistencia alguna. Lo adentré más y más y, por primera vez, sentí el cuello del útero. ¿Me sentía acaso apesadumbrada porque me hubiesen follado mientras estaba inconsciente? ¡No, ni en lo más mínimo! Me sentía extática: mi himen había desaparecido. Y debía de haber sido todo un reto para el valiente Cliff, a juzgar por la sangre que lo empapaba todo. Debió de ser una membrana muy resistente.
Como mi vida carecía de una figura materna, la idea de que aquélla era una violación de manual ni siquiera me pasó por la cabeza. Pensé que era algo bueno, el comienzo de una nueva vida. Y, como una idiota, me enamoré del tío que me había brindado esa nueva vida en forma tan ignominiosa.
Así que empezamos a salir. La siguiente ocasión en que fui a su dormitorio, le pregunté acerca del póster con esa mujer guapísima de ojos anormalmente verdes. Me dijo que era Traci Lords[20]. Yo ignoraba quién era. Sólo sabía que deseaba ser igual de guapa.
Después de tener sexo con Cliff estando consciente de ello, me volví una conversa. Sencillamente lo adoré. No pensaba en otra cosa. Le telefoneaba todas las noches suplicándole que viniese a buscarme y me follase en las matas que había detrás de mi casa. Ignoro qué estaba sucediéndole a mi cuerpo, pero mis hormonas gozaban de una jodida fiesta. Siete veces al día no era suficiente. El más inesperado efecto colateral fue que empecé a padecer ansias de madre: me sobrecogió el intenso deseo de llevar un bebé dentro. Incluso por entonces, comprendí que era algo normal, el instinto evolutivo (para qué es el sexo, después de todo) y fui capaz de reprimirlo al expresar mis inocentes y al parecer inagotables deseos.
Pero una noche en que Cliff y yo teníamos planes, él no apareció. Le telefoneé pero nadie atendió. Así que decidí pasar por su casa. Toqué el timbre y no hubo respuesta. Sin embargo, la puerta estaba sin llave así que pasé dentro. Subí las escaleras y pasé al dormitorio. Y allí estaba él, en la cama con otra chica… una chica a la que yo conocía.
Los miré. Me miraron. Ninguno pronunció una palabra. Sólo me volví, cerré la puerta de un golpe a mis espaldas y me marché de la casa jurando vengarme. No estaba herida, pues el amor que sentía por él era, al fin y al cabo, una ilusión. Pero lamentaba haber perdido mi virginidad a manos de ese cabrón y maldecía que mi período no hubiera llegado un mes antes, para perderla con un tío que realmente me había importado.
Al segundo de regresar a casa sonó el teléfono. Era Cliff, humillándose, diciéndome que lo lamentaba y que yo era su chica y me amaba. Pero yo había acabado con él.
Tres semanas más tarde fui a una fiesta en su casa. Había allí unas doscientas personas, incluyendo a su mejor amigo, Owen, un gimnasta y surfista rubio que medía un metro noventa y dos. A mí me atraían los surfistas, pero no quería acostarme con ellos debido a su reputación de tener pollas demasiado grandes. Así que, tras prepararme con los usuales tragos de tequila, cogí a Owen de la mano y lo conduje al dormitorio de Cliff. Nos revolcamos en la cama de agua y empezamos a juguetear.
Antes de Cliff, todo lo que yo había hecho (cada parte de mí que le había entregado a un hombre) tenía su justificación sentimental, una conexión emocional entre la otra persona y yo. Pero ahora que él me había lastimado, esa etapa llegó a su fin. La sexualidad se convirtió en una herramienta para mucho más que sólo conectarme con un chico que me atraía. Comprendí que podía servirme para cualquier propósito que yo quisiera. Era un arma que podía hacer estallar sin piedad. De modo que, por el mero hecho de cabrear a Cliff, seguí viéndome con Owen.
Cliff se peleó con Owen pocos días más tarde, pero como Owen lo superaba con mucho en peso y altura, acabó acobardando a Cliff. No mucho después Cliff se hundió: se hizo adicto a las drogas y acabó en prisión por tráfico.
En cuanto a Owen, pese a que salimos varias veces, nunca tuve realmente sexo con él. No había la menor posibilidad de que yo lo permitiese: su miembro era demasiado grueso y necesitaba dos manos para rodearlo. Además, era tan largo que iba más allá de su ombligo.
Por algún motivo siempre termino saliendo con tíos que tienen pollas enormes. Supongo que tengo un radar para atraerlos.