CHICOS 2
Nombre: César
Edad: 12
Lugar: Las Vegas
Estatus: compañero de colegio
Límite atravesado: besos
Cuando empezaron a circular por mi cuerpo los primeros temblores de la inexplicable atracción por los chicos, yo asistía a un colegio en el que había mayoría hispana. Y el chico más guapo, de aspecto más duro (al menos desde el punto de vista de mi mente confundida por las hormonas), era César. Acababan de hacerle repetir el año, era al menos medio metro más alto que yo y exactamente el tipo de chico malo que yo deseaba como novio. Incluso entonces tenía un gusto espantoso para los hombres. Por supuesto que, a esa edad, no es necesario que salgas con alguien para que seas su novia. Ni siquiera es imprescindible que te toque. Fue tan sólo la decisión de juntarnos durante los recreos.
Mi casa estaba descendiendo unas calles desde el colegio. La primera vez que me acompañó estuve retraída y nerviosa. El tío llevaba cuatro meses diciendo ser mi novio, pero yo no sabía aún absolutamente nada sobre él y mucho menos imaginaba qué cosas debía decirle. Caminamos hasta el porche y nos sentamos en los escalones. Fue entonces cuando César aprovechó el momento y me rodeó con su brazo. Me era imposible relajarme pues me preocupaba que papá saliese y me castigase. Y entonces, de pronto, me aferró con fuerza y me estampó un enorme y asqueroso beso metiendo su lengua en mi boca.
Sentí tanto asco que quise escupir. El sabor de otra persona en mi boca me produjo arcadas. Me aparté de él y, discretamente, me limpié la boca en el cuello de mi camisa. Sólo entonces vi la silueta de mi abuela asomándose por la puerta.
—Disculpadme —dijo ella, y volvió a entrar a la casa.
Dejé a César en el porche y corrí dentro, rezando por que mi abuela no se lo contara a papá. Quería que él me considerase la hija perfecta. Y las hijas perfectas no se dan besos de lengua con aprendices de gánster. Por cierto que mi padre casi no tenía noticia de que mi hermano y yo recorríamos las calles como maníacos. Aquélla fue la primera y la última vez que César y yo nos besamos. Unos meses después mi familia volvió a mudarse y no volví a verlo nunca más. En lo que a mí respecta, él sigue todavía sentado en los escalones de mi casa, esperando que yo vuelva a salir.