Jenna: Leí el libro Cujo siendo muy pequeña y me asustó tanto que las cosas más tontas me provocaban terror. Cuando estaba en mi dormitorio, no me atrevía a bajar las piernas al borde de la cama pues temía que alguna cosa saliese de abajo y me atrapase. Así que me sentaba en mi cuarto y lloraba (o a decir verdad profería alaridos) hasta que Tony venía a buscarme y me llevaba a dormir con él en su dormitorio. Me zambullía en su cama desde entonces hasta casi las doce del mediodía.
Tony: Llorabas todo el tiempo y yo te decía:
—Jenna, deja de llorar o tendré que irme a dormir al comedor para no tener que oírte.
Jenna: Y yo te gritaba:
—¡No te marches! No puedo dormir. Tengo miedo.
Y Tony respondía:
—Entonces ponte de pie y haz ejercicios, así te cansas y luego te duermes.
Pero yo estaba demasiado asustada como para poner un pie en el suelo. Y lo obligaba a cogerme la mano. Todo me daba miedo. Cuando pienso en esos momentos me pregunto cómo es posible que Marjorie no me escuchara llorar.
Tony: ¿Recuerdas la última gota? Nos habíamos mudado a Las Vegas y tú saltaste sobre tu cama de cuatro pilares hasta que se rompió. Cuando llegué te aterrorizaba la posibilidad de que Marjorie te zurrase. Yo estaba en ropa interior e intenté arreglarla lo más velozmente posible. Entonces entró Marjorie y preguntó:
—¿Qué estás haciendo en ropa interior en el cuarto de tu hermana? ¿Intentas abusar de ella?
Y yo me puse de pie y escapé a la carrera. Ella se puso a gritar y yo fui derecho a ver a papá. Papá salió de la habitación y preguntó qué demonios sucedía.
—No quiero vivir más con esa jodida cabrona —le respondí.
Jenna: Lo que pasó fue que Tony y yo habíamos tenido una seria conversación, en la que concluimos que, o bien huíamos ambos de casa, o le decíamos a papá que ya no podíamos seguir viviendo con ella. Y papá dijo:
—Vale, me divorciaré de ella. Se lo diré esta misma noche.
Esa noche estábamos todos en el comedor. Él le dijo que quería el divorcio y todos quedamos pasmados. Ella inició una gran escena de angustiosos alaridos.
—¡No puedes hacerme esto! —gritaba.
Empecé a llorar, pues toda la situación era muy traumática, y recuerdo que al mirar a Tony lo encontré frío y tieso como una piedra. No demostraba ninguna emoción. Siempre me había dicho que si podía matarla, lo haría. Me encerré en mi habitación a llorar y llorar, porque seguía la tormenta. Ella recorría la casa a toda voz golpeando cosas y pronunciando frases como:
—¡Me lo llevaré todo y no te quedará nada más que esos pequeños rufianes!
Y yo no podía dejar de pensar si este nuevo problema que se le planteaba a papá no sería culpa mía.
Larry: ¡Por Dios que no!
Jenna: Ése fue un punto fundamental para mis sentimientos hacia ti, papá. Pues en ese momento supe que contábamos contigo.
Larry: ¿Volvisteis a encontraros con ella unos años después del divorcio, verdad?
Jenna: Sí, ¿recuerdas que vino a buscarme? Fue muy extraño, pues se pasó el rato diciendo que me amaba y que yo era su niñita. Eso me confundió mucho. Me llevó a almorzar e intentó llevarme de compras, pero no me compró nada.
Larry: Supongo que fue una estratagema para volver conmigo.
Tony: Yo creo que tomó conciencia de que la habías dejado por el modo en que nos trataba.
Larry: Vale. Pues había además otra razón… no me caía bien.