Después de la convención, permanecí en Las Vegas para bailar en el Crazy Girls. No tenía noticias de Jay desde que se había marchado a Arizona, lo que me resultaba frustrante. Nikki estaba desaparecida. Había ido a la fiesta de Wicked y nunca regresó a casa.

Entre Jay, mi reciente desorden alimenticio, la desaparición de Nikki y el Vicodin, estaba hecha una piltrafa. Había empezado tomando sólo media píldora, pero los niveles de tolerancia de un calmante aumentan al mismo ritmo que te vuelves adicta a él. Algunas chicas que yo conocía estaban tomando alrededor de cien pastillas diarias. Nikki y yo las llamábamos «Magnum 357», pues tenían el numero 357 impreso y caían en el estómago como el disparo de una pistola.

La última noche de mi bolo en el Crazy Girls, ingerí dos Vicodin mientras me cambiaba en el vestuario. Justo antes de salir a escena, una de las chicas dijo que Tommy Lee de Mötley Crüe estaba entre la audiencia. Había volado desde Los Ángeles sólo para conocerme.

Tras el show, tomé tres píldoras más. En el ascensor, cuando me dirigía a la fiesta de trasnoche, sentí que la cabeza empezaba a darme vueltas. Me parecía que era transparente y podía caminar a través de las paredes y las ventanas. Pequeños lapsos de tiempo se borraban de mi memoria inmediatamente después de producirse. Tomé nota mental de mí misma: no debía volver a tomar tanto Vicodin.

Al llegar a la suite, vi a Tommy sentado en el sillón, sonriendo como un mono cubierto de tatuajes. Yo estaba tan drogada que me desplomé sobre sus rodillas. Él empezó a hablarme, pero yo no tenía la menor idea de lo que me decía: me limitaba a observar el movimiento de sus labios. De un modo simiesco, Tommy era bastante sexy, aunque yo seguía prefiriendo a Nikki Sixx.

De pronto apareció de la nada un fotógrafo y pidió tomarnos una foto.

—¡No, no, no! —protesté.

—¡Sí, sí, sí! —tradujo Tommy.

Los flashes me marearon. Me incorporé, fui hasta el dormitorio y me desplomé sobre la cama.

Momentos después, Tommy se me acercó y cerró la puerta. Apenas diez minutos después, estábamos teniendo sexo. Yo debía de estar realmente drogada, pues su polla era inmensa y aun así no sentí nada. De haber estado consciente, no dudo que me habría hecho saltar hasta el techo de dolor.

Además, me había colocado hacía poco un piercing en el capuchón de mi clítoris y había perdido la pequeña piecilla azul que lo sostenía, de modo que se me salía a cada rato. Mis recuerdos de la ocasión son vagos y fragmentados, pero me acuerdo de que me era difícil mantener la boca cerrada. Recuerdo haberme desmayado. Cuando recuperé la consciencia, Tommy todavía estaba follándome. Parecía muy concentrado. Así que me limité a desvanecerme y volver en mí alternativamente mientras él me sacudía.

Al despertar descubrí, con horror, que Tommy estaba acurrucado junto a mí. Odio acurrucarme. Alcé su brazo separándolo de mí y rodé con suavidad saliendo de la cama. Tenía que huir de allí. Lo último que deseaba era que Tommy se despertase y tener que ser agradable con él.

Volví corriendo a mi habitación del hotel, abrí la puerta a toda prisa y me encontré a Nikki en la cama… con Lyle Danger.

No supe cómo reaccionar. En mi interior se conjugaban toda clase de sustancias químicas y emociones. Se me estaba pasando el efecto de las píldoras, no tenía la menor idea de lo que había hecho la noche anterior, ese monstruo de Lyle estaba desnudo en mi cama y sentía un terrible dolor en el coño. Me arrodillé frente a Nikki, hundí la cabeza en las sábanas y empecé a llorar.

Nikki me llevó al lavabo y exploramos la herida. Mi coño se veía como si alguien lo hubiese golpeado un centenar de veces: los labios estaban hinchados hasta alcanzar la forma y el color de una ciruela aún sin madurar. Recordé haber usado un condón, así que al menos el sexo había sido seguro, pero me preocupaba haberme contagiado algún tipo de infección. No podía acordarme del aspecto de Tommy desnudo, así que por el momento no me machaqué mentalmente con la idea de que un tío con una polla infernal acababa de hacerme trizas.

Dos minutos más tarde sonó mi móvil.

—¡Eh! ¿Dónde te has metido?

Reconocí la voz ansiosa de perro faldero de Tommy.

—Volví a mi habitación —le dije.

—Regresa conmigo —añadió—. Me muero de hambre, hermanita. Vayamos a comer algo.

¿Hermanita?

—Mmmm. Te llamaré más tarde —respondí y colgué.

Nunca le devolví la llamada. Esa misma tarde cogí un avión y regresé a Los Ángeles. Nikki y Lyle se sentaron a mi lado. No podía creer que ella hubiese vuelto otra vez con él después de todo lo que habíamos hecho para evitarlo. En su beneficio, debo admitir que él aseguraba haber dejado las drogas y parecía bastante sobrio. Incluso habían pedido cita para ir a una terapia de apoyo.

Nuevamente en Los Ángeles, recibí llamadas de Tommy diez veces al día. De verdad me acechaba. Si le decía que estaba yendo al aeropuerto, se ofrecía a llevarme allí en su coche. Si me dirigía a un club, ofrecía ponerme en la lista de invitados. Si planeaba lavarme el pelo, se ofrecía a enjabonármelo. Las mentiras que yo le decía para evitar encontrármelo se volvieron cada vez más extensas y enrolladas hasta que, al fin, me hastié y accedí a volver a verlo. Sobria, lo hallé en extremo atractivo y sexy, un maníaco muy a su aire que, a la vez, resultaba ser sumamente afectuoso. Así que empezamos a salir. Es probable que cuando estábamos juntos yo haya pronunciado la frase: «Tommy, quítate de encima de mí» veinte veces diarias. Incluso en mis sueños.

Cuando él salió de gira con Mötley Crüe, lo acompañé durante varios puntos de la gira. Es extraño cómo la vida se mueve en círculos. Apenas unos años antes yo estaba sentada a hombros de mi hermano en el concierto Girls, Girls, Girls en Las Vegas, ansiosa por que me observasen y llevasen entre bambalinas. Ahora era prácticamente parte del tour.

En el autobús de la gira pasé horas junto a Nikki Sixx. No dejaba de decir que nunca quería volver a tocar a otra mujer que no fuese su esposa, Donna D’Errico, y pensé: «Guau, qué giro increíble de los acontecimientos». Pero jamás lo exterioricé. «¿Me recuerdas de la sesión de fotos de Easy Rider?». No quería dejar que él siguiese considerándome esa insignificante jovencita ingenua, pues yo ya no era así en absoluto.

Con Tommy todo era una aventura y él veía a través de los ojos excitados de un niño en el zoológico. Cuando estábamos en su habitación de hotel, en pleno tour, un pelícano podía volar de pronto hasta su ventana y él empezaría a darle comida. En las cafeterías de aeropuerto, yo me volvía y él ya estaba peleando con algún hombre de negocios acerca de cómo condimentar la comida.

Tras conocer a Tommy en plena gira, volé a Miami. Tenía allí cuestiones inconclusas que atender. En primer lugar, estaba Jordan. Aunque ambos sabíamos que todo había terminado, me era preciso decírselo cara a cara. Se lo tomó como un hombre… y se enfureció en extremo. Yo sólo me marché. No le debía nada. Era sencillamente una huida que había durado demasiado tiempo, y esto último era culpa mía, pues yo le otorgaba más valor a la pasión que a los ligues.

El otro punto en cuestión era mi padre. Pasado un tiempo, me había desvinculado del club de strip-tease de mi tío y, dependiendo de a quién me decidiese a creerle, bien lo había vendido, bien el ayuntamiento lo había clausurado. Lo más probable es que hubiese un poco de ambas cosas. Como consecuencia, mi padre estaba parado y sin hogar, así que les permití a él, a Tony y a Selena mudarse a mi casa en Miami. Al fin y al cabo, yo no tenía ya la menor intención de vivir allí.

Mientras recogía mis cosas para llevarlas de nuevo a Los Ángeles, sonó el teléfono.

Atendí.

—Hola —dijo una voz afeminada al otro lado—. Soy Michael Drake de la revista Cosmopolitan y morimos por publicar un artículo sobre ti. No digo que sea un artículo de portada ni nada semejante, pero aquí estamos muy entusiasmados y queremos que Annie Leibovitz te tome fotografías.

—¡Dios mío! ¿Hablas en serio?

—¿La has oído nombrar? Súper. Pondré en esto a mi mejor redactor. Escucha lo que he pensado para la sesión fotográfica: tenemos un enorme y amenazante aro envuelto en llamas y tú tendrás que saltar atravesándolo.

—De acuerdo.

—Y te disfrazaremos de caniche, con correa y collar, y te pondremos un pequeño lazo rosa en el pelo.

—Suena excitante —repliqué—. Extravagante, pero excitante.

De pronto su voz cambió, volviéndose mucho más masculina.

—¿Qué te pasa, Jenna? ¡Soy yo!

—¡Jodido cabrón! Te mataré.

Era Jay, que me telefoneaba tres semanas más tarde. Mi corazón se llenó de un entusiasmo sólo moderado por una pizquilla de enfado pues había tardado tanto tiempo en dar señales de vida.

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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