Lo que más me conmovió fueron las palabras que pronunció Jordan una noche durante la cena:

—Te amo por ser quien eres. Podrías desnudarte de todo, de tu fama, tu dinero, tu belleza, y aun así te amaría, porque me atrae cómo eres por dentro.

Eso era algo que yo no había escuchado nunca antes, y sabía que él lo decía de todo corazón, aunque más no fuera porque carecía de experiencia con mujeres. Un mes más tarde vino a casa exhibiendo un enorme tatuaje con mi nombre que se extendía desde un hombro hasta el otro. Como muestra de agradecimiento hice que me tatuaran las palabras «Chica loca de Jordan» en un tobillo.

Jordan vivía con sus padres. Ellos me parecieron excelentes personas, pero su hogar era una pocilga. Además, resultaba extraño tener sexo en la habitación contigua a la suya. Su madre era un ama de casa servil; su padre, el encargado de la tienda de comestibles de la esquina. Jordan les dijo que yo era una chica del trópico hawaiano, lo que no era una mentira difícil de sostener pues ellos sólo hablaban español. Pero como ellos eran las únicas personas que yo conocía en Florida, mi relación con los tres fue muy estrecha. Cuando me llevaban a las reuniones familiares, yo me apagaba como una bombilla. Nadie con excepción de Jordan y sus padres parecía aceptarme.

Finalmente me cansé de tanto ir y venir entre el hotel Fontainebleau y la casa de sus padres, así que decidí construir mi propio hogar. Encontré un terreno bonito, reuní mis ahorros y empecé las obras.

No era que pensase establecerme. Más bien, escapaba. Mientras esperaba a que construyeran la casa, organicé una gira de baile en clubes de tres semanas.

Durante mis primeros tiempos en Wicked, Joy me había pedido que realizase giras de baile. Sin embargo, no sólo yo no quería volver a hacer strip-tease sino que era consciente de que, cuanto más tiempo pasase, más subirían mis tarifas. Para entonces yo me había convertido ya en una de las chicas más buscadas del circuito, sobre todo porque había alcanzado el máximo estatus en el mundo porno y nunca había aparecido en clubes. El dinero era extravagante: me pagaban tres mil dólares por show y realizaba cuatro shows por noche. Y cada vez que subía al escenario ganaba entre trescientos y mil dólares en propinas. A continuación obtenía miles más vendiendo productos de merchandising y posando para Polaroids después de cada show. Muchas strippers desembocan en el porno sólo porque querían elevar sus tarifas. Además, bailar es mucho más sencillo que estar en el set, un buen modo de conseguir un club de fans y una lista de clientes y una conveniente escapatoria de los problemas que tienes en tu hogar.

Todas las chicas de la industria me decían que para brindarle a los clubes (y a los tíos) un espectáculo digno de la pasta que invertían, una bailarina principal debería montar un show temático con velas de cera, lociones y tanto vestuario y elementos en escena como fuera posible. Así que planeé una enorme fantasía. Mi idea era entrar a escena con la música de Terminator, vistiendo un disfraz de apariencia metálica con grandes auriculares y una gigantesca arma de utilería. También conseguí un traje de niñita para representar Alicia en el País de las Maravillas, con una pequeña botella, y un traje de corista con plumas que me recordaba a Las Vegas, pero que no funcionaba muy bien en el escenario porque los adornos de la cabeza pesaban unos quince kilos. Apenas podía cruzar la puerta para salir a escena sin que volasen plumas por todas partes. Daba la impresión de que alguien había masacrado a un pollo entre bastidores. Vosotros nombrad el fetiche: yo conseguiré los elementos necesarios para hacerlo realidad.

Jordan me ayudó a llevar mis cosas al aeropuerto y volé hasta Columbus, en Ohio. Al llegar, descubrí que me habían contratado en un bar de bikinis. Eso implicaba que no podría desnudarme, así que no ganaría tanta pasta. Tampoco había publicitado el show como correspondía. Cuando salí a escena con mi traje de Mujerator, me sentía ridícula. Quizá lo había exagerado un poco: ya no estaba en un desfile y a estos tíos no les interesaba ningún espectáculo. Sólo querían ver un poco de carne. ¡Adiós a mi pretensión de que el mundo me respetase!

Durante mi segunda noche allí, el dueño del club trajo a una amiga suya para bailar. Se llamaba Teri Weigel y era bastante famosa porque se trataba de la única playmate de Playboy que había participado en películas porno. Y eso no dejaba de ser interesante, pero venía a hacer una aparición especial durante mi semana.

Teri llevaba años siendo bailarina principal y a cada sitio que iba llevaba miles de dólares en luces, su propio sistema de sonido y una auténtica jungla de elementos de gimnasio para posar y bailar con ellos sobre el escenario. Debo admitir que era un show estupendo.

Después, mientras yo protagonizaba mi estrafalario número de Mujerator, ella se dio el lujo de posar para Polaroids. Desde el escenario observé inconsolable cómo mis clientes le entregaban fajos enteros de billetes. El único objetivo de esperar tanto para salir de gira era llenar los locales y hacerme de efectivo.

Cuando terminó mi show me aproximé a ella y las primeras palabras que salieron de su boca fueron:

—¿Quién demonios eres tú?

Eso bastó para desatar la tormenta.

—Soy la chica que protagoniza este show —repliqué—. ¿A qué mierda has venido tú?

—A ganar dinero —dijo ella—, igual que tú. Si no eres capaz de competir…

—¿Competir? —grité perdiendo la poca calma que me quedaba—. ¿Cuál es el nombre que está en la marquesina? El mío. ¿Qué puede haberte pasado por la cabeza para venir a hacer algo así? Ponte en mi lugar: ¿cómo te sentirías tú si fueses una novata en el circuito de strippers y viniese una bailarina legendaria a rapiñar tu pasta?

Ella empezó a tartamudear algo que se parecía a una disculpa. Observé su cuerpo y su complexión: parecía haber entrado en decadencia… Pero yo no estaba dispuesta a pagar por sus errores.

—Recoge tus jodidas cosas —le dije—, y vete inmediatamente de mi club.

Así que Teri y el perdedor de su alcahuete con maleta se marcharon. A continuación me enfrenté con el dueño del local y, por fin, con mi agente.

—Si vuelve a suceder algo así —le grité por teléfono—, iré en persona y te abriré la jodida garganta.

Analizándolo ahora, sigo pensando que estuvo bien que los regañase, pues yo tenía razón. Se trataba pura y exclusivamente de un asunto comercial. Y lo que había hecho el club era un negocio sucio. Pero yo estaba allí sola en medio del camino, sin nadie para apuntalarme. Y si iba a seguir inclinándome semidesnuda sobre borrachos, nadie se quedaría con mi dinero.

Recordé la primera vez que me había parado ante Suze Randall diciéndole vacilante que no quería ponerme aceite en el coño. Ahora yo era una persona diferente: desprovista de miedos y aterradora. No es que eso me pareciese del todo positivo.

También aprendí a tener bien controlados mis sostenes y mis bragas G-string, porque cada vez que me quitaba uno desaparecía del escenario. Todavía me pregunto qué harán los tíos con ellos y cuán pegajosos y ásperos se pondrán tras estar tanto tiempo en sus habitaciones sin pasar por la lavadora.

La otra cosa que aprendí esa semana fue que a los tíos les tienen sin cuidado los shows con reflectores de mil dólares y los trajes de Mujerator. El mejor modo de hacer dinero no es presentar un espectáculo con presupuesto de Broadway, sino ser atractiva y seductora en escena, consiguiendo que ellos quieran correrse en sus pantalones. Y así, para cuando llegué al segundo punto de mi gira, el cabaret de Al Diamond en Reading, Pennsylvania, ya me había librado de toda pretensión de convertir mi actuación en arte. Había recuperado la mentalidad de stripper.

Me habían dicho que el cabaret de Al era un club muy flexible. Pero aunque allí permitían realizar desnudos en escena, me sentí decepcionada cuando entré. Aunque acababa de ser remodelado, era una verdadera pocilga. Y además estaba pésimamente diseñado. Se suponía que yo bailaría en un hueco rodeado de una rampa para otras bailarinas y, en un extremo lejano, un pasamanos. Como los tíos estaban junto al pasamanos y yo debía permanecer clavada en el centro, no había ninguna forma de que pudiesen darme (ni tan siquiera arrojarme) dinero. Así que tuve que despedirme de las propinas. Pero por si eso fuera poco, Al se llevaba cinco dólares por cada Polaroid a cambio de proveer de cámara y película (pese a que yo contaba con las mías).

En la mayoría de los clubes donde había estado, durante una noche pico trabajaban entre una treintena y un centenar de chicas, pero en el local de Al sólo había otras seis bailarinas. No se permitía el baile con la cadera, sólo rutinas de escenario. Y lo más extraño de todo: los tíos iban allí con sus propias mujeres. Era como las fiestas en las que cada uno llevaba su propia botella. Una situación por completo inaceptable, me hallaba en el más profundo de los círculos del infierno.

Mi camerino era un estrecho cubículo cubierto de graffitis escritos por las otras chicas que habían estado allí. Pasé media hora sólo leyendo sobre disputas femeninas que se prolongaban durante años. Cuando salí a escena, los tíos empezaron a gritar y silbar como si estuviesen en un concierto de Molly Hatchet[35]. Fue la primera vez que sentí el frenesí de una audiencia.

Volví a bastidores con tres maltrechos billetes de un dólar que habían sido arrojados con la fuerza suficiente como para llegar al santuario interior. Pero el consuelo llegó cuando salí a hacerme Polaroids: me esperaban doscientos hombres en fila y dispuestos a pagar veinte dólares por foto.

En el exterior de mi camerino había una pared por encima de la cual podía tener una ligera visión del escenario. Mientras esperaba mi siguiente show, eché una mirada al club y vi una guapísima criatura en medio de una danza lenta y sensual. Al lamerse con la lengua el labio superior, lo hizo recatadamente, sin lujuria, y supe que era una de aquellas chicas especiales: poseía la llama. Cuando vino entre bastidores me aproximé a ella.

—Eres una chica sexy, de verdad —le dije.

Al pronunciar esas palabras, recordé haberle dicho casi exactamente lo mismo a Jennifer en el Crazy Horse. No era mi línea para ligar con nadie ni nada parecido. Tan sólo me expresaba con honestidad. (Pero si el halago resultaba tener el efecto lateral de ligar con una mujer hermosa, tampoco lo rechazaba.)

—Gracias —respondió ella ruborizándose—. Noté que me mirabas, así que me esforcé el doble. Me llamo Melissa.

Al concluir mi show, ella llamó a la puerta de mi camerino.

—Jenna —empezó—, ¿crees que podrías darme algunos consejos acerca de mi maquillaje?

Rió nerviosamente.

La miré. Era una chica corpulenta con un rostro redondo y una mandíbula que me recordaba por algún motivo al estado de Texas. No era gorda, pero había algo en ella que tenía una redondez casi perfecta. Sus piernas eran gruesas y musculosas, con pantorrillas de bailarina y los dedos de los pies pintados de forma impecable. Pero lo que más me atraía en ella era su boca: poseía un labio superior grueso y hermoso que se hundía en el centro y rozaba sus diminutos dientes cada vez que hablaba. Había en ello algo de una intensa seducción. Cuando hablaba parecía digna de confianza, como si tuviese buen corazón, pero al mismo tiempo demostraba ser ligeramente nerviosa y retraída, como si ocultara algo vulnerable. Emanaba un aura de misterio que me gustaba. Sí, ella me gustaba. Y me había brindado la oportunidad perfecta para seducirla.

—¿Por qué no vienes mañana a mi habitación del hotel? —sugerí—. Me hospedo en el Holiday Inn.

La tarde siguiente, antes de trabajar, ella llamó a mi puerta. Me senté a su lado durante horas ayudándola. Le aconsejé que usase lápiz labial rojo, que emplease maquillaje más claro en los ojos y le expliqué cómo arreglarse mejor el pelo. Tan sólo tres semanas antes ella había dado a luz y dijo que se sentía gorda, pero no había en su cuerpo ni un milímetro de flaccidez.

No avancé apresuradamente con Melissa. La habría ahuyentado. Con la mayoría de las chicas, lo que has de hacer es hacerlas sentirse cómodas y establecer una amistad que no vaya en detrimento de la atracción. Por este motivo, cuando me dijo que vivía a una hora de distancia del club y la invité a pasar la noche en mi hotel después del trabajo, ella no vaciló en aceptar. Sabía que me interesaba mucho más que sólo pasar mi lengua por esos bonitos dientecillos suyos.

Aquella noche, en el club, Melissa se sentó dentro del anillo que rodeaba el escenario y estudió cada uno de mis movimientos. Fuera a donde fuera, me era posible sentir sus ojos persiguiéndome. Lo curioso es que, de haber sido un hombre quien lo hacía, me habría parecido decadente. Pero en una mujer me resultaba excitante. Quizá porque la adoración es un acto de sumisión y se supone que los hombres han de ser dominantes.

Cuando volvimos al hotel, me quité el maquillaje y me puse las gafas. Quería sentirme cómoda, especialmente porque con frecuencia a las mujeres las intimidan otras mujeres bonitas. Quería que ella sintiese que yo era una chica corriente, no sólo una stripper en busca de sexo.

Nos sentamos en la cama y conversamos durante horas. Le hice saber que comprendía sus problemas y le conté detalles personales de mi vida. No estaba jugando con ella, al menos no de forma consciente. Sólo tenía claro que me habría gustado que alguien hiciese lo mismo conmigo.

Se sentó al pie de la cama, absorbiendo todo lo que yo tenía que decir. Mis sentidos estaban alertas a cada movimiento suyo o a cada cambio en su entonación. De vez en cuando ella me cogía la mano para mirar un anillo o me pedía que le hiciese una trenza en el pelo. Yo interpretaba todas estas acciones como señales de que estaba interesada en mí y deseaba contacto físico. Cada vez que yo la tocaba, su respiración se aceleraba y escapaba de su boca un sordo gemido.

Parecía inevitable el modo en que culminaría la noche. No le hice a Melissa ni la menor insinuación. Por lo general no me gusta dar el primer paso. Así que finalmente agoté las resistencias de Melissa y ella se recostó en la cama y me besó. Fue una jugada algo torpe que lo volvió todo más atractivo. Cuando le devolví el beso, todo su cuerpo se relajó aliviado, como si hubiese estado temiendo que la rechazase.

Nos acostamos lado a lado, besándonos y tocándonos durante una hora. Me moví con lentitud, concentrándome en ella. Se la veía sorprendida ante lo que estaba ocurriendo. Y al fin me lo confesó: nunca antes había estado con otra mujer. Tras tener sexo con hombres durante tanto tiempo, ella no estaba acostumbrada a hacer el amor sin que la apresurasen hasta llegar al clímax. Y lo que es más, quedó deslumbrada al sentirse tan cercana a alguien que no sólo lo entendía todo acerca de ella, sino que también compartía sus experiencias. No existe comparación entre las vivencias de un hombre y las de una mujer.

—¡Dios mío! —me murmuró al oído mientras yacíamos en el universo para dos que habíamos creado—. ¡Me he estado perdiendo esto durante tanto tiempo!

Exploré su cuerpo hasta el amanecer. Melissa era una mezcla de Jennifer y Nikki, con la recatada feminidad de la primera y el alma vieja de la segunda. En el transcurso de la noche nos enamoramos. No era una cuestión sexual pues, sobre todo, en aquellas veinticuatro horas nos habíamos hecho amigas (amigas con derecho a roce).

Y así comenzamos una relación que se extendió durante años. Ella acabó convirtiéndose en la Mascota del Año de Penthouse. No cabe duda de que tengo talento para reclutarlas.

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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