En Navidad, tras cenar con mi hermano, mi cuñada y mi sobrino, salí al exterior de la casa que Jay y yo compartíamos en Scottsdale, Arizona. El césped había sido regado aquella tarde y su olor, como siempre, me recordó al de las metanfetaminas.

Volví a entrar a la casa y descubrí que Jay estaba de pie en el comedor junto a unos cuarenta enormes regalos. Los abrí con lentitud, saboreándolos: un bolso Louis Vuitton, un brazalete de Tiffany, un par de zapatos Prada… Para cuando abría el regalo treinta y nueve ya estaba exhausta. Como de costumbre, Jay se había extralimitado.

Quité el envoltorio con cuidado y quedó al descubierto una camiseta negra garabateada a mano con pintura indeleble. Resultaba un obsequio algo anticlimático teniendo en cuenta todo lo que acababa de recibir. Pero era evidente que Jay mismo la había preparado y supongo que debía de ser un gesto cariñoso.

—¿Se supone entonces que debo ponerme esta cosa? —le pregunté.

—¡Jenna, mira la camiseta!

En la parte delantera había escrito «¡Marry Christmas!».

—¡Qué tierno! —exclamé.

—¡Por el amor de Dios! ¿Tengo que deletreártelo yo?

Volví a mirarla y comprendí que la palabra «Marry» no era un error. Me estaba pidiendo que me casara con él[39].

Cuando alcé la cabeza y le vi el rostro, tan pleno de nervios y ansiedad, estallé en lágrimas.

—¿Debo tomar eso por un «sí»? —preguntó.

La camiseta estaba estrujada en mi mano como un trapo. Me soné con ella mi goteante nariz, la arrojé al suelo y tartamudeé un ahogado «sí».

Jay no respondió. Clavó los ojos en la camiseta, como si yo estuviese dejando caer algo valiosísimo. La recogí y volví a examinarla. Por lo general puedo oler un diamante, pero mis sentidos habían fallado milagrosamente pues ahí estaba, con sus seis kilates, en una pequeña bolsa adjunta a la camiseta.

Dentro del último regalo había una botella de Perrier Jouët con dos copas de champaña. Así, esa noche celebramos juntos nuestro compromiso.

Una mañana, tres años y medio más tarde, me desperté. Jay estaba acurrucado junto a mí. Fue extraño, pues por algún motivo no sentí el impulso de empujarlo lejos. En el pasado nunca les había permitido a los hombres acurrucarse conmigo.

Se despertó y empezó nuestra rutina diaria. Me trajo café y fuimos al ordenador a editar juntos una escena de mi siguiente película, Bella Loves Jenna (Bella ama a Jenna). Caminé a pasos suaves con mis pantuflas hasta el comedor y encendí la tele. Éramos como el clásico estereotipo del matrimonio. Salvo por un detalle: no nos habíamos tomado el tiempo de casarnos. Estábamos tan concentrados en edificar los cimientos de nuestra compañía, volando constantemente a Los Ángeles para reunirnos para diferentes tipos de proyectos de cine y televisión (nueve décimas partes de los cuales nunca se concretaron) que postergamos la cuestión legal una y otra vez.

Yo deseaba tener por fin un hijo como nada en el mundo. A cada mes que transcurría, pensaba en eso más y más. Cada artículo que leía sobre las corrientes de porno afirmaba que me convertiría en la figura que legitimaría a la industria (una esperanza casi ilusa teniendo en cuenta el clima político conservador), pero los negocios eran lo último de lo que se ocupaba mi mente. Mi única ambición era ser la madre que yo nunca había tenido.

A lo largo de mi vida, me había dicho en numerosas ocasiones: «Ni siquiera me importa si estoy con el hombre correcto. Lo que yo quiero es tener un bebé». Pero por fortuna había llegado a la conclusión de que ése era un pensamiento muy egoísta. No era mi intención que mis hijos tuviesen que sufrir un divorcio o enfrentar las peleas permanentes de sus padres. Ellos debían crecer tan saludables como fuese posible, pues ya bastante mierda tendrían que soportar teniendo por madre a una estrella porno.

Así que me dirigí al despacho de Jay y me recliné en una silla de cuero. Él supo de inmediato qué era lo que cruzaba por mi mente.

—¿Qué día? —me preguntó.

Así que me reuní con mi asistente, Linda, quien a la vez se había convertido en mi mejor amiga y el corazón y alma del Club Jenna, y planeamos una boda a celebrarse dos semanas más tarde. No quería que pasase demasiado tiempo antes de volver a ser una simple esposa.

Dado que me desagradan las medias tintas, trabajé veinticuatro horas al día planeando el evento. Con Rod me había sentido muy nerviosa y llena de dudas antes de casarme. Ahora, sin embargo, no había ningún peso en el estómago ni temores.

Realizamos la boda en nuestro jardín, rodeados de ochenta de nuestro amigos y familiares más íntimos. Cuando intercambiamos los votos, me prometí a mí misma no llorar. Incluso conseguí llegar al altar sin lagrimear. Pero en el momento mismo de pronunciar mis votos me derrumbé por completo. Me enjugué los ojos y miré a nuestros huéspedes: mi padre, mi hermano, Nikki, Melissa, Joy. Todos sollozaban conmigo. Entonces miré a Jay a los ojos y vi tanta ternura y amor que sencillamente supe que ése sería mi hombre para siempre. No vi un marido, sino al padre de mis hijos. Nunca había imaginado que sentiría (o que incluso merecería sentir) algo parecido en toda mi vida. Por cursi que suene, hasta ese momento no supe en qué consistía el amor.

Como por aquel entonces estábamos demasiado ocupados para viajar, decidimos pasar nuestra luna de miel en el hotel Ritz-Carlton de Phoenix, así que solicitamos una habitación para toda la semana. En la primera noche hicimos el amor de forma fantástica (sobre todo comparándola con mi primera boda, en la que no hubo sexo en absoluto) y nos quedamos dormidos uno en brazos del otro.

Cuando despertamos, a las diez de la mañana, miré a Jay a los ojos. Él me miró a su vez. Y ambos pronunciamos la misma frase:

—Vayámonos a casa.

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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