Cuando pronunciaste la primera frase en el set de Priceless di un respiro de alivio —me confesó Steve Orenstein, o Blinky[30], como solíamos llamarlo—. Podías actuar.
No se me ocurrió que pudiese actuar. Lo único que había hecho era decir mis líneas sin verme como una absoluta imbécil. Pero supongo que, para él, eso era actuar bien. Steve quería que filmase una producción de alto presupuesto en celuloide (un trabajo de seis días a $120 000), su mayor película hasta la fecha. De modo que me introdujo en una peculiar historia escrita por una pintora llamada Raven Touchstone, que ya era abuela. Se trataba de una parodia de la vida real de Ed Wood, un director travestido responsable de películas tan malas que, a la larga, resultaban buenas, como Plan 9 from Outer Space[31].
El guión de Raven era una especie de cine dentro del cine sobre un director de cine porno travestido que filma una película camp clásica. Le asignaron a Steven St. Croix el papel de Ed Wood. Blinky se planteaba con gran ambición la película, y quería realizarla con la ingenuidad propia del director de culto camp John Waters, pero sumándole desnudez y sexo. Se tomaba el proyecto con tal seriedad que desechó muchos títulos antes de decidirse por el de Blue Movie. Incluso llegó a colocar su propio coche en el set para que apareciese en una escena.
Resultó provechoso que yo estuviese saliendo con Steven, cuyo excéntrico sentido del humor empezaba a echar raíces en mí, pues nos pasábamos horas repitiendo nuestras líneas e improvisando en la piel de los personajes. Yo dediqué horas enteras a estudiar mi parte. Las palabras de Blinky infundiendo confianza en mi capacidad de interpretación resonaban en mis oídos y tenía que ponerme a su altura. Se trataba, por fin, de un nuevo desafío, algo que no había hecho nunca antes. Por supuesto que, en algún rincón de mi mente, me imaginaba a la audiencia con una mano en la polla y la otra en el control remoto adelantando o saltándose las escenas actuadas, pero eso no tenía importancia. Sólo quería demostrarme a mí misma que podía hacerlo.
Para el primer día de rodaje, llegué al estudio en pijama a las seis y media de la madrugada. Estaba tan ansiosa que me adelanté a todo el personal. Así que me senté en un rincón cubierta hasta los pies con mi franela de algodón, escribiendo en mi agenda y esperando. Media hora después llegó el maquillador, un maricón muy culto e histriónico llamado Lee Garland que me preguntó dónde estaba mi madre. Cuando le dije que yo era la estrella de la película volvió a mirarme absorto. ¿Cuándo empezaría a representar la jodida edad que realmente tenía? Lee se convirtió más tarde en uno de mis amigos más íntimos y en uno de mis confidentes dentro del negocio: sigue maquillando mi rostro en los estudios hasta el día de hoy.
Yo era por ese entonces relativamente desconocida en la industria y todos los demás en el estudio parecían conocerse de cientos de producciones previas. Las chicas, la mayoría de las cuales llevaban más tiempo que yo en la actividad, se portaban conmigo en forma maliciosa, quizá porque yo era la estrella de la película y eso me confería un estatus superior al suyo. No me importó, porque sólo había una chica cuya presencia me entusiasmaba: Jeanna Fine, quien había sido la mejor amiga y la amante de Savannah. La primera película porno que vi en mi vida estaba protagonizada por ellas dos, y yo las idolatraba a ambas.
Para mi primera escena, una masturbación sola en la cama, tenía el pelo rizado. No hay nada parecido a verte espantosa delante de un manojo de chicas que sólo desean que te veas espantosa. Fuera de cámara, un asistente de producción me dio una gran pelota azul que yo debía atrapar al vuelo en la escena. Pero estaba tan nerviosa que la dejé caer una y otra vez. Quince tomas más tarde, tras exasperar al equipo y brindarle intensa satisfacción a mis competidoras, conseguí atraparla.
No sé si mi actuación era buena, pero me resultaba muy sencillo abstraerme de todas las cosas malas que me habían sucedido. No necesitaba palabras para comunicar nada, me bastaban mis ojos. Sentada en la cama, jugando con una gran pelota azul que simbolizaba un punto intermedio entre la niñez perdida y un amante perdido, pude ver por el rabillo del ojo al director, Michael Zen. Tenía una mirada de éxtasis en el rostro, una combinación de alivio y optimismo. Ése era todo el aliento que precisaba.
Nunca antes había trabajado con un director como Michael Zen. Es un tío corpulento, meticuloso, un visionario que habla siempre en voz baja, con el pelo exageradamente corto y gafas que le dan un aura similar a Elton John. Hasta que me enteré de que estaba casado, estaba convencida de que era gay. Lo más extraño de todo es que no dirige las escenas de sexo. Se encarga sólo de las partes actuadas y las cuestiones técnicas de la filmación, y si algo sale mal se pone muy nervioso. Luego, antes de que empiecen las escenas de sexo, se marcha y deja a cargo al asistente de dirección. Michael es uno de los pocos auténticos artistas de las películas porno.
Su set fue el primero que me pareció cómodo, limpio y profesional desde la película de Andrew Blake. Miré a mi alrededor y pensé: «Éste es mi nicho. Esto es lo que quiero hacer». Después de mis dramas de los últimos años, por fin supe con seguridad que pertenecía a ese mundo. Hacia allí se había estado dirigiendo mi vida.
En la película yo era una joven y prometedora reportera de la revista Sleaze (Vulgar) que se va de incógnito para conseguir una entrevista con un solitario director de cine ganador de varios premios (quien aparece vestido como Carmen Miranda). El director acaba seleccionándome para su película épica de clase B Legend of the Golden Oyster (La leyenda de la ostra dorada) en el rol de una camarera ladrona.
Mi compañero iba a ser T. T. Boy. No lo conocía, pero sabía algo acerca de él. Estaba en el medio desde 1989 y tenía fama de ser uno de los folladores de mujeres más rudos de la industria. Odiaba besar, odiaba las mamadas y adoraba follar. (Es el único hombre que he conocido a quien no le gusta una mamada.)
La primera vez que lo vi, caminaba por el estudio comiendo una lata gigante de atún. Tenía una presencia muy fuerte y dominante. Se aproximó al asistente de dirección y empezó a hablar a toda velocidad, haciendo vibrar apenas sus apretados labios, casi como un paleto de una versión puertorriqueña de Deliverance[32]. Luego me miró y se metió en la boca un tenedor repleto de atún. Le gustaba la idea de desgarrar a una novata.
Antes de la escena hallé un cuarto tranquilo e intenté mentalizarme, repitiendo para mi interior palabras y frases como «confianza», «dominio» y «alcanzar la cima», «no verme como Bambi asustado por los faros de un coche». Al llegar al set, T. T. y yo nos situamos en una tienda mal iluminada que debía aparentar estar en la sabana africana. Michael dejó la sala y pronto el asistente de dirección gritó «¡acción!» y T. T. se convirtió en el primer hombre que se encargó de mí en una escena. Nunca había estado con alguien tan agresivo. Me sentí como un juguete de goma.
Se apresuró a avanzar con los preliminares (algunos besos, una pizca de sexo oral) y enseguida todo se precipitó. Me cogió tan rápido y con tanta fuerza que asumió en un instante todo el control de mi cuerpo que yo me había preocupado por concentrar. Intentar mirarlo a los ojos era como pretender leer a Dostoievski en una montaña rusa. Podía sentir cómo mis muslos se magullaban contra los suyos. Y luego, de repente, todo se detuvo. Salió de mi interior y acabó directamente en mi boca. Yo no esperaba que se corriese tan pronto.
—¿Eso es todo? —pregunté.
—No —afirmó. Entonces me cogió de las caderas sosteniéndome justo sobre su cintura y empezó a frotarme con su polla. No era un mal ejercicio físico, pero él se movía con tanta potencia y velocidad que me dejaba sin aliento. Sentía como si mis vísceras estuviesen por desprenderse. Y luego, finalmente, se corrió… otra vez.
—¿Eso es todo? —pregunté.
—No —gruñó.
Y al instante volvió a ponérmela dentro. El tío era una máquina. No tenía sosiego. Su luz nunca se apagaba. Su intensidad nunca cedía. Me llevaba de una a otra posición y se corría en todas. Yo estaba absorta. Nunca en toda mi vida había follado de ese modo.
No veía la hora de que acabase. Empezaba a sentirme dolorida. Al fin, después de haberse corrido cuatro veces, dijo:
—Incorpórate. Tengo que ir a comer algo.
—¿Ya hemos concluido? —me atreví a indagar.
—Por supuesto que no —replicó.
No creí estar en condiciones de soportar más, pero mantuve la boca cerrada. Me producía curiosidad saber qué pretendía hacer ahora. Se marchó a un lado del set, devoró tres latas de atún y regresó blandiendo una nueva erección. Al cabo de unos minutos ya estaba encima de mí metiéndomela una y otra vez, en todas las posiciones que yo había imaginado e incluso en otras que no, hasta que al fin, con una última eyaculación culminante, anunció el final. Habían transcurrido ciento cincuenta y seis minutos.
Nadie dijo una palabra. El personal estaba tan asombrado como yo. Debió de haberse excitado mucho conmigo, pues nadie había visto nunca un rendimiento semejante (ni en él ni en ningún otro tío). Ni siquiera creíamos que fuese humanamente posible. (Incluso hoy, con el advenimiento del Viagra, Cialis y Levitra, una escena como aquélla resulta milagrosa.)
Literalmente salí cojeando del set, recuperándome, y no le perdí pisada durante el resto del día. Me urgía saber qué le estaba pasando por la cabeza. Pero todo lo que pude obtener a cambio fueron unas pocas sabias palabras:
—¡Joder! ¡Qué coño explosivo!
—¿Qué? —pregunté.
—Que tienes un coño explosivo —repitió y se marchó.
Fue una de las escenas más calientes que yo haya filmado jamás. Así y todo, nunca volví a mirarla. No me trae ningún problema tener sexo ante las cámaras, pero no me agrada verme a mí misma haciéndolo. Me siento incómoda. No dejo de descubrirme defectos.
Perseguí a T. T. durante el resto de la producción, a la caza de mayores pistas sobre su rendimiento. Lo único que añadió fue:
—Desearía poder quitarte el coño y llevármelo a mi casa.
De modo que lo máximo que pude dilucidar es que él tiene un fetiche por ciertos tipos de coño. Y cuando halla un ejemplar de su agrado, intenta noquearlo.
Después de eso intenté trabajar con T. T. tantas veces como me fue posible buscando esa carga de adrenalina y las sorpresas permanentes a que me sometía, y que son tan difíciles de encontrar en la industria. Otros intérpretes masculinos eran desagradables y me miraban como si deseasen que, de ahí en adelante, me convirtiese en su esposa. O bien tenían problemas de erección o, lo que es peor, deficiencias de higiene. O eran tan profesionales que sólo pasaban de una posición a otra tras lapsos de unos cinco minutos. Tras aquella escena, T. T. acabó incluso transformándose en un excelente amigo, un perfecto caballero, siempre dispuesto a aporrear sin piedad a cualquiera que se atreviese a dirigirme el menor improperio. Siempre conviene tener un par de amigos así.
Sólo me quedaba otra escena de sexo por filmar para la película, con Jeanna y otra chica. Jeanna era lista, segura, tierna y tenía un montón de historias acerca de Savannah. Ella representaba todo lo que yo quería ser. Pero la escena no colmó mis expectativas. Jeanna se limitó a pasar por todas las posiciones pero pareció estar todo el tiempo ausente. Yo pensaba internamente: «Si vamos a hacer esto, hagámoslo bien». Pero no hubo pasión, conexión mental ni energía invertidas en el momento. El insulto final llegó cuando ya habíamos acabado y ella gritó, sin dirigirse a nadie en particular:
—¡Eh, tíos! ¿Por qué me ponéis con estas niñas? Me hacéis parecer centenaria.
No creo que se percatase de lo mal que me hacía sentir.
Tras la escena, vino Joy con un pastel gigantesco que llevaba mi nombre. Me había olvidado por completo de que aquel día cumplía veintiún años.
Las siguientes jornadas pasaron deprisa. Todo pareció salir a la perfección. El director era estupendo, el vibrador era estupendo, los actores eran estupendos, el sexo era estupendo. Y aunque no compartí ninguna escena con Steven, adoraba verlo holgazanear. Era terrible con la gente. Solía tirarse pedos en mitad de las escenas más dramáticas y lanzarle su semen a los cámaras. Había en el estudio tal camaradería que cambió por completo la idea que yo tenía sobre la industria del porno y me demostró lo que era posible si todas las piezas funcionaban como debían. Además, T. T. me había proporcionado una nueva perspectiva sobre cómo podía ser una escena de sexo. Sólo al escribir este libro me enteré de que, antes de filmar, T. T. había llegado a un trato con Michael Zen, quien había ofrecido pagarle cien dólares por cada eyaculación extra que lograse.
De más está decir que ninguna filmación es perfecta. Cuando llegamos al set para el penúltimo día de rodaje, todos iban de aquí para allá aturdidos. No se habían puesto en su sitio ni las luces ni las cámaras y la sala de maquillaje estaba vacía. Los intérpretes vagaban por el estudio en estado de conmoción. Algunas de las chicas parecían sufrir ataques de pánico. Le pregunté a Michael Zen qué ocurría, y me contó que una mujer de la industria había contraído el VIH. Había recibido los resultados del test el día anterior, y habían dado positivo.
A fin de protagonizar una escena de sexo ante las cámaras, las normativas exigen cada mes test para la detección temprana del VIH. De forma que todos los meses paso por la consulta de mi doctor (o él viene al set) para que me aplique una jeringa y me extraiga un poco de sangre. Es apenas una parte más de mi rutina, como cepillarme los dientes o comprar un bolso nuevo. Antes de aquel anuncio, nadie en la industria (que se supiese) había contraído el virus del SIDA. Y por entonces era raro que se empleasen condones en los filmes. Ese día cancelamos el rodaje pues nadie se sentía en condiciones de trabajar.
Al día siguiente Steve nos dijo que había sido un falso positivo. Todos nos sentimos aliviados, pero al mismo tiempo el ambiente se respiraba distinto: empezábamos a ser conscientes de que algo así podía suceder.